6
Greer
—¡Mira qué abdominales! —Stella silba y se abanica con la carta al tiempo que deja el teléfono en la mesa con un estrépito.
Está prácticamente gritando, pero así es ella. Desde pequeña le ha dado igual lo que piense la gente o el sitio en el que está.
Crecimos en una de esas casas en las que abrías la puerta con vacilación, asomabas la cabeza y rezabas o cruzabas los dedos para que todo fuera bien.
Mi hermana floreció en ese ambiente. Abrió sus pétalos, echó raíces y mandó a la mierda todo a su alrededor.
Stella creció, pero yo me encogí.
Mi psiquiatra dice que es algo muy común; algunos niños se portan mal y otros lo interiorizan. No es que ella se portase mal, pero se mantuvo firme y no dio su brazo a torcer. Hizo todo lo que un niño debería hacer cuando crece.
Yo me encerré en mí misma, fui incapaz de marcar límites e intenté madurar antes de ser siquiera una niña.
—¿De quién estás hablando? —Despego la mirada de la carta para observar a mi hermana. Sigue abanicándose, y señala su teléfono con un dedo con varios anillos.
Stella suelta su carta antes de reclinarse en su asiento de forma exagerada.
—Pues de tu estrella de fútbol americano.
—¿Qué estás diciendo, Rita?
Uso su apodo de la infancia como si eso fuese a conseguir que deje de exagerar y estiro el brazo para girar el teléfono hacia mí. Toco la pantalla para que se ilumine otra vez.
Tardo un poco en reconocerlo. Es una foto de Beckett. Está de pie tras el timón de un barco, sin camiseta, con la gorra hacia atrás y la piel bronceada, prácticamente brillando bajo el sol estival.
No se equivoca. Las filas de músculos abdominales y oblicuos dibujan valles y curvas perfectas por su torso. Pero no es mi estrella de fútbol.
—No es mi estrella de fútbol.
Deslizo el teléfono por la mesa y vuelvo a ojear mi carta.
Me muero de hambre. Anoche estaba demasiado cansada como para comer después de que Beckett me dejase en casa y solo me había llevado a la boca un par de trozos de un bistec de calidad dudosa antes de mandarlo a la porra. Lo que dije de la E. coli iba en serio.
—Vaya, así que te lo encontraste de casualidad en el ascensor del hospital, le hiciste un favor y él, así, por la cara, te estaba esperando para llevarte a cenar, ¿no? —Stella pega un manotazo sobre la mesa con la mirada expectante.
Pongo los ojos en blanco y doy un sorbo lento al café mientras observo a las familias apiñadas en las mesas, a las parejas acurrucadas en los reservados y a los grupos de chicas dándose un capricho con la oferta de barra libre de mimosas del restaurante.
Stella tamborilea los dedos con impaciencia y yo tuerzo el gesto.
—Su hermano trabaja en el hospital, no es tan raro. Está haciendo una especie de voluntariado relacionado con lo que pasó la temporada pasada, creo.
Ella chasquea los dedos y hace una pausa para beber café. Los mechones de pelo que se le han escapado del moño despeinado se le rizan en torno a la cara y por la nuca.
Los hermanos no siempre se parecen, pero a veces creo que mirar a Stella es como mirarme en el espejo, como ver un reflejo de una versión más libre de mí.
Ella tiene el pelo claro, de un tono castaño rojizo, y el mío es oscuro.
Sus ojos de color verde jade reflejan todo lo bonito del mundo.
Ambas hemos heredado la tez pálida de nuestros padres.
Aunque papá dice que ella se parece a nuestra madre.
Yo he heredado el pelo oscuro y los ojos de color bosque de él.
Stella deja la taza en la mesa de forma despreocupada. Está a punto de verterse; hay gotas que rebosan el borde y se escapan, cayendo sobre el ya desgastado menú.
—Sí, falló un tiro superimportante. —Vuelve a chasquear los dedos antes de inclinarse con complicidad—. Lo busqué después de que me dijeras con quién cenaste. ¿Quieres verlo en YouTube? ¿O en TikTok? Le han hecho varios memes y vídeos desde entonces.
Hago una mueca. No hay nada que me apetezca ver menos.
—Gracias, pero no. No sé por qué querría ver la razón del dolor y la humillación pública de alguien.
—Al ser un personaje público te expones a eso, ¿no?
Sacudo la cabeza, suelto el aire de forma comedida y vuelvo a mirar la carta. Quizá sea porque he conocido a Beckett, que sé que es una persona real que siente, inspira oxígeno y espira dióxido de carbono, y no un desconocido pixelado inexistente para mí.
—¿Y solo por eso está bien? No es ningún cadáver en una cuneta con el que los carroñeros puedan darse un festín.
Eso es lo que no entiendo de los deportes —murmuro, mirando a mi hermana una vez más—.
Me parece injusto que una persona cargue con el peso de todas vuestras expectativas, deseos y sueños por que un equipo gane una copa.
Al final, esa persona es como tú, capaz de equivocarse, de cometer errores y de sentir, ¿sabes?
—El deporte une a la gente. —Stella alza la barbilla.
—Vaya, lo siento. No me había enterado de que te habías convertido en una erudita del fútbol.
Ella pone los ojos en blanco, me quita la carta de las manos y la deja encima de la suya.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Sí, y unir a la gente es algo precioso.
Yo solo digo que creo que es injusto que él tenga que sufrir porque la gente se sienta decepcionada.
—Recupero mi carta. No había terminado de mirarla—.
Y, hablando de gente que sufre, si te pasas por casa de papá, no te olvides de comprobar su medicación.
Lo del otro día no puede repetirse. Si se salta una dosis…
Stella echa la cabeza hacia atrás con exasperación y suelta un quejido exagerado.
—Podría sufrir un rechazo agudo, daño crónico tras el trasplante y, a la larga, si sucede, que le falle. Lo sé. Ya he escuchado el discurso otras veces. Aunque no tenga la carrera de Medicina, no soy idiota. Sé que no se puede saltar ni una sola dosis.
Yo también echo la cabeza hacia atrás y pestañeo varias veces.
—No creo que seas idiota, Stella. No pretendía… Solo quiero asegurarme de que ese trasplante sea el único que necesite.
Ella ladea la cabeza y se muerde el interior de la mejilla.
—Sé lo que te ha costado —responde con un susurro; ahora apenas muestra una sombra de la vitalidad de la que hacía gala antes.
Trago saliva y me muerdo el labio. Lo odio. Odio lo apagada que está. Odio que lo que sucedió siga marcando nuestras vidas tantos años después. No quiero volver a tener esta conversación, y menos aquí.
—Stella…
—Señoritas, lo siento. —Nuestra camarera casi derrapa frente a nuestra mesa y se lleva una mano al pecho como si le faltara el aire mientras con la otra sujeta un bloc de notas y señala el restaurante abarrotado—. Como ven, estamos hasta arriba. ¿Quieren algún entrante?
Stella parpadea con rapidez; me mira antes de clavar los ojos en su carta olvidada.
—Ay, lo siento, ni siquiera he mirado. ¿Nos puede dar unos minutos más?
La camarera abre y cierra la boca durante unos momentos antes de responder con un asentimiento y marcharse hacia la siguiente mesa prácticamente corriendo.
—No sé qué pedir —digo más para mí misma, pero Stella da palmaditas, entusiasmada.
Le dedico un vistazo y me fijo en que está sonriendo de forma pícara. Con esa cara parece el Grinch.
—Creo que deberías pedir el churro de Beckett Davis para desayunar.
La miro con los ojos entrecerrados antes de encogerme de hombros.
—Creo que el perfil nutricional de su churro no es suficiente para un desayuno equilibrado, pero gracias por tu sugerencia.
A Stella se le ilumina la cara y, boquiabierta, echa la cabeza hacia atrás. Su risa es enorme y maravillosa, y el horrible bagaje del que parece que nunca puedo desprenderme afloja sus nudos y me recuerda la razón por la que hago lo que hago.
Beckett hace honor a su palabra y, aunque le dije que podía escribirme cada vez que se sintiese perdido —Stella dice que vuelvo a ser una sensiblera—, no lo hace hasta que tiene una tarde libre para venir al hospital.
Debo reconocer que es puntual. Tiene un pie apoyado en una de las columnas del vestíbulo, los brazos cruzados sobre el pecho y otra gorra —la de hoy es de color azul marino— que le oculta el rostro. El pelo, húmedo, se le riza alrededor de las orejas y en la nuca.
Se aparta de la columna con una sonrisa cuando me ve bajar las escaleras y me tiende la mano.
—Buenas tardes, doctora Roberts.
Arrugo la nariz y estiro el brazo para estrechársela.
—Hola, Beckett. ¿Tenemos que hacer esto cada vez que nos veamos?
Él no deja de sonreír mientras nuestras manos se mueven arriba y abajo, como si fuésemos unos desconocidos que se acaban de conocer.
Me aprieta la mano durante apenas un instante antes de soltarla y meter las suyas en los bolsillos de sus pantalones cortos de lino.
Cuando se le levantan, dejan a la vista unos pocos centímetros más de sus muslos musculosos.
—Solo estoy recuperando todos los que no habíamos podido darnos.
Lo miro.
—¿Qué?
Beckett ladea la cabeza.
—El día que nos conocimos, cuando estaba con Nathaniel, te ofrecí la mano y tú no me hiciste ni caso.
—Ah. —Parpadeo. Ni siquiera lo había pensado—. Lo siento, creo que ese día estaba en mi mundo. Acababa de extirparle un órgano a una niña. No es… agradable.
—Era una broma. No creo que eso sea agradable nunca. —Me observa y esboza una sonrisita torcida antes de ensancharla, cambiando de tercio como si no pudiese engañarlo y viese lo que tanto trato de ocultar en mi corazón—. ¿Cómo te gusta el café?
—¿Por qué lo preguntas? —digo, arrugando la nariz.
Se encoge de hombros y el algodón de su camiseta cede ante sus músculos.
—Me he enterado de que los médicos beben mucho café, y había pensado en traerte uno la próxima vez que venga.
—No hace falta. —Le dedico una sonrisa tensa y señalo la pared de ascensores junto a las escaleras. Él frunce el ceño y vuelve a recordarme a un cachorro perdido—. Pero solo. Café solo.
Beckett asiente, se quita la gorra y se pasa una mano por el pelo a toda prisa sin levantar la cabeza.