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La identificación de voluntario que cuelga de mi cuello parece más una soga que otra cosa.
Podría fingir que eso es lo que me está pesando cuando cruzo el vestíbulo hacia el ascensor con la mirada fija en el suelo y el rostro medio oculto bajo una anodina gorra negra.
Me he quitado la que lleva mi nombre y mi número —toda información que me identifique como alguien a quien la gente odia— y la he dejado en mi camioneta antes de entrar.
He estado temiéndome esta estrategia de marketing desde que a Yara se le ocurrió la idea. El lugar que menos me gusta del mundo sumado a un mar de gente ya de por sí descontenta.
Menos mal que el ascensor está vacío.
Pulso el botón varias veces, como si eso hiciese que las puertas se cierren antes. Cuando mi hermana Sarah y yo éramos críos, me confesó que el botón de cerrar las puertas solo está de adorno, y mi vida no ha sido la misma desde entonces.
Ojalá no fuera verdad, porque veo a una mujer acercarse con la cabeza gacha, totalmente ajena a la situación, y a pesar de que lo único que me apetece sea estar solo, no puedo evitar estirar el brazo para impedir que se cierren las puertas.
Ella entra y levanta una mano a modo de agradecimiento, pero no aparta los ojos de su teléfono. Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta perfecta que se bambolea a su espalda.
Aunque hoy lleva un pijama de distinto color, yo nunca me olvido de nadie. Es parte de la razón por la que le gusto tanto a la gente.
Aun así, no creo que sea muy difícil recordar a alguien. Al menos, si es como ella.
—Doctora Roberts, me alegro de volver a verla.
Sonrío y extiendo la mano. No puedo evitar hacerlo, y esta vez espero que sí que me la estreche.
Ella se sorprende, levanta la mirada del teléfono y tensa los dedos alrededor de su vaso de café.
Clava sus ojos verdes en mi mano con desconfianza antes de desviarlos hacia mi rostro.
Ladea la cabeza y su coleta se balancea sobre sus hombros.
Enarca una ceja, guarda el teléfono en el bolsillo de su pijama azul marino y extiende el brazo para estrecharme la mano.
—Ah, el hermano del doctor Davis. El que no duerme bien por las noches porque todo el mundo lo odia.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo de sonreír, aunque enseguida lo vuelvo a hacer, y esta vez de verdad.
—¿Cómo sabe que no duermo bien?
—Su hermano habla de más cuando está nervioso.
Curva los labios hacia arriba muy ligeramente y sus mejillas se suavizan. Es lo más cercano a una sonrisa que le he visto poner. Las motas de sus ojos cobran vida, y creo que una parte de mí también.
Me suelta la mano, pero ojalá no lo hubiera hecho.
Inclina la cabeza y me evalúa con la mirada antes de continuar.
—No sé si le habrá pasado el mensaje o no, pero yo no lo odio.
Pues no, no me lo había pasado.
Asiento, deseando que lo hubiese hecho.
—No sé por qué me da la sensación de que hay un insulto velado en sus palabras.
—En absoluto —responde, girándose hacia el panel iluminado del ascensor. Se inclina y pulsa por fin un botón. El número ocho se enciende—. Su hermano probablemente esté en la planta seis. Ha pulsado el cuatro.
—No he venido a ver a Nathaniel. Estoy, eh…
—Levanto la identificación de voluntario y la sacudo—.
Estoy aquí para tener algo de buena prensa.
No sé si se habrá enterado, pero toda la ciudad y la mayor parte del país me odian.
No sé muy bien cómo conseguirla, así que había pensado en ir a la planta de pediatría durante las horas de visita.
Me han dicho que imito muy bien a Chase de La patrulla canina .
A lo mejor les cuento alguna historia o algo.
Clava sus ojos en mí.
—¿Y cómo van a ayudarle los niños? Ellos no controlan las noticias.
Sonrío, me cruzo de brazos y me apoyo contra el espejo que recubre el interior del ascensor.
—Tal vez les impresione tanto mi imitación que hablarán bien de mí a sus padres amantes del fútbol.
Resopla.
—¿Cómo sabe que les gusta el fútbol?
—A todos les gusta el fútbol.
Enarca una ceja y luego levanta un hombro.
—A mí no.
—Quizá porque no me ha visto golpear el balón.
Se le escapa una risa, aunque es más bien una carcajada. Tiene los ojos bien abiertos y se la ve entretenida.
—Bueno, si lo que dicen por ahí es cierto, me alegro de no haberlo hecho.
—Au —suelto, pero en realidad no me ha dolido. Me siento mejor que en meses.
Inclina la cabeza hacia un lado y desvía los ojos de forma intermitente entre los míos y la identificación de voluntario.
—Yo voy a la planta de hospitalización. Hay varios pacientes que han salido de quirófano y quiero ver cómo van sus posoperatorios.
Todos son adultos y es horario de visita.
Si quiere hablar con gente a la que de verdad le importe y prefiere no pasarse la tarde forzando sus cuerdas vocales para sonar como un perro de dibujos animados, puede acompañarme.
Eso sí, no puede entrar en la habitación hasta que ellos no den su consentimiento.
Me froto el mentón, aunque lo que en realidad quiero es golpearme el pecho con el puño para que el corazón deje de martillearme contra las costillas.
Por lo general mi pulso suele ser más lento, pero esta solo es la segunda vez que me ve y ya es la segunda vez que ha sido más amable conmigo que el resto del planeta.
—No me ha dicho su nombre.
—No me lo había preguntado. —Se vuelve a encoger de hombros. Las puertas del ascensor se abren en la cuarta planta, pero ninguno de los dos sale—. Greer.
—Greer —repito, y me tomo la licencia de tutearla cuando le pregunto—: ¿Crees que los adultos querrán que les cuente una historia?
—Eso depende de lo bien que imite a Chase —responde de forma inexpresiva. Su voz es ronca. La siento en mi pecho, recorriendo mis costillas e instalándose allí, moviendo sus piececitos al mismo ritmo que el pulso demasiado acelerado de mi corazón.
Me olvido de que quería estar solo.