Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 17 #3
87%

17 #3

—Y una mierda que no lo eres. —Su mano se ahuecó en mi sexo—.

Me perteneces por entero. Y que le den al resto del mundo, princesa.

—Su dedo se deslizó entre mis pliegues, y yo gemí cuando me rozó el clítoris—.

Hasta tu cuerpo lo sabe. Me llama como si entonara una puta plegaria.

—Levanté las caderas para perseguir la caricia y él gruñó.

Me rodeó el muslo y me sacó de la bañera, goteando agua.

Se tumbó de espaldas en el suelo, junto a los pies de la cama, e hizo que me sentara a horcajadas sobre su regazo, con el pecho pegado al suyo, y entre mis muslos pude sentir lo desesperadamente que me deseaba—.

Dioses, princesa. Me vuelves loco. —Me metió la mano en el pelo empapado y acercó mi rostro hacia el suyo.

Me besó, con fuerza y a fondo, y yo correspondí con igual intensidad.

Éramos labios, lengua y dientes, y se hizo imposible distinguir dónde empezaba uno y dónde terminaba el otro.

Contoneé mis caderas contra las suyas mientras me besaba; la humedad entre mis muslos no tenía nada que ver con el baño, y Evren gimió.

Me echó el pelo hacia atrás y dejó mi cuello completamente expuesto ante él; lo recorrió con la nariz, inhalando mi aroma, y después puso sus labios sobre él y lo saboreó.

Con la otra mano me apretó el trasero y me animó a seguir restregándome contra él.

Me mordió con tanta fuerza que creí que iba a hacerme sangrar—.

No tienes ni idea, Adara… —me susurró en el cuello mientras yo aceleraba el movimiento—.

Podría alimentarme de ti ahora mismo y que este sufrimiento acabe para los dos.

Podría darte más placer del que eres capaz de imaginar.

—¿Qué? —Me tembló la voz; no entendía lo que estaba diciendo.

—¿Recuerdas esa necesidad que sentiste en el bosque? Solo piensa en lo buena que sería mientras follamos. Piensa en mi magia corriendo por tu sangre mientras estoy profundamente enterrado dentro de ti.

Temblé contra él, persiguiendo el éxtasis. Deseaba sentir todo eso. Lo temía, pero, por los dioses, lo deseaba.

—Te deseo —susurré, y sus manos se aferraron a mi pelo.

—Me tienes, princesa. Para lo que quieras.

—Me besó de nuevo y yo llevé mis dedos temblorosos a su camisa.

Manoseé los botones, nerviosa, pero muriéndome por quitársela, y Evren no me metió prisa.

Me apartó el pelo de la cara y yo desabroché los botones hasta su abdomen y le saqué la tela de los pantalones.

Se la bajé por los hombros, dejando al descubierto su torso, y recorrí lentamente su piel con las manos.

—¿De qué son estas cicatrices? —Deslicé los dedos por la piel marcada y él soltó un suspiro áspero.

—Demasiadas batallas —dijo con naturalidad—. Cada una deja una cicatriz.

Lo miré a los ojos y supe que se refería a algo más que a lo que había quedado en su piel. ¿Qué había pasado? ¿Para qué lo habían utilizado? ¿Qué atormentaba su alma?

—Odio a la reina. —Me eché hacia delante y le besé la cicatriz más grande.

—Yo también.

—Y a tu hermano. —Dije la verdad que ya sabíamos los dos. Evren gimió y sus manos se ciñeron más a mí. Sus ojos me suplicaban, pero su boca se mantuvo en una línea severa—. Sé que es tu familia y que estoy destinada a casarme con él, pero lo odio.

—Lo sé. —Asintió, pero no expresó el mismo sentimiento—. Joder, ya lo sé.

—Pero no quiero pensar en ellos. —Deslicé las manos por su pecho y le rodeé la nuca—. Quiero que me hagas olvidar que existen.

Evren me besó de nuevo, esa vez con más urgencia, y me abrazó. Hundí las manos en sus hombros y me aferré a él cuando se levantó del suelo llevándome consigo.

Me llevó con facilidad hasta la cama y me dejó caer de espaldas sobre el colchón. Me besó el hombro antes de ir bajando lentamente por mi torso, y yo jadeé cuando puso su boca en mi pezón endurecido.

—Eres mía, princesa. —Su boca rozó mis costillas antes de morderlas suavemente, lo que me hizo retorcerme—. Me perteneces entera.

Asentí, aunque los dos sabíamos que no era cierto. En ese momento no tenía cabida la realidad. Se trataba de nosotros y de todo lo que deseábamos que fuera verdad.

Me besó el vientre, bajó aún más y me recorrió las caderas con la lengua.

—¡Evren! —grité su nombre mientras me retorcía contra él.

Levantó la cabeza y sopló lentamente sobre mi sexo.

—¿Sí, princesa?

—Te necesito.

—Entonces dime que eres mía. —Otro soplido lento y agonizante—. Dime que eres mía y te daré todo lo que quieras.

—Soy tuya. —Le pasé los dedos por el pelo e intenté moverlo hacia donde más lo necesitaba—.

Siempre seré tuya. —Evren soltó un gruñido grave y aterrador, puso las manos en mis piernas, hizo que las levantara y me las separó hasta lo imposible, hasta que mis rodillas se pegaron a la cama y quedé completamente expuesta ante él, que no dudó en pasarme la lengua por encima—.

Ay, dioses. —Intenté levantar las caderas, pero Evren me mantuvo en mi sitio.

Se metió mi clítoris en la boca sin apartar la vista de mí, y fue lo más erótico que había contemplado en toda mi vida. Ese hombre no era mío. Estaba destinado a no ser nada más que mi guardaespaldas, pero verlo devorándome era más de lo que jamás podría haber deseado.

Mis marcas vibraban en mi piel y la misma sensación se acumulaba en mi vientre, fluyendo a través de ellas, y todo era abrumador.

Evren levantó la mano, la deslizó por mi cuerpo y la tensó alrededor de mi cuello.

—Chupa —me ordenó, llevando dos dedos a mi boca. Obedecí: pasé la lengua por ellos y los chupé profundamente; Evren gimió contra mi sexo.

Sacó los dedos de mi boca, los volvió a bajar entre mis piernas y los deslizó dentro de mí, sin vacilar. Ya no estaba siendo delicado en absoluto, y yo eché la cabeza hacia atrás contra la cama mientras él los deslizaba dentro y fuera de mí una y otra vez.

No creía que pudiera aguantar mucho más; todo lo que hacía me inundaba de placer.

Pero entonces curvó los dedos dentro de mí mientras me lamía el clítoris, y grité lo bastante fuerte como para que cualquiera en la taberna de abajo pudiera oírme, pero me dio igual.

El placer que me estaba dando era demasiado.

—Joder. —Evren me mordió el muslo y me dio un beso en la marca de la estrella; otra oleada de placer me atravesó— . Necesito estar dentro de ti, Adara.

—Por favor… —Evren se puso de pie y se quitó los pantalones rápidamente. Se los bajó por las piernas y los tiró al suelo a patadas; me agarró por detrás de las rodillas y me llevó hacia el borde de la cama.

Se agarró la erección y me quedé mirando lo dura que estaba en su propia mano; me dobló la rodilla y la pegó contra su pecho para pasar su pene por la humedad de mi sexo, y yo me retorcí cada vez que la punta rozaba mi clítoris.