Estrictamente profesional 11
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Greer

Los eventos así —estúpidos, inventados y completamente ajenos, organizados para que la comunidad sanitaria pueda darse una palmadita en la espalda por formar a tales fantásticos profesionales de la medicina, cuando en realidad todos estamos en la mierda, agotados y desilusionados con la profesión en sí— me molestan mucho.

Tiendo a evitar estos lugares, y no porque sea tan borde y antipática como todos los residentes parecen creer porque me vieron regañar a alguien a quien se le había caído un retractor, sino porque hay mucho jaleo y son impredecibles.

Aunque desearía que las cosas fuesen distintas —que yo fuese una persona distinta, sana y entera—, los ruidos altos, chirriantes e impredecibles todavía me molestan.

Me debato durante un buen rato entre si ir o no, y menudo debate. Lo hago delante del espejo dorado y ornamentado de cuerpo entero que tengo en mi habitación, decorado con eucalipto. Stella me regaló la planta porque decía que tenía propiedades calmantes. Hasta ahora no ha funcionado.

Creo que la semana pasada sufrí una especie de colapso mental —imaginándome la infancia de alguien que, a todos los efectos, no conozco realmente— y lo invité a acompañarme a la gala, pese a que yo tendría que haber rechazado la invitación desde el principio.

Se le puede llamar con distinto término y, dependiendo de a qué ámbito de la medicina pertenezcas, diagnosticarlo de forma distinta.

Pero, en vista de que estoy bastante segura de que no sufrí un accidente cerebrovascular, probablemente lo que experimenté quede bajo la jurisdicción de Rav.

El cerebro humano es muy curioso. Es maravilloso, mágico, del todo fascinante y capaz de hacernos un daño horroroso, pero curioso.

Entorno los ojos cuando las hojas de eucalipto crujen por el aire acondicionado. Estoy muy tentada de arrancarlas cuando la reina del eucalipto en persona abre la puerta de mi cuarto de golpe.

Stella me sonríe de oreja a oreja a través del espejo. Lleva el cabello caoba recogido en un moño alto y sus ojos de color jade me miran con absoluto deleite. Levanta la ristra interminable de bolsas de ropa que le cuelgan de los brazos.

Yo señalo el eucalipto.

—Eso no funciona.

Enarca una ceja y abre mucho los ojos.

—No creo que el eucalipto sea el problema.

Estiro el brazo hacia las hojas en un intento inútil, pero solo consigo rozarlas antes de darme por vencida. Veo a través del espejo cómo Stella lanza todas las bolsas sobre mi cama y empieza a abrir las cremalleras para dejar a la vista tiras de colores, seda y, para mi horror, tafetán.

Hago una mueca.

—¿Para qué es todo eso? Tengo vestidos para la ocasión.

Ella apenas me mira porque está alisando uno de seda de color esmeralda.

—¿Esos sosos de color negro que te has puesto para todos los eventos a los que has ido?

—Sí. —Levanto la barbilla—. Y son perfectos para la ocasión.

Mi hermana se gira y chasquea los dedos.

—Bueno, no todos los días le conceden un prestigioso premio a tu hermana ni celebran un banquete en su honor.

—En realidad me han otorgado muchos.

Señalo la estantería. No es que esté llena de trofeos, pero he sido jefa de residentes y hay un montón de premios de congresos o de artículos de investigación de alto impacto en las baldas.

Stella pone los ojos en blanco antes de echar la cabeza hacia atrás.

—Vale, bueno, pues el primer premio por el que se muestra tan humilde.

«Porque no lo quiero», pienso.

Nunca he buscado que me los den ni he sido una estudiante o residente competitiva en lo referente a elogios o logros. Yo solo quería estudiar y hacerlo bien.

Pero no sé por qué percibo algo nefario en este en particular.

Un premio «a la excelencia clínica y quirúrgica» de los médicos adjuntos. Un premio que hace que ese punto justo debajo de mis costillas derechas palpite y que solo pueda darle vueltas a lo que he renunciado y a lo que le quito a la gente.

Esas cosas no se las digo a mi hermana; no quiero hacerle daño.

Esos pensamientos, la incógnita de si tal vez estoy haciendo algo malo cuando extraigo un órgano de un cuerpo completamente sano y lo conecto a otra persona porque no tengo forma de saber qué camino se han visto en la obligación de escoger, solo están reservados para Rav.

Stella resopla —en alto y en un tono mucho más grave que la cadencia de su voz— antes de volver a echar la cabeza hacia atrás, exasperada. Deja de rebuscar entre los atuendos y saca su teléfono.

—¿A quién llamas? —pregunto, torciendo el gesto.

—Solo voy a pedir un par de opiniones expertas. —Chasquea los dedos antes de señalar las flores, en un jarrón descascarillado y viejo junto a una pila de libros en la estantería—. ¿Y esas flores?

—Ah. —Las miro; los bordes de los lirios están empezando a marchitarse—. Beckett me las regaló cuando terminó en el hospital.

Stella ha dejado de prestarme atención. Está gesticulando emocionada mientras le habla al teléfono y se mueve por toda la habitación.

Capto la imagen de dos pantallas distintas: cabello negro peinado hacia atrás, pómulos altos maquillados perfectamente y una piel olivácea, Willa; y un moño alto pelirrojo y una nariz respingona llena de pecas, Kate.

Mi hermana deja de girar de golpe, me señala y curva las comisuras de la boca hacia arriba.

—Ay. Madre. MÍA. Kate, Willa, ¿habéis oído eso? Beckett Davis, el adonis del anuncio de Gatorade con los abdominales perfectos, ¡le ha regalado a Greer esas flores!

Todas hablan a la vez y es una representación bastante acertada de sus personalidades. Willa habla con desdén, con la voz plana y un claro descontento cuando dice: «¿Te refieres a Beckett Malpié Davis?», a la vez que Kate ahoga un grito y me dice que son preciosas.

—No lo llames así.

Una necesidad extraña e innata por defenderlo, de proteger al pequeño Beckett que creció cargando con unas expectativas que nunca tendría que haber cargado, asciende por mi garganta y hace que desee estirar el brazo a través del teléfono y pellizcar a mi mejor amiga en el brazo como si fuera una niña pequeña.

Ella abre la boca para responder. Tiene unos labios rellenos de forma perfecta por un cirujano plástico que probablemente cobre demasiado y tenga mejor conciliación laboral y salud mental que cualquiera de sus compañeros médicos porque opera fuera de un sistema quirúrgico que, tarde o temprano, va a rompernos a todos.

—¿Sabes lo que hizo?

—¿Qué hizo? —Kate se acerca a la cámara de su teléfono y apoya la barbilla en una mano.

Willa contesta antes de que yo pueda hacerlo y yergue aún más la espalda en su silla de oficina. Sigue en el trabajo.

—Falló un tiro que no habría batido ningún récord, pero que habría dado al equipo la victoria en el campeonato por primera vez en la historia de la franquicia.

Kate asiente y tamborilea los dedos sobre la barbilla.

—Qué mala suerte. Y los fans canadienses es que también son muy exagerados.

—Greer me contó que alguien le lanzó un Timbit. —Stella asiente con compasión.

Me pellizco el puente de la nariz.

—Eso te lo conté en confianza, Rita.

Stella gira el móvil.

—Y se queda en confianza. No te preocupes.

Veo que Willa levanta la mano y oigo su voz.

—Espera. ¿De qué lo conoces? ¿Por qué te ha regalado flores?

Antes de poder responder, otra sonrisa se extiende por el rostro de Stella.

—Ha estado haciendo una especie de voluntariado en el hospital y la doctora Roberts lo ha acogido bajo su ala muy generosamente. Aunque yo creo que hay algo más. ¡Lo ha invitado a acompañarla esta noche a una gala donde le van a dar un premio a la excelencia clínica!

No hay nada más que eso, pero no sé cómo explicarle a mi hermana que mirar a Beckett es como mirarme en un espejo. Tenemos vidas y caminos distintos, pero compartimos el mismo reflejo.

Kate me da la enhorabuena a la vez que Willa dice que parece una cita. Mi hermana se acerca a mí y pega su cara a la mía para que se nos vea a ambas en la cámara antes de empezar a canturrear.

—¡Greer tiene novio!

Cierro los ojos por un momento y niego con la cabeza.

—Yo no…

Willa pone los ojos en blanco y apoya la cabeza contra el respaldo de su silla de oficina.

—Ya. No sales con nadie. Te estás priorizando; en un trabajo que no deja espacio para nada más, te estás eligiendo. Todos los pedazos de tu corazón te pertenecen a ti. Ya hemos oído ese cuento antes.

—No es justo. —Bajo la voz y se me quiebra un poco, aunque no quiero—. Lo haces sonar como si fuera una pedante y hubiese decidido comportarme así después de ver un reportaje de autoayuda en la tele.

Me llevo una mano a las costillas y aprieto. Todas me miran y observan cómo hago un gesto vacío e inocuo.

En realidad no lo es tanto. El ambiente se vuelve pesado. Kate frunce el ceño y sus ojos dorados se anegan en lágrimas. Mi hermana pega su cabeza a la mía; es un gesto de amor y confort, no de burla. Willa parpadea con arrepentimiento.

—¿Qué tal anda vuestro padre? —Kate rompe el silencio y su voz se suaviza de manera que sé que nos está dando permiso para cambiar de tema.

Y lo hago. Más que feliz.

—Está bien. Pero la temporada de gripe se acerca, así que, Stella, no te olvides de vacunarte. —Retrocedo y miro a mis dos amigas de forma incisiva—. Y vosotras tampoco.

Las tres gimen y refunfuñan un «Sí, doctora Roberts», aunque sé que lo hacen con cariño.

—Stella… —Willa interviene y aparta la mirada del teléfono—. ¿Puedes enseñarnos los vestidos? Tengo una reunión dentro de poco.

Mi hermana chasquea los dedos otra vez y esboza una sonrisa enorme antes de empezar a mostrar los vestidos sobre mi cama.

El aire acondicionado vuelve a encenderse y siento una punzada en el pecho, pero creo que oigo el crujir de las hojas de eucalipto.