17
Habían pasado horas desde que habíamos montado en nuestros caballos, dejando los cuerpos de los guardias tirados en el bosque. A Evren le enfurecía hacerlo, pero tanto él como Jorah habían decidido que no teníamos tiempo para enterrarlos si queríamos salir de allí sin sufrir otro ataque.
Nadie hablaba mientras cabalgábamos. Evren seguía detrás de mí, agarrándome con mucha más fuerza que antes, y yo no me resistía, aunque seguía oteando las sombras entre los árboles, en alerta máxima; las palabras susurradas de Evren asegurándome que estábamos bien no servían para calmarme.
No me serené hasta que la línea de árboles se clareó y pude ver los rayos de sol justo más allá del borde del bosque.
Atravesamos esa línea y un peso se me quitó de encima cuando el sol me calentó la piel.
Al instante sentí más calor, pero seguí apoyándome contra Evren mientras intentaba entender lo que estaba por llegar.
—Hay un pequeño pueblo justo delante —me dijo Evren al oído—. Pararemos allí para pasar la noche y descansar.
Asentí; aunque no estaba segura de que parar fuera la mejor idea del mundo. Una comida y una cama de verdad sonaban maravillosas, y no era tan tonta como para dejarlo pasar. Y aunque Evren dijera que estaba curado, sabía que el príncipe necesitaba descansar.
Y yo necesitaba un poco de tiempo para procesarlo todo.
A las afueras del pueblo, bajé la vista hasta mi muñeca: la cicatriz que me había hecho Gavril estaba cubierta por una nueva marca.
La luz de las estrellas y las sombras me devolvía la mirada y me recordaba lo que habíamos hecho.
La diferencia entre una marca debida a lo que se había tomado y otra causada por lo que se había dado voluntariamente era abismal.
Solo distinguí dos edificios en el pueblo al acercarnos. Una taberna de la que salía un hilo de humo ondulante por una pequeña chimenea y lo que supuse que era una herrería al otro lado del camino de tierra. No había gente en la calle, aunque podía distinguir pequeñas casas en los campos lejanos.
—Esto es Iladonia —dijo Evren, señalando con la cabeza hacia la pequeña aldea—. Llevan siglos vigilando la frontera del bosque.
—¿Qué es lo que vigilan exactamente?
—Cualquier amenaza para el reino.
Jorah condujo su caballo directamente frente a la taberna, y Evren hizo lo mismo. Nos detuvimos allí, y Jorah desmontó y cogió las riendas del caballo de Evren.
—Buscaré un lugar donde alojar a las monturas.
Evren asintió.
—Nosotros buscaremos una habitación. —Evren desmontó y me ayudó a hacer lo mismo; sacudí mis miembros entumecidos—.
Vamos, princesa. Sé que este lugar tiene una cerveza decente.
—Me tomó de la mano y sentí el cosquilleo de su poder en ella.
Me llevó dentro y la gran chimenea que ocupaba la mayor parte de la pared del fondo me templó con su calor.
Solo entonces me di cuenta del frío que tenía—.
Ven. —Evren me guio a la parte trasera de la taberna, donde había unos pocos clientes.
Ninguno de ellos nos prestó atención mientras él me apartaba la silla en la mesa más cercana al fuego—. Ahora mismo vuelvo.
Me froté las manos mientras él se dirigía hacia la larga barra que ocupaba todo un lado de la taberna. Había una joven trabajando detrás de ella que sonrió amablemente a Evren cuando este se acercó. Los celos florecieron en mi pecho, pero los reprimí.
Ella asintió a lo que fuera que el príncipe le estuviera diciendo antes de abrir la única puerta que había detrás de ella. Desapareció por un momento antes de regresar y volver a hablar con Evren, mientras cogía tres vasos y los llenaba de cerveza.
Un niño pequeño se abrió paso por la puerta por la que ella acababa de salir llevando tres cuencos de madera en equilibrio en las manos. Parpadeó al acercarse a mí, y el olor a estofado hizo que mi estómago rugiera.
Tampoco me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.
—Señora. —Agachó la cabeza antes de deslizar uno de los cuencos delante de mí.
—Adara. —Agarré la cuchara rápidamente y me la llevé a la boca llena del guiso caliente. El chico me observó mientras colocaba los otros dos cuencos a mis lados.
—Me llamo Ren.
—Encantada de conocerte, Ren. — Observé al chico, que estaba cubierto de mugre y hollín. Estaba sucio, pero parecía sano. Los músculos de su pequeño cuerpo delataban la vida que llevaba.
—Lo mismo digo. —Miró por encima del hombro hacia donde Evren estaba cogiendo una llave de manos de la mujer—. ¿Estás con el capitán?
—Sí. —Asentí y di otro bocado. El sabor era divino y la carne, tierna—. Está delicioso.
—Gracias. —Ren se sonrojó—. Puedo traerte otro plato. Lo he hecho yo mismo.
—Es muy amable por tu parte, Ren, pero no debería. — Di otro gran bocado y cerré los ojos al sentir cómo el guiso me calentaba el estómago.
—Hola, Ren. —La voz de Jorah captó mi atención y abrí los ojos justo a tiempo para verlo sentarse a mi lado—. ¿Cuál es el plato del día?
—Guiso de conejo con tubérculos. —Ren sonrió, orgulloso.
—Está increíble. —Señalé mi plato ya casi vacío con la cuchara.
—Eso parece —rio Jorah antes de coger su propio cubierto—. Pero suele estarlo.
—¿Adónde vais, capitán? —Ren se movió, inquieto, cuando Evren se acercó a la mesa y dejó los grandes vasos en el centro.
—No puedo contarte todos mis secretos, Ren. ¿Qué clase de capitán sería entonces?
—No lo había pensado. —Ren se rascó la barbilla y sus ojos brillaron de admiración mientras miraba a Evren.
Evren le revolvió el pelo a Ren con la mano antes de apartar la silla.
—Sigue entrenando. Algún día serás un gran capitán.
Evren le lanzó una moneda y Ren la atrapó y esbozó una amplia sonrisa. Corrió detrás de la barra y habló con la mujer que supuse que era su madre.
—Ha sido un detalle.
—Él es amable con nosotros. —Evren le tendió a Jorah una cerveza y deslizó la otra hacia mí—. ¿Por qué no iba a corresponderle?
—Hay muchos hombres en este mundo que no corresponden a la amabilidad.
—Bueno, yo no soy uno de esos hombres. —Se encogió de hombros como si su respuesta fuera así de sencilla, pero no lo era.
Evren lo había dicho con mucha sencillez, pero significaba mucho más de lo que él se daba cuenta.
Formaba parte de la familia real que yo odiaba, pero había empezado a confiar en él más de lo que había confiado en nadie en toda mi vida—.
Bebe un poco de cerveza. —Me la acercó más antes de dejar una llave delante de Jorah—.
Después nos iremos todos a dormir un rato.
—¿Dónde está mi llave? —Extendí la mano y Jorah se atragantó con la cerveza.
—Aquí. —Evren sostenía la llave en la mano, pero la retiró cuando intenté cogerla—. Ni hablar, princesa. Compartimos habitación.
Se me hizo un nudo en el estómago al pensarlo y me obligué a no recordar el deseo que sentía por él. Necesitaba pensar, intentar darle sentido a lo que ocurría, y no podía hacerlo con él en la misma habitación.
—Quiero mi propia habitación. —Apreté las manos contra los muslos mientras hablaba.
—Solo hay dos disponibles, y ya las he cogido.
—Entonces, te quedarás con Jorah. —Señalé con la cabeza al guardia, que estaba comiendo su guiso en silencio.
—Eso no va a pasar. —Evren negó con la cabeza y le dio un bocado a su comida.
—¿Por qué no?
—Porque acaban de atacarnos, joder, y no voy a perderte de vista ni un solo instante, princesa. Puedes quedarte conmigo, o podemos quedarnos los tres juntos. Esas son las dos únicas opciones.
Me miró fijamente y yo no aparté la vista de él. Sabía que estaba siendo razonable, pero yo no quería serlo. Quería exigirle que me dejara en paz aunque todo mi cuerpo me gritaba para que me quedara con él.
Me llevé la cerveza a la boca y le di un largo trago; me limpié los labios con el dorso de la mano.
—¿Puedo al menos irme a la habitación mientras vosotros dos termináis de comer, o eso también va en contra de las normas del gran capitán?
Jorah se echó a reír, pero lo disimuló rápidamente con una tos.
—Ve derecha a la habitación. —Evren me tendió la llave—. Y recuerda, si intentas huir, te encontraré.
La tentación de decirle que no podía huir de nuevo aunque quisiera era abrumadora, pero no iba a confesar tal cosa cuando él ya tenía más de mí de lo que jamás había tenido intención de dar.
—Entendido. —Le arrebaté la llave de la mano antes de levantarme. Observó cada uno de mis movimientos mientras empujaba la silla hacia atrás y rodeaba la mesa.
—Arriba. —Señaló hacia las escaleras—. La segunda puerta a la derecha.
Asentí y subí rápidamente por la vieja escalera de madera.
Crujió bajo mi peso, pero aguantó hasta que por fin llegué arriba.
Había cuatro puertas en el pasillo. Dos a la derecha y dos a la izquierda.
Todas parecían idénticas, salvo por los distintos grados de desgaste; introduje la llave de latón en la cerradura de la segunda y empujé para abrirla.
La habitación era pequeña y la mayor parte del espacio lo ocupaban una cama diminuta y una bañera de cobre. Fui junto a la bañera y me quedé mirándola, con todo el cuerpo dolorido
Me quité las botas, las coloqué al pie de la cama, saqué la daga y la dejé sobre la colcha. Mi ropa estaba sucia y rasgada, y tenía restos de mi sangre y de la de Evren.
Sentí una necesidad desesperada de quitármela y meterme en la cama desnuda, pero eso no era posible. A menos que lograra de alguna manera bloquear la entrada con la bañera.
Se oyó un suave golpe en la puerta y di un respingo. Me puse la mano contra el pecho, entreabrí la puerta y vi a la mujer de abajo.
—He pensado que quizá te apetecería cambiarte de ropa. —Sostenía en las manos un vestido blanco de algodón y una toalla—. Y Evren me ha dicho que te gustaría que te preparara un baño.
—Eso sería estupendo. —Abrí la puerta más y ella agachó la cabeza al entrar—. Gracias.
—De nada. —Se sonrojó y dejó las prendas sobre la cama—. Si dejas la ropa sucia fuera, la mandaré limpiar y remendar, y la tendrás lista antes de que te despiertes.
—No tienes por qué hacerlo. —Negué con la cabeza.