13 #2
—Lo fue. —Esboza una sonrisa triste que espero no volver a ver nunca y se encoge de hombros muy levemente—. Hace tiempo.
Asiento y pego la frente contra su muslo antes de levantar la mirada hacia ella.
—Pero esta vez no, ¿vale?
—Vale —repite.
Nos quedamos así, en silencio, mirándonos. Somos dos personas reales rodeadas de cosas reales que no quieren hacernos daño, sino que solo están cogiendo polvo.
La veo respirar hondo y, aunque no lo hago a propósito, inspiro y espiro igual que ella. Como si estuviéramos en esto juntos, vamos a coger la misma cantidad de oxígeno y a quedarnos así hasta que pueda respirar tal y como se merece y se sienta mejor.
Me mira como si estuviera apoyándose en mí y, por una vez, la idea de ser el Beckett Davis confiable, responsable, no me parece una carga tan inmensa, esa que, en líneas generales, me hunde en el subsótano del infierno al que nuestras expectativas van cuando mueren.
Cuadro los hombros. Cuando ella lo necesita, me parece algo fácil y ligero de llevar.
Sigo moviendo los pulgares en círculos pequeños contra sus gemelos.
No aparto la mirada de sus ojos hasta que empieza a respirar de forma más regular, suave y, si me lo preguntan, también preciosa.
—¿Te encuentras mejor? —Mi voz suena ronca.
Greer asiente sutilmente y esboza otra sonrisa triste.
—Estable. Mi ritmo cardíaco parece haber vuelto a la normalidad. Siento los pulmones llenos y las manos ya no me hormiguean.
—¿Y el agua? —pregunto, tamborileando los dedos sobre sus pantorrillas.
—Ha desaparecido.
—Bien. —Trato de sonreírle con confianza—. ¿Qué más puedo hacer por ti?
—Nada. —Niega con la cabeza y por fin baja la otra mano de su pecho a mi otro hombro—. A menos que puedas darme un buen chute de serotonina o dopamina.
Sacudo la cabeza.
—Por desgracia, ya no me quedan dosis de químicos cerebrales en el bolsillo de la chaqueta. ¿Qué más los produce?
—Algunos alimentos. Cosas que te ayudan a relajarte. El yoga. Un masaje. Vídeos de animales adorables. —Greer se encoge de hombros y los comba un poco, lo cual hace que la tenue luz los ilumine ligeramente—. Un orgasmo.
Lo dice con una risita ronca, como si fuera broma, pero yo no lo percibo así.
Tenso los dedos alrededor de sus piernas. De repente siento la chaqueta demasiado apretada y trago saliva sin apartar los ojos de ella.
Greer parpadea, abre los labios y se ruboriza.
—Es broma.
—Broma —repito.
Yo no lo encuentro gracioso, y mi polla tampoco. Me gusta la idea de hacerla sentir bien, de ser quien cuida de ella cuando creo que se pasa la mayor parte del tiempo cuidando de todos los demás.
Vuelvo a mover el pulgar en círculos lentos contra su piel y le sonrío.
—No es mi intención alardear, pero me han dicho que soy muy bueno. Puedo darte uno.
Ella se muerde el labio inferior y otra risita ronca se queda atascada en su garganta. Después traga saliva, parpadea y no aparta los dedos de mis hombros.
Deslizo la mano por su gemelo en dirección ascendente, hasta el arco de su rodilla. La seda de su vestido se desliza y me detengo justo sobre la piel de su muslo. Abro los labios sin apartar la vista de ella, a la espera de cualquier señal que me dé permiso para seguir subiendo la mano.
Greer baja la mirada hasta su vestido, hasta donde la seda descansa justo encima de mi mano, y, cuando vuelve a mirarme, inhala y asiente muy levemente.
Sonrío y desplazo la mano más allá de su rodilla; un escalofrío la recorre cuando la muevo por el interior de su muslo.
Nos quedamos mirándonos mientras mi mano sigue ascendiendo hasta toparse con encaje. Acaricio el punto en el que se encuentra con su piel y ella vuelve a asentir a modo de permiso.
Deslizo el pulgar por su entrepierna y me detengo justo entre sus muslos. A Greer se le dilatan las pupilas e inhala con brusquedad.
Ojalá estuviéramos bajo la brillante luz del sol para poder verla bien, y no bajo una pequeña lucecita, pero sé que está preciosa con ese cabello oscuro, los ojos brillantes, los gruesos labios entreabiertos y un rubor en la curva de sus mejillas.
—¿Te gusta? —pregunto con voz ronca.
Greer asiente.
—Es… —Echa la cabeza hacia atrás y abre más los labios cuando muevo el pulgar en círculos antes de deslizarlo muy despacio hacia abajo por el centro del encaje—. Es… Sí, me gusta.
—Súbete el vestido.
Dejo la mano donde está, moviéndola en círculos lentos, acariciándola, reverenciando a esta extraordinaria mujer que me ha confiado algo más que su cuerpo. Cuando la seda del vestido asciende por sus muslos y revela la ropa interior que lleva puesta, noto cómo el encaje se humedece.
Aparto la mano y, aunque no creo que sea su intención, suelta un quejido.
Le sonrío y agarro los laterales de la prenda interior antes de deslizarla despacio por sus piernas hasta que aterriza junto a sus tacones.
Le levanto un pie para apartarle la braguita antes de bajarlo con suavidad y hacer lo mismo con el otro.
Luego, le agarro una pierna y la coloco sobre mi hombro.
Greer aprieta el talón contra mi espalda y creo que no he estado tan excitado en toda mi vida.
Observo la carne expuesta frente a mis ojos antes de levantar la mirada.
Ella vuelve a morderse el labio.
Trago saliva.
—¿Puedo?
Greer asiente una última vez a modo de permiso y la veo morderse el labio inferior de nuevo.
Me inclino hacia delante e inhalo su olor antes de deslizar la lengua de abajo arriba hasta detenerme en el centro.
—Joder… Tu sabor… —gimo, levantando más su muslo para poder enterrar mejor el rostro entre sus piernas—. Me quedaría a vivir aquí si pudiera.
Suelta otra risita ronca seguida de un grito ahogado.
—Beckett —gime.
Creo que nunca he querido ser tan yo como ahora mismo, de rodillas frente a ella, con la cabeza entre sus piernas y la lengua empapada de su sabor; con esta chica que guarda demasiados secretos, que tiene esos preciosos ojos que ocultan a alguien más amable de lo que finge ser y con una boca que ha devuelto a la vida a una persona que no era real siquiera.
—Repite mi nombre —le pido sin apartarme de ella, aferrando su muslo con tanta fuerza que creo que voy a dejarle un moratón en la piel.
Espero hacerlo.
Levanto la otra mano y deslizo dos dedos en su interior poco a poco a la vez que muevo la lengua en círculos.
Ella lo vuelve a decir, más suave esta vez, y hunde una mano en mi pelo. Soy real, lo sé, porque cómo podría no serlo cuando ella pronuncia mi nombre así, como un pequeño susurro, un pequeño gemido, con un pequeño movimiento de sus caderas para acercarse a mí.
«Beckett».
Dibujo otro círculo con la lengua. Le aprieto las caderas y deslizo los dedos dentro y fuera de su cuerpo despacio.
«Beckett».
Sigo haciéndolo, ralentizando el ritmo cuando me lo pide y acelerándolo cuando me tira del pelo.
«Beckett».
Siento la polla aprisionada contra los pantalones. Continúo moviendo la lengua como parece que le gusta, en círculos amplios, más lentos al principio y luego rápidos, y la siento contraerse contra mis dedos.
Abro los ojos justo cuando Greer arquea la espalda, echa la cabeza hacia atrás y cierra los suyos.
Separa los labios y suelta un puto gemido tan perfecto que quiero oírlo en bucle durante el resto de mi vida.
Sigo dándole placer hasta que relaja los hombros y abre sus ojos verdes antes de parpadear y mirarme con las mejillas ruborizadas, radiante.
Me aparto aunque no quiero y saco los dedos de su cuerpo. Lo digo en serio, podría vivir entre sus piernas. Le doy un suave beso en el muslo antes de bajarle la pierna.
Me separo, destenso los hombros y apoyo las manos en mis muslos. En realidad lo que me apetece es llevarme los dedos a la boca para que vea lo increíblemente bien que sabe, pero esto ha sido para ella, no para mí.
—Eso ha sido… Eh… —Greer jadea con los ojos abiertos como platos, brillantes y preciosos, antes de bajarse el vestido—. Gracias. Ha sido… Sí que me has llevado ahí. Tenías razón. Deberíamos… volver a la fiesta.
—Dame un minuto.
Sonrío, me bajo la cremallera y me saco la camisa para poder recolocar la erección que probablemente voy a tener durante el resto de mi vida.
Ella desvía la mirada hacia mis manos y me observa con atención hasta que me remeto la camisa en los pantalones y me subo la cremallera. Recojo sus bragas del suelo antes de guardármelas en el bolsillo y ponerme de pie.
—Luego podrás guardártelas en el bolso.
Se ríe y el sonido rebota en el espacio, que ahora parece muchísimo más pequeño que antes.
Estamos a nada de tocarnos. Si me moviera, estaría pegándola contra la pared.
Greer levanta la barbilla y me dedica una sonrisita.
—Gracias —susurra.
Trago saliva.
—Cuando quieras.
Bajo la cabeza y ella parece subir la barbilla un poco más.
Solo nos separa un suspiro, y me inclino hacia ella.
Nuestros labios se rozan durante un brevísimo instante, atrapado para siempre en este armario lleno de abrigos, paraguas, cajas polvorientas y una verdadera ella y un verdadero yo, antes de que se agache, recoja su placa, abra la puerta y yo la siga de vuelta al pasillo.