15
Habían pasado horas desde que había escapado. Horas en las que mis pies me habían llevado más y más lejos, y el dolor que sentía en todos los músculos no dejaba de recordármelo.
A estas alturas ya debería haber amanecido; el sol debería haberse asomado entre los árboles y haberme saludado como un viejo amigo, pero la oscuridad era lo único que alcanzaba a ver.
Me detuve y giré sobre mí misma. Cada árbol que pasaba se parecía inquietantemente al que acababa de dejar atrás, y no lograba entender hacia dónde me dirigía. La voz de Evren se había desvanecido a medida que los árboles me acogían entre ellos, y ya solo podía oír el susurro de las hojas.
El miedo me recorrió la espalda y, aunque había temido que Evren me alcanzara, el pánico ante la idea de que no lo hiciera me encogió el corazón en el pecho porque estaba completamente perdida.
Me apoyé contra uno de los árboles oscuros para intentar acallar el pánico que me invadía. Mis marcas ardían en mi piel, una advertencia a la que debería haber prestado atención antes; una advertencia que me revolvía el estómago y me hacía sobresaltarme ante el más mínimo ruido.
Miré hacia atrás y pensé en regresar por donde había llegado, pero estaba demasiado desorientada. No había huellas de mis pies por donde acababa de pasar: el bosque las había borrado como si nunca hubiera estado allí.
Eso era mi salvación, pero también mi condena. El bosque me había ayudado a escapar, pero ya no sabía qué hacer.
Apreté con fuerza el vendaje de mi muñeca e inspiré hondo para reforzar mi determinación. El bosque me daba miedo, pero nada me asustaba más que volver a estar bajo el control de Gavril.
Avanza, me repetí una y otra vez en mi cabeza mientras me alejaba del árbol. Estaba cansada, pero no podía permitirme parar. Evren temía lo que se escondía en este bosque, lo que significaba que yo también debía hacerlo.
No podía bajar la guardia, aunque mi cuerpo me suplicara que me tumbara solo un momento.
Había dado tres pasos cuando oí un susurro delante de mí. Me temblaron las piernas mientras escudriñaba el bosque y recé a los dioses para que estuviera sola. Busqué mi daga justo cuando una voz femenina grave y áspera retumbó entre los árboles.
—Aquí no necesitas eso, hechicera. —La voz me envolvió como si la transportara un viento fantasmal.
Seguía sin ver a nadie; me volví lentamente y afiancé la daga en mi mano.
—¿Quién eres?
—Osiris. Aunque hace mucho tiempo que nadie me llama por mi nombre. —Su voz hizo que enderezara la espalda y mis marcas vibraron sobre mi piel a modo de advertencia.
Ni siquiera podía ver a la propietaria de la voz, pero tenía claro que era una amenaza.
—¿Por qué no puedo verte? —Una risa se oyó a mi alrededor como una canción, y entonces percibí un movimiento cerca de uno de los grandes árboles. Allí estaba, saliendo de entre las sombras; jadeé, me tambaleé sobre mis pies vacilaban y casi caí al suelo húmedo.
Parecía que formaba parte de los árboles, o tal vez ellos formaran parte de ella. El musgo y la corteza crecían a lo largo de su torso como si fueran su piel, y una larga falda vaporosa caía sobre sus piernas y se arrastraba por el suelo.
Pero no fue eso lo que me llamó la atención: fueron sus ojos negros y profundos los que me dejaron sin aliento y me obligaron a quedarme donde estaba.
—Podría curarte esa herida. —Ladeó la cabeza y estudió el vendaje de mi muñeca con esos extraños ojos.
Lo apreté contra mí y lo metí bajo mi capa.
Ella esbozó una sonrisa lenta y siniestra—.
Eres la Astraluz, ¿pero para qué? —El miedo me recorrió por entero cuando me observó con una quietud tan antinatural—.
Estás destinada a mucho más de lo que ellos creen.
—No lo entiendo. —Negué con la cabeza y di un paso hacia ella—. ¿Para qué estoy destinada?
—Tu alma —dijo lentamente, sin apartar la vista de mí—
. Está irrevocablemente unida a otra. —Su mirada volvió a posarse en mi muñeca, y yo temblé bajo su escrutinio, orando para que esas palabras fueran falsas.
—¿Y si no quiero que sea así? —Dioses, me negaba a estar atada a Gavril por toda la eternidad. ¿Era porque se había alimentado de mí?
—No tienes elección, hechicera. —Lo dijo con absoluta certeza, pero me negué a creerla.
—Deja de llamarme así. —Mi voz temblaba con una audacia que parecía vacilante incluso a mis propios oídos— . No soy una hechicera.
—¿No lo eres? —Entrecerró los ojos y mis marcas ardieron con más intensidad—. Puedo sentir tu magia desde aquí, pero también puedo sentir la de él.
Un escalofrío me recorrió la piel como si estuviera bajo una lluvia torrencial. Todo en aquella mujer me advertía que me alejara, pero necesitaba saberlo, necesitaba oír lo que ella sabía.
—¿Y por qué dicen eso de que voy a salvar el reino?
Me estudió durante un largo rato antes de volver a hablar.
—¿Qué reino es el que te gustaría salvar?
Hablaba con acertijos, y mi ira empezó a superar a mi miedo.
—No lo entiendo.
—La sangre y la magia se han entrelazado en nuestra tierra durante siglos, pero tú eres la espada con la que las separarán.
—No tiene ningún sentido. —Di un paso hacia ella de nuevo, y su sonrisa se amplió.
—Tus estrellas brillan más en las sombras, hechicera. Pero eres tú quien debe decidir a qué oscuridad te aferras. —Dio un paso atrás y parte de su cuerpo quedó oculto tras los árboles.
No quería que se fuera. Me lancé hacia delante, desesperada por que se quedara, y sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos.
—No me estás diciendo nada —rezongué, frustrada—. ¿Qué oscuridad? ¿Qué significa eso?
Ella dio otro paso atrás, y mis marcas gritaron de frustración contra mi piel mientras intentaba alcanzarla.
—Por favor —rugí, y el poder brotó de mis dedos al extender la mano.
—Hechicera. —Pronunció esa palabra como una maldición cuando mi magia cayó sobre ella.
Un terror y una ira como nunca había conocido clavaron sus garras en mí.
Me temblaron las manos al mirar el lugar donde la magia acababa de caer de mis dedos.
No sabía de quién era el poder que poseía, si era mío o del príncipe, pero una familiaridad que no debería haber reconocido envolvió mi mano y acarició mis brazos.
—Lo siento. Yo… —Ella se estaba retirando, huyendo de mí cuando debería haber sido yo quien le tuviera miedo.
—¡Princesa! —Mi magia se retiró hacia mi interior, suplicándome que me volviera hacia la voz de Evren.
—Elige tu oscuridad. —La mujer miró sobre su hombro, hacia donde sabía que Evren se estaba acercando—. Elige sabiamente.
No sabía si se trataba de una advertencia contra el príncipe que me había encontrado o contra el príncipe que me había secuestrado, pero, en cualquier caso, mi magia seguía llevándolo hacia mí, y yo me giré poco a poco, hasta que me aparté de la mujer y me volví hacia él.
Tenía los ojos muy abiertos, inundados de rabia y terror, e incluso desde donde yo estaba, podía ver cómo el sudor le perlaba la piel.
—¿Qué coño estás haciendo? —Se abalanzó sobre mí, me agarró del brazo y me dio un tirón. Miró por encima de mi cabeza y supe a quién estaba viendo. Un humo negro brotó de sus dedos y me di cuenta de lo parecida que era mi magia a la suya.
—¡No la hagas daño! —grité mientras me llevaba a rastras detrás de él.
—¿Qué? —Se volvió para mirarme, rabioso.
—Por favor, no la hagas daño.
—No voy a hacerle daño, princesa, pero tienes suerte de que ella no te lo haya hecho a ti.
—Sus dedos se clavaron en mí carne y temblaban con un poder apenas controlado—.
Tienes suerte de que no te azote hasta hacerte gritar, joder.
Usaste mis sentimientos hacia ti en mi contra.
Está claro que he depositado mi confianza donde no debía.
Intenté zafarme de su presa, pero no me soltó, y supe en ese momento que jamás iba a perderme de vista de nuevo.
Él había confiado en mí, y yo había acabado con esa confianza al huir.
—No dejaré que me azotes. —Me temblaba la voz, aunque me había enfrentado a él con todo el valor que me quedaba. Las palabras de la mujer sonaban una y otra vez en mi mente: «Tú decides a qué oscuridad te aferras» .
—Como si tuvieras elección, Adara… —Me pegó a él, mi pecho chocó contra el suyo y su rostro se acercó al mío. Lo miré a los ojos, tensando la mandíbula—. Si decidiera hacerlo, no podrías detenerme.
—Eres cruel.
Se rio, y ese sonido me recorrió la piel como el beso de un amante.
—No tienes ni idea de lo cruel que puedo ser, princesa. Lo único que has probado es el placer que mi cuerpo puede proporcionarte. No te atreverías a conocer mi malicia.
Intenté deshacer el nudo que se me había atascado en la garganta, pero no fui capaz. Sentía pánico. Un terror puro que recorrió mis venas al pensar en lo que Evren podía hacerme.
—Por favor, Evren. —Su mano se aferró a mí y su expresión se suavizó.
—Nunca había tenido tanto miedo. He recorrido estos bosques para encontrarte y habría seguido sin descanso si no te tuviera aquí conmigo.
—Levantó las manos y me acarició el pelo, pegándome más a él—.
Estoy enfadado porque no debería sentir nada por ti, princesa.
Pero me habría enfrentado al mundo entero para recuperarte.
—No puedo regresar a ese palacio, Evren. —Negué con la cabeza; mi corazón latía con fuerza por sus palabras—. No dejaré que me quiten sangre de nuevo.
—Lo sé. Joder, ya lo sé. —Me echó la cabeza hacia atrás y su mirada se posó en mis labios—. Pero no puedo protegerte a menos que me lo permitas. Tienes que dejar que te proteja, maldita sea.
Estaba en guerra conmigo misma: quería que me besara, que hiciera desaparecer el mundo a nuestro alrededor y que solo quedáramos nosotros dos, pero había otra parte de mí que se aferraba a la desconfianza que sentía hacia él.
—¡¿Capitán?! —clamó la voz de Jorah entre los árboles; Evren suspiró contra mis labios antes de mirar en su dirección.
—¡Aquí! —gritó él—. La tengo.
Jorah apareció ante nuestra vista, y la ira que sentía hacia mí brillaba en sus ojos.
—¿Estás bien, Astraluz?
—Sí. —Asentí, aunque no estaba segura de estarlo.
—La he encontrado con una ninfa —explicó Evren, y volví la vista hacia los árboles, hacia el lugar por donde Osiris acababa de irse. No vi rastro alguno de ella, pero aún podía sentir que me observaba—. Tenemos que salir de este bosque.
—De acuerdo. —Jorah se acercó a nosotros y por fin me fijé en los otros tres guardias que estaban a su espalda. Todos parecían agotados, y yo había sido la causa—. Deberíamos partir de inmediato.