Estrictamente profesional 2 #2
5%

2 #2

Parece mayor de lo que realmente es. Tiene los hombros más delgados que antes y curvados hacia dentro bajo la tela de franela desgastada.

Hace demasiado calor para llevar eso puesto, pero suele resfriarse a menudo.

Su pelo siempre ha sido castaño y ralo, aunque ahora apenas parece un puñado de plumas.

Sus ojos, iguales a los míos, sobresalen demasiado bajo el arco superciliar. Y, aun así, me sonríe.

Para algunas personas, esas señales serían ejemplo de una vida bien vivida: de muchas noches en vela y cantando a voz en grito, de haber vivido bien. En él, sin embargo, solo son indicios de la mala vida que ha llevado y de sus consecuencias.

—No, llego tarde. —Sacudo la cabeza y por fin me quito la bolsa de entre los dientes—. No puedes renovar las recetas en el último momento. ¿Y si hubiese tenido que quedarme en el quirófano más tiempo o Stella se hubiese ido de viaje? La próxima vez intenta renovarlas por lo menos una semana antes.

Él agarra la bolsa con frustración y quizá un ápice de cariño y amabilidad.

—Podría decir lo mismo de ti.

—No soy yo la que tiene que tomarse inmunosupresores para toda la vida.

Me pellizco el puente de la nariz. He intentado varias veces que mi padre y mi hermana entiendan la diferencia entre lo que es una medicación crónica —obligatoria, que salva vidas y que previene que el trozo de hígado que no es suyo acabe absorbido por su cuerpo— y los tranquilizantes que necesito de vez en cuando porque mi sistema nervioso hace tiempo realizó conexiones que parece que soy incapaz de destruir.

Mi padre se frota las manos con las fosas nasales dilatadas. Parece preocupado. Tiene los dedos demasiado delgados.

—Lo digo en serio. Te encuentras bien, ¿no?

—Acabo de llegar, papá. —Me aprieto los dedos contra las sienes y cierro los ojos.

Me arden, y no sé si es por las ganas de llorar o porque están secos por llevar demasiado tiempo despierta—.

Estoy agotada. Anoche estuve de guardia y hoy he hecho tres trasplantes de riñón.

Además, estoy a la espera de una llamada por un paciente que necesita un hígado con urgencia y no puedo asegurarle que vaya a tenerlo. ¿Podemos no discutir?

Seguramente suene borde, y si Stella estuviese aquí, me habría dado un codazo y me habría dicho eso mismo antes de agarrar a mi padre del brazo y susurrarle los últimos acontecimientos de una de las series de televisión que ven juntos.

Pero estoy intentando llevar mejor lo de marcar límites en lugar de dar partes de mí que no puedo dar, y a veces mis formas no son las mejores.

Él ladea la cabeza. Creo que está mordiéndose el interior de la mejilla, como si estuviese dándole vueltas a algo. A continuación, me hace un gesto para que lo siga a la cocina.

—¿Cómo ha ido la reunión? —pregunto, intentando relajar las cosas, aunque no haga falta.

Mi psiquiatra dice que no tengo por qué hacerlo. Dice que no pasa nada por marcar límites con los que la gente pueda sentirse incómoda. No tenemos por qué apaciguar a los demás después.

Sigo a mi padre hasta la cocina. La luz vespertina cubre el suelo de madera a través de unas ventanas antiguas que se niega a cambiar.

Es una cocina normal, más moderna que el resto de la casa porque alguien quiso renovarla antes de que mi padre la comprara. Eso sí, hay más botes de pastillas en la encimera y recordatorios de citas médicas que en una casa normal.

—Bien. Le he entregado a alguien su medalla de un año.

Noto el orgullo en su voz cuando deja la bolsa de la farmacia junto a los botes vacíos y se dirige a la nevera. La abre y me saca un cartón de agua de los que tanto me gustan. Los tiene a pesar de que no se los puede permitir.

—Qué bien. —Le sonrío, porque no sé qué más decir.

Me alegro por él y por esa persona desconocida.

Decimos que hemos avanzado bastante en el campo de la salud mental, y sí que creo que hemos progresado muchísimo en comparación con cómo estábamos hace años. Sin embargo, la adicción sigue siendo un concepto impreciso que la gente parece no entender.

Mantenerse sobrio es raro, difícil, maravilloso, precioso y todo un reto, así que me enorgullece y me siento tremendamente feliz por quien lo consigue.

No obstante, la sobriedad de mi padre se cobró un precio que creo que nadie debería pagar.

—¿Tu hermana vendrá esta noche? —pregunta al tiempo que me entrega el cartón.

Nos miramos ahí, en la cocina, durante un rato, un tanto incómodos, y yo carraspeo.

—No, tiene grupo.

No sé cómo Stella y yo nos hemos convertido en las típicas hijas de alguien adicto: ella se pasa las horas intentando ayudar a que la gente se mantenga sobria y yo trasplanto órganos a gente cuyas enfermedades han destruido los suyos.

Era lo que sabíamos hacer, y creo que no hemos dejado de hacerlo.

—Ah. —Parece desazonado durante un instante y luego señala el salón con la barbilla—. Entonces, ¿te apetece ver una película?

Dicen que la adicción es un ciclo del que no se puede escapar.

Me acuerdo de todos los hígados cirróticos que he extirpado y he reemplazado por otros sanos.

Me acuerdo de la gente a la que mi hermana escucha con tanta atención noche tras noche y día tras día con el afán de ayudarlos a encontrar su propia versión de la paz.

Me acuerdo de mi padre, que pronto permanecerá confinado en casa porque queda poco para que empiece la época de gripe y es una persona inmunocomprometida debido a que tiene un órgano que no siempre ha sido suyo.

Me acuerdo de mi madre, que se marchó antes de que Stella y yo fuésemos lo suficientemente mayores como para conocerla bien.

Me acuerdo de todas las cosas que nos han traído aquí, a estas sillas usadas, a este bungaló de una bocacalle cualquiera en la parte este de la ciudad.

Me acuerdo de los dedos demasiado delgados de mi padre en torno al mando de la tele.

Y de los míos, que agarran con fuerza el tapón del cartón de agua porque me encojo cuando la cabecera de la película se oye demasiado alta.

Y creo que podrían tener razón.