Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 11 #2
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Solo necesitaba algo, cualquier cosa, para dejar de pensar en él.

Mi mano se detuvo junto a un libro negro y compacto sin ninguna inscripción en el lomo. Lo saqué de la estantería y la portada tenía el mismo aspecto: ni un título ni una marca en ninguna parte del cuero.

Volví a mi asiento con el libro en la mano y miré hacia la puerta antes de sentarme. Mis dedos recorrieron el cuero negro; sentí la suave textura de un material que debía de ser mucho más antiguo que yo y abrí lentamente la cubierta.

Me recibieron unas páginas amarillentas con tinta negra, escritas a mano. No era un libro cualquiera: era un diario. Hojeé las páginas mientras echaba un vistazo a la escritura. Había notas sobre el palacio y un mapa del recinto dibujado a mano.

Pasé esas páginas rápidamente y solo me detuve de nuevo cuando vi las palabras «La maldición de las estrellas» mirándome fijamente.

Las palabras parecían haber sido garabateadas tan rápido que apenas podía leerlas, pero debajo había un boceto de una mujer con puntos esparcidos por el pecho y que bajaban por su cuerpo.

Una flecha apuntaba hacia las marcas y junto a ella estaban escritas las palabras «Marca de las estrellas».

Recorrí la página en busca de más información, pero solo había cosas básicas. Cosas que ya sabía. Pasé rápidamente a la página siguiente, devorando la información y buscando más.

No fue hasta que llegué a la última página del libro cuando encontré lo que buscaba.

«Los Astraluces son una bendición y una maldición para nuestro mundo. Su poder puede ser extraordinario, pero también perverso. Un Astraluz vinculado equivale a una amenaza».

Leí las palabras una y otra vez, pero estaba confundida. Nunca había oído hablar de un Astraluz vinculado. Solo los fae se vinculaban, e incluso eso era raro. Era otra cosa de la que solo había oído hablar en las historias que me habían transmitido los habitantes de mi pueblo.

—¿Ya has leído lo suficiente? —Cerré de golpe el libro que tenía en el regazo y levanté la cabeza para mirar a Evren. Estaba exactamente en el mismo lugar que la primera vez que me había encontrado en la biblioteca, pero percibía algo diferente en él, algo peligroso.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—No lo sé, princesa. ¿Puedes? —Se pasó la mano por la mandíbula y me sentí como si me devorara con la mirada.

—No lo sé. —Estreché el libro contra mi pecho, observando cada uno de sus movimientos—. Pareces molesto.

Se apartó de la pared y dio dos pequeños pasos hacia mí. —Solo estoy frustrado.

—¿Por qué? —Me miró de la cabeza a los pies sin ningún disimulo.

—Porque mi hermano puede tocarte y hablar de ti como si fueras suya.

—Soy suya, Evren. Nos casaremos muy pronto.

Su rostro se oscureció al acercarse, y pude ver la furia apenas contenida que se escondía en él.

—Nunca serás suya, princesa. Me da igual si tu mano lleva su anillo o si tu cabeza lleva su corona. Aun así, no le pertenecerás.

Tragué saliva con dificultad mientras se acercaba. Deseé con todo mi ser que sus palabras fueran ciertas, pero sabía que no eran más que una fantasía. No podía estar casada con un hombre y pertenecerle a otro.

Mi corazón no me lo habría permitido. Y Gavril me habría matado. No le hacía ninguna falta que lo amara para ser su prometida, pero sabía que el futuro rey no iba a permitir que la mujer que estaba destinada a ser suya cayera en los brazos de otro. Y menos aún de otro que compartiera su sangre.

—Este libro… —Lo levanté entre nosotros—. Dice que los Astraluces pueden vincularse. ¿Es cierto?

Frunció el ceño, confundido, y eso ya fue suficiente respuesta.

—Nunca lo he visto, pero eso no significa que no pueda pasar. ¿Qué más dice?

Dudé en enseñárselo, pero aun así pasé las páginas hasta el final del libro y se lo tendí.

—Extraordinaria, pero perversa. —Leyó las palabras en voz alta, divertido—. Te pega mucho.

Un rubor se apoderó de mis mejillas al pensar en las formas en que él me había vuelto perversa.

Él y nadie más.

—No soy perversa.

—Ah, ¿no? —Ladeó la cabeza y cerró el libro—.

Eres la criaturita más perversa que he conocido jamás.

—Negué con la cabeza, aunque sentí una opresión en el pecho—.

Solo una mujer perversa podría conseguir que quisiera arrodillarme ante ella y jurarle lealtad con mi lengua. Y al infierno con mi familia.

—No te he pedido tu lealtad, Evren.

—¿No? —Se acercó aún más a mí y me acarició la mano con los nudillos—. Yo creo que me la has exigido con cada aliento. Puede que no me la hayas pedido, princesa, pero, por los dioses, la tienes de todos modos.

—¿Y si no la quiero? —Levanté la barbilla y sentí un vuelco en el estómago. Dioses, la quería. Quería cualquier cosa que él estuviera dispuesto a darme.

—Los dos sabemos que eso es mentira. —Levantó el libro que tenía en la mano y deslizó el flexible lomo contra mi muñeca antes de subirlo lentamente por mi brazo.

Dondequiera que me tocaba, se me ponía la piel de gallina, y me parecía imposible que fuera capaz de excitarme sin siquiera tocarme—.

Los dos sabemos que te mueres por cosas que no deberías desear.

—Puso el borde del libro contra mi clavícula y lo paseó por esa piel sensible hasta llegar a mi cuello.

No se detuvo ahí. Su mirada marcó el camino antes de que el libro bajara lentamente entre mis pechos y por encima de mi ombligo.

Mi estómago se tensó bajo su tacto, y él aminoró el ritmo.

Apenas se movía cuando clavó la vista entre mis muslos—.

Creo que lo deseas ahora mismo. Creo que darías casi cualquier cosa por eso.

—Movió el libro a un ritmo agonizante, bajando cada vez más, y aunque sabía que no debía hacerlo, abrí las piernas.

Muy poco. Pero, por supuesto, él se dio cuenta.

Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero no apartó la mirada de mis muslos—.

Buena chica, princesa. —Pegó el lomo del libro contra la parte baja de mi vientre y yo jadeé en busca de aire—. Ábrete para mí.

—Evren —susurré su nombre.

—¿Sí, princesa?

—No podemos hacerlo. —Negué con la cabeza, pero mis piernas se separaron un poco más. Mi mente y mi cuerpo estaban en desacuerdo.

—¿Por qué no? —El libro bajó más y más, hasta solo podía sentirlo a él y ese lomo contra el lugar donde más lo necesitaba.

—Ya has oído lo que ha dicho tu hermano antes.

—¿El qué? —Ladeó la cabeza y me escudriñó el rostro cuando mis labios se entreabrieron con un suspiro.

—Que nadie más puede tocarme. —Lo pegó con más fuerza contra mí y enderecé la espalda de golpe contra el respaldo de la silla.

—Técnicamente, no te estoy poniendo ni un dedo encima.

—Movió la esquina del lomo en pequeños círculos contra mi sexo como si intentara demostrar su argumento.

Un gemido se escapó de mis labios, desesperada por más de lo que me estaba dando.

Él siguió con su ritmo provocador; ni un centímetro de su piel tocaba la mía, pero podía sentirlo por todas partes—.

No podría sentirse amenazado por un libro, ¿verdad?

—Evren se humedeció los labios mientras observaba el trabajo que estaba haciendo conmigo y con el libro.

Me aferré los brazos de la silla y mis nudillos se pusieron blancos mientras intentaba evitar gritar su nombre—.

Ya te lo he dicho, princesa: eres una cosita perversa.

—La humedad se acumuló entre mis muslos y moví las caderas, persiguiendo la sensación que me estaba provocando—.

Eso es— me animó, y me mordí el labio inferior sin dejar de contonearme—.

Toma de mí lo que sabes que él nunca podrá darte.

—Extendí la mano hacia él, pero se apartó y negó con la cabeza—.

Sin tocar, princesa. Eso sería romper las reglas.

—Creo que ya las hemos roto, ¿no?— le respondí sin aliento; cerré los ojos y recosté la cabeza contra el respaldo de la silla.

Sentí un nudo en el estómago mientras el placer crecía dentro de mí.

Una oleada de calor me recorrió y mis marcas ardieron.

Ni siquiera me estaba tocando y, aun así, mi marca lo reconocía.

Mi cuerpo lo habría reconocido sin una sola palabra ni una sola mirada. Había algo en él que lo diferenciaba de todos los demás.

—Mírame, princesa —me ordenó, y abrí los ojos de golpe—.

Quiero verte cuando te derritas. Déjate llevar.

Déjame verte entera. —Me desmoroné en cuanto pronunció esas palabras.

Apretó el libro con más fuerza contra mí mientras yo lo rodeaba con mis muslos.

Gemí su nombre en voz baja, desesperada por saborearlo en mi lengua—.

Buena chica. Derrúmbate para mí aquí mismo, en la biblioteca, donde cualquiera podría pillarnos.

—Por favor, Evren. —Eché la cabeza hacia atrás cuando me atravesaron una oleada de placer tras otra.

—Por fin, Evren me tocó: su pulgar acarició con rudeza mi labio inferior y en su rostro había tanta lujuria que casi habría podido ahogarme en ella—.

Abre. —Empujó con su pulgar entre mis labios y yo obedecí; lo deslizó dentro de mi boca, trazando mi lengua con la punta de su dedo mientras ralentizaba el movimiento con el libro—.

Chúpamelo, princesa. Quiero imaginarte con la boca abierta y mi pene deslizándose por tus labios perfectos cuando me masturbe más tarde.

—Cerré los labios alrededor de él y ahuequé las mejillas mientras le chupaba el dedo.

Deslicé la lengua por la parte inferior, y él gimió antes de sacarlo lentamente y volver a meterlo.

Lo hizo una y otra vez, y yo me eché hacia delante porque estaba desesperada por que fuera otra cosa.

Quería verlo, tocarlo, saborearlo tanto como me permitiera.

Mis manos se posaron en sus muslos, y él soltó un gruñido bajo y profundo—.

Eres perfecta, joder. —Retiró el pulgar con un chasquido y la saliva cayó de mis labios.

—Quiero tocarte. —Mis manos se clavaron en sus pantalones y él me acarició la mandíbula.