Estrictamente profesional 7 #2
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—La doctora Roberts. Es cirujana adjunta especializada en trasplantes. Ha acogido a Beckett bajo su ala.

Nuestra madre parpadea de forma exagerada en su dirección antes de desviar la mirada hacia mí. Él es su estrellita especial que arregla a hijas como la suya. A mí también me mira como una madre mira a un hijo, y sé que me quiere, pero no es igual.

Mi madre mira a Sarah como si no se creyese que es real, como si fuese la cosa más preciosa del universo. Una estrella fugaz que ha visto en el cielo y ha perseguido hasta los confines de la tierra.

Tal y como debería hacer.

A Nathaniel lo mira con cierta reverencia sutil. Se le suaviza la sonrisa y se le llenan los ojos de lágrimas, casi como si quisiese postrarse a sus pies para darle las gracias por salvar a niños como Sarah durante el resto de su vida.

Tal y como debería hacer.

A mí me mira como si le hubiera hecho alguna especie de favor, abrirle la puerta o recogerle algo que se le ha caído en el supermercado.

Está agradecida conmigo, pero en realidad no entiende mi valor ni lo que he hecho para cambiar o mejorar su vida.

Es como si no pudiera ver el futuro y no sabe que, si no le hubiese sujetado la puerta, se le habrían roto las asas de las bolsas y todo lo que tanto se ha esforzado por comprar se habría desparramado por el suelo.

Que, si no se hubiera detenido unos minutos a darle las gracias a ese extraño que se ha molestado en ayudarla, habría salido del supermercado antes, un coche la habría atropellado y la vida tal y como la conocía se habría terminado.

Me mira como si fuera algo y no estuviese muy segura de qué.

Tal y como debería hacer.

Porque creo que yo mismo me miro así —soy algo, está claro—, pero tampoco tengo ni idea de qué soy.

Ahora mismo me observa como si la situación le hiciera gracia. Lo hace con buena intención, aunque a veces esa buena intención duele.

—Anda. —Mi madre sonríe, arruga la nariz y apenas mira a mi padre cuando él le deja una copa de vino delante—. ¿Quién es esa tal doctora Roberts, Beck? ¿Cuándo vamos a conocerla?

—No sé yo si quieres conocerla, mamá. —Nathaniel se ríe por lo bajo y sube un pie a la mesa antes de que Sarah estire el brazo y se lo aparte de un manotazo—. Te morirías de miedo.

Mi padre saca una silla junto a Nathaniel y me señala a mí y al cubo de cerveza. Yo niego con la cabeza.

—No. La pretemporada empieza el sábado. Tengo que ir al estadio mañana temprano.

Y no, no te morirías de miedo. Es solo una amiga que me está ayudando.

—Entrecierro los ojos en dirección a Nathaniel y estoy tentado de darle una patada en la espinilla por debajo de la mesa—.

Deja de decir esas cosas. No es borde. Me trata con más amabilidad que cualquier otra persona últimamente.

Nathaniel echa la cabeza hacia atrás, nuestra madre se desinfla, nuestro padre parece incómodo y se toma un trago de cerveza demasiado largo, y Sarah parpadea.

No me aseguran que no me odian. Que no pasa nada. Que ha sido un error, que los humanos los cometemos y que eso es lo bonito de estar vivo. Que solo ha sido un tiro, un récord, un estúpido trofeo y un partido sin más.

Me miran como si me compadecieran por mi humillación pública.

Me muerdo el labio y me encojo de hombros antes de recostarme en la silla y dedicarles una sonrisa.

—El anuncio de Gatorade sigue petándolo, por cierto.

Todos se animan de golpe, como si el agobio que han sentido por culpa de mis sentimientos hubiese desaparecido y hubiera caído de golpe sobre mis hombros.

Me hundo un poco en la silla, creo. Pero nadie se da cuenta, porque llevo años sonriendo mientras soporto un gran peso para ellos.

Nuestra madre me sonríe ligeramente y luego se gira hacia Sarah; estira el brazo para colocarle un mechón de pelo tras la oreja otra vez, aunque no tiene por qué hacerlo.

—¿Cómo os ha ido con el especialista?

Es una pregunta bien medida. Lo que más desea Sarah es tener un bebé al que pueda darle la infancia que ella jamás pudo tener, pero intentar quedarse embarazada la pone muy nerviosa porque tiene miedo de su propia genética, así que pagué una desorbitada suma de dinero por algo que debería ser gratis: más de una ronda para que su pareja, Lily, pueda intentar quedarse embarazada por fecundación in vitro .

No me ha importado. Me alegro de haber podido hacerlo. Pero odio que cada embrión fallido la haga sentirse así y odio sentirme como si yo también la estuviese fallando.

—Nos hemos quedado sin embriones. —Mi hermana parece decaída y no deja de juguetear con un hilacho de la manta en la que está envuelta.

—Vaya. —La voz de mi madre también decae y empiezan a humedecérsele los ojos.

Estira el brazo y coloca una mano en el hombro de Sarah antes de retirarla a los pocos segundos.

Se empieza a tirar de las cutículas, que ya se ha pasado una vida destrozándose, antes de mirarme—.

No pasa nada. Siempre se puede volver a intentar con otra ronda.

No me mira como lo haría una madre a su hijo, con esperanza y desesperación.

Me mira como si necesitara que le sujetara la puerta. Que recogiera el paquete de cereales que se le ha caído.

No me mira como si fuera su hijo, o una persona viva a la que también le han quitado cosas, sino como si necesitara otro favor.

Y a mí me alegra hacérselo. De verdad. Por eso tengo esta estúpida vida y este estúpido trabajo.

Pero a veces desearía que me miraran solo porque me quieren.

Desearía que simplemente me lo pidieran.

Yo diría que sí.

No obstante, miro a mi hermana y sonrío antes de estirar el brazo y revolverle el pelo otra vez.

—Tantas como quieras, Sarah.