12 #2
Greer aprieta los labios en un mohín; siguen brillantes y están aún más preciosos gracias a lo que se ha puesto en ellos. Señala la mesa antes de recogerse el vestido con la mano.
—Ya. Recuérdame no cerrar ningún trato en el futuro con gente que habla de sí misma en tercera persona.
—Sabes que yo no hablo de mí mismo en tercera persona de verdad, ¿no? —Me froto la barbilla y le ofrezco el brazo.
Ella me dirige una mirada mordaz e ignora mi ofrecimiento.
—Lo sé, Beckett. Era una broma. Algunos lo denominarían autocrítica en su máxima expresión, porque, ¿quién es realmente Beckett Davis?
Sonrío y suspiro con suavidad antes de meter las manos en los bolsillos y seguirla. Es una mujer despampanante que se niega a admitir que somos amigos pero que, aun así, me tiene calado.
Cuando llegamos a la mesa y nos detenemos frente a los dos últimos asientos vacíos, levanta la mano para saludar a los demás. Nos aguardan dos cubiertos con unos cartones sujetos con nuestros nombres escritos en dorado y colocados ante unas velas flotantes pequeñas.
Dra. Greer Roberts
Distinguida galardonada:
Excelencia clínica y quirúrgica
Beckett Davis
Invitado
Me giro para sonreírle y estoy a punto de decirle que no es lo peor que me han llamado cuando alguien grita algo de lo peor.
—¡Malpié! Me he enterado de que has venido con una de las ganadoras.
—Un hombre sentado justo enfrente nos lanza una amplia sonrisa.
Sus mejillas morenas están ruborizadas y su mirada, algo nublada, como si se hubiera tomado más de una de esas buenas copas de whisky escocés—.
Esta temporada lo harás mejor, ¿a que sí?
Me hiciste perder mucha pasta el año pasado.
Enarco las cejas, separo la silla de Greer, aunque ella no quiere que lo haga, y espero a que tome asiento y se alise el vestido para sentarme a su lado. Le respondo con la sonrisa que me caracteriza.
—Oye, si yo hubiese apostado, también habría perdido mucho dinero. No esperaba fallar el tiro.
Greer se tensa.
—¿Cuántos tiros has lanzado tú profesionalmente, Samir? —dice con frialdad.
Es la primera vez que se dirige a uno de sus compañeros por su nombre de pila.
Él parpadea despacio, sorprendido, para, a continuación, esbozar una sonrisa enorme que no le llega a los ojos.
—Estoy demasiado ocupado salvando vidas, pero digo yo que alguien tendrá que hacerlo.
No es la primera vez que me lo dicen ni que yo me lo haya dicho a mí mismo. Era fiable hasta que dejé de serlo. En realidad, no valgo tanto porque no salvo vidas como mi hermano ni vivo como mi hermana, pero sí lo suficiente como para pagar las facturas de todo el mundo cuando me necesitan.
Aunque sea una falta de respeto, me encojo de hombros y pongo el brazo en el respaldo de la silla dorada. Estoy a punto de decirle que es el mejor trabajo del mundo porque nada de lo que hago importa realmente, pero entonces Greer apoya la mano en mi recodo.
—Hm. —Aprieta los labios y enarca una ceja. Después, ladea la cabeza y le brillan los ojos bajo la luz tenue. Parece casi una depredadora—. Es cierto. Con tantas emergencias en… —mira las letras en cursiva ante él, vuelve a posar los ojos en el hombre y apenas esboza una sonrisa— dermatología.
No sé lo suficiente sobre dermatología o la piel en general como para saber si hay muchas emergencias o no, o cuánta razón tiene en lo de pasarse el día salvando vidas, pero la verdad es que me da bastante igual.
Clavo los ojos en el lugar donde Greer tiene la mano, en el recodo de mi brazo, con los dedos estirados sobre mi chaqueta. Creo que es un ademán protector; no estoy seguro del todo porque no recuerdo que nadie me haya defendido nunca.
Aunque también es cierto que nunca he sentado un buen precedente ni me he defendido a mí mismo que digamos.
Lo que sí sé es que me gusta la sensación de ser alguien. De no sentirme como un desconocido que ayudó una vez a su madre en el supermercado o como una persona que no es nada más que la suma de un puñado de adjetivos insulsos que significan lo mismo.
Quizá Beckett Davis sí que sea real.
Se me crispan las comisuras de los labios y Greer aprieta los dedos contra mí antes de cerrar las manos y colocarlas ante su plato.
Samir se inclina hacia delante con una sonrisa tensa y levanta el vaso de whisky escocés, lleno de condensación, hacia nosotros.
—Bueno, supongo que no todo el mundo puede patear y que no todo el mundo puede recibir un prestigioso galardón por su excelencia clínica.
Los ojos de Greer pierden el brillo y tensa los dedos contra la mesa, pero se limita a sonreír de manera educada.
—No todo el mundo puede ser excelente. —Me encojo de hombros de nuevo y aparto la mano del respaldo de la silla con languidez antes de mirar a Greer de soslayo y guiñarle el ojo.
Ella pone los suyos en blanco, aunque sonríe.
Samir vuelve a inclinarse hacia delante y me fijo en lo vidriosa que tiene la mirada. Tal vez yo sea la persona menos cualificada de la sala para dar consejos médicos, pero creo que no debería seguir bebiendo.
Mueve lo que le queda en la copa y me lanza una sonrisa que parece más bien maliciosa.
—¿Y qué hace que un pateador sea excelente? Seguro que requiere algún tipo de exigencia. ¿O es tan fácil como echar la pierna hacia atrás y golpear el balón?
No lo es. Es muchísimo más complicado de lo que la gente cree. Pero sonrío y señalo la copa casi vacía de Greer.
—La doctora Roberts va a necesitar otra copa antes de que empiece a aburrirles con técnicas de visualización y la importancia de la velocidad del viento.