Estrictamente profesional 13
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Beckett

Samir se toma tres copas de whisky escocés durante la cena. Hace un par de apuestas sobre tiros que cree que voy a fallar contra ciertos equipos una vez comience la temporada y me muestra el teléfono como si fuese una broma de la que yo también soy partícipe.

Greer sujeta su copa de vino con fuerza y creo que el tipo debe de temer que vaya a romperla y a extirparle un órgano con ella, así que apuesta una cantidad de dinero desproporcionada a que voy a romper el récord de las sesenta y seis yardas en un gol de campo esta temporada para compensar.

No le he dado muchas vueltas a lo de intentar romper otro récord; últimamente mi única preocupación ha girado en torno a no fallar y a no defraudar a todo el mundo.

Pero, si el entrenador me obliga a intentarlo, el hecho de que pueda beneficiarse si lo consigo me hace querer inventarme una mentira sobre que el viento no era óptimo.

Greer no dice gran cosa, solo ofrece algún que otro comentario sobre investigaciones cuando sale el tema y responde si le preguntan directamente.

Sin embargo, relaja los hombros conforme avanza la noche y una pequeña parte de mí espera que sea por mi presencia, porque más de una vez lleva la mano a mi muslo, con los ojos bien abiertos y las fosas nasales dilatadas, aunque su sonrisa falsa sigue ahí cuando alguien dice algo pretencioso.

Se ha vuelto un juego en el que uno de los dos agarra la mano o el muslo del otro bajo el mantel sin cambiar la expresión.

Está inclinada hacia delante, con la barbilla apoyada en una mano, mientras que con la otra sostiene su tercera copa de champán, que está casi vacía.

Un precioso rubor cubre sus mejillas a causa del alcohol.

Está asintiendo mientras presta atención a otro de los doctores de la mesa que habla sobre medicina regenerativa —es la primera vez en toda la noche que la veo verdaderamente interesada en algo— cuando, de repente, un micrófono se enciende.

Otro hombre, que también parece haberse pasado bebiendo, se acerca al pódium sobre el escenario iluminado en el centro de la sala, y sé que va a soltar un discurso vergonzoso cuando se inclina y le da varios golpecitos innecesarios al micro, como preguntando: «¿Este trasto está encendido?

». No espera a que la gente se ría —cosa que no ocurre— y empieza con una frase malísima y demasiado preparada.

—¡Buenas noches a todos! Menuda cena, ¿verdad? El sabor del bistec casi me da un infarto, pero creo que veo a un par de cirujanos cardíacos con un cuchillo afilado, así que supongo que estoy en el lugar adecuado.

—Ay, Dios —musita Greer, mirándome de reojo.

Sonrío y me inclino hacia ella a la vez que apoyo una mano en su muslo.

—Esta es la mejor gala a la que he asistido. En serio. ¿Quién iba a decir que los médicos eran más vanidosos que los deportistas?

Aguza la mirada, me aparta la mano de su muslo y teatralmente la suelta en mi regazo. Hace una mueca y está a punto de responder cuando el presentador vuelve a hablar.

El hombre pronuncia su nombre y Greer se sobresalta y mira al escenario. Hay una pequeña ronda de aplausos y ella se levanta de la silla.

—¿Tienes preparado el discurso? —susurro, enarcando una ceja.

—Vuelvo en cinco minutos y entonces podremos marcharnos de aquí de una vez.

Me mira, apura el champán y se recoge el vestido antes de cruzar la estancia hacia el escenario.

El aplauso sube de volumen, el presentador empieza a hacer gestos exagerados mientras corretea a su alrededor —algo que sé que Greer odia con toda su alma porque sonríe y fuerza una risa antes de que ambos se detengan junto al pódium— y le entrega una placa de cristal feísima con una pomposidad innecesaria.

Aunque sé que desearía no estar ahí, el foco la ilumina y atrae la atención de todo el mundo, y qué maravilla. Está preciosa. Tiene el pelo brillante, su coleta se balancea un poco y la curvatura de sus hombros y clavículas están a la vista.

Sonríe con dulzura al presentador antes de girarse e inclinarse hacia el micrófono.

—Gracias por este premio. No doy por hecho lo que significa tener pacientes que…

Un ruido de algo de cristal haciéndose añicos interrumpe el relativo silencio de la sala.

Miro por encima del hombro. El camarero se apresura a limpiar el vino derramado de una bandeja llena de copas rotas sobre el suelo de madera y levanta una mano a modo de disculpa hacia la mesa más próxima.

Cuando vuelvo a girarme, Greer ha retrocedido del pódium y se ha llevado una mano al corazón.

—Eh… Perdonad. ¿Qué estaba diciendo? Seré… seré breve.

Se aprieta el pecho con más fuerza, hasta el punto de que se le ponen los nudillos blancos a causa del esfuerzo. Se le dilatan las fosas nasales e intenta sonreír, pero parece más un gesto mecánico de ciertos músculos.

—Gracias. Es un honor y un privilegio.

Y luego se gira y sale a toda prisa por el lateral del escenario.

Creo que el presentador suelta alguna especie de chiste estúpido sobre ser conciso, pero yo me levanto justo cuando Greer abre una puerta en el lateral de la sala y literalmente sale corriendo.

Mi silla chirría contra la madera, pero nadie me está mirando y tampoco la están buscando a ella.

Samir y sus amigos tienen las cabezas gachas y están riéndose de algo en sus teléfonos, y la atención de los demás asistentes sigue fija en el escenario; están conteniendo el aliento para ver cuál es el siguiente chiste malo que suelta el presentador.

Yo soy más rápido que ella, y es la primera vez en mucho tiempo que agradezco tener estos estúpidos músculos y piernas, porque he cruzado la estancia y salido al pasillo antes de que pueda abrir otra puerta al fondo.

La alcanzo justo cuando la atraviesa.

Ha entrado en un armario lleno de un batiburrillo de cosas con una triste bombilla polvorienta colgando del techo.

—Greer —la llamo con voz grave. Estiro el brazo para agarrarla del hombro, pero ella se gira de golpe y levanta esa horrorosa placa de cristal a la vez que se lleva la otra mano al pecho—.

No pretendía asustarte. —Alzo las manos antes de girarme hacia atrás y cerrar la puerta del armario con suavidad para que solo estemos los dos aquí—. ¿Qué te ocurre?

—Taquicardia. Disnea. Parestesia.

—Greer —me rasco la barbilla—, no sé qué significa eso.

Ella echa los hombros hacia atrás, contra la pared de cemento del armario.

—Pulso acelerado. Sin aliento. Hormigueo en manos y dedos.

—¿Qué…?

Exhala con las fosas nasales dilatadas antes de coger una bocanada de aire.

—Ataque de pánico.

Estiro un brazo hacia ella, pero de pronto suelta un gimoteo y detengo la mano en el aire, a medio camino.

No sé cómo ayudarla. Le quito la placa de la mano y la dejo en el suelo antes de inclinarme de nuevo y de agachar la cabeza para mirarla a la cara.

Sus ojos, a menudo efervescentes, preciosos y astutos, están abiertos como platos, como si fuese una cervatilla asustada.

—¿Qué ha pasado? Necesito que me lo expliques para poder intentar arreglarlo.

—El cristal al romperse. —Cierra los ojos y niega con la cabeza—. Ha sonado como la ventana… Como cuando la ventana se rompió.

—No se ha roto ninguna ventana —le digo, inclinándome y agarrándole la barbilla. Parece que vaya a dislocarse el maldito cuello.

Greer abre los ojos y me mira con las fosas nasales dilatadas y las lágrimas deslizándose por su rostro.

—Sí. En el accidente de coche.

—Accidente de coche —repito, soltándole la barbilla y agarrándola por los hombros—. Tal vez hayas sufrido un accidente de coche, pero no ha sido esta noche, ¿me oyes?

Su voz se quiebra.

—Lo he oído. Y ahora puedo sentirlo.

Se lleva las manos al pecho y se mece hacia delante y hacia atrás como si estuviera tratando de deshacerse de algo, pero, por mucho que lo intente, no puede.

Pego mi frente a la suya.

—¿Cómo te ayudo? Dime qué necesitas.

—Mi Lorazepam. No tengo las pastillas. No…

Me aparto un poco.

—¿Están en tu bolso? Iré a por ellas.

Ella vuelve a sacudir la cabeza, aunque esta vez casi de forma imperceptible.

—No. No… las he traído. No pensé que…

Odio lo indefensa que parece ahora mismo. Verla así no me hace ni puta gracia.

—Vale, ¿qué hago entonces? ¿Qué necesitas?

—Necesito que me digas lo que ves. Lo que sientes en la habitación. —Jadea y vuelve a llevarse una mano al pecho. Me agarra del brazo con la otra—. El agua. Siento el agua en mis piernas.

Sacudo la cabeza, me pongo de rodillas y le agarro las pantorrillas por encima del vestido.

—No hay agua, Greer. ¿Sientes mis manos?

Ella sigue negando con la cabeza. Apoya una palma sobre mi hombro y me clava las uñas.

—Puedo sentirla…

—Respira.

Inhala y se estremece.

—Respira. No hay agua. Solo yo te estoy tocando. —Muevo las manos por debajo del dobladillo del vestido y las dejo sobre la piel de sus pantorrillas—. ¿Sientes mis manos?

Ella cierra los ojos con fuerza, pero asiente.

—Mírame. —Hundo el pulgar en sus gemelos y empiezo a moverlo en círculos—. Greer, abre los ojos. Mírame.

Parpadea y los termina abriendo. Están brillantes y anegados en lágrimas.

Miro alrededor. Estamos en un armario lleno de cosas olvidadas que nadie echaría de menos. Pero ella las está mirando como si le estuvieran haciendo tantísimo daño…

—Cuéntame qué ves y yo te diré si es real, ¿vale?

Asiente y vuelve a inspirar hondo. Se aprieta el pecho y me clava los dedos en el hombro aún más.

—Abrigos.

—Real —respondo.

—Paraguas rotos —susurra.

—Real. —Asiento.

Parpadea.

—Un montón de cajas.

—Real. —Sonrío ligeramente y hundo los dedos en sus gemelos.

—A ti. Te veo a ti.

Trago saliva.

—Real.

Beckett Davis. Al fin y al cabo, soy una persona entera y real. Quién lo diría.

Greer parpadea, afloja el agarre sobre mi hombro y los nudillos contra su pecho pasan de blancos a rosados.

—Ya no siento el agua. —Se le quiebra la voz incluso hablándome en tono confidente.

—Nunca ha estado aquí. Nunca ha sido real, ¿me oyes?