13 #2
Evren desmontó; se bajó del caballo como si nada y me tendió los brazos. Quería negarme, hacerlo por mi cuenta, pero me dolían los muslos por algo más que por mi deseo por él. Estaba cansada y, cuando levanté la pierna derecha para pasarla por encima del caballo, no pude hacerlo.
Evren puso las manos a mis costados, se sacó de la silla y me pegó a su cuerpo. Me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo delante de él, y pude sentirlo a través de sus pantalones: me deseaba tanto como yo a él.
Y cómo me habría gustado que no fuera así. Todo habría sido mucho más fácil si no lo hubiera deseado en absoluto. Pero mientras estaba allí, mirándolo, apenas podía obligarme a apartarme de él.
—Tenemos que montar el campamento y descansar un poco antes de seguir cabalgando.
Alcé la vista hacia el sol, que intentaba asomarse entre los árboles.
—Pero aún es de día.
—Es el único momento en el que se debe dormir en el Bosque de Ónix. Tenemos que estar completamente alerta al caer la noche.
—De acuerdo. —Asentí; Evren extendió la mano y me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Acampa conmigo. —Sus palabras me sacaron de quicio. Después de todo lo pasado, ahí estaba él, dándome órdenes como si nada hubiera cambiado.
—¿Mataste a esos hombres?
—¿Qué? —Me miró fijamente a la cara, pero no había ni una pizca de sorpresa en su expresión ante mi pregunta.
—Los hombres que estaban colgados a las puertas. Los hombres que me sujetaron y el noble Etkin. ¿Los mataste? —Necesitaba saberlo. Aunque en el fondo ya conocía la verdad, tenía que oírla de su boca.
—Te dije que nadie te haría daño sin acabar bajo mi espada.
—¿Excepto tu hermano? — Levanté mi muñeca vendada entre nosotros y le obligué a mirarla. Le obligué a enfrentarse a lo que había permitido—. ¿Es él el único al que se le permite hacerme daño?
Evren tensó la mandíbula y me agarró suavemente la muñeca.
Intenté apartarla de él, pero se la llevó a los labios y me dio un suave beso sobre el vendaje.
Mantuvo la boca allí mientras me miraba fijamente, y entre nosotros flotaron las palabras no pronunciadas.
Las palabras que no se permitía decirme.
—Puedo curarte.
—No. —Negué con la cabeza y me llevé la mano al pecho. Esa vez me soltó—. No quiero perder el recuerdo de lo que me hicieron. De lo que tú permitiste que me hicieran.
Su mirada se ensombreció y se acercó a mí de una forma casi imposible.
—Yo no lo permití.
—Claro que sí. —Di un paso atrás y casi choqué con nuestro caballo—. Eres tan malo como tu hermano.
No esperé su respuesta y me dirigí hacia donde estaban los guardias, dando heno a sus caballos.
—Jorah, ¿hay algún lugar donde pueda tener un poco de intimidad?
Levantó la vista hacia mí y supe que no esperaba que acudiera a él.
—Puedes ir justo detrás de estos árboles, pero tendremos que montar guardia, Astraluz. Es demasiado peligroso.
—Está bien —resoplé y fui en esa dirección—. Pero me gustaría que fueras tú quien lo hiciera.
Miró hacia atrás, hacia Evren, antes de volverse hacia mí.
—De acuerdo.
Pasé junto a él y me adentré entre los árboles, y pude sentir sus pasos a mi espalda.
—Además, Jorah, por favor, deja de llamarme Astraluz. Me llamo Adara.
—Lo siento, Adara. —Me detuve junto a un árbol lo bastante alejado del resto del grupo y giré un dedo en el aire para indicarle a Jorah que se diera la vuelta; obedeció con una sonrisa.
Ninguno de los dos habló mientras yo hacía mis necesidades y Jorah se quedó inmóvil como una estatua hasta que regresé a su lado.
—Siento que hayas acabado en este trabajo. —Me enderecé la capa y Jorah me miró por fin.
—No lo sientas. —Sacudió la cabeza—. Siempre estaré del lado de Evren.
—¿Por qué? —Evren estaba junto al caballo para sacar las cosas de las alforjas—. ¿Por qué le eres tan leal?
Jorah me miró durante un largo rato antes de hablar por fin.
—Evren se ha ganado mi lealtad una y otra vez. Soy leal a él y solo a él.
—¿Pero a la Corona no?
—Solo si es ahí donde Evren quiere mi lealtad.
Me sorprendió su respuesta y me volví para mirarlo de frente. Jorah era guapo, aunque su rostro solía mostrarse severo, con el ceño fruncido.
—¿Naciste en Citlali?
Enderezó la espalda y, durante un largo rato, pensé que no me iba a responder.
—No. No nací ahí.
—¿Dónde naciste?
—Jorah —lo llamó Evren—. Te necesito un momento.
Jorah se alejó de mi lado sin dudarlo y se dirigió hacia su capitán. Charlaron en voz baja, muy cerca el uno del otro, y me pregunté de qué estarían hablando. A ninguno de los otros guardias parecía importarles tender sus sacos de dormir sobre el duro suelo.
Me senté junto a ellos y los tres miraron en mi dirección.
—¿No hay fuego?
—No. —El de cabello rubio claro negó con la cabeza—
. Llama demasiado la atención.
Un escalofrío me recorrió la espalda y no pude evitar mirar por encima del hombro. No vi nada acechando entre los árboles, pero sabía que eso no significaba nada. Las cosas que vigilaban en la oscuridad sabían cómo pasar desapercibidas.
Me recoloqué la capa para ceñirla más. El aire parecía haberse enfriado aún más, pero podía arreglármelas, igual que el resto de ellos.
—¿Cómo os llamáis? —Me miraron con curiosidad, como si no esperaran que les hablara.
—Ese es Landry. —Evren dejó caer un saco de dormir a mi lado mientras señalaba al guardia que acababa de hablarme—.
Ese es Achar. —Señaló al apuesto guardia que llevaba el pelo hasta los hombros, recogido con una cuerda de cuero—.
Y ese rompecorazones de ahí es Caelum. — Señaló al último hombre del grupo, cuya barba era tan grande que le cubría casi toda la cara.
Sonrió, una sonrisa amplia y sincera, y en ese mismo instante decidí que me caía bien.
—Encantada de conoceros a todos. —Asentí en su dirección—. Yo soy Adara.
Evren se rio entre dientes antes de dejar caer otro saco de dormir junto al que acababa de colocar.
—Saben quién eres, princesa.
—No me llames así. —Evren no respondió; se sentó en el saco de dormir y se volvió hacia sus guardias.
—Dormid un poco. Jorah se encargará de la primera guardia.
Los tres obedecieron de inmediato, y no podía culparlos. Debían de estar agotados de cabalgar toda la mañana. Probablemente Jorah también lo estuviera.
—Puedo hacer la primera guardia para que Jorah pueda dormir.
—Eso no va a pasar, princesa. —Evren dio una palmadita al saco de dormir a su lado—. Necesitas descansar. Nos espera una larga noche.
—No voy a dormir a tu lado.
—Lo harás. —Se tumbó y apoyó la cabeza en el brazo—
. O duermes a mi lado por voluntad propia o te ato a un árbol y duermo a tu lado ahí. Tú eliges.
—Menudas opciones— resoplé y levanté la vista para ver que Jorah nos observaba.
—Métete de una vez en tu saco de dormir, princesa. No voy a poder descansar ni un momento a menos que estés a mi lado.
Quería discutir con él, decirle lo poco que me importaba que él descansara, pero la verdad era que él era el responsable de llevarme sana y salva a lugar dónde íbamos. Si quería salir viva del Bosque de Ónix, lo necesitaba. Los necesitaba a todos.
Me desaté la capa de los hombros y me deslicé en el saco de dormir que Evren me había proporcionado. Él observó cada uno de mis movimientos mientras me tumbaba de espaldas a él y me tapaba con la capa.
—¿Cuánto tiempo falta para que lleguemos a Nabál?
—Unos días en el mejor de los casos —dijo Evren en voz baja antes de que pudiera oír cómo se daba la vuelta detrás de mí.
No me estaba tocando, su piel ni siquiera rozaba la mía, pero aun así podía sentirlo en cada parte de mi cuerpo. Estaba muy cerca. Si me hubiera echado aunque solo fuera un poco hacia atrás, mi cuerpo habría chocado con el suyo.
Y sentía una desesperada necesidad de que lo hiciera.
—¿Y en el peor de los casos?
—No lo sé —suspiró—. No quiero pensar en lo peor.
—¿Y cuando la amenaza haya pasado? —susurré mi mayor temor. Me aterrorizaba la Corte de la Sangre y lo que podía significar para nuestro mundo, pero me daba más miedo regresar a ese palacio.
No quería ser la prometida de Gavril. No quería que se alimentara de mí mientras su hermano miraba.
—No lo sé, Adara. —Sus dedos recorrieron mi espalda y yo me estremecí al sentir su contacto—. No tengo ni idea de qué va a ser de nosotros.
Se refería a nosotros como a su reino, a su familia, pero esas palabras hicieron que me diera un vuelco en el estómago, como si estuviera hablando solo de nosotros dos.
—No voy a volver —susurré, solo lo bastante alto como para que yo pudiera oírme, pero la mano de Evren se detuvo sobre mi espalda.
—Descansa un poco, princesa. —Cerré los ojos, él me subió la capa hasta los hombros y, con mi enemigo a mi espalda, caí en un sueño reparador.