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Greer
Creo que tengo bilis en el pelo.
No estoy segura del todo. Me han llamado para que examine un hígado durante un trauma y compruebe si era salvable, y cuando me he inclinado… todo ha ido mal.
Por suerte, trauma no es lo mío; creo que ya he tenido suficiente de por vida.
Eso no quita que haya visto órganos perforados, me haya manchado de sangre y tenga cosas en el pelo que no deberían estar ahí porque no me he molestado en meterme la coleta por debajo del gorro de quirófano.
La única culpable soy yo. Anoche apenas dormí una hora antes de que me avisaran de que había compatibilidad con uno de mis pacientes que necesitaba urgentemente un páncreas nuevo y unos riñones.
Eso ha llevado unas siete horas, horas en las que me sentía demasiado agotada y también un poco ida, a juzgar por la coleta baja y por el hecho de haber invitado a un jugador de fútbol americano al que solo he visto una vez a acompañarme a hacer las rondas por el hospital.
Debo reconocer que se le da bien tratar a los pacientes. Supongo que, en general, se le da bien tratar con la gente. Te lanza una sonrisa de esas y te mira fijamente para que seas consciente de que te está prestando atención.
Solo a uno de mis pacientes, Jer, le gustaba el fútbol, y encima ha resultado ser hincha de un equipo de Filadelfia, así que no ha podido recuperar su reputación, tal y como le había sugerido yo apenas habiendo dormido tres horas en total.
Sin embargo, Beckett se ha sentado con él y, mientras yo terminaba mi ronda, han estado hablando de estadísticas, rumores y cosas que me dan igual y que planeo que me sigan dando igual.
Cuando me han avisado por lo del hígado lacerado lo he dejado ahí.
Me podría haber duchado aquí, pero ahora tengo veinticuatro horas libres, siempre y cuando de repente no se queden más órganos disponibles, y quería marcharme del hospital lo antes posible.
Mi hermana me ha dado una de esas barras de cera para el pelo para que la guarde en el bolso y poder tener «buen aspecto» durante las muchas horas que paso aquí.
Me ha resultado útil durante un total de cero horas, pero hoy he mojado un cepillo, me he peinado el pelo hacia atrás y he intentado hacerme una trenza de burbujas para que la gente no se dé cuenta.
No estoy muy segura de que haya surtido el efecto deseado y, como no he venido en coche, a alguien le va a tocar sentarse a mi lado y aguantar los desechos médicos de mi pelo; pero, bueno, seguro que la gente del metro de Toronto habrá visto cosas peores.
El aire nocturno me azota cuando las puertas giratorias se abren por fin. Echo la cabeza hacia atrás e inspiro hondo. A veces me da igual quedarme más tiempo del que debería, pero esta noche necesito espacio y tengo muchísimas ganas de marcharme a casa.
No obstante, ahí está Beckett Davis, justo al otro lado del bordillo, con una pierna apoyada en una camioneta blanca, la gorra del revés y el pelo ondulado en la nuca mientras una de las farolas lo ilumina como si estuviera en una maldita pasarela.
—Hola. Solo quería darte las gracias por lo de hoy.
—Me lanza una sonrisa de esas tontas y soñadoras por las que la gente se derrite: su boca carnosa enmarca unos dientes bonitos y tiene un hoyuelo.
Sus ojos, de un verde sobrenatural, descienden hacia mi pecho y vuelve a sonreír—. Me encanta la camiseta.
—¿Qué? —La estiro y miro hacia abajo. Ni siquiera recuerdo qué llevo puesto. Una camiseta superantigua que me dio mi hermana que dice «Dorsia», el nombre de un restaurante falso de mi película favorita, con las letras descoloridas—. Ah, ya. Perdone, ¿me estaba esperando?
—No, he estado con Jer hasta hace un rato. Hemos visto algunos vídeos antiguos de mejores momentos. Las enfermeras me han echado hace unos cinco minutos. —Se aparta de la camioneta y ladea la cabeza—. Oye, ¿te gustaría cenar o tomar algo? Es lo menos que puedo hacer.
Pura palabrería. Algo que un conocido ofrecería a modo de agradecimiento por haberle echado una mano. Pero no lo es, no realmente. O, al menos, no para mí.
También es algo que se haría con alguien con quien intentas salir. El corazón me late con fuerza en el pecho, aunque no al máximo gracias a la jaula que he construido a su alrededor.
No salgo con nadie. Sin embargo, no conozco a Beckett Davis lo suficiente como para decírselo. Me cruzo de brazos; un ademán protector y evasivo al mismo tiempo.
—No se preocupe tanto por lo menos que puede hacer y haga lo que de verdad le apetezca.
Él suelta una carcajada, se quita la gorra y se pasa las manos por el pelo como si yo fuese un molesto bicho raro. Lo soy, pero él sigue sonriendo de todos modos.
—La verdad es que me apetece comer algo. Estoy hambriento y me encantaría que vinieras conmigo.
Se me ensanchan las fosas nasales. A mí solo me apetece volver a casa y echarme a dormir, pero me está mirando y me recuerda un poco a un cachorrillo perdido. Mi corazón, que según mi hermana me convierte en una sensiblera, da un vuelco, y pongo los ojos en blanco.
—De acuerdo. ¿Podemos ir a algún sitio con poca luz para que cuando me quede dormida en la mesa nadie se dé cuenta?
Beckett esboza una gran sonrisa y, de nuevo, el maldito hoyuelo hace acto de presencia. Señala sobre su hombro la camioneta con el pulgar.
—Me parece perfecto, así hay menos probabilidades de que alguien me lance una bebida.
Entrecierro los ojos. Seguro que a nadie le importa tanto que haya fallado un tiro.
—La gente no suele tirarle bebidas encima, ¿no?
—Todavía no, pero la semana pasada sí que me lanzaron un Timbit.
Levanta las palmas y me sonríe antes de dar media vuelta y abrir la puerta del copiloto.
—Pues qué pena, porque es el agujero de donuts favorito de Canadá. ¿De qué sabor era?
—De tarta de cumpleaños.
Asiente con resignación e intuyo que él cree que lo hace a modo de broma antes de señalar el asiento impoluto con la barbilla.
Enarco una ceja. No estoy segura de si es buena idea meterse en la camioneta de un desconocido, por mucho que sea famoso, pero inclino la cabeza a un lado y sus ojos pasan de ser unas esmeraldas brillantes a otras tristes y apagadas.
Su hermano y los otros residentes creen que soy dura, mientras que mi hermana afirma que siento demasiado.
—Pues menudo desperdicio, son los más ricos. —Le lanzo una sonrisa suave, de las pocas que pongo, y paso por su lado para subirme a la camioneta.
—Eso dije yo.
Beckett ensancha la sonrisa y me ofrece la mano. Contra todo pronóstico, la acepto. No sé nada de fútbol americano, pero sus manos parecen hechas para atrapar balones en vez de patearlos, no para desperdiciarlas a los costados mientras apunta.
Tiene las palmas grandes y callosas, con venas marcadas en el dorso.
Siempre me preocupo por mis manos; están secas, con la piel agrietada, y llevo las uñas lo más limadas posible.
En invierno se me ponen rojas y prácticamente en carne viva debido al frío de Toronto y a la cantidad de antiséptico a la que están sometidas día a día.
Pero Beckett no dice nada. Me vuelve a sonreír, aunque esta vez parece más natural, como si lo agradeciese en silencio, como si al pasar tiempo con él le estuviese haciendo un favor.
Me cierra la puerta y logro echar un vistazo a mi pelo recogido en el retrovisor del copiloto. No sé hasta qué punto es un favor cuando uno de nosotros está pringado de residuos sanitarios.
Pues el bar sí que está oscuro. Es un antro situado en un callejón, cerca del extremo este de la ciudad, que nunca antes había visto.
No podría dormirme ni aunque quisiera, porque alguien está afinando una guitarra en un escenario bastante mal iluminado a un metro y medio de mí y, además, Beckett Davis habla. Y mucho.
No es algo malo en sí, pero no estoy acostumbrada a mantener conversaciones tan largas.
Mi padre no es muy hablador, por lo menos conmigo.
Mi hermana me conoce lo suficiente como para saber que a veces prefiero estar en silencio.
Mis dos mejores amigas, Willa y Kate, no viven en la ciudad, y la mayoría de nuestras conversaciones son mensajes o audios que puedo enviar cuando me apetece contestar.
Pero a Beckett le gusta charlar, tanto que no me ha dejado decir mucho de camino aquí.
No parecía importarle; se ha contentado con contarme cómo ha ido su tarde acompañando a Jer, viendo antiguos mejores momentos y vídeos de SportsCentre en una pequeña pantalla de iPhone. Me ha dicho que le ha sorprendido lo bien que se lo ha pasado en un sitio tan esterilizado y cruel.
De vez en cuando me ha lanzado las típicas preguntas de lo lejos que vivo del hospital, cuánto dura un turno o si alguna vez he visto algo raro porque a veces vuelvo a casa en metro de madrugada en vez de ir en coche.
He respondido que sí, aunque apenas me ha dejado hueco para contestar, y ya me estaba preguntando si alguna vez había hecho pilates máquina.
Si lo hubiese preguntado otra persona, quizá me habría parecido grosero. Pero agarraba el volante con fuerza mientras daba toquecitos en el cuero con los pulgares. Se lo veía entusiasmado por tener a alguien con quien hablar. Si no me hubiese parecido tan triste, lo habría catalogado como mono .
No ha dicho mucho más desde que hemos llegado. Se ha girado la gorra para que la visera le oculte la cara y ha mirado alrededor como si le preocupase que alguien fuese a salir de detrás de una pared para decirle que lo odia y a lanzarle una bebida a la cara.
Se ha relajado una vez se ha acoplado en el viejo reservado de la esquina. Cuando la camarera ha venido con una sonrisa amable para apuntar lo que queríamos beber, parecía como si se hubiera quitado el peso del mundo de los hombros.
Al ver que la camarera traía las cervezas y los menús con el plástico despegado prácticamente pasando de nosotros, se le ha iluminado el rostro.
—Entonces, ¿qué tal te ha ido el día? —me pregunta antes de darle un sorbo a la cerveza. Caen gotas de condensación del vaso y salpican la mesa de madera gastada.