Estrictamente profesional 2
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Greer

Sí que es un riñón precioso, sí.

Los doctores Davis y Ladak no habrían sabido lo maravilloso que es solo por los análisis de laboratorio, ya que estos a veces mienten. A veces examinas los órganos y no parecen tan sanos como deberían.

Pero este… este pertenecía a una chica de diecisiete años amable, atenta y quizá demasiado inteligente para su edad, y ahora le pertenece a su prima de quince años, a quien deseaba darle una nueva oportunidad para vivir. Es perfecto.

Esbozo una pequeña sonrisa bajo la mascarilla. Observo el riñón durante unos segundos más y repaso la sutura que acabo de hacer para conectar los vasos sanguíneos de nuevo. Los puntos permanecen tirantes.

Relajo los hombros y los estiro mientras me aparto de la luz superior del quirófano y de la tarima.

—Puede terminar, doctora Ihnat.

Ella me lanza una gran sonrisa a modo de agradecimiento y da un paso para reemplazarme al tiempo que estira el brazo para pedir un fórceps.

Normalmente me gusta terminar mi trabajo, pero me empezaba a doler el cuello. No suelo dormir bien la víspera de la operación de alguien joven, porque me cuesta más marcar distancia con esos donantes, estén vivos o muertos.

La doctora Ihnat empieza a murmurar y a sacar conversación mientras se inclina y mueve las manos.

Se me crispan los dedos en los guantes; por inercia hago los movimientos que he pasado los últimos siete años perfeccionando.

Esos movimientos de los que ya no estoy tan segura.

Cuando me giro para volver al lavamanos veo al doctor Davis. Al final se ha preparado para entrar al quirófano a observar y está al fondo, con la mayoría de los residentes de cirugía general y oncológica.

Al ver que la puerta no se cierra tras de mí, sino que se queda sujeta por una Hoka blanca impoluta, me doy cuenta de que me ha seguido y de que me mira con las cejas enarcadas.

Lleva un calzado terrible para un quirófano; está pidiendo a gritos que le salpiquen sangre.

Carraspea y lo miro, de pie junto al contenedor de residuos sanitarios, mientras empiezo a quitarme los guantes y la bata quirúrgica.

—Gracias. —Lo dice de forma dubitativa, casi como si estuviera nervioso.

No me gusta poner nerviosos a los residentes. No pretendo hacerlo. Simplemente me tomo en serio mi trabajo. Todas las operaciones son importantes. La medicina en sí lo es.

La red de donantes suele usar la frase «Regala vida» como eslogan, pero para mí se trata de algo mucho más frágil.

Si eres un donante vivo, me estás confiando una parte de ti a la que has renunciado; me estás dando a mí, o a otro cirujano o cirujana, permiso para extirparte algo del cuerpo para que otra persona pueda vivir mejor, para que tenga la posibilidad de equivocarse y enmendarlo, de querer, de reír, de ver amaneceres y atardeceres.

Y si eres un donante fallecido, seguirás viviendo a través de ese legado precioso e insuperable; alguien escuchará tu corazón en el pecho de la persona a la que quiere y te querrá a ti también.

No se me ocurre nada más importante ni más bonito que eso.

A pesar de que, a veces, me duela.

El doctor Davis vuelve a aclararse la garganta. Habla en voz baja, vacilante y esperanzada, y sé que entiende que lo que acabamos de hacer es algo precioso e importante.

—Gracias —repite.

Abro el grifo con el codo y el agua cae al lavabo. Unas gotas salpican mi ropa.

—Solo he hecho mi trabajo.

Él asiente y empieza a quitarse los guantes y la bata.

No era la respuesta que esperaba; tal vez quería que le soltase todo ese rollo del regalo de la vida y le confesara que en realidad no soy tan mala, que soy dura con los residentes porque lo que hacemos es muy importante. Y lo es, pero yo soy así.

Meto las manos bajo el agua y, cuando empiezo a frotarlas, veo mi reflejo en la ventana que da al quirófano.

Me acuerdo de mi hermana, Stella. Siempre me pide que sea más maja, así que carraspeo y vuelvo a intentarlo.

—Me alegro de haberlo hecho.

Él me mira antes de enjabonarse las manos y los brazos.

—¿De verdad no sabía quién era mi hermano?

—¿Su hermano? —digo, subiendo el jabón por mis antebrazos. Cuando lo miro, me acuerdo—. Ah, el del otro día. Beckett. Os parecéis.

Él deja caer el cepillo, que repiquetea contra el lavabo. Doy un respingo, pero cierro los ojos y la sensación se disipa.

—¿Nos parecemos? ¿Me parezco a él? ¿Al hombre con un montón de patrocinios, que fue modelo para Saxx y al que las revistas norteamericanas siempre eligen como uno de los atletas más sexis?

Sí que se parecen. Tienen los mismos ojos, verdes y brillantes.

El doctor Davis tiene el pelo más claro, dorado, no castaño chocolate y alborotado como su hermano, aunque lo escondía bajo una gorra.

Tienen la misma nariz recta, los pómulos marcados y una mandíbula definida oculta por una barba incipiente.

Pero, por lo que veo, su hermano es el único que tiene un hoyuelo.

Asiento, me miro las manos y flexiono los dedos.

—Muy del rollo estadounidense.

—Vivimos en Canadá.

—Es una forma de hablar. —Me limpio las uñas con las cerdas del cepillo.

—Vaya, pues gracias… también por eso.

—¿Por no saber que era su hermano? —digo, revisando mis lúnulas.

El doctor Davis resopla y lo veo recoger su cepillo del lavabo, tirarlo, sacar uno nuevo y empezar a lavarse.

—Ha pasado unos meses duros. Seguro que ha agradecido el anonimato. Él… eh… La temporada pasada falló un tiro que nos habría hecho ganar el campeonato. Habría sido el primero en la historia de la franquicia.

—«Nos» —repito al tiempo que me froto la mano izquierda contra las cerdas—. Esa es la cosa con los deportes. Los fans se incluyen en el conjunto de unos jugadores que solo están intentando hacer su trabajo. Seguro que nadie lo lamenta más que él.

Asiente con una sonrisa.

—Seguramente tenga razón.

Terminamos de lavarnos en silencio y alzo la mirada cuando oigo unos cuantos aplausos amortiguados. La doctora Ihnat acaba de separarse de la mesa quirúrgica. Es la primera vez que ha terminado ella sola.

Esbozo una sonrisa radiante y enorme. Me duelen las mejillas. Recuerdo esa sensación de la primera vez.

—¿Siempre deja que los residentes terminen?

Miro al doctor Davis.

—Dejo que quien merece practicar lo haga.

—Y que gente como mi hermano, que ha sufrido una humillación pública, no lo pase mal. —Me sonríe y me abre la puerta—. No sé por qué le tenía tanto miedo.

—No he evitado que su hermano lo pase mal, no tenía ni idea.

—Le dedico una mirada mordaz al pasar por su lado—.

Eso sí, como empiece a aparecer por aquí atacando verbalmente a mis pacientes u ofreciendo consejos médicos incorrectos, me subiré al carro de las críticas.

Esta noche iré a revisar a su paciente antes de marcharme.

Él me dedica una sonrisa algo más suave.

—Se lo agradezco una vez más. He estado con ella desde que empecé la residencia y es muy buena chica. Se lo merecía.

Arrugo la nariz. No se da cuenta de lo que acaba de decir y de que en este mundo hay una jerarquía y todo tipo de reglas y juicios que a veces reemplazan la compasión.

—Todos se lo merecen.

—Y gracias por darle un respiro a mi hermano, aunque no lo supiera.

Me doy la vuelta y camino de espaldas durante un instante mientras me encojo de hombros.

—Ya se lo he dicho, no es razón para entristecerse. Si cree que le ayudará a descansar por las noches, puede decirle a su hermano que al menos hay una persona en la ciudad a la que le da igual que haya fallado.

Levanto la mano y le dedico una pequeña sonrisa.

Espero que se lo diga y, aunque no lo conozco, que Beckett Davis descanse mejor esta noche.

La casa en la que crecí no queda lejos de donde vive mi padre ahora, apenas a unas calles.

Era una casa a la que no denominaría «hogar»: un bungaló ubicado en una bocacalle en el Danforth antes de que la zona fuese víctima de la elitización. Por fuera parecía bonita y, a veces, también lo era por dentro.

Pero no siempre.

Agosto en Toronto puede llegar a ser sofocante. Llega un momento en que crees que es otoño y empiezas a animarte ante la idea de despedirte del calor que literalmente rezuma de la acera y del hormigón.

Hoy no es un día de esos. A pesar de que queda poco para que anochezca, en cuanto cierro la puerta del coche, el pijama quirúrgico se me pega a la piel. Tengo la bolsa de la farmacia bien sujeta entre los dientes mientras intento meter las llaves, el móvil y el busca en el bolso.

Las hostas y las flores descuidadas se desbordan por el cemento quebrado del sendero del jardín que conduce a la casa de mi padre, cansadas de la humedad.

Alguien tiene que podarlas, y ese alguien no voy a ser yo. La que se encarga del jardín es mi hermana. Se le dan mejor esas cosas. Yo me centro en traer la medicación y en comprobar de forma obsesiva la presión arterial de mi padre.

Da la extraña casualidad, o quizá sea una señal de la época arquitectónica, de que mi padre se mudó a una casa que era prácticamente igual que la casa en la que crecí. No he vivido aquí, pero sí que la he sentido mucho más como un hogar.

El porche cruje bajo mis pies cuando me quito los zapatos junto al felpudo. Los he llevado en el hospital todo el día y a saber qué microbios llevan.

Hay otra planta mustia a mi derecha y hago una mueca al verla. Quizá debería regarla antes de irme.

Llamo y abro la puerta sin esperar una respuesta.

—¿Papá? —Mi voz sale amortiguada.

Suelto el bolso junto a la mesilla auxiliar con otra planta, a la que parece irle mejor que a las de afuera, y una pila ordenada de cartas.

—¿Greer? Has llegado temprano. —Lo oigo mientras dobla la esquina del salón.