7
Beckett
Mis padres tienen una casa suburbana preciosa.
No es una mansión enorme con colinas y una piscina ni nada por el estilo.
Se encuentra a veinte minutos al norte de Toronto, en un barrio periférico que ha empezado a entremezclarse con la ciudad y que se construyó antes de que las casas se volvieran todas iguales, así que tiene cierta originalidad: un garaje para dos coches, un porche que rodea toda la casa y varias ventanas en mirador preciosas.
Me ofrecí a comprarles algo más grande y mejor, pero ellos querían esta. La habían hipotecado dos veces, y supongo que el valor sentimental ganó a todo lo demás.
Aquí fue donde Sarah enfermó y donde mejoró, donde Nathaniel practicaba ecuaciones y hacía experimentos de mentira con un juego de química en el sótano y donde mi padre me lanzó un balón por primera vez en el jardín trasero.
Sería perfecta y preciosa de no ser por todos los recuerdos de vómitos, sangre, caída de cabello, quimioterapia y la de veces que Nathaniel y yo nos quedamos solos cuando ambos éramos demasiado jóvenes.
Ahora sí que lo es. Jamás dirías que algo malo ocurrió entre sus cuatro paredes; mi madre y mi hermana se encuentran arropadas bajo una manta enorme y calentita en el patio mientras mi padre vigila la carne —probablemente se le va a quemar— y mi hermano me lanza un balón de fútbol de cualquier modo en el jardín.
No tiene ni idea de lanzar, pero yo no me gano la vida atrapando balones, así que da igual.
—¿Qué tal te va con los niños? No te he visto durante las horas de visita. Creí que te habías rajado. —Nathaniel echa el brazo hacia atrás y lanza el balón. Se bambolea de forma horrible y yo avanzo varios pasos para atraparlo y que no caiga al suelo.
Lo sujeto y echo el brazo hacia atrás varias veces antes de devolvérselo a mi hermano. Él se abalanza hacia delante con los brazos abiertos y los dedos flexionados. Lo roza con las palmas, pero se le escapa.
—No te tenses tanto. Tienes que relajar las manos. —Señalo el balón en el césped con la barbilla.
—No pretendo jugar de forma profesional.
Y que yo sepa, tú ya no eres receptor abierto.
—Nathaniel pone los ojos en blanco, se agacha para recoger la pelota de todas formas y el pelo le cae sobre la frente.
Se lo aparta con el antebrazo, vuelve a agarrar bien el balón y flexiona el brazo hacia atrás de forma innecesaria—.
Ahora en serio, ¿dónde has estado? ¿Al final has pasado de lo de esa artimaña publicitaria?
—No es ninguna artimaña —murmuro. Levanto una mano y agarro el balón al vuelo. Lo ha lanzado flojo otra vez—. No me he rajado, he estado pasando tiempo con los adultos. Greer me ha dejado que la acompañe durante su ronda.
—¿Greer? —Nathaniel parpadea antes de palidecer otra vez—. No estarás hablando de la doctora Roberts, ¿no?
Asiento, lanzo el balón al aire y lo atrapo con el empeine interior.
—Sí. Me crucé con ella en el ascensor el primer día. Dijo que no creía que los niños fueran a influir en la opinión del público, así que me fui con ella. Quedamos hace unas cuantas noches después de su turno.
Le mandé un mensaje para preguntarle si estaba bien después de que se fuera a toda prisa la otra noche, casi como si huyera de mí, y lo único que me ha respondido ha sido un emoticono con el pulgar hacia arriba.
No solemos escribirnos —tal y como dijo ella, todo es estrictamente profesional— y aún no he tenido la oportunidad de volver al hospital.
La pretemporada comienza mañana y, pese a todas las advertencias, creo que jamás he estado más cerca de una rotura del isquiotibial o del cuádriceps como esta semana de tanto usarlos.
A lo mejor es solo que no quería ver mi anuncio de Gatorade.
—¿Por qué? —gruñe Nathaniel, inclinándose hacia delante y bajando la voz para susurrar—. Da miedo.
—No puede oírte, tío. —Abro mucho los ojos, lanzo el balón hacia arriba otra vez y lo vuelvo a agarrar—. Y ni da miedo ni es dura. Como mucho diría que es un poco irritable.
—¿Irritable? ¡¿Irritable?! —Eleva el tono a la segunda y sacude la cabeza—. Podría decirte de memoria diez residentes a los que ha hecho llorar.
Le lanzo la pelota y la atrapa al vuelo con más finura que en toda la tarde.
—Eso no encaja con ella.
Mi hermano se lleva el balón al pecho con un ruido mezcla de resoplido y risa.
—Es muy inteligente y una cirujana buenísima, pero da mucho miedo. Pregúntale a quien quieras. La semana pasada hablé con ella durante unos diez minutos, cuando estaba lavándose después de una cirugía, y fueron los diez minutos más terroríficos de mi vida.
—¿Fue dura contigo? —Extiendo el brazo para que me devuelva el balón, pero lo abraza contra su pecho con más ahínco—. ¿O irritable?
Nathaniel entrecierra los ojos antes de pasarme el balón.
—No. Aunque no la denominaría amable, tampoco estuvo tan mal.
No sé cómo explicarlo, a veces es un poco brusca sin motivo.
Por ejemplo, al parecer, en el quirófano no deja que nadie cambie de canción ni toque su lista de reproducción.
Prefiere que la gente no hable si está concentrada. Tiene manías de ese estilo.
—Ya.
Me encojo de hombros. Es cierto que la otra noche se fue a toda prisa.
Nuestro padre nos llama justo cuando hago amago de flexionar el brazo para lanzarle el balón de nuevo.
Parece casi una escena de una infancia idílica, íntegra y adorable: dos hermanos pasándose un balón de fútbol mientras su padre, orgulloso, los observa y su madre y su hermana se acurrucan juntas, contándose secretos.
La nuestra no fue así. Nuestros padres nunca estaban.
Y si estaban, solo era uno de ellos, porque se turnaban para quedarse con Sarah en el hospital.
Quienquiera que estuviese en casa, dormía.
Yo le preparaba a Nathaniel la comida, iba detrás recogiéndolo todo porque mis padres normalmente se mostraban a la defensiva, y practicaba las ecuaciones con él, aunque no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo o diciendo.
Durante las pocas noches en las que nuestros dos padres estaban en casa, solían quedarse encerrados en su cuarto porque uno de ellos se echaba a llorar.
Si Sarah estaba aquí —si estábamos todos en casa—, nunca salíamos, porque hacía demasiado frío para ella y se cansaba con mucha facilidad.
A veces, después de que todos se fueran a la cama, me venía aquí para practicar las rutas solo o lanzar el balón tan alto como pudiera y atraparlo desde distintos puntos del jardín.
Mi padre nos sonríe de oreja a oreja y se lo ve muchísimo más feliz que cuando todas esas cosas tristes y solitarias sucedían durante nuestra infancia.
Es un hombre más feliz, con patas de gallo que cuentan historias de lo mucho que tiene por sonreír, no de todas las veces en las que la vida le pasó factura antes de tiempo.
Tiene más barriga debido a pasar las noches aquí fuera, actuando como el padre que nunca pudo ser.
Lo miro y sonrío, porque es una imagen muy bonita: mi padre, contento y despreocupado; toda mi familia, contenta y despreocupada.
Sin embargo, a veces, cuando me miro al espejo, veo a una persona que quizá solo sea un fantasma de lo que se esperaba de él, no realmente quien soy, y me pregunto si será demasiado tarde.
Se inclina hacia delante y le revuelve el pelo a Nathaniel, como si todavía fuese un niño que corretea por la casa. Sé lo que me espera antes de que ocurra: va a estirar el brazo y me va a dar un ligero puñetazo en el hombro.
A veces lo hace. Nos trata como si siguiéramos siendo niños de un modo extraño pero cariñoso.
Antes me golpeaba en el muslo, como si tratara de darme un calambre de forma paternal, pero dejó de hacerlo cuando mis piernas empezaron a ganar millones y a pagar años de deuda familiar por culpa del cáncer infantil.
Su puño conecta con mi hombro y yo solo me veo con fuerzas para levantar las cejas antes de dejarme caer en la silla que mi hermana ha sacado para mí.
Sarah me lanza una preciosa sonrisa de oreja a oreja. No puedo evitarlo; estiro el brazo y le revuelvo el pelo.
Aunque tiene veintiséis años, creo que el gesto le gusta; está enamorada e intentando tener un bebé, como la adulta hecha y derecha que es.
Nunca pudo ser esa niña a la que su hermano mayor le tiraba y le cortaba el pelo, o le pegaba un chicle en él. Me pasaba la vida asegurándome de que el poco pelo que tuviera, o sus pelucas, estuvieran en perfectas condiciones.
Sarah parpadea y se inclina hacia mi mano durante un momento antes de reclinarse en la silla y arroparse mejor con la manta.
—¿Qué tal el trabajo esta semana?
—Eres la segunda persona que en cuestión de unos pocos días se refiere a ello como «trabajo» —digo con ironía.
Inclina la cabeza hacia un lado y me observa, y es como si viera a través de mí. No sé cómo es posible, ya que, para mí, sigue siendo esa niña pequeña que necesita que yo sea algo para ella.
Sin embargo, ahora me mira como si ella quisiera ser algo para mí, y no sé qué hacer con esa información.
—Es tu trabajo —susurra Sarah, esbozando una sonrisa. Se me queda mirando durante un rato más antes de arrugar la nariz y girarse hacia la mesa y hacia mi hermano—. ¿Qué tal en el hospital?
Nathaniel enarca una ceja y se reclina en la silla; él también me parece un niño atrapado en el tiempo.
A saber qué parezco yo.
Se encoge de hombros, estira el brazo y agarra una cerveza del cubo helado que nuestro padre ha dejado en la mesa.
—Bien. Los niños a los que estoy tratando son muy simpáticos. Y hace unas semanas encontramos un riñón nuevo para esa chica de la que te hablé. De hecho, la amiga especial de Beckett vino y la operó.
Sarah frunce el ceño, pero antes de que pueda contestar, nuestra madre se inclina y casi se le salen los ojos verdes de las cuencas al apoyar el codo en la mesa y la barbilla en la mano.
—¿«La amiga especial de Beckett»?
Nathaniel asiente con entusiasmo y toma un sorbo de cerveza. Prácticamente se ahoga intentando tragar a toda prisa.