12 #4
Gavril me llevó al pasillo y, por fin, inspiré hondo mientras me esforzaba para seguirle el ritmo. Me llevó por el pasillo donde sabía que estaba la habitación de Evren y siguió adelante después de que pasáramos por delante de su puerta.
No dijo ni una palabra, solo me llevó con él, y cuanto más nos alejábamos del salón de baile, más se aceleraba mi corazón en el pecho.
—¿Adónde vamos, Gavril? —Podía oír el miedo en mi voz, y él también. Su mano me agarró con más fuerza, como si temiera que fuera a huir.
—A mis habitaciones. —No se detuvo ni siquiera cuando el miedo se apoderó de mi pecho y amenazó con desbordarse en un grito.
No había nada en la habitación de Gavril que no me diera miedo.
Se detuvo frente a unas grandes puertas dobles, y yo les supliqué con la mirada a los guardias que la custodiaban que hicieran algo, lo que fuera, pero los dos me ignoraron. Se limitaron a agachar la cabeza ante su futuro rey cuando abrió la puerta y me llevó a rastras detrás de él.
Su habitación era enorme y estaba iluminada por docenas de velas y candiles repartidos por todo el espacio. Una chimenea crepitaba en una esquina y su calor hizo que una gota de sudor resbalara por mi espalda desnuda a los pocos segundos de entrar.
Había otros dos guardias dentro, cerca de la cama de Gavril, y cuando los vi, me detuve y retiré bruscamente la mano de la de Gavril.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la puerta con un fuerte golpe, y Gavril se volvió hacia mí con una expresión cargada de desconfianza.
—¿Cómo te has hecho esa nueva marca, Adara? —Su mirada se deslizó hacia mi pierna y rápidamente intenté cubrirla con los faldones de mi vestido.
—No lo sé. Ya le he dicho a tu madre…
—La reina no confía en ti —me interrumpió—. No cree ni una palabra de lo que sale de tu boca.
—¿Y tú? —Sacudió la cabeza, y supe que Gavril no había tenido la oportunidad de formarse su propia opinión. Lo que fuera que pensara de mí estaba alimentado por su madre.
—Creo que esta unión va a salvar nuestro reino. Tú y yo vamos a ser aquello por lo que nuestro pueblo ha suplicado y por lo que ha rezado. No importa de dónde hayas sacado esa nueva marca, siempre y cuando nos lleve a ser el rey y la reina más fuertes que esta Corte haya visto jamás.
Estaba a punto de preguntarle si le importaba lo que había hecho con su hermano. ¿Le importaba que estuviera prometida con él, pero desesperada por alguien que debería haber sido el más leal de su Corte?
—¿Qué hacemos aquí, Gavril? —La puerta se abrió detrás de mí y me aparté rápidamente. Quería salir corriendo antes de que alguno de ellos me detuviera, pero no pude hacer nada cuando la reina entró en la habitación.
—Bien. Aún no has empezado.
—¿Empezado qué? —Di otro paso atrás, hacia el fuego del que sentía una desesperada necesidad de alejarme, y los miré. Pero ya sabía la respuesta. Sabía lo que querían de mí desde el primer momento, pero no estaba preparada para que me lo quitaran.
No podían quitármelo sin más.
—Gavril, llévala a la cama. —La reina señaló hacia su enorme cama, situada en el centro de la estancia, y yo di un respingo cuando Gavril extendió la mano hacia mí.
—Por favor, no lo hagáis. No estoy preparada.
No había compasión en su rostro cuando me agarró la muñeca. Intenté zafarme, luchar contra su presa, pero fue en vano.
Me pegó a su pecho y me rodeó la espalda con un brazo. Me levantó contra él como si yo no pesara nada, y una lágrima resbaló por mi mejilla mientras se dirigía hacia la cama.
—Por favor, Gavril.
—Calla, Adara —me ordenó—. Esto será placentero para los dos.
Planté las manos en su pecho mientras me llevaba en volandas, y cuando mi mirada se cruzó con la de la reina por encima de su hombro, me puse a dar patadas en un intento por escapar. Alguien me agarró del brazo y solté un grito al y ver que uno de los guardias intentaba inmovilizarme.
—Ponla en la silla —le ordenó Gavril, y me dejó en los brazos del guardia.
Eché la cabeza hacia atrás para darle un cabezazo en la cara y soltó una maldición; otro compañero se unió a él para sujetarme.
Sus manos se clavaron en mi piel y el dolor aguzó mi miedo; aunque apenas podía moverme no dejé de luchar contra ellos; aun así, me llevaron a la silla, me sentaron ella y me inmovilizaron.
Vi cómo Gavril levantaba una daga en su mano y la desenvainaba ante mí. Iba a usar esa daga conmigo. Iba a rajarme la piel contra mi voluntad y a quitarme algo.
Y yo no podía quedarme ahí sentada y permitir que eso sucediera.
—Dijiste que esto no iba a pasar hasta que nos casáramos. —Pataleé e hice todo lo posible por librarme de la presa del guardia—. Me lo prometiste.
—Te había subestimado, Astraluz. —La reina se acercó a mí, y yo me quedé inmóvil—.
Esa marca en tu pierna no ha aparecido por casualidad.
Es el resultado de la magia. No soy tonta.
—Apreté los labios con fuerza, mirándola fijamente.
De ninguna manera iba a contarle la verdad sobre lo que había pasado.
No iba a confesar jamás que Evren era el causante de esa hermosa cicatriz en mi piel—.
Si no nos dices de dónde viene esa marca, Gavril saboreará tu sangre.
Veremos hasta qué punto haces poderoso a mi hijo antes de que quede atado para siempre a una chica que no dice más que mentiras.
Gavril volvió a aparecer ante mi vista con la daga en alto y expresión decidida. Nada de lo que dijera iba a detenerlo.
—Gavril, por favor —le supliqué a ese hombre que sabía que en realidad no se preocupaba por mí, pero se negó a mirarme a los ojos.
—Esto solo te dolerá un momento, Adara. —Se arrodilló frente a mí y, cuando le di una patada, me inmovilizó las rodillas y pegó su torso contra mis piernas—. Sujetadla.
Los dos guardias me inmovilizaron los brazos contra la silla; no tenía la más mínima posibilidad de escapar de ellos.
Gemí al intentar liberarme de nuevo, pero no conseguí moverme en absoluto.
Detestaba mostrar tanta debilidad delante de Gavril y de la reina, pero no podía apagar el pánico que se había apoderado de mí.
Mi marca ardía contra mi piel, como si me advirtiera de lo que estaba por llegar.
Sabía que aquello no estaba bien. No era lo que quería, pero no tenía otra opción.
Se iba a beber mi sangre a pesar de mis deseos.
Gavril levantó su daga, sin mirarme a los ojos ni una sola vez, pero yo no aparté la vista de él mientras ponía el metal contra la parte interior de mi muñeca; el dolor me atravesó la piel y mi sangre brotó del corte en mi brazo y goteó por mi muñeca hasta manchar mi vestido inmaculado.
—Lo siento, Astraluz. —Gavril dejó caer la daga al suelo, se echó hacia delante y acercó su boca a mi muñeca. No sabía qué esperar, pero me sentí violada cuando contempló mi sangre con más admiración de la que jamás me había mostrado a mí.
—Por favor, Gavril —le supliqué de nuevo, con el miedo impregnando todas mis palabras—. Por favor, no hagas esto. Esta noche no.
Pero él seguía sin escucharme. Acortó la distancia entre su boca y mi sangre, y cuando sacó la lengua y la lamió de mi piel, grité.
Cerré los ojos mientras me desgañitaba, orando para que alguien me oyera, para que alguien se atreviera a ir en contra de la reina para salvarme, y odié que solo hubiera un nombre en mis labios. Un nombre que no debería haberme atrevido ni a susurrar.
Evren.
Grité su nombre mientras Gavril ponía su boca en el corte y comenzaba a chupar la sangre de mis venas. Me quedé sin aliento cuando la sensación me abrumó, y abrí los ojos para mirar a mi prometido mientras el calor recorría mi cuerpo y mi marca ardía contra mi piel.
Solo había sentido así la marca cuando Evren me había tocado, pero eso era diferente. Eso era… Me sentía… Un suave gemido se escapó de mis labios.
Lo miré mientras se alimentaba de mí y, aunque quería apartar el brazo, estaba paralizada justo donde él quería que estuviera. Una oleada de placer me atravesó cuando chupó más profundamente, y puse los ojos en blanco, sin comprender lo que estaba pasando.
No quería que lo hiciera, pero mi cuerpo temblaba de deseo.
—Por favor… —La palabra se escapó de mis labios, anhelante, y ni siquiera yo sabía lo que estaba pidiendo. Mi estómago se tensó con una necesidad que no entendía, pero incluso a través del placer, podía sentir cómo perdía una parte de mí a manos de él.
Esa parte se escapó de mí despacio, moviéndose perezosamente por mis venas hasta la boca expectante de Gavril.
—Ya basta por esta noche —ladró la reina, pero apenas pude oír sus palabras.
Me parecieron amortiguadas y lejanas. Tampoco podía sentir apenas las manos de los guardias sobre mí.
Todo parecía girar en torno a Gavril y a lo que me estaba quitando—.
¡Gavril! —Él levantó la cabeza, pasándose la lengua por los labios, y yo parpadeé para intentar salir del hechizo en el que me sentía atrapada—.
¿Cómo te sientes? —Miré hacia la reina cuando oí la pregunta salir de sus labios, pero ella no me estaba hablando a mí, sino a su hijo, que se estaba poniendo de pie delante de mí.
Pero no podía concentrarme en ninguno de los dos porque mi vista nublada se topó con Evren. Estaba ahí, en el umbral de la puerta, y su expresión era abiertamente hostil. Intenté levantar la mano para alcanzarlo, pero me sentía tan pesada que mi brazo cayó de nuevo contra la silla.
Volví a mirar la herida; la sangre de un rojo brillante cubría mi muñeca y goteaba del corte que Gavril me acababa de hacer contra mi voluntad. Evren tenía los ojos clavados en el mismo punto.
¿Lo había visto? ¿Sabía lo que su hermano había planeado para esta noche mientras bailábamos y me confesaba lo que iba a hacer si alguien me lastimaba?
Por supuesto que sí. Evren no me pertenecía. Pertenecía a esa Corte. Ellos eran su familia, la Corte a la que servía, y su lealtad estaba con ellos y solo con ellos.