Estrictamente profesional 5
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Beckett

El bistec no ha estado bueno, y quizá no tendría que haberme arriesgado a pedirlo ni siquiera por las proteínas.

Greer le ha dado dos bocados antes de arrugar la nariz y apartar el plato hacia un lado.

Aun así, la compañía ha estado bien.

Hablar con alguien sobre algo distinto a la temporada pasada, a cómo lidiaba con todos los memes, los tiktoks, el odio generalizado del país, si estaba acudiendo a un psicólogo y qué estrategia iba a seguir esta temporada ha sido un soplo de aire fresco.

No me ha preguntado nada sobre fútbol; en su mayor parte, solo me ha escuchado. Bueno, es cierto que he hablado demasiado, pero es que me sentía completo, como una persona de verdad después de muchísimo tiempo.

Los árboles frondosos, cuyas hojas se elevan con la brisa, parecen más que preparados para el otoño y oscurecen la mayoría de los bungalós de dos plantas de su calle.

—Ahí es. —Señala uno justo delante. Es casi idéntico a los demás, salvo por los grandes arcos de madera blanca que flanquean el porche.

Asiento y detengo la camioneta junto a la acera.

—Bonita casa.

—Vaya, gracias. —Greer mira el porche, iluminado por una única luz proveniente de un candelero de latón junto a la puerta—. Es de alquiler, pero no está mal. Y es espaciosa. Tiene ladrillo visto, una cocina enorme y un cuarto de baño. Y también tiene un balcón trasero con muchísima privacidad.

—¿Espaciosa y privada? ¿Qué más se puede pedir? —Le lanzo una sonrisa irónica y apago el motor.

Ella me dedica una mirada apagada.

—Eso también lo tienes en el lado este de la ciudad. ¿Dónde vives? ¿En Yonge-Eglinton?

—Au. —Me llevo una mano al pecho—. Pues que sepas que vivo en la zona oeste.

Ella ahoga un grito de forma burlona y pone cara de sorpresa.

—Anda. No serás un hípster de esos en secreto, ¿no? ¿Y esta pedazo de camioneta que tiene pinta de consumir un montón qué?

Enarco las cejas y sacudo la cabeza para restarle importancia.

—Qué va, es solo porque está cerca del estadio.

—Bueno. —Greer ladea la cabeza para observarme antes de girarse hacia la puerta—. Gracias por la cena. Aunque creo que tengo motivos legítimos para preocuparme por haber cogido E. coli .

—Menos mal que tienes licencia para ejercer de médico. —Vuelvo a colocar las manos en el volante. En realidad, no quiero que se vaya. Ya no se me da bien estar solo—. Espera… ¿Me das tu número?

—¿Me estás pidiendo mi número? —se gira y repite, con la voz seria y la mirada afilada.

Levanto las manos antes de sacar el teléfono del bolsillo.

—Te escribiré cuando crea que puedo pasarme por el hospital y así podemos coordinarnos, si te parece. Todo será estrictamente profesional.

—Estrictamente profesional —accede, agarrando mi móvil. Mueve los dedos por la pantalla y enarca las cejas cuando me lo devuelve—. Toma. No doy consejos médicos no solicitados y no receto analgésicos ni sedativos, así que ni te molestes.

—Para eso ya tengo al médico del equipo. —Levanto el teléfono—. Te escribiré.

Greer inclina la cabeza y la coleta le cae sobre el hombro. Arruga la nariz, pero esta vez no de asco.

—Si ves que te cuesta dormir por culpa de las expectativas que la ciudad y los fanáticos del fútbol tienen puestas en ti y quieres hablar con alguien a quien le dé igual y que no te odie, eso también cuenta como algo estrictamente profesional.

Una sonrisa se extiende por mi rostro, y no es la que tanto he llegado a odiar. Es la que creo que antes ponía a todas horas.

—¿Quieres contarme historias para dormir?

—No, eso se me daría fatal. —Me mira durante un momento más antes de abrir la puerta y salir de la camioneta por fin—. Buenas noches, Beckett.

—Buenas noches, doctora Roberts.

Me inclino hacia el lado para agarrar la manija de la puerta, pero cuando estoy a punto de hacerlo, ella se gira, pone los ojos en blanco y la cierra de golpe.

Espero para asegurarme de que entra a salvo en su casa, aunque cualquiera que quisiera allanarla debería tener miedo de ella.

Creo que, en realidad, voy a esperar y a observarla un poco más, porque no es tan borde y antipática como la gente cree; de hecho, es bastante considerada, y también bastante guapa.

Con bilis en el pelo y todo.

—Otra vez. Esta vez desde las sesenta yardas.

La voz del entrenador Taylor atraviesa el campo, y uno de los encargados del equipamiento sale corriendo para colocar otro balón tres yardas más atrás que el anterior.

Los cuádriceps me están matando. Los pateadores no suelen sudar la gota gorda, pero yo llevo haciéndolo durante dos horas en este campo vacío bajo un sol de agosto particularmente intenso.

He perdido la cuenta de los tiros que me ha pedido, cada uno más lejos que el anterior, y tengo la sensación de que quiere llegar hasta el récord de sesenta y siete yardas que ya conseguí en su momento, solo que no cuando de verdad importaba.

—Lo necesito para los saques el viernes por la mañana. ¡No le revientes las piernas! —grita Darren desde la banda.

Su voz es más seria de lo que debería al dirigirse a su jefe, pero, siendo estrictos, él es mi preparador, no el entrenador Taylor.

—El último entonces, Davis. —El entrenador Taylor enarca las cejas y mira el balón, inocuo y en posición.

Levanta una mano para detenerme antes de que pueda empezar a prepararme y silba para llamar la atención del encargado del material antes de hacerle un gesto para que aleje el balón todavía más—.

Muévelo hasta las sesenta y siete yardas.

—¿De verdad es necesario? —interrumpe Darren otra vez.

Desde aquí puedo ver sus nudillos blancos de lo fuerte que está agarrando el portafolios—.

Lo que menos necesitamos es que pierda confianza —enfatiza sus palabras señalándome con el pulgar— antes de que empiece la maldita pretemporada.

Ha roto el récord, lo hemos visto. Déjalo ya.

El entrenador Taylor aprieta los labios y se le dilatan las fosas nasales. Antes de que pueda regañar a Darren, como quizá debería hacerlo, y antes de que puedan seguir hablando de mí como si ni siquiera estuviera aquí, acompaño al encargado del material hasta la línea de sesenta y siete yardas.

—Puedo hacerlo.

—¿Lo ves? —El entrenador Taylor se encoge de hombros antes de dar una palmada de esa forma extraña e intensa que solo los entrenadores parecen saber hacer—. Pues demuéstralo, Davis.

En realidad, no estoy seguro de ser capaz de conseguirlo. Al menos no esta versión de mí. Mi otro yo, quienquiera que fuera —porque no sé si realmente era una persona de verdad siendo que se ha venido abajo con tanta facilidad—, habría estado muy seguro de poder hacerlo.

Al igual que también lo estaba al patear el balón durante ese partido el año pasado. Pero, justo cuando mi pie conectó con el balón, supe que me había equivocado.

He pensado muchísimo en ello, y ahora también lo hago mientras balanceo la pierna y me golpeo el cuádriceps con el puño para intentar retrasar el calambre inevitable que me va a obligar a meterme en un baño helado durante horas. No sé qué hice mal entonces; fue lo mismo que estoy haciendo ahora.

Dejo de pensarlo.

Cuando mi pie conecta con el balón me siento bien. Llega lo bastante lejos.

Pero no vale. Golpea el montante antes de entrar.

—Bola muerta. —El entrenador Taylor vuelve a dar una palmada.

Sé que es una puta bola muerta. Me apetece lanzarle otra a él, o al menos decirle que se vaya a la mierda; no obstante, el antiguo Beckett Davis se labró una carrera siendo amable y fiable, así que, en cambio, me froto la cara.

Sonrío y levanto un hombro.

—Ha llegado lo bastante lejos.

Me mira fijamente, y Darren empieza a gritar otra vez que ya he acabado por hoy porque no seré de ayuda para nadie si sufro una rotura muscular antes de que la pretemporada empiece la semana que viene.

No soy de ayuda para nadie ahora mismo, aunque eso no lo digo.

—Por Dios santo, Darren, ya ha acabado. Tengo que hablar con él unos minutos. ¿Te parece bien si hablo con uno de mis jugadores?

No me giro para ver cómo mi preparador se aleja de forma inevitable con el rabo entre las piernas. Me froto la cara otra vez y me acerco al entrenador Taylor con la mano en el mentón para ocultar el gesto de dolor cada vez que doy un paso.

Baja la mirada a mis muslos; mi cuádriceps está temblando bajo el sol.

Trago saliva, exhalo y me preparo para soltar una sarta de excusas.

—Puedo hacer el tiro, es solo que…

—Sé que puedes hacerlo, Davis. —Me interrumpe con un gesto brusco de la cabeza—. Quiero que rompas récords tanto como tú quieres romperlos. Pero no voy a hablar contigo de eso. ¿Jugaste con Pat Perez en la universidad?

—Eh… Sí. Era mi quarterback cuando yo era receptor abierto. Pero lo transfirieron y yo empecé a patear.

Por entonces me contentaba con ser un receptor abierto del montón. Nada más y nada menos. Sin verdadero potencial. Sin presiones después de una vida en la que ya había tenido demasiado.

El entrenador Taylor asiente y se frota la mandíbula.

—Vamos a intercambiar a Diggs por él. Love se va a retirar pronto y Diggs no es una opción viable como segundo quarterback .

—Ah. —Me encojo de hombros. Me llevo bien con Diggs.

Con todos, en realidad, aunque no me apetezca.

Pero tiene razón: no le llega ni a la suela del zapato a Love en cuanto a pases o a liderazgo en el vestuario—.

Es un movimiento inteligente. Pat tiene demasiado talento como para quedarse en el banquillo.

No ha tenido muy buena suerte desde que lo eligieron en el draft .

Siempre ha estado a la sombra de algún veterano y no ha tenido una oportunidad real de brillar.

—Estoy de acuerdo. Eres más listo de lo que crees.

—El entrenador Taylor apoya una mano en mi hombro, como si fuera a darme una palmadita en la espalda por lo buen jugador en equipo que soy, pero no me suelta.

Su mano permanece ahí, como si fuera una especie de figura paterna para mí y estuviese a punto de darme un sabio consejo—.

Ya te ha lanzado balones antes. Te lo agradecería mucho, y también todo el equipo, si pudieras ayudarlo con algunas de las rutas.

Pero no hagas nada estúpido. Puede que ahora mismo no estés pasando por tu mejor racha, pero esas piernas tuyas valen veinticinco millones durante los próximos tres años.

Practicar rutas con alguien que me conocía cuando no era nadie, cuando por fin podía respirar, hacer algo y que no importara realmente, no me apetece demasiado. No es así como quiero pasar el tiempo antes de que empiece la temporada. Pero Beckett Davis es un jugador de equipo.

—Claro, yo encantado. —Mi voz suena falsa hasta para mí.

Esta vez sí que me da una palmada en el hombro y me señala antes de empezar a caminar de espaldas, dejándome solo en el campo de entrenamiento con otro fracaso.

—No vuelvas a cargarte las piernas así.

Lo dice como si hubiese tenido otra opción, pero no estoy muy seguro de haber tenido elección en absolutamente nada de mi vida.