Estrictamente profesional 8 #2
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Y lo hace.

Beckett sube las escaleras trotando, todo tez dorada salvo por el cabello color chocolate que oculta bajo una gorra al revés.

La de hoy no es anodina, sino que tiene el número diecinueve cosido.

Los músculos de sus muslos se tensan bajo unos pantalones cortos de lino que le llegan hasta unos centímetros por encima de las rodillas; los de sus antebrazos, con un fino vello, hoy parecen aún más impresionantes si cabe.

Sonríe cuando me ve, y creo que lo hace de verdad. Se le ilumina la cara y, a pesar de que oculta los ojos verdes bajo unas gafas de sol, imagino que ellos también lo hacen.

Beckett levanta la mano como si quisiese cerciorarse de que lo he visto. Dejando a un lado su aspecto, no sé cómo sería posible no ver a alguien tan lleno de vitalidad como él.

—Doctora Roberts. —Sigue sonriendo. Me tiende la mano para que se la estreche, pero yo, en cambio, alzo el vaso de plástico.

Él desvía la mirada hacia el iced latte , que probablemente ya no sea iced debido a lo rápido que se ha derretido el hielo, y la vuelve a posar en mí con una ceja enarcada bajo las gafas de sol—. ¿Es para mí?

—Para ti, sí —confirmo.

Él dobla los dedos y roza los míos cuando agarra el vaso.

Solo es un roce, pero perdura en mi piel. En mí, en las barreras en torno a mi corazón, y me gusta la sensación.

Entonces me roza la parte derecha de las costillas y la sensación se vuelve más perversa, como si fuera a arrebatarme algo.

Beckett ladea la cabeza con el hoyuelo a la vista.

—¿A qué se debe esta sorpresa? ¿Has visto mi vuelta triunfal al fútbol esta pretemporada? ¿Ahora me vas a hacer la pelota para poder decir que me conocías cuando estaba de capa caída?

Pongo los ojos en blanco y lo veo sonreír. Parece una versión más relajada de sí mismo. Acerca la pajita a sus labios carnosos como si no tuviese ni una preocupación en la vida, aunque empiezo a sospechar que tiene demasiadas.

Una gota de condensación desciende por la pajita y me la quedo mirando durante un instante, cuando parece estar justo debajo de sus labios, pero enseguida pestañeo y clavo los ojos en él.

Él me mira, expectante.

—Lo siento, ni siquiera sabía que has tenido partido. —Me encojo de hombros, le doy un sorbo a mi latte y muerdo la pajita—. ¿Has… pateado bien?

Beckett resopla y sacude la cabeza.

—Sí, claro. He pateado estupendamente. Tres goles de campo y un saque espectacular, en mi opinión. SportsCentre hasta lo ha descrito como una «vuelta sorprendente».

Hago un gesto con la mano, como si con eso pudiese hacer referencia a su cambio a la hora de mostrarse en público y lo mucho más feliz que parece ahora.

—¿Tanto te importa eso?

—¿Jugar bien? —Se quita las gafas de sol y entrecierra los ojos cuando inclina el codo hacia la puerta giratoria de la entrada—. Claro que me importa. Me pagan por hacerlo.

Sacudo la cabeza y lo miro mientras entramos juntos.

—No. Lo que piensen los demás. ¿No juegas para ti?

Se queda inmóvil con una expresión confundida: el ceño fruncido, la mandíbula laxa y los labios casi formando un puchero, con la pajita aún entre ellos.

—¿Eh? Nadie me había calado así nunca.

Hago una ligera reverencia y enarco las cejas.

—Fui la mejor en mi rotación de psiquiatría.

—¿En serio?

Parece entretenido, con la mirada brillante y, aunque le deben de estar doliendo las piernas una barbaridad, camina de una forma mucho más ligera.

Resoplo y pulso el botón del ascensor con el codo.

—No, ese es el campo de mi hermana.

Beckett estira el brazo para que entre yo primero.

—Ah, ¿sí? ¿Ella también es doctora?

Niego con la cabeza y vuelvo a mordisquear la pajita. Es como si la estuviera oyendo, diciéndome que ese tipo de comportamiento indica un alma increíblemente inquieta e inestable.

—No, Stella es trabajadora social. Le encanta la gente. Se pasaría el día entero charlando sobre cualquier cosa.

—¿Y a ti no te… encanta la gente? —Beckett apoya un pie contra la pared del ascensor y ladea la cabeza sobre el espejo.

La pajita sigue ahí, al borde de sus labios.

Le lanzo una mirada inexpresiva.

—¿Tú qué crees? La mitad de los residentes me ven por el pasillo y se cambian al lado contrario. Solían llevar la cuenta de las veces que los había hecho llorar. Decían que me bebía sus lágrimas para desayunar.

—Venga ya. —Se echa a reír—. Estás de coña, seguro.

—Algunos dirían que soy demasiado seria. —Le lanzo una sonrisa triste y me encojo de hombros—. No lo hago a propósito. Simplemente me parece… importante.

Dejo caer la mano al costado y me aprieto la parte baja de las costillas.

Beckett parpadea y, cuando lo hace, me da la sensación de que quizá esté intentando desprender todas esas capas para entenderme, aunque creo que no estoy preparada para ello, así que hundo los dedos como si me fuera la vida en ello.

El ascensor se detiene y las puertas se abren.

Beckett me hace un gesto para que salga yo primero y creo que estoy a salvo —no me conoce, no tanto—, que no es capaz de atisbar la verdad. Sin embargo, me agarra del codo, que le cabe en una sola mano, y entonces sí que parece verme de verdad.

—Es importante —susurra.

Bajo la mirada a su mano, a la forma en que sus dedos rozan la manga de mi pijama quirúrgico, y trago saliva. Le dedico un pequeño asentimiento antes de dar un paso comedido hacia atrás.

No sé si le molesta, pero no dice nada. Vuelve a usar la máscara amistosa de siempre cuando empezamos a andar y recorremos los pasillos salpicados de carritos, camas vacías y portasueros abandonados.

Él mantiene el ritmo con facilidad, ya que una zancada suya equivale a dos mías; es casi como si fuera un cachorrito que me acompañara.

—¿A quién vamos a ver?

—A Theo. —Echo un vistazo a mi reloj de muñeca—. Ayer sus padres me contaron que es un fanático del fútbol. Se habían enterado de que estás haciendo voluntariado y me preguntaron si podía hablarte bien de él.

Beckett frunce el ceño y le palpita un músculo en la mejilla.

—¿Es un chaval? ¿Y quiere verme?

—Ah… —Me detengo en mitad del pasillo—. Lo siento, debería habértelo consultado. Sé que para ti este sitio no es el mejor. No me he acordado de lo de tu hermana; simplemente me ha entusiasmado que quisiera verte. Es un poco tímido, pero, si te sirve, tiene casi dieciocho años.

Beckett sacude la cabeza y las patas de gallo en torno a sus ojos desaparecen.

—No, no pasa nada. Me alegro de haber jugado bien esta semana. Lo que menos necesito es que alguien me tire a la cara comida mala de hospital.

—Pues que sepas que la comida de aquí está bastante bien. Es algo de lo que estoy orgullosa. —Señalo la puerta al final del pasillo.

Beckett me mira y camina de forma más decidida.

—Seré yo quien decida eso. Puedes llevarme a la cafetería algún día de estos.

—¿Para que te mofes de nuestra comida? —Arqueo una ceja y levanto el puño para llamar a la puerta abierta—. Nanay.

—Adelante.

Una voz baja suena en la habitación, una que no parece pertenecer a un chico de casi dieciocho años, pero creo que este sitio nos reduce a todos a meros críos.

Theo está incorporado en su cama de hospital. Lleva una gorra parecida a las de Beckett que le aparta los rizos castaños de la cara. Tiene la vista clavada en el iPad que sujeta con las manos.

—Hola, Theo. ¿Cómo te sientes hoy? —Le lanzo una pequeña sonrisa genuina—. ¿Puedo entrar?

Theo alza la mirada.

—¿Lo has traído?

—Sí —confirmo con un asentimiento y señalo sobre mi espalda con el pulgar—. Theo, él es Beckett. Beckett, este es Theo.

No espero a Beckett; lo conozco lo suficiente como para saber que va a entrar y a acomodarse como si estuviese en su propia casa.

Y eso hace. Mientras yo me siento ante el ordenador y empiezo a abrir los resultados de los análisis de Theo, Beckett entra con una sonrisa y una postura despreocupada.

—Encantado de conocerte, Theo —dice con un asentimiento a modo de saludo.

—Marcaste un buen gol de campo el sábado. El del tercer tiempo. —Theo lo mira durante un instante antes de bajar la vista al iPad.

Beckett esboza una sonrisa ladeada.

—Estuvo bien, ¿verdad?

Se gira para mirarme y levanta el pulgar hacia mí de forma exagerada antes de agarrar la silla junto a la cama de Theo y darle la vuelta. Beckett apoya los brazos en el respaldo; es la viva imagen de la tranquilidad. Se inclina hacia delante y observa algo que Theo señala.

Creo que están en su propio mundo. A ninguno de los dos le importa que yo, en teoría, debería estar comprobando las constantes de Theo y su incisión. Beckett muestra una exuberancia infantil, y Theo asiente y señala cosas distintas en la pantalla con los ojos bien abiertos.

Sin embargo, Beckett alza la mirada hacia mí y mis ojos encuentran los suyos en vez de posarse donde deberían. Sus facciones se suavizan y alza la comisura izquierda, lo que causa que le salga el hoyuelo, y entonces articula la palabra «gracias» en silencio.

Trago saliva y siento que el corazón me late en el pecho de una forma irregular que normalmente me asustaría, pero ahora no lo hace. Le respondo «de nada» de la misma manera y, antes de volver a fijarme en la pantalla, vuelve a levantar el pulgar de forma exagerada.

Pongo los ojos en blanco, como si su presencia me molestara y fuese de lo más irritante.

Theo empieza a hablar en voz alta sobre el inicio de la temporada y recuerdo lo que Beckett me dijo: que solo vendría hasta que empezara la temporada.

En ese momento no le di mucha importancia, pero ahora creo que lo echaré de menos cuando se vaya.