Estrictamente profesional 8
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Greer

—Esto es muy de Anatomía de Grey , ¿no crees? —Hundo el pulgar en la costura del diván de cuero desgastado y jugueteo con el estetoscopio en torno a mi cuello con la otra mano—. Yo, aquí sentada, durante mi descanso para almorzar, unas plantas por encima de donde opero de emergencia.

Rav ladea la cabeza y tamborilea el bolígrafo contra el borde de su portapapeles de roble. Es pretencioso. Se lo suelo decir por lo menos una vez cada sesión, y le ofrezco cambiarlo por uno de esos de plástico que crujen que tenemos abajo.

Él me sonríe y se le marcan las líneas de expresión en torno a los ojos marrones. A veces, dependiendo de lo exuberante que sea, le cae un rizo sobre la frente.

Pero hoy no. Hoy tiene los labios apretados en una fina línea y enarca una ceja de forma cómplice.

—Estás evitando la pregunta, Greer.

Me yergo y alzo la barbilla.

—Estoy en mi puesto de trabajo; deberías llamarme doctora Roberts.

—Ah, ¿sí? —Sonríe y asiente—. De acuerdo, entonces pasemos de Rav a doctor Mardhani.

—Genial. Muy profesional. —Le dedico una sonrisa leve y me repantingo en el diván.

Él espera, lo cual se le da de lujo.

Pero hoy gano yo, porque se le dilatan los orificios nasales y ojea el reloj de su muñeca. Solo nos quedan cuarenta y cinco minutos.

—De acuerdo, doctora Roberts. Dígame, ¿ha pasado algo fuera de lo normal esta semana? Ha llamado para adelantar la sesión.

—¿Es que una chica no puede ver a su psiquiatra barra colega un… —hago una pausa y compruebo mi reloj—… martes cualquiera?

Él vuelve a tamborilear con el bolígrafo.

—Sí, pero tú no eres de esas. Suelta prenda, que yo también quiero comer.

Inspiro y pienso en mi hermana. Se sienta frente a personas como yo, como nosotras, en divanes como este todo el tiempo.

Tiene la paciencia de un santo y le da igual pasar tiempo con gente que solo intenta comprender algo o tan solo desahogarse, gente que quizá ni siquiera sepa por qué se sienta ahí.

Pero yo sí sé por qué estoy aquí.

Valoro a Rav, su tiempo, su experiencia y su campo de la medicina. De verdad. Así que dejo de hurgar en la costura de su diván, parpadeo y me encojo de hombros antes de hablar.

Se me quiebra la voz por mucho que no quiera.

—El otro día extraje un riñón de una adolescente sana. Me había dado su permiso. No hubo extorsión, que yo sepa. Lo donó por voluntad propia para que su prima pudiera vivir mejor y más fácilmente después de soportar años y años de tratamientos contra el cáncer. ¿Qué sacas de eso?

Rav deja de hacer ruido y se le vuelven a dilatar las narinas. Deja el portapapeles en el reposabrazos del sillón y se inclina hacia delante con las manos en las rodillas.

—Creo que la gente puede ser maravillosa, generosa y amable en un mundo muy cruel.

Asiento con un leve puchero y vuelvo a parpadear. Me arden los ojos y siento un dolor fantasma en la parte baja de las costillas derechas.

—¿Crees que es justo que le quitemos órganos a la gente que ni siquiera es adulta?

—Dímelo tú. —Rav levanta las manos y me señala—. Tú eres la cirujana de trasplantes. ¿Qué opinas?

—Ya sabes lo que opino —susurro.

Él se pellizca el puente de la nariz y suspira. No está molesto ni enfadado; lo conozco lo bastante como para saberlo. Más bien parece triste.

—¿A qué viene esto realmente, Greer? Ya hemos hablado de este tema y hemos dejado claro en lo que quieres trabajar: tus límites.

—Límites —repito. La palabra me pesa en la lengua, como si se deslizase hacia mi garganta y me asfixiase bajo el enorme peso de sus expectativas.

Señalo la sala, imitándolo—. Venga, ¿cómo de bien se me dan?

Mírame. He dedicado toda mi vida y cientos de miles de dólares a lo que prácticamente destruyó cualquier ápice de familia que tenía.

Rav exhibe un aire de paciencia que me exaspera. Siempre lo ha hecho. Asiente antes de responder en voz baja.

—Los límites cambian y pueden establecerse mucho después de que hayan hecho falta. Salvas vidas, Greer. Eso es lo que haces, por mucho que quieras reescribir la historia o no.

Ojalá alguien hubiese salvado la mía.

No le digo eso porque estoy viva, de una pieza y respirando; algo es algo. En cambio, le cuento lo del otro día.

—Hace unos días tuve un ataque de pánico bastante fuerte. Justo aquí fuera. Seguro que las cámaras de seguridad lo grabaron.

—¿Qué lo provocó?

—Ruidos. Varios ruidos distintos. Un coche petardeó. Unas sirenas. Un amigo me estaba enseñando su anuncio y subió el volumen justo antes de inclinarse y…

—¿Un amigo? ¿Beckett Davis?

Clavo los ojos en Rav.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

Tuerce el gesto antes de hacer fuerza en las rodillas con las manos y reclinarse en el sillón.

—La gente del hospital habla, doctora Roberts. Todos saben que está haciendo algún tipo de voluntariado para mejorar su imagen, al igual que saben que se le ha visto contigo mientras haces tus rondas.

Me entran ganas de aplaudirle de forma lenta e irónica, pero me siento más cansada que cruel.

—¿Quién necesita una carrera en Psicología cuando están los cotorreos del hospital?

—A mí también me habría ahorrado cientos de miles de dólares. —Esboza una sonrisita y asiente—. ¿Te has replanteado en qué estamos trabajando? ¿En la idea de priorizarte y vivir para ti?

—¿Replanteármelo? ¿Por qué tendría que replantearme lo que me hace venir a verte?

Crispo los dedos contra el reposabrazos del diván.

—Quizá te sientas sola. —Se encoge de hombros, como si hubiese dicho algo normal y nada insultante—. Rompiste tu última relación porque querías vivir para ti, como sueles decir.

Aprieto los labios y se me dilatan las fosas nasales.

—No me siento sola. Tengo a mi hermana, a mi padre, a Kate y a Willa.

Rav no parece muy impresionado por que haya mencionado a los dos únicos miembros de mi familia y a mis dos mejores amigas, que ni siquiera viven en Toronto, así que hago fuerza contra el diván y enderezo los hombros.

—Y tengo a Beckett. Es mi amigo.

—Ah, ¿sí? —Rav se cruza de brazos, aún reclinado en su sillón. Parece entretenido y no está sentado en una posición muy profesional. Me entran ganas de cogerle el portapapeles y darle un golpetazo con él. Ladea la cabeza y prosigue—. ¿Esa superestrella, Malpié, es amigo tuyo?

—¿Malpié?

—Así lo llaman los medios y en internet. —Rav me analiza, como si esperase algún tipo de reacción por mi parte, y no quiero darle ninguna, por mucho que arrugue la nariz, sienta nudos en el estómago y crea que me duele la cabeza al oír eso—. Beckett Malpié Davis.

—Es bastante cruel —susurro.

Rav asiente. Flexiona los dedos y los tamborilea contra el bíceps.

—Yo también lo creo. Entonces, si es amigo tuyo, ¿habéis hablado desde que tuviste el ataque de pánico delante de él? ¿O huiste y desde entonces has evitado cualquier tipo de contacto?

No le doy la satisfacción de contestar, porque ambos sabemos que tiene razón.

Vuelve a haber silencio y Rav espera mientras tamborilea los dedos contra el brazo de vez en cuando. Mira el reloj en su mesita de café antes de suspirar.

—Bueno, me has vuelto a ganar en estos últimos quince minutos, Greer, así que me despido con un último consejo sobre el que espero que reflexiones: no es lo mismo marcar límites para protegerte a ti misma que estar sola.

Abro la boca para contestar, indignada. No sé muy bien cómo responderle. No me gustan esas palabras. Calan demasiado hondo; rozan ese dolor fantasma bajo las costillas derechas y quiebran los huesos que mi cuerpo tanto se ha afanado en reparar.

Pero me suena el móvil. Le echo un vistazo. Están avisándome de una emergencia.

Lo levanto, triunfante y resarcida, como si la sesión no estuviese terminando.

—Tengo que irme.

—Pues sí. —Rav vuelve a inclinarse hacia delante y enarca las cejas antes de recoger el portapapeles olvidado—.

Piensa qué significa ese aviso de emergencia, Greer.

Puede que solo sea un ruido insignificante, algo a lo que estás acostumbrada y por eso ni te sorprende ni te duele.

Pero significa algo. Clasifica como quieras todos los sucesos de tu vida que te han hecho ser tú .

Te han traído aquí, y al otro lado de ese teléfono hay una persona real, viva, que necesita que la salves.

Sin tener en cuenta si hubo alguien que te salvara a ti o no.

El psicoanálisis de Rav funciona.

No es la primera vez que algo que me dice se cuela en mi cerebro como algún tipo de parásito indeseado y se encona ahí hasta que solo puedo pensar en eso.

Tiene razón; prácticamente hui corriendo de Beckett y solo respondí a su mensaje con un emoji del pulgar hacia arriba.

No es algo agradable de hacerle a un desconocido, y mucho menos a alguien a quien prometí ayudar, o a un «amigo», como lo he denominado en un intento vano por ofrecerle algo a Rav.

No es solo que me haya hecho un flaco favor porque mis neuronas ahora no piensan en nada más que en Beckett, sino que ahora sé que hay gente lo bastante cruel como para acuñar un apodo tan estúpido que en realidad no tiene ningún sentido.

Le escribí anoche y le pregunté si tenía tiempo para venir esta tarde. Lo cierto es que tenía un paciente interesado en conocerlo. Un adolescente que no cerraba el pico cada vez que lo visitaba durante mi ronda y me preguntaba si Beckett Davis iba a venir.

Creo que, al decir que era mi amigo, mentía; no sería la primera vez que le miento a Rav. Lo hago a veces, al menos cuando abre un melón que no me apetece abordar.

Él dice que miento a menudo y sobre muchas cosas a mucha gente.

A mi padre. A mi hermana. A mis amigas.

A mí misma.

Justifico que esta mentira es piadosa, porque quizá Beckett y yo no seamos amigos como tal, pero sí que hemos mostrado una actitud distendida y, aunque no lo conozco tan bien todavía, sé que no se lo merece.

Nunca me he molestado en preguntarle qué tipo de café le gusta, así que aquí estoy, delante de la entrada del hospital, con dos iced lattes y la mirada entrecerrada por el sol vespertino, observando la salida de peatones del aparcamiento a la espera de que aparezca.