Estrictamente profesional 15
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Greer

Veo a Rav el tercer jueves de cada mes. A menos que tenga alguna operación urgente o mi padre necesite algo, soy puntual y nunca le cambio el día ni la hora.

He pensado en posponer esta sesión, sobre todo porque aún puedo sentir las manos, los ojos y la lengua de Beckett sobre mí.

Desde entonces no hemos hablado, aparte del mensaje de agradecimiento que le mandé después y que él respondió con un «cuando quieras».

Dos meras palabras, pero me imagino a la perfección cómo las diría, con una sonrisilla ladeada y el atisbo de su hoyuelo en la mejilla.

Lo que hay entre nosotros no es sencillo, y creo que eso me asusta.

Llevo diez minutos en silencio, sentada en el sofá de Rav.

Esta vez no estoy intentando mentirle; él dice que ni siquiera me doy cuenta de la mayoría de las mentiras que suelto, porque no es que pretenda ocultarle cosas a propósito.

Cuando me apetece hablar, dice que soy sincera por defecto.

Pero hay otros aspectos que creo que deben existir fuera de los confines de mis palabras —mi jaula—, y es ahí donde las mentiras empiezan.

Normalmente suele esperar a que empiece, pero hoy él habla primero.

—Enhorabuena por el premio. Siento no haber podido asistir.

Le dedico una sonrisa tensa.

—No te perdiste gran cosa.

La diversión se refleja en sus ojos cuando da tres golpecitos en su portafolios con el bolígrafo.

—¿No? ¿Nada?

Entrecierro los ojos. Rav me mira como si supiera algo que yo no, o como si estuviese esperando que le revelase alguna especie de secreto proverbial sobre aquella noche.

Echo los hombros hacia atrás y levanto la barbilla, aunque mi piel se calienta y mi corazón se acelera, lo cual pasa siempre que pienso en el armario.

Y en Beckett de rodillas.

Pero es imposible que sepa que dejé que Beckett Davis me comiera el coño en un armario cualquiera. Es psiquiatra, no clarividente.

—Nada digno de mención —digo, encogiéndome de hombros.

Detiene la mano, guarda el boli, se inclina hacia delante y me mira con ese aire de paciencia infinita.

Es evidente que hoy va a esperar —que no voy a ganar—, así que pongo los ojos en blanco.

—Seguro que ha llegado a tus oídos que Beckett me acompañó.

Su mirada es triunfal. Se reclina y se cruza de brazos.

—¿Quiere decir eso que has cambiado de opinión?

—Una chica puede tener amigos.

Levanto el mentón con la esperanza de que no vea el rubor que ha empezado a cubrirme las mejillas, o de que no note cómo se me encoge el estómago.

—No pasaría nada si me dijeras que te interesa alguien. No significa que no te estés priorizando. Y tampoco te convertiría en una fracasada —dice Rav despacio, como si estuviera explicándole algo a un niño.

—No me interesa —respondo con firmeza, con determinación, pero mi corazón acelerado y el espasmo que sufren mis muslos al pensar en Beckett probablemente digan otra cosa.

Él se pellizca el puente de la nariz.

—Y dudo que me lo dijeras si así fuera. Pero tal vez puedas contarme qué tal fue la gala. ¿Cómo te sentiste al recibir el premio?

Me reacomodo en el sofá de cuero desgastado y muevo los hombros con altanería.

—Es un premio que se han inventado, lo sabes tan bien como yo.

—Tal vez tengas razón, pero de todas formas lo has recibido por tu trabajo.

—Aunque sonríe de forma alentadora, yo no digo nada.

Entonces, para mi sorpresa, se reclina en el sofá y levanta las manos con exasperación—.

Hoy pareces particularmente difícil, doctora Roberts, y ambos sabemos que cuanto más te presiono, más te cierras en banda.

Así que, ¿por qué no me cuentas qué tal fue la noche?

Tiene razón; estoy comportándome de un modo particularmente difícil y no sé muy bien por qué.

Hago una mueca y sacudo la cabeza.

—Fue bien. Hasta que a alguien se le cayó una bandeja con copas cuando yo estaba dando el discurso de agradecimiento y sonó tan parecido al estallido de una ventanilla de coche que salí corriendo del escenario y sufrí un ataque de pánico en un armario.

Ladea la cabeza.

—¿Te tomaste tus pastillas?

—No me las llevé. No creí que… Fue una estupidez. Debería habérmelas llevado.

Aparto la mirada, como si Rav fuera mi padre y lo hubiese decepcionado.

—¿Y qué hiciste sin ellas?

—Beckett… Respiramos juntos. Me dijo todo lo que era real en la habitación. Los paraguas. Los abrigos. Las cajas. Él. Que no había agua.

Puedo sentir sus manos, grandes y estiradas sobre mis pantorrillas, sus pulgares masajeando mis gemelos con círculos pequeños y tranquilizadores.

Y puedo verlo de rodillas frente a mí, con el pelo color chocolate revuelto, los ojos verdes bajo la luz tenue del armario y los hombros firmes y anchos bajo su chaqueta.

No me gusta demasiado cómo me hace sentir; como si flaqueara, como si hubiese una versión de mí que también se arrodillaría frente a él y cortaría cualquier pedazo que él le pidiera, así que parpadeo y sonrío a Rav antes de proseguir.

—Y entonces me practicó sexo oral y me provocó un orgasmo para que pudiera relajarme.

Rav no parpadea, solo asiente.

—Bien pensado. Es una forma eficiente de producir dopamina y serotonina. Relajación asegurada.

—Tal vez debas cambiarme la receta médica.

No muerde el anzuelo.

—¿Y le contaste lo del accidente de coche? ¿Todo lo del accidente?

Enarco una ceja. Rav me mira como si su pregunta fuese completamente lícita. No lo es. No es la clase de cosas que suelo contarle a la gente.

—¿Que si le dije que mi padre iba tan borracho cuando se puso al volante con sus dos hijas adolescentes que se salió del puente y el coche dio vueltas de campana hasta que aterrizó bocabajo en el agua?

¿Que acabé con las costillas rotas, mi hermana con el cráneo fracturado y que casi pierde el páncreas? No. Eso no se lo dije.

Abre la mano.

—¿Por qué no?

—No es algo que se pueda contar así sin más en una cena.

—No estabais cenando —puntualiza Rav, como si nada.

Ladeo la cabeza.

—¿Eh? ¿Y qué se suponía que debía decir? «Sí, justo ahí, sigue haciendo eso con la lengua. Ah, por cierto, ¿sabes que mi padre casi me mata?».

—Veo que hoy ya hemos llegado a un callejón sin salida. —Levanta las manos otra vez y me siento triunfante hasta que continúa—. ¿Has pensado en lo que quieres hacer cuando tu beca de investigación acabe?

—Me imagino que seguiré robando órganos.

Quiero que mis palabras salgan secas, irreverentes incluso, pero, en cambio, se me quiebra la voz. Se me emborrona la vista y me doy palmaditas en las mejillas en un intento por detener las lágrimas antes de que se escapen.

Creo que Rav sacude la cabeza con suavidad, que su versión borrosa se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas y que suena terriblemente triste cuando habla.

—Greer…

—¿Qué? —gimoteo.

—Después de todo este tiempo, de todo el trabajo que has hecho, ¿eso es lo que piensas en realidad? ¿Que estás robando?

—A veces. —Me guardo las manos bajo las piernas para no destrozar las costuras del sofá de piel—. Pero otras creo que es maravilloso y lo mejor que podría hacer con mi vida.

Desvía la mirada hacia el reloj sobre la pila de libros de psiquiatría que hay encima de la mesa, girado hacia él.

—Ya sé que no te gustan los deberes. Pero entre ahora y nuestra próxima sesión quiero que pienses en esas dos cosas, en esas veces y en las otras, y podemos dedicarles a cada una diez minutos al comienzo de la sesión.

No respondo, así que prosigue.

—Tal vez sientas que alguien te ha robado, y también una necesidad innata de proteger lo que te queda, pero a veces lo mejor que podemos hacer es abrirnos. Todos esos huecos que crees que están vacíos podrían rellenarse.

Sonrío como si estuviera valorándolo. No tengo el valor necesario para decirle que, aunque no haya nada vacío dentro de mí —porque el hígado es un órgano precioso que sana y se regenera por sí solo—, no tengo muy claro que, cuando años atrás se dispuso a sanarse, se molestara siquiera en sanarme a mí también.