11
—Apenas has tocado el pastel —dijo Gavril, y me pasó la trenza por encima del hombro—. ¿No es esto lo que quieres?
Por supuesto que no era lo que quería. Quería estar en la habitación de Evren, rodeada por sus brazos, como lo estaba antes de que los guardias llamaran a su puerta y rompieran la ilusión en la que me había sumergido.
De alguna manera, él me había hecho olvidar dónde me encontraba.
Había borrado de mi mente cualquier pensamiento acerca de mi deber.
El único sentido de la responsabilidad que podía albergar era el de mis propios deseos. No sentía ninguna obligación hacia el príncipe que estaba sentado a mi lado. En cambio, añoraba a aquel que me había dejado en mi habitación como si le costara mucho hacerlo.
—No pasa nada. —Le sonreí a Gavril y me llevé la taza de té caliente a los labios—. Es solo que no tengo mucha hambre.
—Está bien. —Me recorrió el hombro con los dedos y los deslizó por mi espalda. Gavril acercó mi silla a la suya, y temí que pudiera oler el rastro de su hermano en mi piel—. Hueles de maravilla.
—Gracias. —Aparté la vista de él cuando dos mujeres de mi edad entraron en la estancia. Las dos contemplaban a Gavril como si yo no estuviera allí, y no las culpaba. Era tan guapo como poderoso, y yo debería haberlo deseado.
—Adara, ¿conoces a Quinn y Lydia Etkin? —Gavril las señaló con la cabeza y ellas hicieron rápidamente una reverencia perfecta.
—No he tenido el placer. —Sonreí aunque no tenía ningún interés en conocer a esas mujeres.
La de la larga melena castaña se sentó a mi lado y me sonrió.
—Es un honor conocerte, Astraluz. Hemos oído hablar mucho de ti.
—Sí. —La de cabello color miel se sentó cerca de Gavril, pero su atención estaba concentrada en mí—. Hemos oído muchas historias sobre lo que puedes ofrecerle a nuestro reino y a nuestro futuro rey.
—Quinn… —Gavril pronunció su nombre con tono de exasperación y me estrechó más los hombros—. Quinn y Lydia son hijas del noble Etkin. Todos hemos crecido juntos en el palacio.
Quinn asintió y me estudió de arriba abajo.
—Conocemos al príncipe heredero mejor que nadie, así que, si tienes alguna pregunta, no dudes en recurrir a mí para que te ayude con tu compromiso.
Sus palabras me sorprendieron, pero a Gavril no parecieron molestarle en absoluto. Sus dedos seguían acariciándome el hombro como si la mujer que tenía delante no me estuviera dejando claro que ya se había acostado con mi futuro marido.
—Lo tendré en cuenta. —Apreté los puños sobre mi regazo. No me molestaba que ella hubiera estado con él antes que yo, pero me enfurecía que tuviera el descaro de decírmelo a la cara sin una pizca de incomodidad.
—¿Y Evren? —preguntó Quinn con naturalidad.
—¿Qué pasa con él?
Su mirada regresó a mí tras mi pregunta.
—Solo quería saber si el príncipe lo había visto. Me encantaría pasar un rato con él antes de que se marche una vez más.
Rechiné los dientes, se me aceleró el pulso y empezó a dolerme la cabeza. Esa mujer no solo había tenido sus manos sobre el príncipe heredero, sino que también me la imaginaba tocando a mi príncipe. Y el segundo pensamiento me enfurecía mucho más que el primero.
—¿Así que conoces bien a los dos príncipes?
—Sí. —Asintió, y su sonrisa se hizo más amplia—. Si no fuera por ti, estaría en la lista para casarme con Gavril.
Casi podía saborear el veneno en sus palabras.
—Entonces, apuesto a que me odias.
Gavril se echó a reír y Quinn puso cara de decepción. Quizá no esperaba que yo tuviera carácter.
—No creo que haya mucha gente en nuestro reino a quien le gustes, Astraluz.
—Quinn… —Gavril se enderezó y la reprendió por sus palabras, pero yo quería escucharlas.
—No. No pasa nada. De hecho, me gustaría escuchar lo que tiene que decir.
—Me eché hacia delante y apoyé los codos en la mesa—.
Me encantaría saber por qué voy a renunciar a toda mi vida por un reino que no me quiere.
— Mis palabras retumbaron en la sala y todos guardaron silencio; la mano de Gavril se quedó inmóvil sobre mi hombro—.
Por favor, Quinn. —Hice un gesto con la mano en su dirección—. No te muerdas la lengua ahora.
Ella se limitó a mirarme sin decir una palabra. Creía que podía intimidarme con su profundo conocimiento de un hombre del que se suponía que debía enamorarme, pero lo único que había conseguido había sido avivar mi odio.
—¿Interrumpo? —Todos miraron hacia la puerta, donde sabía que se encontraba Evren, pero yo mantuve la vista clavada en Quinn y en cómo se arreglaba el pelo al volverse hacia él.
—Príncipe Evren. —Ella y su hermana se levantaron rápidamente e hicieron una reverencia que no fue ni de lejos tan profunda como la que habían hecho ante Gavril, pero igual de respetuosa—. Esperaba verte antes de que te fueras.
—No me iré hasta después del baile. —Evren se dirigió hacia la mesa; yo alcé por fin la cabeza cuando se detuvo justo frente a mí y se llevó una fresa a la boca antes de asentir en mi dirección—. Astraluz…
—Evren… —Mordió la baya y me quedé paralizada cuando se lamió el jugo de los labios.
¿Cómo podía ese simple gesto excitarme mucho más que su hermano acariciándome la piel?
—Príncipe Evren, ¿vas a asistir al baile solo o llevarás a alguien?
—Me tensé contra Gavril al oír la pregunta.
Ni siquiera se me había ocurrido que Evren pudiera ir con alguien al baile.
No había pensado en cómo sería verlo con otra persona; ni en que él iba a verse obligado a verme a mí con su hermano.
—Solo seremos mi espada y yo. —Evren le sonrió y sentí una dolorosa punzada de celos—. Soy miembro de la guardia, recuérdalo.
—Y miembro de la Corte. —Quinn le sonrió con picardía—. Recuerdo varias cosas que has hecho que no tenían nada que ver con tu deber como guardia.
—Muy bien, muy bien… — Gavril se rio entre dientes y levantó la copa de vino, y yo me volví hacia él para no ver la expresión de Evren hacia ella.
Gavril me sonrió y me acarició con los dedos la trenza.
—Deber y placer.
—¿Así es como lo llamáis la Astraluz y tú? —preguntó Evren, con una risa que sonó como una maldición—. Se os ve muy unidos…
—Formamos una pareja preciosa, ¿no es así? —Gavril se volvió hacia su hermano, pero yo no.
—Eso sí que es cierto. Adara será la reina más encantadora que hayamos visto jamás. ¿No estás de acuerdo, Quinn?
Quinn nos miró a los dos rápidamente, de uno a otro.
—Lo será. Absolutamente encantadora. —La mano de Gavril se deslizó por mi cabello y se detuvo en la parte baja de mi espalda. La dejó ahí, atrayendo mi atención de nuevo hacia él mientras su tacto vibraba a través de mi marca; levantó la otra mano para recorrerme la mandíbula.
—Y es toda mía. —Me sonrió, pero pude ver la posesividad reflejada en su rostro. Gavril estaba siendo amable conmigo, pero me parecía algo calculado.
—Bueno, y del reino. —Evren se rio entre dientes y tomó asiento a la mesa—. Después de todo, ella está aquí para salvarnos.
—Es cierto —asintió Gavril sin apartar la vista de mí—.
Pero los demás solo pueden contemplarla.
Pueden soñar con cómo se sentiría su marca bajo sus dedos y corriendo por sus venas.
Ninguno de ellos podrá experimentar eso de verdad.
Ninguno salvo yo. —Alcé la cabeza justo a tiempo para ver cómo Evren tensaba la mandíbula.
Eso era lo que Gavril quería. Fueran hermanos o no, Gavril estaba dejando claro cómo estaban las cosas—.
¿Te imaginas la envidia en sus ojos? —bromeó Gavril , y desliz lentamente la mano por mi brazo.
Se me puso la piel de gallina, pero no era porque me gustara lo que estaba haciendo: quería que dejara de tocarme, y más delante de Evren.
Pero puso la mano en mi antebrazo, me lo levantó, enlazó mis dedos y le dio la vuelta para dejar mi muñeca al descubierto.
Entonces volvió a mirar a su hermano, justo cuando bajaba la boca hacia mi piel—.
Yo me volvería loco de celos si no pudiera saborearla.
—Me tensé, pero no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado esperando una reacción por parte de su hermano, una reacción que Evren se negó a darle.
—Te queda bien, hermano. Aunque no te imagino atado a una sola mujer. Va a ser un cambio de ritmo para ti, ¿no?
Gavril se rio, aunque no había ni una pizca de humor en ello.
—Estoy más que dispuesto a cederte a todas las demás a ti. A darte tu parte justa del protagonismo.
Quinn y Lydia se rieron por lo bajo y yo quise exigirles que pararan. En lugar de eso, me levanté, empujando la silla hacia atrás con las rodillas, y Gavril por fin se volvió a mirarme.
—Me voy a la biblioteca. —No le estaba pidiendo permiso ni esperando su aprobación. Quizá fuera su prometida, pero no iba a quedarme allí sentada escuchando aquello. Sobre todo cuando me moría por mirar a su hermano y no apartar nunca mis ojos de él.
—¿Estás bien? —preguntó como si no pudiera entender por qué quería marcharme.
—Por supuesto —asentí—. Solo estoy cansada y me gustaría leer un rato.
—De acuerdo. —Se levantó y me dio un suave beso en la frente. Mi mirada se cruzó con la de Evren en cuanto los labios de Gavril se posaron sobre mi piel, y él parecía dispuesto a saltar sobre la mesa para alcanzarme—. ¿Me acompañas a cenar esta noche?
Asentí porque no confiaba en mi voz cuando Evren me miraba así.
Gavril me sujetó los dedos hasta que me alejé y lo obligué a soltarlos. No miré atrás mientras salía de la sala ni dije ni una sola de los millones de cosas que se me pasaban por la cabeza.
Y no dejé que los susurros de Quinn se repitieran una y otra vez en mi cabeza.
No me gustaba esa chica. No era por cómo se había comportado allí dentro ni por el hecho de que me hubiera dejado claro que había estado con mi prometido, sino porque no podía dejar de imaginar las formas en que había tocado a Evren.
Me senté en la biblioteca y cogí un libro.
Lo cerré de golpe, frustrada, y me acerqué de nuevo a la estantería para coger otro. No sabía qué estaba buscando mientras mi mano recorría los lomos de cuero.