10
Greer
Tiene un puñetero ramo de flores en la mano.
Está justo más allá de la zona de los ascensores y parece que haya salido del anuncio de una revista.
Se ha apartado el pelo color chocolate de la cara y se le riza alrededor de las orejas.
Algunos mechones ondulados le tapan la nuca.
Sus ojos verdes parecen dorados bajo la luz del sol vespertino y la barba incipiente hace que el hoyuelo se le note aún más.
Lleva ropa informal. Solo un suéter de manga larga de color carbón remangado hasta los antebrazos y unos pantalones caqui anodinos.
Pero las flores… Es un ramo enorme de peonías, hortensias y lirios.
Parpadeo durante un momento. No porque me haya cegado, al contrario que a todo el mundo en el vestíbulo que se ha parado a mirarlo sin sutileza, sino porque no sé realmente qué estoy viendo.
Entrecierro los ojos mientras me acerco a él.
—No puedes traer eso aquí.
—¿Por qué? —Beckett frunce el ceño y baja la mirada hacia las flores antes de alzarla y lanzarme una sonrisilla—. ¿Te preocupa que la gente crea que soy tu novio?
—No. —Estiro el brazo y se las quito—. Estamos en una zona sin aromas.
—¿No te gustan?
—No… Son… No puedes… —Suspiro. Me entran ganas de pellizcarme el puente de la nariz. Le devuelvo las flores con fuerza—. De acuerdo, déjalas en tu camioneta y las guardaré en mi taquilla después de cenar.
Beckett sacude la cabeza con tristeza y pone una expresión alicaída que consigue que tenga ganas de abrazarlo.
—He venido en metro.
Abro la boca y estoy a punto de disculparme cuando lo veo sonreír. Se le ilumina la cara. Sacude la cabeza y sus dedos rozan los míos al recoger el ramo.
—Era broma, Greer. Tengo la camioneta a la vuelta de la esquina.
Lo siento, no sabía que había reglas tan estrictas aquí.
Lo que menos quiero es que, ahora que acabo de limpiar mi imagen, alguien entre en shock anafiláctico por culpa de mis flores.
Las dejo en el asiento del copiloto y ya las recogerás de allí.
Alza el ramo antes de dar media vuelta y salir del vestíbulo al trote.
Apenas tarda unos minutos, los suficientes como para que los que se habían quedado merodeando dejen de mirar y vuelvan a hacerlo cuando regresa con las manos vacías.
—¿Cenamos? —dice, arqueando las cejas.
Señalo hacia el lado opuesto del vestíbulo, en dirección al largo pasillo iluminado por el sol que conduce a la cafetería.
—¿Por qué has traído flores?
Beckett se guarda las manos en los bolsillos y camina a mi lado.
—¿Un amigo no puede traerle flores a una amiga o qué?
—Los amigos no regalan flores.
Mi voz sale más categórica de lo que pretendo.
Y es como si oyese a mi hermana y a mis amigas en la cabeza diciéndome que no sea tan dura.
Que haya marcado límites en torno a mí misma como una cría intentando hacer un retrato —con garabatos y por todos lados, saliéndome en algunas partes de mi cuerpo porque parece que soy incapaz de dejar de ofrecer partes de mí— no significa que no pueda ser amable.
—¿A qué viene eso de no tener amigos más allá de lo «estrictamente profesional»? —Ladea la cabeza y su pelo alborotado reluce bajo la luz del sol que se cuela por las ventanas.
Lo miro de soslayo. Muestra curiosidad genuina, con el ceño fruncido y los labios apretados, y eso, más que hacerlo parecer atractivo al nivel del anuncio de Gatorade, lo hace ver de un modo bastante adorable.
La clase de chico que, en otra vida, me habría instado a salir pitando directa a casa todos los días para hablarle de él a Kate y a Willa.
Me encojo de hombros ligeramente.
—Es solo que no quiero salir con nadie.
—¿Estás demasiado comprometida con eso de salvar vidas?
«Intento salvar la mía», pienso, pero no se lo digo, solo vuelvo a encogerme de hombros.
—Algo así.
Además del compromiso de servir comida de buena calidad, el hospital rediseñó la cafetería para que fuese un sitio más cálido y acogedor, un lugar al que las familias pudieran acudir y en el que no estuviesen obligadas a sentarse en sillas de plástico que crujían a cada movimiento.
Ahora está bastante bien. Hay sillas cómodas de cuero con reposabrazos pulidos en torno a mesas de hormigón modernas.
Las palmeras verdes se elevan desde sus macetas de madera y la comida del bufé parece sacada de las salas de primera clase de un aeropuerto.
En cuanto doblamos la esquina, Beckett se detiene en seco.
—Vaya con el restaurante de una estrella Michelin, ¿no? Estamos en un hospital. ¿No deberíamos estar comiendo unos sándwiches de ensalada de huevo horribles?
Le lanzo una mirada mordaz y me dirijo a la cola de las bandejas.
—¿Sabes qué? Esos sándwiches no vendrían nada bien durante una recuperación. Se han llevado a cabo estudios. Los pacientes y sus familiares obtienen mejores resultados si se alimentan bien.
—Claro. —Le palpita un músculo de la mejilla, pero se coloca en la fila detrás de mí. Sus manos casi ocupan toda la bandeja de plástico gris—. Bueno, pues a comerse el mundo, doctora Roberts. Que el coste no te detenga. Pago yo, así que coge lo que te apetezca.
Giro la cabeza para mirarlo.
—Lamento decirte que los trabajadores del hospital no pagamos.
Beckett desvía la atención de la variedad de ensaladas para mirarme con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué? ¿Desde cuándo?
—De hecho, desde hace poco. —Estiro el brazo, agarro un cuenco y lo lleno de diferentes tipos de hojas y hortalizas—. Forma parte de una iniciativa para el bienestar de los residentes, pero negociamos para que nos englobase a todos los trabajadores.
Resopla y prepara dos cuencos de ensalada distintos.
—Pues vaya cita más barata.
—No es una cita. —Lo miro de soslayo y él levanta las manos en señal de rendición antes de seguirme en la cola y coger una gran selección de cosas—. Tienes un gusto… variado.
Beckett recoge su bandeja y apenas le echa un vistazo antes de seguirme hacia la caja.
—Mi dieta así lo indica.
—No tenía ni idea de que un pateador necesitase comer tanto. ¿No entrenas mucho menos? —pregunto, repitiendo uno de los detalles interminables con los que mi hermana me ha abrumado.
—No es solo entrenar. —Él niega con la cabeza como si le pareciese increíble, coge una manzana de un cuenco, la lanza al aire varias veces y la deja junto a uno de sus tantos platos—.
Entreno diferentes tipos de tiros tres veces a la semana como mínimo, pero también tengo que hacer ejercicio.
Voy al gimnasio y estiro más o menos el doble de veces.
—¿Y dónde encaja el pilates máquina en toda esa rutina?
—Te has acordado. —Me sonríe antes de dejar la bandeja y se lleva un dedo a la sien—. Lo hago varias veces a la semana. Me viene genial para la flexibilidad y la fuerza. Es útil para que los tiros lleguen más lejos.
Tiene sentido, pero la idea de que un hombre tan alto —demasiado para ser pateador, según Stella— se ate esas piernas tan musculosas con las tiras de la máquina reformer me parece de lo más inverosímil.
Enseño mi tarjeta del hospital y sonrío con educación a la mujer tras la caja registradora.
Ella repasa mi bandeja y luego me hace un gesto para que prosiga.
Le lanza un vistazo cargado de aburrimiento a Beckett antes de parpadear rápidamente y sonrojarse.
Enseguida baja la mirada y teclea en la caja registradora, contabilizando toda la comida.
Beckett se lleva la mano al bolsillo trasero, saca la cartera con una sonrisa y juro que la mujer parece al borde de necesitar que la abaniquen.
Entrecierro los ojos al estudiarlos a ambos.
Él saca una tarjeta negra de la cartera y se la ofrece con dos dedos.
Sonríe cuando la mujer la coge y le responde con voz más grave al recuperarla.
—Gracias.
—De nada —contesta ella casi con un chillido.
Pongo los ojos en blanco, agarro la bandeja de golpe y señalo hacia la esquina de la cafetería con el codo, en dirección a una mesa vacía pegada a una de las ventanas enormes de vidrio.
Miro por encima del hombro y me fijo en que la mujer ha pasado de observar a teclear algo frenéticamente en su móvil.
—¿Siempre eres tan ligón?
—No estaba ligando. —Sacude la cabeza y sus comisuras se arquean hacia abajo—. Solo estaba siendo amable. Carismático.
—¿Carismático? —repito con incredulidad—. ¿Quién intenta ser carismático de forma tan consciente?
Él se encoge de hombros y se detiene ante la mesa para separar mi silla.
—Mucha gente.
—Yo no estoy tan segura.
Lo miro mientras me siento. Él rodea la mesa y toma asiento antes de estirar las piernas por debajo de la mesa.
—No sé qué decirte. —Beckett desenrolla la servilleta y levanta el tenedor antes de pinchar algo de una de sus dos ensaladas—. Crecí así. Sarah se curó, Nathaniel estudió y yo me volví carismático. Alguien fiable.
Echo la cabeza hacia atrás.
—Eso es… bastante deprimente.
—¿De veras? —musita, pero alza la mirada hacia mí y, al ver cómo le brillan los ojos y se le mueven las mejillas, creo que es bastante consciente de ello.
Me entran ganas de estirar el brazo y decirle que lo entiendo. Quizá no sea la misma situación, pero se parece mucho. Se ha convertido en otra persona porque los demás han necesitado que lo fuera, y yo he dado partes de mí para que otras personas puedan sentirse completas.
Ladeo la cabeza y hago el paripé de desdoblar mi servilleta antes de empezar a comer la ensalada del cuenco, como él.
—Supongo que para ti fue difícil crecer mientras tu hermana enfermaba tan joven. Vemos muchos casos así y hablamos de cómo afecta a los padres y a su matrimonio, aunque nadie habla de lo que sufren los demás hijos de la familia.
Beckett hace un ruidito evasivo, pero me fijo en que pincha la ensalada con más fuerza.