Estrictamente profesional 10 #2
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Me apetece seguir preguntando, porque creo que nadie se ha preocupado lo suficiente por él como para hacerlo.

Me acuerdo de todas las cosas de las que no me gusta hablar a mí y lo miro.

Al hombre que finge ser despreocupado y en realidad es demasiado maravilloso como para estar así de triste. Y cambio de tema.

—Entonces, ¿cómo te convertiste en pateador?

—¿Siempre haces preguntas tan contundentes? —Está sonriendo otra vez, pero su mirada no brilla tanto como antes.

Lo señalo con el tenedor.

—Eras tú quien quería cenar.

—Lo cierto es que en la universidad jugaba de receptor abierto.

Estudié en Nueva York con una beca deportiva parcial, aunque seguramente nunca habría llegado a jugar de forma profesional.

Se me daba bien, pero no era especial. Lo de patear fue más bien de casualidad.

También jugaba al fútbol europeo, y un día nuestros pateadores se lesionaron y entré en escena.

Resultó que se me daba de putísima madre.

—Beckett deja el tenedor y se recuesta en su asiento, cruzando los brazos sobre el pecho.

El tejido de su suéter se estira sobre sus bíceps—.

Es un poco estúpido que a alguien se le dé bien algo así.

—Ningún talento es estúpido.

Él señala mis manos.

—El tuyo no.

—Quizá se me dé mal mi trabajo. —Me encojo de hombros y pincho un trozo de lechuga—. ¿Qué estudiaste en la universidad? —pregunto antes de que lo haga él. Casi puedo imaginar su pregunta de por qué me hice cirujana y por qué elegí mi especialidad.

Cuando oigo esa clase de preguntas, nunca quiero responderlas.

Beckett permanece reclinado en su silla.

—Historia —responde.

Alzo la mirada con los ojos bien abiertos.

—No me digas que eres uno de esos.

Curva las comisuras de los labios hacia abajo.

—¿Uno de quiénes?

—Uno de esos blancos a los que les gusta demasiado la historia.

Beckett parpadea antes de echar la cabeza hacia atrás. Su risa profunda reverbera desde el fondo de su garganta.

Es una imagen pintoresca; todo él relajado, reclinado en su asiento, riéndose de forma natural y preciosa mientras los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana.

Por fin se endereza y me sonríe con arrugas en torno a los ojos, pero esta vez de felicidad. Recoge el tenedor y me señala antes de pinchar en otro plato.

—Eso te lo concedo, doctora Roberts.

Sonrío, esta vez de verdad.

—Mi hermano ha dicho que eres médica adjunta. ¿Qué significa eso? —me pregunta antes de que tenga la oportunidad de disuadirlo.

—Ah. —Hago una pausa y dejo el tenedor con cuidado antes de doblar los dedos—.

Básicamente soy una cirujana general certificada, pero estoy terminando una formación adicional en trasplantes quirúrgicos.

Soy médica adjunta de segundo año de cirugía de trasplantes y hepatopancreatobiliar.

Esto significa que voy a especializarme en trasplantes de órganos abdominales: hígados, riñones y páncreas.

Beckett curva los labios hacia arriba y asiente. Creo que está a punto de preguntarme más cosas, pero alguien grita su nombre.

—¡Beck!

Mira en su dirección, aún sonriendo; es una sonrisa llena de cariño, pero algo me dice que también esconde parte de dolor. Levanta una mano y hace un gesto para que la persona se acerque.

Me muevo en mi asiento justo cuando su hermano y otros dos residentes de oncología, a quienes solo he visto de pasada, se detienen junto a la mesa con cafés e historiales en las manos.

—¿Qué haces aquí? —Su hermano parece confundido y palidece al desviar su atención hacia mí—. Hola, doctora Roberts.

Beckett me señala con la barbilla y guiña un ojo con el hoyuelo plenamente al descubierto.

—Solo intentaba invitar a la doctora Roberts a una cena a modo de agradecimiento. Y mira tú por dónde, me invita a un sitio en el que ella come gratis. ¿Qué os parece, eh?

—Pues que no quería cenar contigo. —El doctor Davis sonríe a Beckett y se encoge de hombros, y los otros dos nos miran con los ojos muy abiertos.

—Estoy de guardia, no puedo irme —digo deprisa. Suena más brusco de lo que pretendía. Los tres palidecen, y yo desearía no haber hablado.

—Eso dice ella. —Beckett alza las cejas y les dedica una sonrisa afable.

La chica que está al lado del doctor Davis asoma la cabeza y su coleta rubia se balancea. Lleva «Doctora Lowe» cosido en la pechera de su ropa quirúrgica.

—Enhorabuena por el premio de la asociación, doctora Roberts. Muy merecido.

—Ah. —Parpadeo—. Gracias, muy amable.

Beckett ladea la cabeza y me observa con una leve sonrisa evaluadora que hace que su hermano nos mire a ambos. Creo que ha malentendido las cosas.

El doctor Davis retrocede de forma comedida. Ahora parece mucho más relajado y menos asustado al mirarme.

—Bueno, será mejor que nos vayamos.

Prácticamente arrastra a los demás de los codos cuando se marchan.

Beckett los contempla antes de desviar los ojos hacia mí y hablar en voz baja y juguetona.

—¿Un premio?

Me mira, quizá, como si le hubiese estado ocultando algún tipo de secreto, y en realidad es que se me había olvidado. Me gustó recibir el correo que me informaba de que habían reconocido mi labor, pero después no me pareció que fuese motivo de celebración.

Sacudo la cabeza y vuelvo a posar los ojos en mi ensalada.

—Solo es un estúpido premio inventado. Lo entregan en una gala que celebra la comunidad sanitaria todos los años. Se lo otorgan a los médicos adjuntos por su «dedicación a la excelencia clínica y quirúrgica».

—Eres importante, ¿eh?

Le brillan los ojos y parece divertido.

—Lo cierto es que no.

—Para mí sí lo eres. —Suaviza la voz y clavo los ojos en él. Beckett carraspea—. Cuando te he dado las gracias iba en serio. Gracias por ayudarme, aunque no tenías por qué haberlo hecho. Estas semanas han sido mucho más llevaderas gracias a ti. Me alegro de haberte conocido.

No sé por qué, pero pienso en Beckett de pequeño, madurando cuando aún no debería haberlo hecho. Pienso en él sonriendo y riendo cuando quizá no le apetece. Pienso en que se ha convertido en una persona carismática y fiable porque no le ha quedado otra.

Y pienso en mí. En el camino que quizá no había querido seguir pero que tuve que recorrer porque otra gente necesitaba sentirse completa, así que cedí y cedí hasta que lo estuvieron.

No es lo mismo, pero me pregunto si hay un mundo ahí fuera en el que hubiéramos crecido como vecinos; en el que, de pequeños, colgáramos unas latas entre nuestras ventanas para que pudiésemos susurrar de noche y mantenernos a salvo el uno al otro.

No es igual, pero tampoco somos tan diferentes.

Dejo el tenedor y vuelvo a doblar los dedos.

—No suelo salir con nadie, así que no… No tengo quien me acompañe. Podrías venir conmigo a la gala, si quieres. Para seguir con tu estrategia de publicidad.

—¿Como amigos?

Ladea la cabeza. Parece serio de repente, y su mandíbula, más marcada ahora que los últimos rayos de sol han desaparecido.

—Como amigos. Como conocidos de trabajo.

Me encojo de hombros.

Él asiente una vez, pensativo, antes de sonreír.

—De acuerdo. Los trajes me quedan genial.

Arrugo la nariz y pongo los ojos en blanco como si fuera insufrible en vez de divertido y quizá un poco maravilloso.

—Cierra el pico —respondo entre risas.

Él sonríe de forma radiante y completamente distinta antes de señalar mi bandeja casi intacta con un gesto.

—Come, que he pagado una fortuna por todo eso.