Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 13
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No le dirigí la palabra a Evren mientras regresaba a mi habitación despacio, apoyando la mano contra el muro de piedra del pasillo.

Me daba igual que él se acercara para ayudarme o que intentara una y una y otra vez hablar conmigo.

No quería oír ni una sola palabra de lo que tuviera que decir.

Y para cuando llegamos, ya había recuperado las fuerzas que Gavril me había quitado.

Cerré de un portazo en las narices de Evren, para sorpresa de Eletta, y empecé a recoger mis cosas.

Eletta se quedó atónita y paralizada de miedo cuando le conté lo que acababa de descubrir, pero rápidamente se recompuso y me ayudó a bañarme y a vestirme con la ropa que había llevado conmigo.

Era lo más cómoda que me había sentido desde que había llegado a Citlali, y me tumbé en la cama completamente vestida, con las botas puestas y la daga en su sitio. Sabía que debía intentar descansar un poco, pero mi mente no me lo permitía.

Me quedé mirando al techo mientras pasaba los dedos por el vendaje de la muñeca, que Eletta me había vuelto a poner.

No dijo ni una palabra al ver el profundo corte; las dos sabíamos de dónde procedía.

Ella era leal a las personas que acababan de robarme, y no se atrevía a decir ni una palabra en su contra.

Me levanté de un salto cuando se abrió la puerta y desenvainé la daga.

Solo era Eletta que regresaba con una cálida capa y una pequeña bolsa llena de comida y agua.

Le di las gracias antes de volver a tumbarme con el corazón a mil por hora.

No creía que fuera a calmarse nunca, pero al final, me pesaron los ojos y la llamada del sueño fue demasiado fuerte como para resistirla.

No sé cuánto tiempo dormí, pero cuando me desperté con una mano suave sacudiéndome el hombro, el miedo a la amenaza se había desvanecido en mis sueños.

—Evren —susurré su nombre en la oscuridad al encontrarlo junto a mí, pero cuando vi la expresión sombría de su rostro, la realidad de esa noche regresó al instante a mi mente.

—Debemos irnos, princesa. —Evren miró hacia mi puerta—. La amenaza es mayor de lo que temía.

Extendió la mano hacia mí, pero se la aparté y me puse de pie; comprobé que mi daga seguía en su sitio, me puse la capa y cogí mi bolsa. Evren me observó en silencio, fue hacia la puerta y me la abrió.

Lo seguí por los pasillos, en la dirección en la que había intentado escapar antes, y el aire fresco de la noche me azotó el rostro en cuanto salimos.

Jorah montaba una yegua gris, vestido completamente de negro, y otros dos guardias que había visto por el palacio cabalgaban a su lado. Un caballo negro estaba junto a él, con las riendas en la mano de Jorah.

Evren montó rápidamente en la bestia antes de agacharse para indicarme que montara con él.

—¿Dónde está mi caballo? —Di un paso atrás, y a Evren se le dibujó una sonrisa sombría en el rostro, aunque intentó ocultarla.

—Vas a venir conmigo, princesa. No podemos arriesgarnos a que vayas sola.

—Soy más que capaz de montar mi propio caballo.

—No he dicho que no lo seas, pero si nos atacan, necesito tenerte a mi lado. No podremos escapar de ellos si no estás conmigo.

Aunque sabía que intentaba protegerme, no confiaba en él.

—Quiero ir con Jorah. —Uno de los guardias soltó una risita burlona, pero no me atreví a apartar la vista de Evren.

—Eso no va a pasar, princesa. Ahora monta a caballo antes de que tenga que bajar para subirte yo.

Tenemos que irnos. —Gruñí de frustración porque sabía que decía la verdad.

Alargué la mano hacia el pomo de la silla de montar e intenté subirme, pero Evren se agachó, me cogió por debajo de los brazos y me ayudó.

Me acomodó delante de él, con mi espalda pegada a su pecho, y yo me tensé sobre la silla—.

Vamos. —Arreó al caballo y el animal salió disparado a toda velocidad a través de la noche oscura.

Atravesamos los terrenos del palacio y nos dirigimos hacia la puerta, que ya estaba abierta cuando llegamos. Miré por encima del hombro una última vez hacia el palacio oscuro que dejábamos atrás, y el caballo pareció correr aún más rápido.

No fue hasta que atravesamos la puerta cuando me fijé en lo que colgaba de unas estacas en los muros del palacio: tres cabezas, cada una separada de su cuerpo con un filo certero.

Pasamos junto a ellas rápidamente, pero aun así reconocí los rostros de los tres hombres: dos guardias cuyos nombres desconocía colgaban uno al lado del otro.

Los dos guardias que me habían sujetado mientras Gavril se había alimentado de mí.

Sus manos me habían tocado hacía solo unos minutos, pero estaban ahí colgados, con la sangre aún goteando de lo que quedaba de ellos.

Me costó más reconocer al tercero, pero en cuanto vi la mueca fría y endurecida que aún desfiguraba su rostro, supe que se trataba de un miembro de la Corte.

El noble Etkin.

Aparté la vista tan rápido como pude.

Tres hombres colgaban de esas estacas. Tres hombres que habían contribuido a hacerme daño, y yo sabía en lo más profundo de mi ser que el responsable era el que cabalgaba detrás de mí, aunque no dijo ni media palabra; espoleó aún más al caballo y dejamos atrás a esos hombres y al palacio.

Pero yo no necesitaba que lo confirmara: sabía que había sido él.

Se me hizo un nudo en el estómago al pensar en lo que había hecho, en lo mucho que se había arriesgado, pero me negué a bajar la guardia con él.

Jorah nos condujo rápidamente por las calles de la capital, tomando giros bruscos que yo nunca habría podido hacer por mi cuenta, y antes de que me diera cuenta, estábamos fuera de la ciudad y galopando a toda velocidad por los campos que la rodeaban.

Mis muslos se aferraron a los flancos del caballo para mantenerme lo más lejos posible de Evren, pero ya habían empezado a dolerme a pesar de que acabábamos de comenzar nuestro viaje.

Cabalgamos con rapidez durante un buen rato hasta que por fin llegamos al límite del Bosque de Ónix. Redujimos la velocidad como si los caballos estuvieran tan asustados como los jinetes al acercarnos a los árboles oscuros.

—¿Vamos a entrar ahí?

—Sí. —Evren asintió detrás de mí—. No tenemos otra opción a menos que atravesemos las tierras de los humanos. —Entonces hagámoslo.—Miré a mi alrededor y me di cuenta de lo inquietantemente quieto que parecía todo.

—Eso alargará nuestro viaje varios días, y no nos lo podemos permitir. Tenemos que ponerte a salvo lo antes posible.

—¿De verdad crees que los vampiros intentarán capturarme? —Evren gruñó detrás de mí y su pecho se pegó más a mi espalda. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no desplomarme contra él y dejar que su cuerpo soportara el peso del mío.

—Eres la Astraluz del futuro rey. Eres la futura reina de Citlali. Para la Corte de la Sangre, lo eres todo.

Mi corazón se aceleró cuando sus palabras calaron en mí. No era más que una pieza de ajedrez que podían usar como les pareciera oportuno.

—El Bosque de Ónix es peligroso para nosotros, pero también lo es para ellos.

Todos nos enfrentaremos en estos árboles a cosas que preferiríamos evitar, y esperamos usar eso a nuestro favor.

Mis guardias y yo hemos atravesado este bosque más veces de las que podemos contar.

—No estaba convencida de que eso me hiciera sentir más segura, pero a pesar de todo lo que había pasado en el palacio, seguía confiando en Evren más que en cualquiera de los demás.

Si había alguien que creía que podía sacarme con vida del Bosque de Ónix, era él.

Pero no lo dije. Mantuve la boca cerrada mientras nos adentrábamos en el bosque y una magia como nunca antes había sentido me invadió.

Mis marcas vibraban con un sordo latido, pero el nuevo corte en mi muñeca ardía como el fuego.

Apreté la mano contra el vendaje, y Evren bajó la vista al ver el movimiento—. ¿Estás bien?

—Estoy bien. —Me ceñí más la capa porque el aire frío soplaba entre los árboles, y que había arreciado, a pesar de que acabábamos de adentrarnos bajo el manto de oscuridad que proporcionaban los árboles.

Continuamos por el bosque en silencio. Estaba en alerta máxima, atenta a cada movimiento que creía ver entre los árboles, pero al cabo de un rato, el trote rítmico del caballo hizo que se me cerraran los ojos por la falta de sueño.

Pero volví a abrirlos de golpe, y miré hacia delante, hacia Jorah, que seguía avanzando como si no hubiera ninguna amenaza a nuestro alrededor, y mis ojos se cerraron una vez más.

Cuando por fin desperté fue porque nuestro caballo había reducido la marcha hasta casi detenerse, y mi cabeza se había ladeado. Desorientada por el sueño, inhalé el aroma de Evren, con la nariz hundida en su pecho.

Gemí suavemente cuando me puso una mano sobre el vientre para sujetarme y me acurruqué contra él. Su cuerpo se amoldaba al mío, sosteniéndome sobre el caballo, y no quería alejarme de su calor.

—Princesa.

—¿Hmm? —Volví a inhalar su aroma. ¿Cómo era posible que siempre oliera tan bien?

—Princesa, tienes que despertar. Vamos a montar el campamento.

—Pegó su mano con más fuerza contra mi estómago y mis muslos se tensaron alrededor del caballo.

Solté un nuevo gemido. Necesitaba que su mano bajara solo unos centímetros y se ocupara de la tensión que palpitaba entre mis muslos—.

Princesa, lo juro por los dioses. — Evren agachó la cabeza hacia mí y me habló en voz baja al oído—.

Voy a bajarte del caballo y a follar contigo aquí mismo, delante de mis hombres, si no dejas de hacer esos putos ruiditos.

Entonces abrí los ojos y levanté la cabeza de su hombro.

Evren tenía razón. Sus hombres estaban atando sus caballos a los árboles, pero los tres no dejaban de mirar en nuestra dirección.

Me aparté de Evren, poniendo toda la distancia que pude entre nosotros, y él se rio a mis espaldas antes de deslizar suavemente la mano desde mi vientre hasta mi cintura.