14
Beckett
Por lo visto, los cirujanos no se sonrojan. Todos ejercen un control perfecto de sus emociones y siempre permanecen tranquilos y compuestos.
Greer regresó a nuestra mesa y se sentó como si no hubiese pasado nada, dedicando sonrisas educadas y agradecimientos a quienes se habían parado a felicitarla. Mientras que yo seguía con su sabor en los labios, podía sentirla aún en mi lengua, y me costó horrores concentrarme en otras cosas.
Llegado un momento, se colocó el bolso en el regazo y extendió la mano con la palma hacia arriba, en mi dirección.
—¿No vas a dejar que me las quede?
Me incliné hacia delante, saqué la tela de encaje aún mojada de mi bolsillo y se la ofrecí. Aún tenía la voz ronca y, si Greer hubiera bajado la mirada, habría notado mi erección bajo los pantalones y habría sabido que seguía excitadísimo y que probablemente seguiré estándolo siempre.
Me dedicó una mirada inexpresiva y se las guardó en el bolso, reanudando la conversación como si nada.
Pero sí que ha pasado algo, y no creo que pueda olvidarlo nunca.
Esta chica. Su sabor. La sensación de su carne contra mi lengua y mis dedos cuando ha llegado al éxtasis.
Que haya confiado en mí. No porque crea que soy fiable y responsable, sino porque ha visto a mi verdadero yo y ha seguido creyendo que soy digno de su confianza.
Probablemente sea un exagerado, pero ahora todo me parece distinto.
Es como si Greer hubiese alterado mi química cerebral en ese armario vacío, como si hubiese acercado a mí esas manos que tantas vidas han salvado y hubiese cerrado los dedos en torno a mi corazón antes de susurrar que debía resucitar.
Ella también parece distinta; ha enderezado los hombros y su piel brilla bajo la luz de la luna.
Caminamos por la calle donde he aparcado la camioneta y permanece pensativa mientras la seda de su vestido se mueve alrededor de sus piernas.
Parece como si estuviera sumergiéndose en el agua de una playa iluminada por la luna, ponderando la idea de si sumir el mundo en llamas.
Me llevo una mano a la mandíbula y miro a Greer de soslayo.
—¿Estarás bien si te llevo a casa en la camioneta?
Ella se abraza para protegerse del aire nocturno. Me quitaría la chaqueta y se la pondría sobre los hombros, pero dudo que apreciara el gesto. Alza la barbilla y parece ojear las estrellas antes de detenerse frente a la camioneta. Me mira y asiente.
—Pasó hace mucho tiempo. Me subo a coches y conduzco constantemente. No les tengo miedo.
Permanezco callado hasta que ambos estamos sentados en la camioneta y recorremos la calle.
—¿Qué pasó?
—Fue el típico accidente en un puente. Nos salimos y acabamos en el agua. Estaba con mi padre y mi hermana.
Lo dice como si no fuese nada, y yo aparto los ojos de la carretera para mirarla. La placa está en el suelo y ella se ha girado hacia la ventanilla. Ha dejado el bolso en su regazo y ha cruzado los brazos sobre el pecho.
—¿Cuántos años tenías?
—Yo, diecisiete y Stella, quince.
Agarro el volante con más fuerza.
—¿Todos salisteis ilesos?
—Con el tiempo —responde con suavidad.
Desvío la mirada de las calles vacías otra vez. Ella apoya la frente contra el cristal y observa los edificios mientras pasamos por delante de ellos. Las farolas ensombrecen el contorno de su rostro.
—¿Te sigue inquietando?
Veo que se encoge de hombros por el rabillo del ojo.
—A veces.
—¿Fue eso lo que te pasó aquel día fuera del hospital? ¿Con el anuncio de Gatorade? —pregunto.
Creo que ella asiente.
—Sí. Sonaron las sirenas y un coche petardeó…
—Su voz se va apagando. Pensaba que solo iba a contestar eso, pero sigue hablando—.
Estoy mucho mejor, aunque a veces, cuando no me lo espero, mi sistema nervioso reacciona antes de que mi mente le diga que pare, que solo es ruido y que no estoy en ningún coche. Que no me estoy hundiendo.
La veo moverse en el asiento y creo que empiezo a entenderla un poco más.
—El accidente de coche… ¿Por eso quisiste ser cirujana?
Greer se gira, ladea la cabeza y me observa.
—Más o menos.
Asiento, a pesar de saber que es otra verdad a medias, y le dedico una pequeña sonrisa que me corresponde antes de volver a mirar por la ventana.
Permanecemos en silencio durante el resto del camino.
Normalmente lo rompería y hablaría en un intento por distraerla, y, si Greer fuese una persona más dada a sonreír y a reírse con libertad, tal vez le sonreiría yo y buscaría que ella me devolviese el gesto, pero tengo la impresión de que no necesita eso ahora mismo.
Creo que me gusta estar en silencio con ella.
Su calle está desierta; hay menos casas con las luces encendidas que la última vez que la traje. Sin embargo, la de su porche no está apagada.
La cortina no se mueve cuando me detengo delante, así que no sé si su hermana seguirá ahí. Parece de las típicas que se quedarían esperando toda la noche, observando y con otra llamada de FaceTime preparada.
Pienso en Greer, en que no lleva nada bajo el vestido, y, si fuese mala persona, le preguntaría si puedo acompañarla dentro.
Aunque me asegura que está bien, luce una expresión más decaída de lo normal y tiene los labios entreabiertos. Me encantaría besarle el arco de Cupido y hacer desaparecer su cansancio.
Se desabrocha el cinturón, se recoloca el bolso en el codo y se gira hacia mí.
—Gracias por venir. Siento que hayas pasado más tiempo conmigo en un armario que limpiando tu reputación, pero Samir ganará algo de dinero si juegas bien esta temporada.
Le miro la boca.
—No me quejo.
Ella chasquea los dedos y me lanza una mirada inexpresiva, aunque, a juzgar por las comisuras de sus labios levemente elevadas, parece divertirse. Le sonrío y me encojo de hombros.
—Gracias por ayudarme. La temporada empieza la semana que viene, así que, de momento, se acabó.
Greer se me queda mirando durante un instante antes de enarcar las cejas.
—Si alguna vez tienes otra propuesta laboral, llámame.
Si eso me lo hubiese dicho cualquier otra persona, habría creído que me ha dado carta blanca para invitarla a salir, pero ella no es cualquiera. Tamborileo los dedos contra el volante.
—La temporada es larga, seguro que, antes o después, fallo algo importante y tengo que volver a recurrir a ti con el rabo entre las piernas.
Greer ladea la cabeza, curva los labios en una sonrisita y se encoge de hombros antes de volverse y abrir la puerta. Se recoge el vestido con una mano, baja de un salto y se gira hacia mí.
—Puede, pero lo dudo. No pareces de los que fallan dos veces. Buenas noches, Beckett.
No espera a que yo responda y cierra la puerta.
Creo que no tengo nada más que decirle, así que observo cómo se aleja, pero me fijo en que la placa sigue en el suelo del asiento del copiloto.
Bajo la ventanilla, me inclino y la llamo.
—Te has olvidado tu premio.
Greer mira por encima del hombro durante un momento y arruga la nariz.
—Quédatelo. Te lo mereces después de tu gran desempeño. Buenas piernas, buena lengua… ¿Quién lo iba a decir?
Esboza una sonrisa suave y se despide con la mano antes de recogerse el vestido de nuevo y caminar hacia su casa.
La observo mientras me debato conmigo mismo.
Le doy vueltas a la idea de ir corriendo tras ella, empotrarla contra un árbol cercano y hundirme en ella con fuerza.
Me muevo en el asiento y tiro de la pernera del pantalón.
Desde que hemos salido del armario, lo he notado demasiado ceñido.
La he tenido dura toda la noche por su culpa.
Mi mano se dirige al cinturón como si tuviese vida propia, pero Greer se detiene delante del escalón de su casa y da media vuelta. Echa la cabeza hacia atrás y la coleta se mece a su espalda.
—Bombón —dice, parpadeando.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Bombón y Cachorrita. —Se encoge de hombros—. Nuestros apodos de niñas. Mi padre me llamaba Bombón.
—Ah.
Asiento y las comisuras de mis labios se curvan hacia arriba. Tal vez no parezca mucho, pero sé que me ha dado algo, que ha abierto esa puerta que mantiene cerrada y que ha compartido uno de sus secretos conmigo. Me lo ha susurrado como lo habría hecho un niño.
Me lo guardo en el bolsillo junto con su sonrisa y su risa.
Greer vuelve a levantar la mano y hace amago de girarse, pero me inclino para estar más cerca de la ventana abierta. Quiero que me oiga y espero que sepa que lo digo en serio.
—Tú me has estado escuchando estas semanas. Así que, si alguna vez te apetece hablar con alguien, me encantaría escucharte.
La tristeza ensombrece su sonrisa y mantiene la mano levantada a modo de despedida.
—Buenas noches, Beckett.
—Buenas noches, doctora Roberts.
Espero hasta que ha entrado y, cuando cierra la puerta, veo la cortina corriéndose a un lado, el destello de una melena pelirroja y la sombra de alguien levantándose del sofá y cruzando la estancia a toda prisa.
Ojalá fuera yo el que estuviera ahí con ella, pero me alegro de que, al menos, no esté sola.