Estrictamente profesional
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Beckett
Muchos dirán que ganar varios millones de dólares por patear un balón unas cuantas veces por partido es el mejor trabajo del mundo.
Ser uno de los mejores de mi generación en algo así es una gilipollez, pero hasta hace bastante poco me ha facilitado mucho la vida.
Nadie le presta demasiada atención al pateador. No como al quarterback , al receptor abierto o al ala cerrada; no somos tan claves durante el partido. Simplemente aparecemos, entrenamos en equipos especiales, nos mantenemos flexibles, fortalecemos las piernas y pateamos el balón.
La gente como yo, sobresaliente en algo tan irrelevante para la gran mayoría, solo nos centramos en superar nuestros propios récords y en patear bien el balón para nuestro equipo, y a veces conseguimos la victoria en un partido.
Rara vez hablamos con la prensa o los medios.
Pero, si eres como yo, tu agente y tu equipo exprimirán al máximo el hecho de haberte labrado una carrera no solo por tu fuerza y tu precisión, sino también por ser carismático.
Y entonces aparecerás en todos lados. Hablarás más con los medios después de cada partido que cualquier otro pateador en la historia del fútbol americano.
Te verás siendo la imagen de actos benéficos y organizados por fans porque sonríes más que nadie.
Aparecerás en anuncios por todo el país porque creen que eres fotogénico.
En definitiva, no eres importante hasta que lo eres.
Y nadie te odiará hasta que realmente lo haga.
Y, créeme, la gente me odia. Mucho.
A ver, no los culpo. ¿A quién puede caerle bien alguien que ha fallado el tiro más importante del año y hace que el primer y único equipo canadiense de la liga haya perdido su primer campeonato en la historia de la franquicia?
Habría preferido pasar el verano como siempre: solo, en mi casa, asistiendo a los eventos cuando me lo piden y haciendo lo que no puedo durante la temporada.
Pero ahora, a una semana de comenzar la pretemporada, mi agente me ha obligado a acompañar a mi hermano mientras hace sus rondas en el hospital.
Nathaniel parece cómodo, vestido con esa bata blanca y el estetoscopio colgado del cuello.
Creo que tiene un Pokémon enganchado, porque estamos en el lugar más deprimente posible: la unidad de oncología infantil.
Yo no estoy tan cómodo; aborrezco los hospitales.
Destenso los hombros por millonésima vez, me quito la gorra y me tiro de las puntas del pelo.
Estoy intentando relajarme, pero me desagrada estar aquí.
Pese a que los pasillos están iluminados, hay cuadros colgados por todas partes, las enfermeras y los médicos van en patines y he oído a más niños reírse de lo que jamás habría creído posible, todos esos colores, cuadros, juegos, enfermeras y niños me recuerdan lo que tanto intento olvidar.
Carraspeo.
—¿Hemos acabado ya? Solo he venido para que la gente me vea. No he dado mi consentimiento para hacer ninguna visita, así que nadie sabrá que…
Aunque no le veo la cara, noto cómo pone los ojos en blanco mientras habla.
—Ni se me ocurriría llevar al gran Beck Davis a un sitio donde no puedan fotografiarlo en el momento adecuado. En cuanto mi responsable revise estos resultados de laboratorio, nos vamos. Podrás ofrecer el espectáculo en el aparcamiento.
—Au. Eso ha dolido. —Me obligo a sonreír cuando se da la vuelta.
Siempre sonrío, incluso si no me apetece.
Mi representante la llama «la sonrisa». Tranquiliza a la gente y consigue que les caiga bien, y, junto con la sorprendente habilidad de mis piernas, me consigue patrocinadores y hace que mi equipo quiera lanzarme frente a las cámaras a la mínima oportunidad.
Hasta que fallé. Entonces a todos se les olvidó que supuestamente desarmo a la gente cuando sonrío y ven mi hoyuelo, que entreno incluso cuando estoy negociando la renovación del contrato, que casi nunca fallo y que, por lo general, soy un tío amable y educado que nunca ha sido grosero con los periodistas.
Mi hermano gira la cabeza y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Me equivoco? Desde que empecé mi residencia no has venido a verme ni una sola vez, ni siquiera cuando te lo he pedido.
Hay una razón, y es algo que tal vez debería saber, pero no tengo tan claro que me conozca de verdad, así que sigo sonriendo y me encojo de hombros.
—Ahora estoy aquí, ¿no?
—En un momento muy oportuno.
Nathaniel pone los ojos en blanco y esta vez sí que lo veo. Levanta la mano cuando se detiene frente a una ventana con dibujos de patos en los bordes. Saluda con la mano y un médico unos cuantos años mayor que él asoma la cabeza por la puerta.
—¿Esos son los resultados?
—Parecen bastante buenos. —Nathaniel levanta la carpeta antes de ofrecérsela. Se gira para mirarme y yo abro más los ojos, expectante.
Supuestamente para eso estoy aquí. Mi representante, Yara, quería ver cómo reaccionaba la gente a mi presencia, tantear el terreno para ver si estarían receptivos a dejar que viniera como voluntario o a que apareciera en alguna recaudación de fondos alguna que otra vez.
Parece que ya no están tan seguros de que sea la imagen de nada, pero mi hermano, un oncólogo pediátrico en uno de los hospitales más importantes de la ciudad, me ha dado la oportunidad perfecta.
Nathaniel me señala.
—Doctor Ladak, este es mi hermano, Beckett Davis. Beck, él es mi responsable, el doctor Ladak.
El doctor, que está deslizando el dedo por los papeles bastante deprisa, se detiene al oír mi nombre y levanta la mirada, sorprendido.
—Menudo tiro fallaste la temporada pasada.
—Y que lo diga. No me importaría repetirlo.
Le tiendo la mano y vuelvo a sonreír, como si no estuviéramos hablando de uno de los peores momentos de mi vida y la fuente de esta humillación pública e interminable.
Se inclina hacia delante y me estrecha la mano a la vez que curva los labios hacia arriba. Se gira hacia mi hermano y da un golpecito a los papeles.
—Llame a la doctora Roberts para una consulta. Quiero que eche un vistazo a los resultados y saber qué opina.
Nathaniel palidece, se le dilatan las fosas nasales y abre y cierra la boca durante lo que se me antoja el minuto más largo de la historia antes de responder por fin.
—¿No podemos mandarle un correo sin más? Es muy dura.
Reprimo una carcajada y la sonrisa falsa que tanto he llegado a odiar se convierte en una de verdad.
Mi hermano se encoge cuando el doctor Ladak entrecierra los ojos.
—No es dura, doctor Davis. Simplemente no tolera ni los errores ni la desgana en el quirófano. No tiene la culpa de que algunos de sus compañeros no cumplan con sus expectativas. Lo digo en serio, hasta que no dé su visto bueno, no seguiremos adelante.
Le devuelve la carpeta a Nathaniel y se despide de mí con un gesto de cabeza antes de desaparecer tras la puerta. Tal vez el encanto de Beckett Davis no haya perdido todo su esplendor después de todo.
—¿A quién le tienes tanto miedo? —pregunto. Me cruzo de brazos y me apoyo contra la pared, tapando lo que considero una foto bastante terrorífica de un payaso y un burro.
Nathaniel saca su teléfono del bolsillo de la bata y envía un mensaje antes de guardarlo.
—A una cirujana adjunta especializada en trasplantes que trabaja en el hospital y que da un miedo que flipas.
—¿Por qué? —insisto, aún sonriente.
Me empiezan a doler las mejillas y me olvido de que estoy en uno de los sitios que menos me gustan. Tengo la sensación de ser una persona común y corriente que se mete con su hermano pequeño por algo sin importancia.
—No lo entenderías.
Nathaniel sigue con los ojos abiertos como platos y empieza a mirar alrededor, como si esa doctora Roberts también tuviera un oído supersónico y fuese capaz de detectar cuándo alguien pronuncia su nombre desde cualquier lado del hospital.
Ahora mismo mi hermano no parece un oncólogo pediátrico de veintiocho años que salva a niños todos los días. Se comporta un poco como cuando era pequeño y lo regañaba por no terminar sus tareas de casa porque nuestros padres no estaban para hacerlas.
—Pues explícamelo. —Me encojo de hombros.
Nathaniel sacude la cabeza y baja la voz hasta prácticamente estar susurrando.
—Es…
—¿Me ha llamado?
A mi hermano se le dilatan las fosas nasales y traga saliva antes de frotarse la barba incipiente y darse la vuelta.
Inclino la cabeza para mirar por encima de su hombro y ver a quién le tiene tanto miedo.
La mujer, que lleva un pijama quirúrgico verde, enarca una ceja morena, se cruza de brazos y empieza a tamborilear los dedos sobre su bíceps con impaciencia.
Abre unos ojos que me recuerdan un poco a los míos —y a los de Nathaniel y a los de nuestra hermana, Sarah—: son verdes y con motitas de color ámbar que brillan pese a la mala luz fluorescente.
Respira con exasperación y tuerce el gesto sin apartar la mirada de mi hermano.
Parece que hasta su pelo —que tiene un brillo increíble, es de un castaño intenso y está recogido en una trenza de burbujas que se balancea a su espalda— esté cabreado con él.
Es preciosa, pero se muestra del todo indiferente.
—¿Y bien? —insiste. Tiene una de esas voces roncas… Espero que siga hablando, porque, incluso enfadada, me gusta cómo suena.
Nathaniel carraspea y levanta la carpeta para mostrársela de una forma un tanto patética.
—Se trata de una consulta. El doctor Ladak y yo tenemos a una paciente de quince años en remisión con los riñones destrozados. Todo está ahí. No está en un puesto alto en la lista de donantes, pero su prima tiene una compatibilidad perfecta y está dispuesta a donar.
—Seré yo quien juzgue eso.
Descruza los brazos y agarra la carpeta que le entrega mi hermano. Mueve la cabeza de un lado al otro, suaviza la expresión y articula con los labios muy ligeramente mientras lee.
Nathaniel parece nervioso. Me siento un poco mal por obligarlo a enseñarme el hospital solo porque mi agente me lo ha pedido; está claro que esto es importante para él.
Así que hago lo que mejor se me da: intento caerle bien a esta mujer.
Me separo de la pared, cambio la sonrisa y le tiendo la mano.
—Encantado de conocerla, doctora Roberts. Soy Beckett. Mi hermano habla maravillas de usted.
—Es el que juega al fútbol —espeta Nathaniel, y le lanzo una mirada de advertencia, apretando los labios y entornando los ojos, antes de centrarme en ella y dedicarle mi famosa sonrisa de nuevo.
Sigo con la mano extendida. Ella levanta la vista y detiene el dedo en medio de la página. Parpadea una vez. Y otra.
Espero lo inevitable, pero nunca llega.
—No veo fútbol —murmura antes de volver a bajar la mirada a los papeles y cerrar la carpeta.
Se la devuelve a mi hermano, que la agarra con manos temblorosas. Ella se da cuenta y vuelve a enarcar una ceja.
—Tiene razón, no podría haber encontrado a una mejor donante.
De todas formas, repítale las pruebas mañana para asegurarnos.
Haré el trasplante en cuanto haya hueco en el quirófano y le pediré al doctor Godoy que realice la extracción.
Puede entrar a observar, si quiere. Diría que incluso podría sostener un retractor, pero ambos sabemos que ha hecho bien en no querer dedicarse a la cirugía con el mal pulso que tiene.
Nathaniel abre y cierra la boca sin pronunciar palabra. Se parece un poco a un pez, boqueando en busca de aire, como si ella lo tuviera en su anzuelo y lo hubiera sostenido fuera del agua durante demasiado tiempo. Permanece callado hasta que la doctora se aleja por el pasillo.
—¡Gracias! —le grita.
—Avíseme cuando tenga los últimos resultados del laboratorio.
La mujer no se da la vuelta, aunque levanta una mano a modo de despedida.
—Tío, eso ha sido muy duro. ¿«Ambos sabemos que ha hecho bien en no querer dedicarse a la cirugía»? —Sonrío. Aún se lo ve un poco afectado ahí, en mitad del pasillo, con un Pokémon enganchado al estetoscopio y la carpeta en las manos.
Nathaniel por fin vuelve en sí y me dedica una mirada mordaz.
—Cállate, a ti ni siquiera te ha estrechado la mano.
Bajo la mirada y me doy cuenta de que sigo con la mano extendida.
—Vaya —musito. Estiro los dedos y los examino por si los tengo manchados y no me he dado cuenta. Vuelvo a centrarme en mi hermano y me encojo de hombros—. Al menos no me ha tirado una bebida.
Hace una mueca exagerada antes de recordar que debería compadecerse de mí.
—La gente no suele lanzarte cosas, ¿verdad?
—Te sorprendería —le digo. Pero estoy sonriendo, y eso lo tranquiliza—. Venga, marchémonos de aquí.
Le echo el brazo por el cuello como si tratase de hacerle una llave, al igual que cuando éramos críos, aunque ahora medimos parecido. Acto seguido lanzo una mirada por encima del hombro antes de empezar a andar por el pasillo.
Se ha ido.
Nathaniel tal vez piense que es muy dura, pero es probable que haya sido más amable conmigo que la gran mayoría de la gente con la que tengo que tratar en mi día a día.