12
Beckett
La última vez que estuve vestido de traje, frente a una casa y con el puño levantado para llamar a la puerta, tenía dieciocho años e iba medio borracho a la fiesta de fin de curso de mi último año de instituto.
Esta noche no he traído flores. Estoy seguro de que su casa no es ninguna zona sin olores, pero, ahora que echo la vista atrás, tal vez lo del ramo fuera demasiado.
Fue una decisión que tomé en plena euforia.
Creo que no es consciente del todo, ni yo sabría explicarlo bien, de lo que ha significado que me salve dos veces: la primera, de tener que sufrir en la planta de pediatría, donde solo podría haber visto a mi hermana conectada a un montón de vías, con el pelo cayéndosele a puñados y a mis padres aferrándose a la nada; y la segunda, de tener que soportar la decepción de los demás.
Estar tan cerca de alguien a quien no le importa quién soy ha sido revitalizante.
Aunque me ha hecho desear que ojalá sí lo hiciera.
Cuando hago amago de llamar, la puerta se abre.
Quien aparece no es Greer, sino alguien lo bastante parecida a ella como para hacerme suponer que es su hermana.
Su color de pelo podría ser rojo bajo el sol, y sus ojos son un tono más claro que los de Greer, pero, por lo demás, es igual que ella.
La nariz, la mandíbula, los pómulos altos…
Incluso su voz es parecida.
—Buenas tardes, Beckett.
Sonríe con los ojos brillantes y levanta el teléfono. Parece que está en videollamada con dos chicas, una con el pelo más oscuro que Greer y otra pelirroja, y ambas están observándome.
—Tú debes de ser Stella. —Sonrío y le ofrezco la mano.
Se le ilumina la cara. Tiene las cejas arqueadas y los ojos bien abiertos; la emoción se le refleja en todas sus facciones.
—Buen apretón de manos.
Gira la cabeza y asiente con firmeza en dirección al teléfono. Luego me suelta y se señala.
—La hermana. —Da un toque al teléfono—. Las mejores amigas.
Asiento tanto hacia ella como al teléfono.
—He venido a recoger a tu hermana, a vuestra amiga.
Parece exultante, como si le hubiese desvelado algo de vital importancia, y también un poco como si estuviera a punto de decir algo más, pero Greer aparece tras ella.
Flexiono los dedos y abro la boca antes de curvar las comisuras hacia arriba. Inhalo bruscamente al recordar que tengo que respirar. Solo la he visto vestida con ropa quirúrgica y una camiseta desgastada con el nombre de un restaurante ficticio de una película.
Ya era preciosa antes, pero ahora… Ahora creo que es algo totalmente distinto.
Lleva el pelo oscuro engominado y recogido en una coleta alta.
Tiene colorete en las mejillas y los labios pintados de algo que los hace parecer casi iridiscentes.
Sus ojos verdes brillan como gemas, y eso destaca por encima de todo lo demás.
El vestido de tubo es de seda, de color esmeralda, va atado al cuello y deja sus hombros al descubierto.
—Ya vale, Rita.
Desvía la mirada hacia su hermana. Sus pómulos parecen tan marcados que podrían cortar cristal, pero luego suaviza la expresión y la postura.
Se lleva la mano a la boca cuando sale y posa los dedos en ella con algún tipo de beso que desearía que fuera dirigido a mí, pero que usa para despedirse de su hermana y de sus mejores amigas antes de cerrar la puerta detrás de ella.
Me froto la barbilla.
—Estás… espectacular.
Greer me mira y parpadea, con las mejillas sonrosadas. Se alisa el vestido de forma compulsiva.
—Gracias, pero no se lo digas a mi hermana, por favor. El vestido es suyo y no quiero que luego me suelte el típico «te lo dije».
—¿Pensabas ponerte un traje pantalón? ¿O algo que dijera a gritos «estrictamente profesional», quizá?
Sonrío e intento fingir que no siento lo acelerado que está mi corazón cuando le ofrezco el brazo.
Ella me dedica una mirada inexpresiva con esos ojos suyos tan avispados, pero me agarra del brazo y se recoge el vestido con la otra mano.
—Nunca lo sabrás.
—Me alegro de que seamos socios en este nuevo emprendimiento, doctora Roberts.
Bajo las escaleras del porche despacio para que no se tropiece con los tacones y ella pone los ojos en blanco y tira de mí antes de avanzar con decisión por la acera en dirección a mi camioneta.
Suelta el vestido y me señala con el dedo.
—Ni se te ocurra abrirme la puerta. Los amigos no se abren la puerta del coche.
Levanto las manos y camino hacia la zona del conductor de espaldas.
—No sé, empiezo a creer que tienes unos amigos horribles.
Ella señala su casa con la cabeza.
—Yo no las llamaría horribles, pero seguro que están viéndonos a través del teléfono mientras mi hermana nos observa por la ventana.
Ambos nos giramos y echamos un vistazo y, efectivamente, hay movimiento detrás de las cortinas blancas, que acaban de volver a su sitio.
Greer pone los ojos en blanco y sacude la cabeza despacio. La coleta se le mece antes de que haga fuerza para abrir la puerta de la camioneta.
—Maldita Rita.
Dudo si cerciorarme de que se sube bien y no se le engancha el vestido con nada y cerrarle la puerta, pero no sé si se lo tomaría bien, así que rodeo la camioneta y entro justo cuando ella cierra su puerta.
La miro en cuanto arranco. Ella se remueve en el asiento, vuelve a alisarse el vestido y se toquetea la coleta antes de dejar el bolso que llevaba en el recodo del brazo sobre su regazo. Parpadea rápidamente y frunce el ceño. Parece nerviosa.
Le doy una palmada al volante, miro por el retrovisor y me alejo del bordillo.
—¿Por qué llamas a tu hermana Rita?
—Es un apodo de nuestra infancia. Mi padre la llamaba Cachorrita y, de mayor, se ha quedado con eso —responde. Fija la mirada en la ventanilla, observando cómo las luces del barrio dan paso a las farolas más bajas del distrito este.
—Cachorrita. —Asiento y la vuelvo a mirar por el espejo—. ¿Y cómo te llamaba a ti?
Greer me mira de soslayo y alza la barbilla.
—Nada que me siga llamando de adulta.
Chasqueo la lengua con una sonrisa y sacudo la cabeza.
—Los amigos se cuentan secretos, doctora Roberts.
Ella alza la barbilla aún más.
—Me alegro entonces de que nuestra relación sea estrictamente profesional.
Enarco una ceja y asiento mientras tamborileo los dedos en el volante.
—De acuerdo, colega . Cuéntame por lo menos qué voy a encontrarme. ¿Qué debería esperar de un evento del colegio de médicos en el que se honra a mi colega?
Su risa suena tan áspera como su voz. Me gusta ese sonido, aunque no suele hacerlo a menudo. Creo que puedo contar con los dedos de una mano las veces que lo ha hecho, o la he visto sonreír, y siento como si estuviera coleccionando esos momentos y manteniéndolos a salvo en mi bolsillo.
Greer echa los hombros hacia atrás como si tratase de relajarse.
—Prepárate para ver a médicos agotados, cirujanos con aires de grandeza que deberían haberse jubilado hace años y filántropos con tanto tiempo libre y dinero que se han quedado sin causas en las que invertirlo, por lo que se inventan premios para gente como yo, que realmente no somos nadie, solo un mero resultado colateral.
Hace una mueca y golpetea la guantera con el dedo. «Resultado colateral» es una forma muy rara de referirse a sí misma, pero vuelve a parpadear y me da la sensación de que oculta más secretos.
Ojalá me contase uno de ellos; lo guardaría junto con las sonrisas y carcajadas y me aseguraría de que también estuviera a salvo.
No obstante, no titubea; se muestra decidida.
Se endereza cuando pasamos bajo una farola y la luz se refleja en sus ojos y en su vestido a la vez.
Me recuerda un poco a una flor que aún no está lista para abrirse del todo pero que quizá lo haga pronto.
Así que me reclino en mi asiento con un brazo en el volante de forma relajada y toco la parte de la guantera junto a su mano antes de dedicarle una sonrisa.
—¿Tú crees que les gustará el fútbol?
Pues sí que es mucha gente con demasiado tiempo libre, dinero y el ego por las nubes; demasiados médicos que parecen estar a escasos segundos de quedarse dormidos de pie.
Eso sí, el sitio es precioso: tiene ventanales que van del suelo al techo en el ático de un edificio que pertenece a un periódico del centro.
Hay un escenario enorme iluminado con lucecitas y una pequeña mesa decorada con tres galardones de cristal que prácticamente brillan.
Van pasando bandejas con champán recién abierto, cuyas burbujas salpican el cristal.
La luz es tenue y pretenciosa y hay pequeños canapés en fuentes plateadas.
Y, por encima de todo eso, hay una mujer preciosa.
Para alguien que parecía no querer estar aquí, se mezcla bastante bien con el entorno. No es exuberante, pero sonríe de forma educada y discreta a todo el mundo y les estrecha la mano antes de presentarme como un amigo, Beckett Davis.
Sonreí la primera vez y articulé un «colega» antes de que ella pusiera los ojos en blanco y prosiguiera.
—Se parece un poco a una boda —murmuro mientras la miro de soslayo.
—Pues sí. —Asiente, y se lleva la copa de champán a los labios antes de señalar un cartel grande en pintura acrílica que cuelga delante del umbral—. Lo de la distribución de asientos es una exageración.
Me encojo. Sí que lo es. Me meto una mano en el bolsillo del pantalón, apuro la copa y la dejo en la mesa ante mí.
—¿Nos toca sentarnos con alguien bueno?
Ella resopla y señala una mesa al otro lado del salón con la barbilla.
Hay tres hombres trajeados apoltronados en una mesa en torno a unas velas que hacen las veces de centro.
Brindan con unos vasos que parecen demasiado caros antes de dar un golpe a la mesa y echar la cabeza hacia atrás, carcajeándose de una forma seguramente insoportable.
—Parecen…
—¿Vanidosos? —Greer me mira y abre los ojos de forma exagerada.
Levanto las manos y le dedico una sonrisa relajada.
—Iba a decir entretenidos. Beckett Davis se lleva bien con todo el mundo.