12 #5
Acababa de dejar que me hiciera cosas en ese pasillo que nunca le había permitido a nadie, y durante todo ese tiempo él sabía lo que su hermano tenía planeado para mí al final de la noche.
Le había suplicado que se alimentara entre mis muslos poco antes de que yo le suplicara a su hermano que no se alimentara de mi sangre.
¿Pensaba en eso mientras me daba placer?
¿Sabía que iba a odiarlo al final de la velada?
Porque eso era lo único en lo que podía pensar.
Había confiado en él, y aborrecía haberme permitido hacerlo.
Era el enemigo, y había depositado demasiadas esperanzas en quien creía que era.
Pero no era diferente al resto de ellos. Era el capitán de su guardia, el hijo del rey, y yo era una tonta.
—Por los dioses, puedo sentirla corriendo por mis venas.
— Gavril apretó los puños y luego relajó las manos lentamente—.
Nunca me había sentido así antes. —Antes.
Cuando se había alimentado de otros Astraluces.
¿Lo había hecho también contra su voluntad, o habían estado más que dispuestos a servir a su futuro rey?
Gavril me miró cuando la reina se acercó a su lado, y pude sentir cómo la niebla de lo que había hecho se disipaba lentamente.
Mi sangre aún cubría sus labios, pero sus ojos brillaban intensamente—.
¿Estás bien, Adara? —No le respondí y, cuando se acercó como si fuera a tocarme de nuevo, me encogí en la silla.
—Creo que ya ha tenido suficiente por esta noche —le gruñó Evren a su hermano, pero no me atreví a volverme en su dirección.
Gavril, sin embargo, sí lo hizo, y yo me tensé al ver el veneno en sus ojos.
—No voy a alimentarme de ella otra vez esta noche.
— Gavril me levantó la muñeca y yo hice una mueca de dolor.
Echó la otra mano hacia atrás y uno de los guardias le tendió un rollo de tela.
Quería apartarme de Gavril , pero ya no me quedaban fuerzas en el cuerpo.
Aunque mi mente parecía estar aclarándose, me sentía como si me hubiera pasado horas trabajando bajo el sol.
Gavril envolvió lentamente la gasa alrededor de mi muñeca, por encima y por debajo, cubriendo meticulosamente el corte antes de atarla—.
Pero Adara es mi prometida, Evren. —Me apretó suavemente la muñeca—.
Me alimentaré de ella cuando me parezca.
—Lo miré fijamente y esperé que pudiera ver el miedo y el odio en mis ojos.
Me había ablandado con el príncipe en los últimos días, pero ese sentimiento ya se había desvanecido.
Al darme cuenta de que ese era el hombre con el que me iba a casar, con el que iba a pasar el resto de mi vida, me sentí mal.
Gavril se llevó mi muñeca a la boca y, una vez más, me debatí en sus manos.
Pero él puso sus labios contra la gasa con delicadeza y su expresión se suavizó—.
Lo siento, Adara —susurró, y me soltó por fin. Yo me llevé la muñeca contra mi pecho.
—Me la llevo a su habitación. —Evren se dirigió hacia mí, pero se detuvo de repente como si le hubieran golpeado en el pecho, aunque no había nadie a su alcance.
—Aprende cuál es tu sitio, hermano —dijo Gavril con rabia; levantó una mano y una expresión de dolor apareció en el apuesto rostro de Evren—.
Soy perfectamente capaz de llevar a mi prometida a su habitación para pasar la noche.
—Bajó la mano y Evren dio un respingo—. Más que capaz.
— Gavril bajó la mirada hacia su mano y la giró una y otra vez, como maravillado de lo que acababa de hacer.
—Soy el capitán de la Guardia, hermano, y como tal, es mi deber proteger a la Astraluz.
—¿De mí? —Gavril se rio, pero Evren ya se dirigía hacia mí una vez más.
—De cualquiera. —Miró a Gavril y luego a la reina—.
Sirvo a nuestro padre, y él exige que ella sea protegida.
— Sus palabras me sonaron como una bofetada, y no pude evitar que el corazón se me acelerara en el pecho.
Las palabras que le había dicho a su hermano y las que me había susurrado antes eran tan diferentes…
—. Ven, Astraluz. — Me tendió la mano, pero me negué a cogerla.
En su lugar, me apoyé en los brazos de la silla y me puse de pie con las piernas temblorosas.
Me di cuenta de lo molesto que estaba Evren, pero no abrió la boca para discutir conmigo. ¿Qué podía decir?
—Quiero irme a mi habitación. —Mi voz sonaba tan débil como me sentía—. Me gustaría estar sola.
Sin embargo, nadie me respondió. Se oyó un fuerte golpe contra las puertas dobles de la habitación de Gavril y entró un guardia al que no reconocí. Miró frenéticamente a todos los que estábamos ahí; el ambiente se cargó de inquietud mientras esperábamos a que hablara.
—Capitán. —Agachó la cabeza como saludo hacia Evren, y yo me quedé paralizada en mi sitio—. Tengo que hablar contigo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Gavril antes de que Evren pudiera dar un paso en su dirección. El guardia miró a Evren, buscando permiso, y Gavril resopló, frustrado—. Soy tu futuro rey. Dime qué está pasando.
La reina se acercó al guardia, pero Evren se limitó a asentir. Un simple gesto y el guardia habló de nuevo.
—Hay rumores, Alteza.
—¿Rumores de qué? —preguntó la reina.
—Vampiros en la capital. —Se me revolvió el estómago; sus palabras retumbaron contra las paredes de la sala, y pude sentir cómo la magia se agitaba a nuestro alrededor. No sabía de dónde venía, pero por la sensación que produjo en mi marca, sospechaba que de Evren.
—Eso es imposible. —La reina negó con la cabeza, se agarró el bajo del vestido y se acercó aún más al guardia—. No hemos sufrido ningún ataque en siglos.
El guardia miró a Evren y después a la reina, y pude ver que luchaba por encontrar las palabras para expresarse.
—¿De cuántos estamos hablando? —preguntó Evren, ignorando por completo a la reina.
—Dentro de la capital, según nuestros datos, se calcula que cerca de cincuenta. No estamos seguros de lo que nos espera fuera de los límites de la ciudad.
La reina se volvió hacia Evren y, por primera vez desde que la conocía, pude ver el pánico en su rostro.
—Creía que habías dicho que nuestras fronteras estaban protegidas.
—Lo estaban cuando me fui. —Evren miró fijamente a la reina, sin una pizca de miedo—. Pero hace bastante tiempo que no estoy en la frontera. No sé qué ha pasado desde entonces.
—¿Qué hacemos? —preguntó Gavril, y me di cuenta de lo poco preparado que estaba para ser rey. Quizá fuera a quien la reina quería, pero Evren era mucho más adecuado para gobernar.
Evren miró a la reina y a su hermano, y supe que probablemente estaba pensando lo mismo que yo.
—Protegeremos la capital. Enviemos a todos los guardias de los que podamos prescindir en palacio para ayudar a nuestro pueblo.
—No— respondió rápidamente la reina—. Debemos mantener a salvo el palacio y a los Astraluces.
—Si los vampiros llegan al palacio, los Astraluces ya no serán asunto tuyo. Nos aniquilarán a todos con un ansia de venganza que no puedes ni imaginar.
—Llévatela. —Gavril se dirigió hacia su hermano sin siquiera mirar en mi dirección—. Necesitamos a la Astraluz. Debe ser protegida. Ahora que me he alimentado de ella, llévatela. Llévatela a Nabál hasta que sepamos que la amenaza ha pasado.
Evren negó con la cabeza.
—Es una mala idea. Saben que está aquí y la van a buscar. ¿Sabes lo que la Corte de la Sangre podría hacer con una Astraluz tan poderosa en sus manos? No tenemos guardias lo bastante capaces como para mantenerla a salvo.
—Ve tú. —Gavril asintió—. Y llévate a tus mejores hombres. No sé de qué soy capaz ahora que su sangre corre por mis venas, pero puedo encargarme del palacio.
—¿Y nuestra gente? —gruñó Evren.
—Son la menor de nuestras preocupaciones. Debemos proteger a Adara y nuestro hogar.
Sentí un dolor indescriptible en el pecho cuando Gavril volvió a demostrar cómo era en realidad.
—Esa gente confía en nosotros —dijo Evren señalando la muralla, más allá de la cual se extendía la ciudad—. No puedes dejarlos indefensos ante la Corte de la Sangre. Será una masacre.
—No es decisión tuya, capitán. —Gavril miró fijamente a Evren, y la magia se intensificó en la sala—. Ya tienes tus órdenes. Obedece.
—Por supuesto. —Evren hizo una pequeña reverencia, pero con la mandíbula tensa—. Partiremos a primera hora de la mañana, cuando menos se lo esperen.
Evren por fin se volvió hacia mí y pude ver que tenía dudas. A él no le gustaba ese plan más que a mí. No tenía ningún interés en quedarme en el palacio, pero tampoco quería que me llevaran a otro lugar donde iba a seguir siendo su preciada prisionera.
Y no quería que él me llevara a ninguna parte después de lo que acababa de permitir que hiciera su hermano.
—Ven, Adara. Te llevaré a tus aposentos hasta que estemos listos para partir. —Me tendió la mano, pero pasé de largo sin tocarla. No quería que nadie me tocara. Todos habían hecho ya suficiente.
Me dirigí hacia la puerta y la abrí; inspiré hondo al salir de los aposentos de Gavril. Iba a marcharme de ese palacio esa misma noche, y no tenía intención de regresar.