Estrictamente profesional 6 #2
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Antes no lo conocía, pero me entristece ver a alguien tan rebosante de vida reducido a creer que tiene que esconderse.

Cierra los ojos cuando da un paso, tensa esa boca carnosa y aprieta la mandíbula.

Estiro la mano por instinto y lo agarro del brazo.

—¿Estás bien?

Sacude la cabeza y me sonríe de nuevo, aunque es una sonrisa falsa.

—A principios de semana el entrenador me destrozó los cuádriceps, y esta temporada tenemos una nueva formación de saque dinámico, así que Darren, el coordinador especial del equipo, me ha tenido entrenando una hora y media más de lo normal. Me he saltado el baño de hielo para llegar a tiempo.

—¿Por qué?

Vuelve a sacudir la cabeza, esta vez con algo de incredulidad.

—No quería hacerte esperar.

Abro mucho los ojos y por fin le suelto el brazo.

—Podríamos haber cambiado la hora. Tu trabajo es lo primero.

Beckett echa la cabeza hacia atrás y revela la columna de su garganta, que reverbera a causa de sus carcajadas.

—Eres muy amable por llamarlo así. No, solo son unas cuantas semanas para contentar a mi agente y quizá a las masas. En cuanto empiece la temporada, se acabaron las apariciones públicas.

Sigue con las manos en los bolsillos cuando señala la zona de los ascensores con el codo.

Yo me cruzo de brazos y lo miro mientras lo sigo.

—Hay una diferencia entre la negatividad y la autocrítica. Solo tolero una por parte de mis residentes, y solo toleraré una de ti.

—¿Negatividad? —Se detiene de forma exagerada y se lleva una mano al pecho antes de pulsar el botón—. Beckett Davis no es negativo. Beckett Davis es la personificación de un rayo de sol.

—¿Y Beckett Davis siempre habla en tercera persona? Porque eso tampoco lo tolero.

—Qué va, yo solo… —Me lanza una mirada cargada de ironía antes de frotarse la mandíbula—. A veces me pregunto si alguna vez he sido real, algo aparte de todos esos típicos adjetivos que la gente me ha encasquetado toda la vida.

—¿Siempre eres tan filosófico? —Echo la cabeza hacia atrás.

El ascensor emite un ruido prácticamente imposible de oír con el parloteo incesante y el ajetreo del vestíbulo. Esta zona es una de las que menos me gustan del hospital, porque es la más ruidosa y, en mi opinión, la más impredecible.

—No, Beckett Davis no es filosófico. —Sonríe de nuevo y me doy cuenta de que esta sí es de verdad. Le salen arruguitas alrededor de los ojos y me hace un gesto para que entre en el ascensor yo primero—. Es que a Beckett Davis no le gustan nada de nada los hospitales.

Lo observo cuando la puerta se cierra y nos quedamos encerrados durante ocho pisos. Los espejos distorsionan nuestros reflejos: Beckett es más alto que yo, pero está estirado de una forma casi imposible mientras echa la cabeza hacia atrás y mira el techo. Inspira y espira con cuidado.

Gira el cuello y me lanza otra sonrisa tensa. A pesar de saber que no se debe a un dolor físico, como en el vestíbulo, estiro el brazo y vuelvo a agarrarle la muñeca.

—¿De verdad tienes que hacer esto?

Posa los ojos en mi mano y yo hago amago de soltarlo, pero él cierra los dedos brevemente en torno a mi muñeca y me dedica otra sonrisa que sigue sin reflejarse en sus ojos.

—Sí, de verdad.

—De acuerdo pues —susurro, correspondiendo su sonrisa con otra más pequeña. Es real y genuina, y, aunque no ha pasado nada de gran importancia o maravilloso, creo que necesitaba verla—. Espero tener algunos pacientes obsesionados con el fútbol para ti.

—Bueno, no ha sido un fracaso del todo. —Beckett estira los brazos y atraviesa las puertas del vestíbulo de espaldas para salir a la acera.

Detrás de él, el sol desciende y las nubes se mueven por el horizonte mientras se colorean de un tono rosado y anaranjado. El anochecer cae como una manta y el embotamiento de la ciudad parece amortiguarse.

Hace que todo parezca precioso, que incluso el hormigón luzca bonito.

Beckett parece más animado que hace horas, como si alguien le hubiese quitado el enorme peso que cargaba sobre los hombros a causa de lo que su familia y él vivieron en un edificio similar a este y lo hubiera borrado de golpe.

Se ha echado la gorra hacia atrás antes de bajar y me ha esperado fuera de los vestuarios a que cogiese mi bolso. Creo que es una buena señal.

—No. —Coincido, de acuerdo con sus palabras—. Para nada, pero creo que has causado más impresión en los trabajadores que en los pacientes. ¿Qué ha dicho ese hombre?

—Que no sabía nada de mí —responde sin taparse la cara, iluminada por una sonrisa—. Ha sido liberador de cojones.

Me cruzo de brazos.

—No es que yo sepa mucho, pero si el anonimato te resulta liberador, creo que has elegido el trabajo equivocado. Desde que te conozco te he visto salir en cuatro anuncios.

Beckett dobla los dedos antes de dejar caer las manos y meterlas en los bolsillos de sus pantalones cortos de lino.

—Has vuelto a llamarlo trabajo. Si no te conociera, diría que empiezas a… Un momento. ¿Qué anuncios? Espero que el de Gatorade. En ese salgo genial.

—No me acuerdo bien.

Me encojo de hombros y aprieto los labios. Ha sido el de Gatorade. No lo he visto entero, pero Stella me lo mandó y me dijo que avanzase hasta llegar al primer minuto, cuando se echaba un cubo de agua encima.

Él abre mucho los ojos y sacude la cabeza antes de echarla hacia atrás durante un momento. Me vuelve a mirar con una sonrisa, y bajo la luz natural también es guapísimo.

—Si hubiese sido el anuncio de Gatorade, te acordarías.

—No sé, veo muchos anuncios —contesto, y miento de nuevo. No me gusta la televisión, prefiero leer.

Beckett se inclina con un quejido exasperado. Sacude la cabeza y saca el teléfono del bolsillo.

—No volverás a ser la misma después de ver esto. —Hace una pausa y me señala—. Que conste que te lo he advertido.

Todo sucede a la vez, al igual que la mayoría de las cosas cuando pasa algo malo.

A mi derecha, un coche petardea. Empiezan a sonar unas sirenas en algún punto a mi izquierda. Y Beckett entra en mi espacio personal y aprieta el botón del volumen de su móvil con el pulgar.

Mi presión sanguínea cae en picado y los bordes de mi visión se enturbian.

Siento mi corazón martillear contra mis costillas.

Creo que podrían romperse; el órgano que se supone que tiene que mantenerme viva va a encontrar las estriaciones de las antiguas roturas y va a volver a rompérmelas, a ensartarse a sí mismo, y moriré a las puertas de este hospital.

Oigo muchas cosas con claridad, aunque ninguna es real. Ninguna de ellas está aquí de verdad, pero hacen muchísimo ruido.

Parpadeo y es como si me encontrara bajo el agua.

Exhalo con brusquedad y aprieto una mano contra el esternón. Quizá pueda palparme el corazón cuando me atraviese el pecho.

—No. —Retrocedo y sacudo la cabeza levemente. Doblo los dedos hacia dentro y los estiro—. Tengo que coger el tranvía.

—¿Qué? —Beckett alza la mirada, confundido—. Yo te llevo. Tengo la camioneta…

—No —repito, y agito la cabeza con más ímpetu. No puedo respirar.

—Greer, ¿estás bien? —Da un paso y parece preocupado. Está guapísimo así, pero tengo que irme.

Sacudo la cabeza otra vez.

—Estoy bien, solo necesito coger el tranvía. Me había olvidado de que tengo un asunto pendiente.

No espero que responda. Creo que ha dicho que va a escribirme, así que levanto la mano a modo de despedida y sigo caminando por la acera. Me cuesta, porque el agua se cuela bajo mi ropa quirúrgica y la noto fría contra la piel.

—El agua no es real —susurro, y me centro en lo que sí lo es.

El anochecer. Un pájaro posado en una farola delante de mí. La sensación de mi mano contra el pijama cuando lo aprieto contra el pecho. La ropa está desgastada; la he traído de casa.

Huelo el metal, pero sé que eso tampoco es real.

La acera sí que lo es y me conduce por el lateral del hospital hacia el muelle de carga. Apoyo la espalda contra la pared de hormigón.

—Por favor… Por favor, que esté aquí…

Rebusco en el bolso, pasando los dedos por antiguos tiques y mi cartera de piel. Entonces lo noto: un papel arrugado y desgastado sobre un pequeño bote de plástico.

Me tiembla la mano, así que me llevo la botellita a la boca y le quito el tapón con los dientes.

Las pastillas pequeñas ruedan al fondo. Están cubiertas de polvo y talco por tenerlas en el bolso. Me siguen temblando los dedos, pero saco una y me la pongo debajo de la lengua.

Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos mientras se disuelve. La sensación del agua subiendo más y más por mis piernas desaparece. Solo siento el algodón de la ropa quirúrgica.

Tanto mi corazón como mi respiración se ralentizan. Parpadeo.

Estoy aquí y a la vez, no.

Vuelvo a mirar la botella abierta en mis manos. Solo quedan unas pocas. Algunas están partidas o con marcas porque son muy antiguas y no me he molestado en renovar la receta.

Siempre les digo a mi padre y a mi hermana que no pueden renovarlas en el último momento, y son pastillas diminutas —es un miligramo de Lorazepam—, pero creo que me dicen que predique con el ejemplo que le pido a los demás.