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Beckett
La pretemporada transcurre así: entreno, juego, marco y acompaño a Greer a ver a cualquier paciente que me consigue para hablar.
Creo que debe de tener más amigos de los que dice, porque acabamos yendo a más plantas además de la de posoperatorios y hablamos con pacientes que no son suyos.
Y no creo que la gente realmente la mire como si le tuviesen miedo.
¿Impresionados o maravillados? Eso puede.
Ella no se da cuenta. Está demasiado absorta en su mundo, con sus pacientes, mirando su busca, corriendo a revisar órganos y salvando vidas.
Tal vez en cierta ocasión sí la miraran como si le tuvieran miedo. Y entiendo por qué. No tiene gran cosa que decir, tal vez porque no es tan vanidosa como la mayoría de las personas, pero, cuando habla, expresa lo que piensa en realidad.
No sonríe tan a menudo como, digamos, alguien como yo, que literalmente se ha labrado una carrera a base de una habilidad y un hoyuelo estúpidos.
Pero, cuando lo hace, ya sea con esas sonrisillas que le he visto dedicarles a sus pacientes cuando sus analíticas salen perfectas y pueden marcharse a casa, o con las enormes que me ha lanzado si de pronto aparece un órgano compatible, está radiante.
No le sonríe a cualquiera, y menos aún a los que han pensado alguna vez que es dura o que da miedo.
Pero ahora sí que parece que la miran de forma distinta. Tal vez se hayan dado cuenta de lo extraordinaria y especial que es. De que, debajo de esos bordes afilados, vive una persona considerada, graciosa, excepcionalmente inteligente y generosa.
Y a mí también me miran de forma distinta ahora.
Los periodistas y los analistas han dejado de referirse a mí como «Malpié» con tanta frecuencia; llevo toda la pretemporada sin fallar un solo tiro, y las horribles apuestas que se estaban haciendo de que me vendría abajo con el primer tiro de la temporada han cesado.
Nadie me ha tirado nada en bastante tiempo, lo cual ha sido un alivio.
Seguro que, dentro de dos semanas, cuando dé comienzo la temporada y recuerden que deberíamos estar teniendo una bonita ceremonia de inauguración con banners nuevos con los que estrenar el estadio, todo volverá a su cauce.
Hasta entonces, he estado intentando disfrutar de ello.
Y también de las visitas al hospital mientras duren.
Aunque creo que eso ha tenido más que ver con la doctora que está esperándome frente a la puerta giratoria, con el ceño fruncido y la nariz arrugada con concentración, mientras escribe un mensaje a una velocidad pasmosa con un solo pulgar y sujeta una bandeja con dos cafés con hielo con la otra mano.
La luz del sol la ilumina y, no por primera vez, pienso que es preciosa, aunque ella no tenga ni idea.
A diferencia de las películas, donde la protagonista termina viéndose como es en realidad o se quita las gafas, se mira al espejo y se da cuenta de que siempre ha sido preciosa, creo que ella simplemente no piensa mucho en sí misma.
Greer levanta la mirada justo cuando el sol se desplaza.
La luz se refleja en sus ojos y, pese a estar seguro de que ella odiaría lo que estoy a punto de decir, sus iris relucen.
El rictus tenso de su boca cambia y, aunque no es una sonrisa como tal, sus comisuras se elevan un poco y sus mejillas se suavizan.
Levanta la bandeja con los cafés en vez de saludarme con la mano.
Por mucho que las piernas me estén matando, doy los últimos pasos hacia la acera corriendo.
Anoche, después del último partido de la pretemporada, terminé necesitando una vía por un calambre en el pie.
Para intentar demostrarle a cualquiera que haya dudado que Beckett Davis sigue siendo el mejor y evitar que la ofensiva del equipo se lesione de forma estúpida a última hora, el entrenador Taylor me ha tenido chutando balones bastantes más veces de lo habitual.
Extiendo una mano.
—Deberías dejar que los traiga yo. Al fin y al cabo, me estás haciendo un favor.
Greer enarca las cejas, se guarda el teléfono en el bolsillo del pijama y coge su café de la bandeja.
—Bueno, es tu último día. La próxima vez que decidas fallar y necesites que te eche una mano, puedes traerlos tú.
Gimoteo y me llevo una mano al corazón antes de agarrar mi café y tirar la bandeja en la papelera junto a la puerta.
—Me hieres. No me hablarías así si hubieras visto el partido del sábado. Está mal que yo lo diga, pero estuve fenomenal. Metí seis goles de campo. Eso es casi un récord. ¿Me estás diciendo que han pasado —miro el reloj para ver la fecha— casi tres semanas y aún no has visto ni un solo partido?
—No. —Me lanza una mirada de soslayo mientras atraviesa la puerta giratoria. Espera con los brazos cruzados y con una mano agarrando su café, como si yo estuviera tardando mucho, antes de responder—: Vi el final cuando acabé el turno. Mi padre y mi hermana tenían el partido puesto.
—Ah, ¿sí? —pregunto, sonriente—. ¿Son aficionados?
Greer encoge un hombro y su trenza se mece sobre su espalda cuando camina hacia los ascensores.
—A mi padre le tiran más las series sobre dragones que los deportes, pero mi hermana sabe que estás de voluntario aquí conmigo y es una gran fan de tu anuncio de Gatorade.
Contengo una carcajada y me beso el puño antes de levantarlo en el aire.
—El anuncio de Gatorade salvándome el culo, como siempre. ¿Intuyo entonces que lo has visto?
Sacude la cabeza y prácticamente me ignora para responder algún mensaje o aviso que ha recibido en el teléfono.
—No.
—¿No te da ni una pizca de curiosidad?
—No. —Saca el codo para llamar al ascensor y se apoya contra la pared con otro quejido exagerado.
Sigue con la mirada en el teléfono, moviendo el pulgar sobre la pantalla a la velocidad de la luz mientras mordisquea la pajita de su café.
—Pensaba que te la daría. Con esa mente tan científica y sedienta de conocimiento que tienes. —Abro mucho los ojos a modo de broma—. Saliste escopetada hacia tu cita el otro día. Ni siquiera viste los créditos del principio ni el primer plano de mis abdominales a cámara lenta.
Ella se encoge de hombros. Cierra los ojos y el teléfono se le resbala de la mano, pero sus reflejos probablemente rivalicen con los míos y lo atrapa antes de que caiga al suelo. Se le dilatan las fosas nasales y la veo respirar hondo antes de lanzarme una mirada de soslayo.
—No tontees conmigo.
Inclino la cabeza.
—Oye, ¿estás bien?
Greer parpadea antes de girarse y dedicarme otra mirada inexpresiva.
—Sí, pero hablar sin parar de tu anuncio de Gatorade pone en riesgo todo eso de «estrictamente profesional» que habíamos acordado. Es tu último día, no lo arruines ahora.
La miro durante un momento antes de que suene el timbre del ascensor y la sigo al interior.
Ahora entiendo a lo que se refiere Nathaniel —lo he visto unas cuantas veces—, cuando se cierra en banda.
Se encoge de repente o respira hondo y necesita tranquilizarse durante un minuto.
A veces responde de forma brusca, pero siempre se le pasa y parece arrepentirse después.
Le pregunto si está bien cada vez, y ella siempre responde que sí o evita la pregunta como si no hubiera pasado nada.
Yo le sigo el rollo, porque Beckett Davis es afable y fácil de tratar, aunque la posibilidad de que algo le haga daño, de que tal vez haya hecho algo que la ha molestado, me duele a mí también.
Levanto las manos a modo de derrota. Es mi último día de control de daños, como lo llama Nathaniel.
Pulsa el botón de la cuarta planta. Pediatría.
—Theo sigue aquí.
—¿Cómo? —Parpadeo. He visto a Theo cada semana desde que ha empezado la pretemporada, pero se suponía que le iban a dar el alta—. ¿Va todo bien?
Con la pajita entre los labios, niega con la cabeza.
—Está bien, pero algunos de sus niveles no me gustan mucho, así que no quiero darle el alta.
—¿Sigue sin hacer suficiente pis? Me dijo la semana pasada que su orina tiene que estar en un rango aceptable para poder irse a casa. Tiene que subir hasta uno coma cinco centímetros cúbicos, ¿verdad?
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Su risa, ronca y preciosa, es otra cosa que tampoco revela a menudo.
—Así es. Al final vas a terminar con algo más que con la imagen mejorada: más conocimiento con el que impresionar a tus compañeros de equipo.
Esbozo una sonrisa torcida.
—Por desgracia, a mis compañeros no les interesa mucho la producción de orina.
—Parece que tienen que reorganizar sus prioridades. —Greer contesta de forma seca, pero me mira de reojo y me parece ver un atisbo de sonrisa en sus ojos.
Esa es otra cosa de las que creo que no se da cuenta. No diría que es una persona particularmente alegre, pero es graciosa, y tengo la impresión de que se esfuerza mucho por hacerme sonreír en este lugar que antes detestaba.
Arruga la nariz y sus ojos despiden un brillo más bien triste. Cuando las puertas del ascensor se abren, señala hacia fuera con su café casi vacío.
—Tu último día te aguarda.
No voy a echar de menos los pasillos de esta planta; todos esos dibujos de patos, de payasos y de cosas extrañas pegados a las paredes seguro que asustan a los niños más que ayudarlos.
Aunque sí que voy a echar de menos estos viajes en el ascensor.
El anonimato. El café, que, para ser de hospital, está mucho más bueno de lo que debería. Esta mujer.
Creo que estaría cruzando la línea de la profesionalidad si se lo dijera, así que simplemente sonrío y la sigo por el pasillo por última vez.
Greer recibe un aviso mientras estoy ayudando a Theo con su fantasy draft . Él ni siquiera se molesta en mirarla, pero yo sí.
La doctora entrecierra los ojos y lee la pantalla de su móvil a velocidad vertiginosa para después levantar la mano y dirigirse a la puerta prácticamente corriendo.
Pensaba que se marcharía, que esta sería la última vez que la vería aquí, de esta forma, pero se detiene y agarra el marco de la puerta.
—Lo siento. Tengo que irme. Theo, tus padres me han dicho que se pasarán esta tarde. Volveré para hablar con ellos, te lo prometo.
Él gruñe algo con los ojos fijos en su draft .
Greer alza una mano en mi dirección.
—Beckett. Nos vemos por ahí.
Y entonces desaparece.
Ha sido una despedida muy anticlimática. No sé qué esperaba, porque esto es el final de lo que sea que ha sido; ni siquiera era un acuerdo, sino la presencia constante de alguien a quien… parecía gustarle solo por ser yo.
Llego a mi camioneta antes de romper la regla de los mensajes «solo por trabajo».
No he podido darte las gracias en condiciones que me hayas dejado acompañarte estas últimas semanas. ¿Puedo invitarte a cenar a modo de agradecimiento esta noche? Sin bistecs de dudosa calidad en antros oscuros, prometido.
No tengo ni idea de adónde ha ido, o si me va a responder siquiera, pero mi teléfono vibra cuando estoy aparcando en mi garaje.
Lo siento, no puedo esta noche. Estoy de guardia.
Odio eso.
¿Y allí?
He estado tres semanas enteras y aún no he probado esa supuesta comida riquísima de hospital.
Los tres puntos que indican que está escribiendo aparecen y desaparecen varias veces antes de que me llegue su mensaje.
Vale. Como amigos. Vuelve a eso de las 7. Acabaré las rondas más o menos a esa hora.
Una cena de trabajo, si lo prefieres.
Adiós, Beckett. Te veo a las 7.
Soy capaz de imaginar su voz ronca e incluso su cara como si estuviera delante de mí: apretaría los labios, enarcaría las cejas y pondría los ojos en blanco antes de responder.
El modo en que enfatizaría la palabra «amigos».
No estoy seguro de dónde viene esa obsesión de hablar solo «por trabajo», pero no recuerdo la última vez que tuve una amiga de verdad.
Y menos una como ella.