Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 14
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Me desperté con el sonido de las voces de unos hombres hablando y gemí. No había dormido lo suficiente. Me acurruqué más en mi saco de dormir y me regodeé en su calor. Me dolía el cuerpo de dormir en el suelo, pero al hundir la cara en el saco, suspiré.

—Buenas noches, princesa. —La voz ronca de Evren retumbó bajo mi cabeza y me aparté de un salto. Pero Evren me rodeó con más fuerza con el brazo y me obligó a volver a acurrucarme contra él—. Todavía no.

—Déjame ir —refunfuñé, aunque mi cuerpo deseaba desesperadamente pegarse a él y dejar que me abrazara hasta que me olvidara de nuestra realidad.

—Tú eres la que se ha acurrucado contra mí, princesa, y voy a disfrutarlo unos momentos más.

—Te he dicho que me sueltes. —Evren se rio entre dientes y apartó el brazo. Me incorporé y eché un vistazo al campamento—. Todos los demás ya han recogido y están listos.

—Lo sé. —Asintió y se apoyó en el codo—. Pero necesitabas descansar después de todo lo que pasó anoche.

Los recuerdos me invadieron rápidamente, e intenté apartarlos de mi mente, aunque la muñeca me ardía a modo de recordatorio.

—Deberías haberme despertado. —Me levanté y me agaché para coger la capa. Evren me la tendió con una suave sonrisa en el rostro, y eso me repugnó. Odiaba lo fácil que le resultaba fingir que entre nosotros todo era normal.

Pero mientras se ponía en pie y volvía a meter nuestras cosas en las alforjas, me pareció más normal que cualquier cosa que hubiera hecho desde que llegué al reino de las hadas. Huir con Evren me parecía un sueño con el que había fantaseado cientos de veces.

—¿Estás lista? —Evren se subió a su caballo y se acomodó en la silla antes de tenderme la mano. Dudé solo un instante, pero él se dio cuenta. Su mirada se ensombreció y la suave sonrisa desapareció de su rostro—. ¿Princesa?

—Sí. —Asentí y puse mi mano en la suya. Me ayudó a subir y, en cuanto pasé la pierna por encima del caballo pegó su pecho contra mi espalda.

—Llegaremos pronto —murmuró contra mi nuca; al parecer había confundo mi indecisión hacia él con vacilación ante el duro viaje.

—Estoy bien, Evren. —Me tensé contra él cuando me puso la mano contra el vientre e hizo que me echara más hacia atrás en la silla de montar. Cabalgamos así durante mucho tiempo, en silencio. El cielo se había oscurecido sobre nosotros y la única luz que nos guiaba era la de la luna.

Jorah se había adelantado hacía unos momentos, y yo escudriñaba los árboles mientras esperábamos su regreso.

—Estará bien, princesa. Jorah es el soldado más hábil que conozco.

—No estoy preocupada. —Aparté la vista de la línea de árboles, y los muslos de Evren se apretaron contra los míos.

—Casi me lo creo. —Me rozó la nuca con la nariz y me erguí de golpe—. Pareces muy preocupada por las cosas que dices odiar.

Tensé la mandíbula y le di vueltas a sus palabras en mi mente.

—Nunca he dicho que te odie.

—Ah, ¿no? —murmuró con sus labios contra mi piel—. Desde que salimos del palacio solo he visto odio en tus ojos.

Tenía razón. Estaba demasiado confundida sobre cómo podía sentir tanta animadversión y deseo al mismo tiempo; las dos emociones luchaban dentro de mí como los enemigos que estaban a las puertas de nuestra casa lo hacían con nuestros soldados.

Jorah salió de entre los árboles y agradecí la distracción cuando llegó junto a nosotros.

—Está despejado.

—De acuerdo. —Evren asintió y tiró de las riendas—. Descansaremos aquí unas horas.

—¿Qué? ¿Por qué? No llevamos tanto tiempo cabalgando.

Even tiró de las riendas y desmontó, y yo me di cuenta de lo mucho que me dolían las piernas.

—Necesitas descansar, y mis hombres también. —Jorah desmontó y pude ver el cansancio en sus ojos—. Jorah necesita descansar. —Evren habló lo bastante alto como para que él pudiera oírlo.

Desmonté sin hacerle más preguntas y me abracé a mí misma en cuanto mis pies tocaron el suelo. No esperé a Evren: me aparté de él y miré a mi alrededor, hacia el bosque. Para ser un lugar del que se rumoreaba que era tan siniestro, parecía muy tranquilo.

Deslicé los dedos por la oscura corteza de uno de los árboles y sentí cómo la tranquilidad se apoderaba de mí. Era como si me llamara, suplicándome que me adentrara más en la espesura.

Aparté la mano del árbol y pasé al siguiente. La corteza me arañó las yemas de los dedos, pero la sensación era la misma. Era como si me estuvieran dando la bienvenida.

Miré por encima del hombro y ni Evren ni Jorah me estaban prestando atención. Estaban atando sus monturas, hablando en voz baja, y los otros tres guardias aún se estaban bajando de sus caballos.

Di un paso más hacia el bosque. Evren no me había creído cuando le había dicho que no iba a regresar al palacio de su hermano, o quizá sí. Quizá le importaba tan poco lo que yo quería como a su hermano.

Pero yo no tenía pensado pedirle permiso. Creía que le debía decirle la verdad, pero independientemente de cómo se sintiera él, yo no podía volver.

Y su lealtad a la Corona iba a obligarme a regresar. Di un paso más hacia el bosque oscuro, y los árboles me abrieron paso. Había una ligera brisa en el aire, invitándome a seguir adelante, y así lo hice.

Mis pasos eran silenciosos entre la maleza, y solté un suspiro apresurado cuando me deslicé detrás de un árbol grande, fuera de la vista de Evren.

—¡Princesa! —me llamó de inmediato, y mis marcas cobraron vida.

Me suplicaban que regresara junto a él, que dejara de escuchar a los árboles y me volviera hacia el hombre en quien sabía que no podía confiar.

Pero me negué. Di otro paso adelante y mis botas se hundieron en la tierra blanda, alejándome de él; oí una vez más cómo me llamaba.

Pero por mucho que no quisiera escaparme de Evren, todo mi ser sabía que debía huir de su hermano.

Debía correr y no mirar atrás, y no sabía si iba a tener otra oportunidad—.

Adara, ¿dónde coño estás? —La voz de Evren retumbó entre los árboles y el corazón me latió con fuerza en el pecho.

Corrí cada vez más rápido, con cuidado de que mis pasos fueran ligeros, y los árboles parecían empujarme hacia adelante, como si supieran que necesitaba su protección.

Me atreví a echar un vistazo por encima de mi hombro, pero lo único que vi fue la oscuridad que me rodeaba.

El pánico se apoderó de mí, pero lo reprimí.

No podía permitirme sentir miedo cuando necesitaba todas mis fuerzas.

El miedo y la determinación tenían que coexistir, pero la decisión de cuál animar era mía.

Y no podía tener miedo de un bosque cuando huía de mi enemigo—.

¡Por los dioses, princesa! — Apenas podía distinguir la voz de Evren, pero sabía que me estaba siguiendo.

Me estaba buscando, y tenía claro que no iba a detenerse.

Pero cuanto más me alejara del palacio, mejor. Gavril tenía un plan para mí, y yo debía frustrarlo.

Me topé con un pequeño arroyo, y hasta el agua que lo atravesaba parecía tan oscura como el cielo nocturno. Me agaché para contemplar aquellas profundidades negras, pero lo único que veía era mi propio reflejo y la luz de las estrellas sobre mis mejillas como único resplandor.

Bajé la mano para hundir los dedos en el agua, pero algo en mi interior me advirtió que no lo hiciera. Apreté los puños, me incorporé y salté por encima del agua hasta una gran roca que sobresalía en el centro. Un salto más y había cruzado el arroyo.

Eché a correr sin volver la vista atrás.

Mis pies me llevaban rápidamente a través del bosque, y me daba igual no tener ni idea de adónde iba.

Nada importaba en ese momento, salvo la lucha entre las demandas de todo mi ser, que me suplicaba que regresara con Evren, y la voluntad que encontré para no hacerlo.

Era mi enemigo, quisiera yo o no, y esas eran las palabras que me repetía una y otra vez en mi cabeza mientras obligaba a mis pies a llevarme más lejos de él.