17 #2
Ella levantó una mano y el agua brotó de la pared como una cascada.
—No es molestia. El capitán nos paga más de lo que nos corresponde cuando se aloja aquí. Es un honor para mí cuidar de su invitada.
—Bueno, gracias. —Me crucé de brazos—. No tengo dinero, pero sí puedo ofrecerte mi gratitud.
La mujer me miró fijamente un momento, como si intentara descifrarme, luego su rostro se suavizó antes de volver a concentrarse en la bañera. El agua del interior echó vapor cuando vertió un aceite que sacó del bolsillo de su delantal.
—Esto debería aliviarte los músculos. —Volvió a tapar el frasco antes de sacar otro lleno de lo que parecían hierbas y flores—. Y esto debería ayudar con el capitán.
—¿Ayudar cómo? —me reí, y ella me sonrió por encima del hombro.
—Como tú quieras. —El aroma se extendió por la pequeña habitación; el vapor se arremolinó por todo el espacio, y yo inspiré hondo para relajarme.
—Estoy prometida al príncipe heredero de Citlali —le dije, y ella ladeó la cabeza.
—Sin embargo, él no es quien tiene tu corazón. —No era una pregunta, pero aun así sentí la necesidad de responderle.
—Mi corazón me pertenece a mí y solo a mí.
—Eres una chica valiente, pero tonta. —Guardó su último frasco en el delantal antes de hacer desaparecer el chorro de agua con un gesto. Este se desvaneció al instante, como si nunca hubiera estado allí—. El amor nos vuelve tontos.
No le respondí porque no sabía qué decir. ¿Amor? No estaba enamorada del hombre que estaba sentado abajo bebiendo cerveza. Lo deseaba más de lo que había deseado a nadie antes, pero eso no era amor.
—No estoy enamorada. —Me aparté para dejarle sitio cuando se dispuso a pasar a mi lado.
Ella dudó con la mano en la puerta.
—Deja la ropa fuera. El jabón está junto a la bañera. — Luego abrió y salió sin decir nada más.
Me desvestí lentamente, con cuidado de mantenerme a cubierto por si acaso tenía más visitas, y luego metí un dedo del pie en la bañera. Estaba deliciosamente caliente, y suspiré al sumergirme en ella; tiré la camisa al montón de ropa que ya había en el suelo.
El vapor se elevaba de la superficie del agua; cogí aire y me sumergí lentamente.
Cerré los cuando el agua me envolvió e intenté despejarme la mente.
Pero ya me ardían los pulmones y seguía pensando solo en Evren y en lo que estaba haciendo en ese bar en ese momento.
¿De qué hablaban Jorah y él? ¿Estaban trazando una estrategia?
¿Estaban hablando de mí? ¿Había visto Jorah cómo le suplicaba a Evren que me tocara en medio del bosque?
Salí disparada del agua y jadeé en busca de aire. Me pasé las manos por la cara, me quité el agua de los ojos y miré mi cuerpo. Tenía moratones por toda la piel, y no sabía cuántos de ellos eran de mi noche con Gavril y cuántos eran nuevos, del ataque.
Froté suavemente la suciedad de mi piel con los dedos, hasta que la marca de la muñeca captó mi atención; la saqué del agua para verla mejor.
Siete puntos de luz estelar bailaban sobre la piel oscura.
Ya no podía distinguir la cicatriz de Gavril que había debajo, pero seguía ahí, solo que oculta bajo la marca de Evren.
Recorrí la luz de las estrellas con los dedos, uniéndolas a lo largo de mi piel como si fueran pecas. Mi madre había hecho eso una vez con las marcas de mi cara. El pensamiento me enfureció y me entristeció a la vez.
—¿En qué estás pensando? —El agua salpicó fuera de la bañera cuando grité, y Evren se rio entre dientes, levantando las manos en señal de rendición—.
Joder, no era mi intención asustarte. —Estaba tumbado en la cama con la espalda apoyada en el cabecero de madera, y parecía muy a gusto ahí, mirándome.
—¿Cuándo has entrado aquí? —Me tapé los pechos con el brazo, lo que le hizo sonreír—. ¿Has usado tu magia para hacerlo?
—No. —Movió en el aire sus dedos manchados de negro—. He usado estas manos para abrir esa puerta mientras tú, al parecer, disfrutabas de un momento bajo el agua. No es culpa mía que no miraras a tu alrededor.
—Vete.
—Prefiero quedarme a mirar. —Sonrió con aire burlón y se pasó un brazo por detrás de la cabeza—. La vista es perfecta desde aquí. —Me moví en la bañera para darle la espalda, y oí cómo inspiraba profundamente—. Dioses. — Se levantó de la cama y se acercó a mí.
—¿Qué estás haciendo? —Apreté el brazo con más fuerza contra mis pechos y junté los muslos. Él todavía llevaba puestos sus pantalones negros, pero se había quitado las botas y se había desabrochado los botones superiores de la camisa.
—Tu espalda. —Me tocó el hombro y me puse tensa—. Tiene muy mal aspecto.
—Gracias.
—No me refiero a eso. —Se arrodilló junto a la bañera y me rozó el hombro con la punta de los dedos—. Eres impresionante, pero estás magullada. Si pudiera volver atrás y matarlo de nuevo, lo haría.
—¿Quieres decir que mi marca es impresionante? — pregunté; cogí un poco de agua con las manos y la dejé caer por mis rodillas.
—No, princesa. Me refiero a ti. Con o sin esas marcas, eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
—Me volví hacia él, y su expresión era de absoluta sinceridad—.
Por favor, déjame cuidar de ti. —No esperó mi respuesta.
Se desabrochó las mangas de la camisa y las subió lentamente por sus brazos.
Luego cogió el jabón y se lo echó en las manos—.
Tengo que cuidar de ti después de haber dejado que esto pasara.
—Mojó las manos en el agua, empapándolas, y las restregó una contra otra.
—No ha sido culpa tuya.
—Sí que lo ha sido. Soy más responsable de estos moretones en tu cuerpo de lo que crees.
No era cierto, pero si necesitaba esto para aliviar su conciencia, iba a concedérselo.
Me aparté el pelo de la espalda para que pudiera pasarme las manos enjabonadas por la piel. Era una sensación divina que me tocara con tanto cuidado y precisión. Se echó más jabón en las manos y las llevó a mi cabello.
Me mordí el labio cuando llegó al punto donde me habían arrancado el pelo del cuero cabelludo, pero hice todo lo posible por no dejarle ver que me había hecho daño.
—¿Has lavado a muchas mujeres antes? —Me reí en voz baja mientras él se desplazaba hacia las puntas de los mechones húmedos y les echaba el jabón.
—No. Tú eres la primera. —Sonrió—. Nunca hasta ahora había querido cuidar de alguien así.
Sentí una punzada en el pecho e intenté no darle más importancia de la que tenía a lo que estaba diciendo.
—Te tomas tu deber muy en serio, capitán. —Me miró a los ojos y me soltó el pelo sobre la espalda; el impulso de echarme hacia atrás y besarlo fue abrumador.
—Así es. —Asintió; su mano se deslizó detrás de mi cuello y volvió a mi pelo.
Me hizo echarme más hacia abajo, cogió agua y la dejó caer en cascada sobre mi cabello—.
Pero lo que siento por ti no tiene nada que ver con el deber, princesa.
—Tragué saliva con dificultad y aparté la vista de él mientras terminaba su trabajo.
Odiaba cada palabra que pronunciaba. No podía querer eso entre nosotros.
No podía tenerlo. Al final, solo íbamos a conseguir hacernos daño, porque, independientemente de lo que él dijera, yo no era más que la Astraluz y él era el capitán de la guardia real.
Se mirara como se mirase, nuestros destinos no iban a encajar.
Me levantó la cabeza, hizo que apoyara el cuello contra la parte posterior de la bañera y se echó más jabón en las manos.
Bajé los brazos tímidamente, y me enjabonó los hombros—.
¿Cómo tienes la muñeca? —Me la levantó y pasó suavemente el jabón sobre la nueva cicatriz.
—Está mejor. —Las marcas que había dejado allí cobraron vida cuando sus dedos se deslizaron sobre ellas— . Está mucho mejor que antes.
—La luz de las estrellas te sienta bien. —Cogió agua y me limpió la espuma—. Nunca he conocido a otra Astraluz más digna de llevar estas marcas.
—Me resulta extraño tener unas nuevas. —Levanté la mano y contemplé las marcas de mi muñeca—. Son diferentes a las otras.
—¿En qué sentido? —Me enjabonó el otro brazo, atento a lo que tenía que decir.
—Las marcas de mi espalda y mi cara son parte de mí. No son diferentes de mi piel o mi pelo, a pesar de cómo la gente quiera usarlas, pero estas nuevas marcas, son yo y a la vez no lo son. También son parte de ti.
Sus manos se detuvieron en mi brazo durante un largo momento.
—¿Qué quieres decir con que son parte de mí?
Me mordí el labio, pensando en cómo explicarlo.
—Siempre he podido sentirte a través de las marcas de mi cara y mi espalda.
—Me toqué la cara y Evren se puso a enjabonarme el cuello y el pecho—.
Cada vez que me tocas o usas tu magia, puedo sentirte a través de mis marcas más que en cualquier otro sitio.
Pero las nuevas es como si se encendieran al percibirte, como si te reconocieran antes incluso de que yo tenga la oportunidad de saber que estás ahí.
Evren se quedó mirando fijamente el agua durante mucho tiempo, con las manos inmóviles sobre mi pecho.
—¿Te pasa esto con alguien más?
—Puedo sentir a otros. A otros con magia. —Negué con la cabeza—. Pero no es lo mismo.
—¿Y con mi hermano?
—Puedo sentirlo, pero no es ni parecido. Todos los demás son insípidos en comparación contigo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Evren, que no apartó la vista del agua.
—No puedes decirme cosas así, princesa.
—Es la verdad.
—No importa. —Sacudió la cabeza, bajó la mano y me acarició el pecho desnudo—.
Oír eso me hace querer cubrirte con mis marcas.
Quiero que todo el maldito mundo sepa que tu piel está adornada por mí y solo por mí.
—Jadeé cuando me pellizcó el pezón—. No quiero que nadie te mire y no sepa que eres mía.
—Pero no soy tuya, Evren. —Apoyé la cabeza contra la bañera mientras él me masajeaba el pecho.