Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 18
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Me desperté con un suave golpe en la puerta y el sonido de unas voces amortiguadas.

Me subí la manta y sentí la tela como una caricia sobre mi piel completamente desnuda.

Abrí los ojos justo cuando Evren cerraba la puerta.

No llevaba puesto nada más que unos pantalones abrochados solo hasta la mitad y tenía el pelo revuelto por el sueño.

En sus manos había una bandeja con comida y de sus brazos colgaba mi ropa.

—Buenos días —murmuró al darse cuenta de que lo miraba.

—Buenos días. —Gemí mientras me incorporaba en la cama hasta quedar sentada. Sentía un ligero dolor entre los muslos que me recordaba lo que habíamos hecho la noche anterior, aunque no lo necesitaba: todavía sentía un hormigueo en todo el cuerpo al pensar en cómo me había tocado.

—Gadira te ha traído la ropa. —La dejó caer sobre la cama a mi lado y me tendió una bandeja llena de bollos y carne—. Y el desayuno.

Me llevé un trozo de carne frita a la boca y gemí cuando el sabor inundó mi lengua. Estaba muerta de hambre.

—¿Hoy vamos a seguir el viaje?

—Sí. —Evren asintió, se sentó en el borde de la cama y se calzó las botas—. Tardaremos otros dos días en llegar a Nabál. Jorah ha enviado un mensaje al palacio esta mañana.

—¿A Gavril?

Evren se puso tenso al oír su nombre y tardó un buen rato en responderme.

—Sí, princesa. A Gavril .

Sentí un dolor en el pecho y se me revolvió el estómago al pensarlo. Por supuesto que le había enviado un mensaje a su hermano. Era el capitán de su guardia, y yo era su trabajo, así que no sabía por qué me parecía una traición.

—¿Y has recibido noticias del ataque a la capital?¿De lo que está pasando allí?

—No. —Sacudió la cabeza y se pasó los dedos por el pelo—. Nadie en el pueblo ha oído hablar de ningún ataque.

—Eso es bueno, ¿no?

—O muy malo. —Se puso de pie y se abrochó los pantalones sin mirarme—. En cualquier caso, no tengo forma de saberlo a menos que nos lleguen más noticias. Ahora mismo, estamos a ciegas.

—¿Quieres regresar? —Me subí las mantas hasta el pecho para protegerme de su respuesta.

—¿Qué? —Por fin se volvió para mirarme—. Nos fuimos para protegerte. No puedo llevarte de vuelta.

—No me refería a mí, sino a ti. —Señalé con la cabeza en su dirección—. Jorah puede acompañarme el resto del camino. Veo que te molesta no estar ahí.

Evren me miró fijamente durante un largo rato, y yo me retorcí bajo su escrutinio.

—Crees que preferiría estar allí antes que aquí, contigo.

—Creo que eres el capitán de la guardia real.

Tensó la mandíbula y entrecerró los ojos.

—Soy mucho más que eso, princesa.

—Lo sé.

—¿De verdad? —Ladeó la cabeza, se echó sobre la cama y apartó la bandeja del desayuno—.

Pues a mí me parece que necesitas que te lo recuerde.

—Metió la mano bajo la manta, me agarró el tobillo y tiró de mí hacia él.

Chillé e intenté taparme, pero fue en vano.

Evren me quitó la manta y dejó mi cuerpo desnudo a su vista; se pasó la lengua por los labios—.

¿Dónde quieres que te lo recuerde, princesa?

— Mojó los dedos en un pequeño tarro de miel que acompañaba a los pasteles, y yo jadeé cuando los puso encima de mí y dejó que la sustancia pegajosa gotease sobre mis pechos—. ¿Aquí?

—¿Qué estás haciendo? —Intenté taparme los pechos, pero él me agarró la mano y la hundió en la cama a mi lado.

—Estoy recordándote las cosas que te dije anoche. Parece que se te han olvidado. —Más miel goteó de sus dedos por mi esternón hasta mi ombligo—. Quiero asegurarme de que lo tienes muy claro antes de que salgamos de esta posada.

—Lo entiendo —refunfuñé, pero Evren no me escuchaba.

—No, princesa. No lo entiendes. —Bajó la mano aún más, y la miel goteó de ella sobre mi sexo—.

O no pensarías ni por un momento que podría dejarte.

—La miel se deslizó lentamente por mi piel hasta llegar a mi pubis—.

Y estaré encantado de dejarte las cosas claras.

—Se llevó los dedos cubiertos de miel en la boca y chupó las pruebas de lo que acababa de hacer.

Luego, muy lentamente, se arrodilló ante mí y deslizó los brazos bajo mis muslos.

—Evren, tenemos que prepararnos. —Me temblaba la voz por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer.

Me dio un suave beso en la cara interna del muslo y me levantó las caderas. Hundí los dedos en el colchón sin poder apartar la vista de él.

—Lo único que tengo que hacer ahora mismo es averiguar si esta miel sabe aún más dulce en tu sexo.

—Pasó la lengua para recoger la miel y yo cerré los ojos con fuerza, poseída por la vergüenza—.

Mírame, princesa— gruñó, y obedecí de inmediato—.

Quiero que me mires mientras te doy placer con la boca.

No quiero que conserves ni un ápice de duda sobre lo que deseo.

—Lamió hasta la última gota de miel de mi piel, pero evitó el lugar donde más lo necesitaba.

Deslizó los dientes por mi bajo vientre y yo gemí de frustración cuando su boca subió hacia mi estómago—.

¿Qué te pasa, princesa? —Se rio entre dientes contra mi piel, pero me negué a darle lo que quería.

No iba a suplicarle por el placer que me estaba negando.

Hundí la cabeza en el colchón cuando su lengua se sumergió en mi ombligo—.

Dioses, eres tan dulce… —murmuró contra mi piel, y me temblaron las piernas temblaron en sus manos.

Bajó la cabeza, justo sobre mi sexo, y mi estómago se tensó de anticipación—.

Pídeme lo que quieras, princesa. Dime qué es lo que necesitas.

—A ti —gemí—. Te necesito.

Se sumergió en mi carne con fuerza y rapidez, devorándome como un hombre hambriento, y grité; la tensión se acumulaba entre mis muslos y moví las caderas contra su boca, demasiado desesperada para quedarme quieta.

—Eres una buena chica. Restriégate contra mi cara como si siempre hubieras estado destinada a ser mía.

—Ah, dioses. —Me aferré a las sábanas mientras sus palabras y su boca me consumían. El placer me invadió, rápido y arrollador, y supe que estaba a punto de caer por el precipicio.

—Evren.

—Así, princesa. —Sus palabras vibraron contra mi cuerpo y volvió a chuparme el clítoris—.

Que todo el puto reino sepa a quién perteneces.

—Apreté mis muslos contra su cabeza mientras el placer me atravesaba, pero él no se detuvo.

Me tapé la boca con la mano, tratando de ahogar mis gemidos mientras él seguía prolongando mi placer.

Tomó y tomó, hasta que apenas pude respirar, y solo entonces se puso de pie y pasó el pulgar por los labios para llevarse a la boca la humedad que los cubría—.

Estás toda pegajosa, princesa. —Pasó ese mismo pulgar a lo largo de la marca en forma de estrella de mi muslo, y yo me estremecí de nuevo— . Voy a prepararte un baño.

Levantó la mano y un humo negro salió disparado de sus dedos en un remolino y rebotó por la habitación; el agua brotó de la pared y Evren miró su mano como si estuviera confundido por su magia.

Las yemas de sus dedos seguían manchadas de negro, y no estaba segura de por qué me gustaba tanto ese aspecto. Él había dicho que era el precio de su magia oscura, pero a mí me parecía que tan solo lo caracterizaba.

—Rara vez usas tu magia —señalé en voz alta, y Evren me miró.

—La uso cuando lo necesito.

—¿La usaste con esos hombres que estaban colgados en las puertas?

—No. —Negó con la cabeza y me tendió la mano. Puse mi mano en la suya sin dudar, y él me ayudó a levantarme de la cama—. Lo que les hice a esos hombres fue con mis propias manos.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero él apenas pareció darse cuenta mientras me llevaba al baño y me ayudaba a entrar en la bañera.

—¿Sabe la reina lo que les hiciste a esos hombres? —Me sumergí en el agua y él se agachó hasta que su rostro quedó muy cerca del mío.

—Creo que a la reina le preocuparía mucho más lo que te he hecho a ti, princesa. —Me besó suavemente antes de separarse—. Pero me importa una mierda lo que piense la reina.