Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 16
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Llevábamos horas cabalgando, me dolían los muslos y estaba ansiosa por bajarme del caballo.

—Aguanta solo un poco más —dijo Evren a mi espalda—. En breve pararemos para acampar. —Asentí, aunque no estaba segura de poder aguantar ni un instante más. Mi cuerpo estaba agotado, y yo era la única culpable— . Lo has hecho muy bien hasta ahora.

Rechiné los dientes ante su cumplido. Me había encontrado, pero aun así no me interesaban sus palabras amables. Solo quería bajarme de ese maldito caballo.

—¡Capitán! —Escuché la llamada cuando me masajeaba los muslos y levanté la vista hacia Jorah—. ¡Evren!

Oí su nombre justo cuando una flecha silbaba a mi lado.

—Joder —gruñó Evren; me rodeó la cintura con el brazo y me hizo bajar del caballo con él.

Aterrizamos con fuerza contra el suelo y mi cabeza se estrelló contra su pecho—.

Quédate agachada, princesa. —Evren se apartó y observé horrorizada cómo alcanzaba la flecha que se le había clavado en el hombro izquierdo y la partía justo donde le atravesaba la carne.

—Evren —lo llamé; pero él había sacado una daga negra de la vaina que llevaba a la cadera y ya se había puesto en marcha.

Retrocedí a toda prisa en dirección opuesta a la suya, y las piedras y las ramas me arañaron las manos. Choqué de espaldas contra un árbol; el caballo se asustó y se levantó sobre sus patas traseras. Dispararon otra flecha en mi dirección, y rápidamente busqué mi propia daga.

Pude oír los gritos antes incluso de ver a los cinco hombres que nos rodeaban. Uno de ellos estaba sacando su espada del cuello de Caelum; jadeé al ver cómo el guardia que había conocido hacía solo unos días caía al suelo.

Evren lanzó su daga contra un hombre que vestía un uniforme completamente negro y dio en el blanco; al soldado se le salieron los ojos de las órbitas cuando su mano se topó con la daga que se le había clavado en el cuello.

Evren se abalanzó sobre el hombre, ajeno a los demás que luchaban a su alrededor, arrancó la daga de la carne del soldado, le dio una patada en el pecho y lo derribó.

Pasó al siguiente enemigo; lanzó la daga a la espalda del soldado que en ese momento se enfrentaba a Jorah.

El hombre cayó de rodillas al instante mientras una mancha de la sangre se extendía por su uniforme oscuro, y Jorah levantó su espada y lo remató antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando.

Otro soldado se abalanzó hacia Evren, con la espada en alto por encima de la cabeza. El príncipe aún no había recuperado su daga, pero embistió al soldado antes de que pudiera bajar la espada y los dos cayeron a tierra.

—¡No! —exclamé, pero no podía ver con claridad lo que estaba pasando.

Landry yacía en el suelo detrás de Jorah, pero no podía ver su pecho lo bastante bien como para saber si aún respiraba. Tenía que estar respirando. Eso no podía estar pasando.

Intenté localizar a Evren mientras los dos luchaban en el suelo, pero me tiraron del pelo y me echaron la cabeza hacia atrás con un gesto cruel.

Grité al sentir el dolor y levanté la mano para detener al hombre, pero fue en vano.

Tiró una vez más de mí y me hizo perder el equilibrio; caí y él me arrastró por el suelo del bosque mientras yo intentaba liberarme de su presa.

Eché la otra mano hacia atrás, intentando apuñalar a ciegas al hombre, pero la forma en que me sujetaba lo hacía imposible.

—Vamos, puta de las estrellas. —Me tiró más del pelo, hasta obligarme a ponerme en pie, y yo gemí—. Quiero ver a qué viene tanto escándalo contigo.

Luché contra él, dando patadas y sacudiendo los brazos, pero su espada fue rápida y me cortó la capa en cuestión de segundos.

—Por favor, no. —Busqué a Evren con la mirada, pero el hombre que tenía detrás me había llevado al interior del bosque y lo único que oía eran los gruñidos de los hombres que luchaban y el sonido del metal chocando entre sí.

—Quédate quieta. —Tiró con más fuerza y sentí su hoja contra la nuca.

El frío metal me provocó un miedo atroz; grité el nombre de Evren cuando el filo me rasgó la camisa y siguió hasta alcanzarme los pantalones.

Se me puso la carne de gallina cuando el aire frío acarició mi piel y mi marca, y la mano del hombre se aferró con más fuerza a mi cabello.

Intenté hacer aparecer mi poder como había hecho antes, pero nada salió de mis dedos temblorosos—.

Por todos los dioses —murmuró, y yo aferré con fuerza la daga de mi padre—.

La reina de la Corte de la Sangre no tiene ni idea…

No le dejé terminar la frase: le clavé la daga en el muslo. Gritó de dolor, tan sorprendido que me soltó el cabello. Caí de rodillas frente a él, me apoyé a toda prisa en las manos para levantarme e intenté escapar tan rápido como pudiera.

El hombre se abalanzó sobre mí y me agarró del tobillo, y yo volví a caer de bruces al suelo. Gemí de dolor, clavando las uñas en la tierra para evitar que me arrastrara.

—Quítale las manos de encima ahora mismo. —Alcé la vista para encontrarme a Evren, que se abría paso entre los árboles y se dirigía hacia mí. La expresión de su rostro era asesina, la sangre le resbalaba por la sien y le bajaba por la mejilla.

El hombre no aflojó su presa.

—Mi príncipe. —Solo le dio tiempo a pronunciar esas dos palabras antes de que el humo de Evren se elevara por el aire y se clavara en su pecho.

Su mano se soltó de mi tobillo y un gemido gutural escapó de su garganta. Miré hacia atrás y vi cómo se llevaba la otra mano al pecho y se rasgaba la camisa como si pudiera luchar contra el poder de Evren.

Grité cuando cayó sobre mí, aplastándome contra la tierra, e intenté escabullirme de debajo de él. Sentí un dolor agónico en los dedos cuando los hundí con más fuerza y las lágrimas corrieron por mis mejillas; y entonces Evren estaba ahí, a mi lado.

Soltó un fuerte gemido al apartar al hombre de encima de mí, me levanté a toda prisapara abalanzarme contra su pecho y rodearle los hombros con los brazos.

—Shhh. —Me acarició el pelo y yo hice un gesto de dolor, pero no lo detuve—. Ya se ha acabado.

—¿Los demás? —Apenas reconocí mi voz mientras me aferraba a él con más fuerza.

—Están muertos.

—¿Qué? —Me aparté rápidamente de Evren, y él hizo una mueca.

—Los soldados de la Corte de la Sangre están muertos.

—¿Y los nuestros? —pregunté aunque no quería saber la verdad. No estaba segura de poder soportarlo.

—Jorah es el único que sigue vivo. —Extendí la mano, toqué con los dedos la sien de Evren, y él se echó hacia atrás. La herida parecía relativamente leve, pero la sangre brotaba de ella y le resbalaba por su hermoso rostro.

—Necesitas cuidados.

—Estoy bien, princesa. —Levantó las manos y las pasó por mi rostro, deslizando los dedos con delicadeza por mi piel—. ¿Estás herida?

—No. —Negué con la cabeza—. En realidad, no. —Pero mentía. Podía sentir cómo la sangre ya se estaba secando en las zonas donde me habían arrancado el pelo del cuero cabelludo, y me dolía todo el cuerpo con cada movimiento que hacía.

—Princesa, yo… —Su mirada recorrió mi rostro mientras buscaba las palabras adecuadas—. Nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida. He pensado que iba a matarte.

Tragó saliva con dificultad, y yo intenté recuperar el aliento, aturdida por su tono.

—Pero me has salvado.

—He dejado que te hicieran daño. —Sacudió la cabeza, y un nubarrón de culpa nubló sus ojos.

—Evren…

—Vamos a buscar a Jorah. —Me pasó una mano por debajo de los brazos y me ayudó a incorporarme. Apenas habíamos dado un paso cuando oí un profundo gemido y se derrumbó de rodillas.

—¡Evren! —Me eché hacia él, que se encorvaba hacia delante y se presionaba el abdomen con la mano. La sangre le cubrió los dedos al instante; no sabía cómo no me había dado cuenta antes—. ¡Jorah! —grité cuando Evren cayó de costado con un suspiro.

—Ya te he dicho que estoy bien, princesa. —Hizo una mueca de dolor; le levanté lentamente la mano y se la aparté de la herida.

—Estás muy lejos de estar bien. —Le desabroché rápidamente la camisa negra, se la separé de la piel y jadeé al ver el tamaño de su herida. Tenía un corte limpio en el estómago, más largo que mi daga, y la sangre brotaba a borbotones de la herida.

—Joder. —Jorah cayó de rodillas a mi lado; pude ver el miedo en los ojos del guardia, normalmente estoico—. Joder, joder, joder.

—¿Qué hacemos? —Acerqué mis dedos temblorosos a la herida de Evren, pero no tenía ni idea de cómo ayudarlo.

Parte de una flecha aún sobresalía de su hombro, pero no podía concentrarme en eso con lo que veía en su vientre.

—Llévatela. —Evren se movió con un nuevo gemido—

. Sácala de aquí, Jorah.

Jorah asintió una vez a su capitán.

Se habían vuelto completamente locos si pensaban que iba a permitirlo.

—No te voy a dejar. —Evren no me miró; se dirigió directamente a Jorah.

—Átala al maldito caballo si hace falta, pero sácala de aquí. No te detengas hasta que hayáis llegado a nuestro destino.

—No me voy —gruñí, y por fin él me miró—. Lucharé contra Jorah a cada paso del camino. No te vamos a dejar aquí.

—No puedo montar así, princesa. —Evren señaló su herida.

—Tienes magia. Usa tu magia. —Me pasé las manos por los pantalones—. Por favor.

—No funciona así. —Sacudió la cabeza suavemente, y ese pequeño movimiento pareció costarle todas sus fuerzas—. Quizá podría detener la hemorragia, pero no puedo… No puedo curar esto. Es demasiado.

Negué con la cabeza mientras miraba fijamente sus heridas. Sabía que decía la verdad, pero no quería creerle. No podía dejarlo ahí para que muriera.

—Aliméntate de mí. —Me subí la manga de la camisa y dejé al descubierto la muñeca de la que Gavril se había alimentado hacía solo unos días—. Toma mi sangre.

—¿Qué?

—Toma mi sangre, Evren. —Mi voz se quebró mientras me acercaba a él.

—¿No dijiste que nunca volverías a dejar que nadie se alimentara de ti? —Parecía demasiado sereno, dadas las circunstancias—. Yo no soy como mi hermano, princesa. No te quitaré nada que no quieras darme.

—¡Quiero hacerlo! —casi grité para hacerlo entrar en razón—. Quiero salvarte.