4 #2
—Bien —respondo. Le echo un vistazo al menú antes de mirarlo—. Tengo bilis en el pelo.
Él sonríe y el hoyuelo le ilumina la mejilla.
—Qué sexi.
Tiene una sonrisa preciosa y un hoyuelo también precioso.
La mayoría de la gente no sabe que los hoyuelos son un músculo en la mejilla partido en dos.
No es un fallo muscular lo que lo crea, sino un suceso biológico al azar durante su desarrollo.
Pero me hace sentir como si yo también estuviese partida en dos; con el corazón en su jaula, a salvo, aunque alerta y observando a Beckett desde detrás de los barrotes; con un rubor en las mejillas que espero que no pueda ver y mi cerebro chillando a modo de alarma.
Y esto también me convierte en un fracaso a mí, porque yo nunca tengo citas.
—Menos mal que esto no es una cita. —Enarco una ceja y dejo el menú en la mesa para cambiarlo por mi cerveza.
—Solo un tío invitando a su nueva amiga a tomar algo como agradecimiento.
Levanta el vaso para brindar antes de dejarlo sobre la mesa. Sus ojos verdes escanean el menú y da un toquecito con el dedo a algo que no puedo ver.
—¿Crees que el bistec estará bueno aquí?
—No.
La risa se le atasca en la garganta y la mirada se le ilumina.
—Yo también tengo mis dudas, pero necesito proteínas.
—¿Para lo de tu pilates máquina? —pregunto con la boca seca y dejando el trato de usted a un lado.
—Sí, para eso. —Me mira durante un instante antes de aclararse la garganta—.
Lo de antes va en serio. Gracias. No me gustan los hospitales, pasamos mucho tiempo ahí de pequeños.
Nuestra hermana… Tuvo cáncer infantil. Leucemia.
Se lo diagnosticaron a los seis años y la enfermedad duró casi una década.
Suelto el aire y me muerdo el labio. Odio las historias así. Son preciosas e inspiradoras, pero me da un no sé qué que un niño pase por algo tan concreto, que lo conduzca por un camino que nunca habría seguido de mayor. Aun así, no lo digo.
—Lo siento —susurro.
—No pasa nada. Es la razón por la que Nathaniel se hizo médico, pero tú eso ya lo sabías. —Beckett se encoge de hombros y da otro trago a su cerveza.
Aprieto los labios y frunzo el ceño.
—¿Por qué debería saberlo?
Él traga, confundido.
—Ambos sois médicos. Trabajáis juntos. ¿No… no habláis de las razones por las que os dedicáis a algo tan noble?
Suelto una risa de incredulidad.
—¿Crees que eso es lo que hacemos en la sala de descanso? ¿Que nos sentamos en un círculo y hablamos de nuestros deseos, sueños e inspiraciones?
Él echa la cabeza hacia atrás.
—¿Por qué no? Es lo que hacemos nosotros en el campo de entrenamiento.
Le lanzo una mirada inexpresiva.
—¿En serio?
—Qué va. —Sonríe y deja caer la cabeza contra el vinilo del reservado con una mano en la nuca. Deja la otra en la mesa y sus dedos tamborilean contra la madera gastada al ritmo de la música—. Ahora en serio, ¿por qué quisiste ser cirujana?
Es un camino para el que me moldearon y que quizá nunca habría escogido en otra situación.
Pero tampoco respondo eso. Arrugo la nariz.
—Se me daba sorprendentemente bien el juego de Operación de pequeña.
—De acuerdo, doctora Roberts, quédese con sus secretos.
Beckett me evalúa durante un minuto, aún con la mano apoyada detrás de la cabeza. Lo único que hace eso es destacar los músculos de su brazo, la curvatura de su bíceps, el tríceps definido y todos esos tendones y venas que trazan un mapa en dirección hacia sus manos.
Me está mirando. No me conoce, pero siento como si sí lo hiciera, como si quizá tuviésemos más cosas en común de lo que habíamos pensado.
—Siento que no hubiera más hinchas en la planta de posoperatorios hoy —comento, desviando el tema.
—No pasa nada, me ha sorprendido para bien.
Se suponía que iba a ir a pediatría y oncología por Nathaniel, pero…
—Se frota la mandíbula antes de lanzarme una sonrisa algo triste—.
Seguramente tengas más coeficiente intelectual que todos los que estamos aquí juntos, así que seguro que habrás deducido por qué no es de mis sitios favoritos.
—¿Tu hermana está bien? —pregunto, ladeando la cabeza.
Asiente y esboza una sonrisa suave. Saca el móvil del bolsillo y me enseña la pantalla. La foto se ilumina y veo a Beckett y al doctor Davis con un brazo en torno a los hombros de una chica preciosa de pelo castaño que sonríe ante una tarta con las velas encendidas.
—Sarah está bien. Este año ha cumplido los veintiséis. Lleva más o menos diez en remisión. Tiene el sistema inmunológico un poco jodido, pero por lo demás está bien.
—Tenéis los mismos ojos. —Lo miro con otra sonrisa pequeña. Ironías de la vida, me encantan los finales felices, y yo solo puedo lamentar el camino que me ha conducido a la familia que tengo. Espero que la suya esté libre de cargas—. Me alegro de que esté bien.
—Y yo.
Gira la pantalla hacia él y, antes de guardar el teléfono, sus labios se crispan con la sombra de una sonrisa al mirar la foto.
Adora a su hermana, igual que yo a la mía.
Y quizá la mía tenga razón. Quizá siento demasiado. Sé lo que es que te obliguen a vivir o existir en un lugar que te hace daño, y puede que yo haya tomado esa decisión voluntariamente, pero él no.
A pesar de no tener tiempo para guiar a Beckett por el hospital, se lo ofrezco de todos modos.
—Puedes volver si quieres. —Apoyo la cabeza contra el reservado y doy un trago a mi cerveza—. Por desgracia, es probable que mañana le den el alta a Jer, pero para finales de semana tendré una nueva tanda de pacientes a los que puedes intentar llevarte a tu terreno.
—Ah, ¿sí? —Beckett arruga el ceño y se inclina para apoyar las manos sobre la mesa—. De acuerdo, quizá acepte la propuesta. Por estadística, uno de mis fans está destinado a acabar en tu mesa de operaciones.
Ladeo la cabeza.
—Creo que no funciona así, pero vale, me quedo con eso. De todas formas, si sigues viniendo, dame hasta el final de esta semana para ver si mi jefe me da su aprobación.
Él asiente con otra sonrisa.
—Tu jefe es como tu entrenador, ¿no?
—No. —Rio por la nariz antes de beber. Creo que estoy demasiado cansada. Ni siquiera tiene gracia, pero sonrío igualmente.
—Ah, bueno. —Se encoge de hombros—. Mi entrenador quiere supervisar uno de mis entrenamientos el miércoles. No es algo que suela hacer, así que a finales de semana me va bien.
Estoy a punto de preguntar, no por ignorancia o por no interesarme algo tan popular como el fútbol americano, del que no sé nada, sino porque no tengo mucho tiempo. Sin embargo, la camarera vuelve y sonríe, a la espera.
Beckett ojea el menú, tamborilea los dedos y señala algo en él.
—A la mierda, quiero el bistec.
Me mira y me guiña un ojo, como si no fuese consciente de que probablemente sea una de las personas más atractivas del planeta.
La camarera me observa con el bolígrafo sobre el cuadernillo.
No he mirado bien el menú. Pego la cabeza al reservado y hago un gesto con la mano.
—Supongo que yo también.
Beckett acerca la palma levantada hacia mí.
—Por las proteínas.
Pongo los ojos en blanco y nuestras manos se encuentran.
—Por las proteínas.
Esboza lo que parece una sonrisa verdadera; sus comisuras se elevan sin quererlo siquiera. Como si su cerebro hubiese mandado el mensaje a todas sus neuronas de que es un momento bonito y que está a salvo, que puede relajarse.
Le devuelvo la sonrisa, y esa también parece verdadera.