16
Beckett
La red de entrenamiento que tengo en la habitación de invitados de mi apartamento ocupa casi toda la pared del fondo.
El único requisito que le puse a mi agente inmobiliario fue encontrar un sitio con una habitación de invitados lo suficientemente grande para poder colocarla allí.
Habría sido mucho más práctico comprarme algo con jardín o mudarme a las afueras como mis padres, pero quería vivir en la ciudad.
Tenía el dinero y mi agente inmobiliario, tiempo para buscar.
Al final lo último dio sus frutos y me enseñó un ático reformado de dos pisos con un techo abovedado altísimo en la zona oeste de la ciudad.
Es una tontería, pero siempre he sentido que puedo respirar mejor aquí. Sin expectativas ni bagaje. Solo estoy yo.
Mi familia suele bromear con que cuesta ponerse en contacto conmigo cuando estoy en casa, como si fuese algo gracioso y lo contrario de lo que debería ser.
Sonrío cuando lo dicen y me encojo de hombros, dándoles a entender que soy yo, Beckett Davis, el que, a pesar de ser fiable, no se toma las cosas demasiado en serio.
Pero lo hago a propósito. Tengo el teléfono en modo no molestar y, para consternación de mi agente, me paso horas sin mirarlo.
Sin embargo, hoy hay dos cosas que se disputan mi atención.
La red, que seguro que se rompe pronto si continúo lanzando balones a las esquinas superiores y al centro.
Y mi teléfono, que está en modo vibración en la mesita auxiliar, entre el batido de proteínas vacío y las bandas elásticas que he dejado ahí después de entrenar.
Activar las notificaciones ha sido un poco venirse arriba, porque la única persona que quiero que me moleste seguramente no lo haga. Porque, incluso si piensa en mí de la misma forma que yo en ella —en bucle—, no es de ese tipo de mujeres.
Desvío la mirada del móvil, levanto el brazo hasta dejarlo a la altura del centro de la red y elevo la pierna varias veces.
Es un ejercicio de visualización que hacemos la mayoría de los pateadores.
Cuando descubrieron por casualidad mi habilidad prodigiosa a la par que estúpida, mi entrenador me mandó a un campamento de pateadores y contrató a un entrenador personal especializado en tiros, algo que no se suele ver en la categoría profesional siquiera.
Pero él apostó por mí. Creo que antes nadie lo había hecho, así que me tragué todo eso: lo de las visualizaciones, el mindfulness , el stillness y el yoga. Sea lo que sea, lo he probado todo.
Funcionó, hasta que dejó de hacerlo.
Hoy no está funcionando. Cada vez que me pongo en posición de tiro, veo mi rodilla por el rabillo del ojo y lo único en lo que soy capaz de pensar es en la sensación del suelo de cemento de aquel armario debajo de mí.
En la sensación de estar de rodillas frente a ella. En la punta de su tacón hundiéndose en mi espalda. En los ruidos que hizo. En su sabor. En cómo fue tener mis dedos en su interior y cómo habría sido sentir eso con otra cosa.
En la sensación de que alguien haya confiado en mí. En mi verdadero yo.
Balanceo la pierna, mi pie entra en contacto con el balón, colocado sobre un soporte en vez de estar sujeto frente a mí por un pateador, y sale volando hacia la esquina superior izquierda.
Si estuviera en el campo, probablemente habría entrado, pero quizá le hubiera dado al poste.
Siento una punzada de incomodidad en el cuádriceps y me lo golpeo con el puño antes de darme una palmadita en la barbilla.
—Esto es un puto sinsentido.
—¿El qué?
Mi hermano se encuentra de brazos cruzados apoyado contra la puerta y mirándome con expectación.
Niego con la cabeza y ni me molesto en recoger el balón de donde está, en la esquina de la red. Cruzo la habitación y reviso el móvil antes de admitir la derrota durante otros diez minutos.
—¿Qué haces aquí? No has llamado ni me has mandado un mensaje.
Nathaniel sacude la cabeza y se le dilatan las fosas nasales al respirar.
—No sueles contestar, Beck. Es más fácil venir sin más.
—Ah. —No le digo que hoy habría contestado. Probablemente habría cruzado la habitación corriendo para coger el teléfono a tiempo en caso de que fuese otra persona—. Lo siento, no te he oído entrar. Llevo aquí un rato.
—¿Entrenando? —pregunta. Me observa y se fija en mi muslo. Siento cómo palpita el músculo; es una señal de cansancio—. ¿Estás listo para que empiece la temporada?
«No».
No obstante, sonrío, agarro el agua y le doy un trago antes de encogerme de hombros.
—Claro.
A mi familia no se le da bien ver la diferencia entre una sonrisa falsa y una verdadera; llevan casi dos décadas así.
Capto un destello en los ojos de mi hermano. Tal vez hoy sea el día en que sí lo note. Solo ha hecho falta que me humillen públicamente para que se hayan dado cuenta de que soy una persona de carne y hueso.
Nathaniel asiente. Tensa la mandíbula y parece querer decir algo más, pero cuando el músculo de mi muslo vuelve a palpitar, clava los ojos en él.
—Asegúrate…
Lo miro con las cejas enarcadas y señalo el pasillo a su espalda con la botella de agua.
—Sé lo que tengo que comer para facilitar la recuperación de los músculos, Nathaniel. Estoy bien.
Él levanta las manos antes de separarse de la puerta y alejarse por el pasillo.
Me guardo el móvil en el bolsillo, aunque sé que no va a sonar, miro por última vez el balón en la esquina de la red y sigo a mi hermano.
—He visto que habéis negociado por Pat Perez. ¿No jugasteis juntos en la universidad? —me dice a mitad de la escalera de hierro forjado.
—Sí, durante un tiempo. Nos vendrá bien.
Me encojo de dolor en el primer escalón y siento un tirón en la pierna derecha. Dudo de si bajar cojeando detrás de mi hermano, pero no quiero darle la razón. Por suerte, cuando llego al último escalón tiene la vista clavada en otra parte, así que esbozo una sonrisa relajada en cuanto me mira.
Nathaniel se para junto a la isla de la cocina y tamborilea los dedos en el granito.
—He visto tus fotos en internet, el reportaje que te hizo Yara sobre el voluntariado en el hospital. Es un buen artículo sobre todo el trabajo que haces fuera de temporada. La visualización. El yoga. Eso de pasar tiempo en el lago. Ayudar con causas importantes.
Lo dice con ironía. Nada de eso es cierto; es solo un triste intento de convencer al mundo de que Beckett Davis no va a volver a cagarla. Sacudo la cabeza.
—No lo he leído.
Yara me comentó que lo habían publicado, y parecía contenta con la reacción de los medios y el repunte que había tenido, pero a mí no me interesa. Dejé de leer los comentarios sobre mí en las redes sociales cuando todo el mundo empezó a decirme que me odiaba.
Se cruza de brazos con expresión sorprendida.
—¿No lo has leído? No parece propio del Beck Davis que los medios adoran.
Sé que no pretende sonar borde y que ha visto todo el trabajo que he hecho para la prensa: los patrocinios, los anuncios…
todo lo que el publicista del equipo y Yara me machacaron para que hiciera porque casualmente era el pateador más carismático y fotogénico del mundo y creen que me gusta llamar la atención.
Pero la verdad es que no. Solo lo he hecho porque era lo que se esperaba de mí.
Es lo mismo que le pasa a mi familia: no pretenden que nada de eso me haga daño. Me quieren, aunque no de la misma manera que se quieren entre sí.
Le dedico otra sonrisa relajada y vuelvo a encogerme de hombros antes de cambiar de tema.
—¿Qué haces aquí un domingo por la noche? ¿No deberías estar preparándote para seguir salvando vidas esta semana?
Sus ojos refulgen, como si quisiera insistir, pero no lo hace.
—He ido a llevarles unas cosas a Sarah y Lily. Lily tuvo otra extracción de óvulos el viernes y está bastante cansada.
—Ah. —Miro el calendario que cuelga junto al frigorífico. Está lleno de garabatos ilegibles sobre diferentes entrenamientos, mi consumo calórico diario y cosas que no debo olvidar. Aun así, tampoco lo habría olvidado—. Sarah no me ha comentado nada. Supongo que yo solo soy el que firma los cheques.
Nathaniel ladea la cabeza. El mismo músculo de su mandíbula vuelve a palpitar, pero habla en un tono demasiado suave.
—Creo que simplemente no quiere estresarte quedando tan poco para que empiece de la temporada. —Hace una pausa y, al ver que no respondo, carraspea y prosigue—. Se preocupa por ti, ¿sabes? Todos nos preocupamos. Creo que te presionas demasiado, Beckett.
Abro la boca para decirle que no lo parece, que nunca lo ha parecido, pero parpadeo y veo a mi hermano como lo hacía de pequeño: encorvado sobre los libros de texto mientras escribía y se aseguraba de tener los deberes hechos antes de que nuestros padres volviesen del hospital.
Eso mientras yo estudiaba partidos grabados, memorizaba jugadas y, a la vez, me cercioraba de que todo estuviese limpio, ordenado y recogido, porque nuestros padres no tenían la cabeza ni el corazón para pensar en eso, e intentaba no quemar la cena.
Parpadeo de nuevo y vuelve a su versión adulta.
Como es lógico, sé que está bien él solo, que ya es mayorcito y lo suficientemente maduro como para mantener una conversación complicada con su hermano —que quizá todos lo sean—, pero creo que una parte de mí se quedó estancada en el pasado y la idea de añadir otro ladrillo, más peso, a los pequeños hombros de mi hermano me hace querer vomitar.
—Creía que eras oncólogo, no psiquiatra. —Levanto las manos y me dirijo hacia la nevera de espaldas.
Nathaniel me mira con los ojos entrecerrados, como si no quisiera dejar pasar el tema y fuera a aferrarse a él con uñas y dientes, pero clava la vista en el centro de la isla. El premio de Greer sigue ahí, justo donde lo dejé cuando volví a casa la otra noche.
—¿Qué haces con eso?
Estira el brazo para coger la placa. El sol vespertino que se cuela por las ventanas es suficiente como para iluminar su nombre.
Es brillante e imposible de no ver, como ella misma.
—Ah. —Trago saliva y me doy unos golpecitos en la mandíbula antes de encogerme de hombros como si nada—. Se le olvidó en mi camioneta la otra noche después de la gala.
No me molesto en explicarle que Greer me dijo que podía quedármelo ni por qué.
«Buenas piernas. Buena lengua… ¿Quién lo iba a decir?».
Nathaniel ojea el premio antes de centrar su atención en mí.
—¿Estás con ella o algo?
—No. —Me doy la vuelta, abro el frigorífico y ruedo los hombros hacia atrás—. Ella no quiere tener pareja.
Abro todos los cajones con verduras, como si estuviese buscando el pimiento morrón perfecto y no pensando en la otra noche, cuando enterré la cabeza entre sus piernas.
—Si ella estuviese dispuesta, ¿tú… querrías? —pregunta entonces mi hermano.
—Solo somos amigos. —Cojo lo primero que pillo, una manzana que ha visto días mejores. Me giro hacia Nathaniel, sonrío y lanzo la manzana al aire varias veces—. Ni siquiera eso. Creo que nuestra relación es estrictamente profesional.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia abajo y Nathaniel me examina. Enarco las cejas, vuelvo a lanzar la manzana al aire y la atrapo antes de darle un mordisco.
—¿Sabes que de verdad no sabía quién eras cuando viniste al hospital el primer día?
Seguro que te gustó encontrarte con alguien que no tuviera una imagen preconcebida de ti, sin expectativas ni interés por el dinero que ganas.
—Sacude la cabeza y deja el premio en la isla—.
¿Qué vas a hacer lo que queda de noche? Sé que seguramente esta semana tengas que volver al estadio para reuniones y entrenar, pero si quieres, podemos ir a comer algo o al cine.
Miro el premio. Los rayos de sol ya apenas lo iluminan mientras se alejan por el granito.
Sin expectativas. Sin imágenes preconcebidas. Solo ella pronunciando mi nombre.
«Beckett».
Su yo y mi yo verdaderos.
—¿Sabes qué? —Desvío la mirada del galardón a mi hermano—. De hecho, sí que tengo algo que hacer. Ponte cómodo, quédate a dormir si quieres, pero yo… eh… tengo que irme.
Tiro la manzana a la basura y cojo las llaves de la encimera antes de cambiar de opinión.