Estrictamente profesional 3
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Beckett

El pilates es muy difícil, y quien diga lo contrario o no lo ha practicado o miente.

Las gotas de sudor me resbalan por debajo de la gorra y aterrizan sobre la máquina reformer .

Cuando podía hacer mi trabajo eficazmente y marcaba puntos siempre que mis compañeros me necesitaban, el entrenador y su equipo pensaron que sería buena idea meter todo el equipamiento necesario en una de las salas de entrenamiento para que pudiera tener un sitio fijo donde hacer ejercicio después de las reuniones los días que no teníamos entrenamiento grupal.

Es una práctica común entre los pateadores.

Alarga los músculos, los fortalece y aumenta la flexibilidad.

Yo no tengo el físico típico de un pateador, así que lo necesito.

En mi caso mido casi uno noventa; soy bastante alto y más robusto que la mayoría porque hace tiempo creía que estaba destinado a hacer otra cosa.

Llevo haciéndolo desde la universidad, cuando dejé de ser un receptor abierto más del montón y empecé a encargarme de los tiros.

Tanto nuestro pateador como nuestro despejador se lesionaron y, en un momento de desesperación, el entrenador preguntó al equipo si alguien había jugado al fútbol europeo de pequeño, y me eligieron porque había estado en un equipo hasta los dieciséis.

Me volví excepcionalmente bueno en algo que a la gran mayoría le resulta inútil.

Rompí récords en la universidad. La gente hablaba de mí en la ESPN.

Me eligieron en el draft a los veintitrés, aunque a los pateadores rara vez nos seleccionan, y me transfirieron aquí cuando la expansión creó el primer equipo de la franquicia canadiense.

Para mí no supuso un problema. Crecí a las afueras de Toronto, que es de donde soy. Mi familia vive ahí. Canadá tiene a algunos de los mejores fans deportivos del mundo. Pero lo que la gente no parece comprender de los canadienses es que… jamás olvidamos.

Pasé de ser alguien a quien todos adoraban y querían poner en sus vallas publicitarias, que les firmara la camiseta o que besara a sus bebés porque iba a seguir rompiendo récords y sonriendo, a que literalmente me tiraran un maldito Timbit, esas bolas hechas con la misma masa de los donuts, desde un coche en marcha la semana pasada.

—Davis, has terminado. El entrenador quiere verte arriba.

Echo un vistazo a la puerta abierta. Ahí está Darren, con un portafolios bajo el brazo y su gorra doblada entre las manos.

—Vale, gracias. —Asiento, me echo hacia atrás hasta sentarme sobre los talones y agarro la toalla para secarme el sudor de la cara.

—Nos vemos el miércoles. Ve al gimnasio mañana, pero no sobrecargues las piernas. Quiero que practiquemos los tiros desde distintas distancias.

—Hecho —respondo, y él le da un golpecito a su portafolios, como si eso fuese a transmitir mejor su mensaje, antes de girarse y desaparecer por el pasillo.

Paso más tiempo con Darren que con nadie. Su labor como coordinador del equipo especial es hacer evolucionar a personas como yo.

No suelo hablar con el entrenador Taylor en privado entre semana.

He estado evitando esa conversación desde que empezaron los entrenamientos, y tampoco es que me haya acercado a la puerta de su despacho. Es culpa mía que en la estantería a su espalda no haya un trofeo de oro por haber ganado el campeonato.

Ver mi nombre escrito en negrita junto con el número diecinueve en el lateral de mi bolsa es otra cosa que también desearía evitar.

Debería sentirme orgulloso; soy especial e importante, y tengo tanto talento que la gente tendría que saber quién soy solo por la bolsa de gimnasio que llevo.

Pero tiene el efecto contrario. Me odio a mí mismo y no me siento orgulloso en absoluto cuando la agarro de camino a la salida.

También estoy tratando de ignorar una foto mía que ocupa una pared entera en el vestíbulo principal, así que, en vez de pasar por allí, me decanto por unas escaleras al fondo del pasillo para dirigirme hacia las oficinas de dirección.

Aunque tengo las piernas destrozadas, la decisión implica subir los escalones en vez de coger el ascensor, pero el estadio bulle de actividad ahora que la pretemporada está a punto de comenzar: las tiendas están sacando el nuevo stock , los restaurantes están abriendo y los empleados ya han empezado a trabajar.

Por norma general soy amable con todos los trabajadores, al menos antes de que el estadio esté a rebosar de fans.

Me paso a por café antes o después del entrenamiento en vez de preparar yo el mío porque creo que esta gente también merece reconocimiento.

Hay muchísimas otras cosas que mantienen viva la franquicia aparte de los jugadores.

Pero dudo que quieran verme ahora, y a mí tampoco me apetece verlos.

Mis pasos resuenan en el cemento de las escaleras vacías y la luz del sol entra por las cristaleras. El estadio tiene unas vistas espectaculares de la ciudad; desde cualquier punto del edificio se puede ver el perfil de Toronto desde un ángulo distinto.

Fue una construcción estratégica cuando la expansión solo era un rumor en el ambiente. No había ningún sitio que pudiera albergar los asientos suficientes, y a la liga le preocupaba que la proximidad con Búfalo afectara a otros fans.

Entonces, a un arquitecto se le ocurrió la idea de construir hacia lo alto en vez de colocar más asientos a lo ancho. Probablemente sea una auténtica obra de ingeniería, porque apenas parece más alto que los estadios de otros equipos y bloquea el viento la mar de bien.

Me hacía más eficaz, hasta que dejó de hacerlo.

Me detengo en la sexta planta. El letrero blanco sobre la elegante puerta de madera de cerezo me resulta más amenazante de lo que debería. Me quito la gorra e intento alisarme el pelo, aunque es inútil porque sudado se me riza más.

No hay nadie en el pasillo y la mayoría de las oficinas están cerradas, algo es algo. Mis pasos dejan de sonar sobre la moqueta cuando llego a la única puerta abierta.

La placa dorada y brillante que reza «Entrenador Taylor» sigue pareciendo nueva y, desde este ángulo, puedo ver las estanterías de caoba casi vacías que rodean su despacho.

Somos un equipo nuevo, así que probablemente sea injusto que el resto de la población y yo pongamos esa responsabilidad sobre mis hombros, pero ganar el campeonato durante la primera década de la franquicia, siendo el único equipo del país, es algo a lo que todos aspiraban.

Levanto el puño y llamo a la puerta antes de forzar la maldita sonrisa para que parezca que sigo formando parte del equipo.

—¿Quería verme?

El entrenador no aparta la mirada de la pantalla colgada en la pared, pero sí que hace amago de desviarla de los patrones de ruta que está estudiando. Hace un gesto hacia la silla frente a él y yo tomo asiento en silencio.

—Estás practicando los tiros con los cascos puestos. —Su voz suena entrecortada, e inclina la cabeza cuando ve cómo se completa un pase antes de garabatear algo en su portafolios.

—Intento concentrarme.

Al parecer, ni eso puedo hacer bien.

Por fin aparta la mirada de la pantalla y suspira levemente antes de reclinarse en su silla.

—Una de las cosas que te convirtieron en el mejor no fue que solieras ser más preciso que una baliza de localización, ni tampoco la potencia con la que pateas el balón.

Fue que colaborabas con los chavales. Erais amigos.

Daba igual que tuvierais sesiones de entrenamiento por separado o ejercicios distintos.

Hacías las rutas con quien quisiera probar algo nuevo o entrenar fuera de horas, aunque no deberías haberte arriesgado así.

Has dejado que todos los quarterbacks suplentes que hemos tenido practicaran los pases contigo hasta que les sangraban los dedos.

Por Dios santo, si te llevabas a la mitad de ellos a tu sala de entrenamiento todas las semanas.

Y los he defraudado tanto que algunos ni siquiera me han dirigido la palabra en vacaciones.

No lo digo en voz alta, pero no hace falta.

El entrenador me observa, y en parte es como si lo hiciera mi abuelo: con sabiduría, como si me sacara muchos años en vez de solo siete.

—Podías haber conseguido ese tiro. Te he visto hacerlo en los entrenamientos.

No se equivoca. He roto mi récord más de una vez. En dos entrenamientos distintos: sesenta y siete y sesenta y nueve yardas respectivamente. Pero entonces no había nada en juego. Me doy golpecitos en la mandíbula.

—Lo sé.

—Quiero que cambies los entrenamientos de tiros largos y los de libres después de los touchdowns a los miércoles por la tarde, para que pueda estar ahí.

Tenía intención de usarte mucho esta temporada y no me gusta cambiar mis planes.

—Vuelve a mirar la tele, ya que el vídeo sigue reproduciéndose, y yo me lo tomo como que ya ha terminado conmigo—.

Darren me ha comentado que estás dejándote ver por la prensa en el hospital.

En cuanto la temporada empiece, eso se acabó, ¿entendido?

Asiento, me levanto del sillón y cruzo medio despacho antes de girarme hacia él.

—¿Y si la gente sigue odiándome cuando empiece la temporada?

Es una pregunta infantil, pero no estoy muy seguro de qué futuro me depara aquí.

O en ningún lugar, en realidad.

—Entonces más te vale empezar a patear ese balón y a marcar puntos, o lo único que te quedará será esa estúpida sonrisa. —No se molesta en mirarme cuando habla.

Ambos sabemos que no es tan fácil, pero hace que suene como si lo fuera.

Solo he sido dos cosas en toda mi vida: fiable y carismático.

Y ahora no soy ninguna de las dos.

Los hospitales no son más agradables durante el día.

Al menos no para mí.

Hay mucho más ajetreo, y me parece que eso crea la ilusión de que son un sitio alegre donde solo ocurren cosas buenas.

Es cierto que también ocurren. No obstante, siempre que cruzo sus puertas, solo se me vienen a la cabeza las malas.