Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 10 #2
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El guardia abrió la puerta y me ayudó a pasar, y sentí un nudo en el estómago al encontrarme en el vestíbulo. Me quedé sin aliento al instante e intenté calmar el pánico que me invadía.

En lugar de llevarme hacia mi habitación, el guardia pasó por la biblioteca y apoyó la mano contra la pared de piedra. Contuve el aliento, sorprendida, mientras la pared crujía y la piedra se movía por la pura fuerza de su mano.

Intentó tirar de mí, pero clavé los talones en el suelo.

—Por aquí, Astraluz.

—¿Adónde me llevas? —La voz no se parecía en nada a la mía: estaba demasiado tomada por el pánico; vi cómo la lástima brillaba en los ojos del guardia.

—Junto al príncipe. Por favor, no me obligues a llevarte a rastras hasta allí.

Di un paso adelante, lo seguí al interior del pasadizo y parpadeé cuando la pared se cerró detrás de nosotros y un estrecho túnel se abrió por delante. Estaba oscuro, pero al menos podía ver por dónde pisaba mientras él me guiaba por el pequeño pasillo hacia mi destino.

Podía sentir la sangre cubriendo mis dedos con cada paso que dábamos, y cuando por fin se detuvo y volvió a tocar la pared, estaba desesperada por enfrentarme al príncipe heredero y acabar de una vez con todo eso.

La pared se abrió para revelar la sala del trono, y me acerqué más al guardia mientras me adentraba en la luz. Pero no era el príncipe heredero quien esperaba al otro lado.

Era peor.

—¿Qué coño te ha pasado? —gruñó Evren, dirigiéndose hacia mí; el dolor en la pierna era tan insoportable que ni me importaba.

—Nada. —Negué con la cabeza y me puse la mano contra el muslo. La sangre se me había filtrado entre los dedos, así que los apreté con fuerza para que no pudiera verlo.

—Y una mierda. —Extendió la mano hacia mí y yo retrocedí hasta que mis talones tocaron el borde de la tarima frente a la que nos encontrábamos—. Déjame ver, princesa.

—No. —Di otro paso atrás hacia el estrado que habitualmente elevaba a su familia por encima de todos los demás. El guardia me soltó, y me enfureció que se alejara tan rápido y me dejara a merced del príncipe—. Quiero irme a mi habitación.

—¿Una habitación de la que intentabas escapar? — Avanzó hacia mí; su ira era palpable.

Me miraba con tanta furia que, cuando bajé la vista hacia mis dedos manchados de sangre, recordé que aquel hombre era capaz cualquier cosa. El miedo me martilleaba el pecho, pero aun así me estremecí cuando la parte posterior de mis piernas chocó contra el trono que tenía detrás.

—Por favor, Evren. Déjame ir a mi habitación.

—Siéntate —dijo la palabra como una orden, y yo le obedecí al instante.

El aire a nuestro alrededor crepitó cuando se arrodilló ante mí y me separó las rodillas con más fuerza de la necesaria.

Su mirada se oscureció al fijar la vista en mi mano ensangrentada, pero no me atreví a apartarla de la herida— .

Has tenido suerte —siseó entre dientes, y yo hice una mueca por lo venenoso que era su tono.

—¿Porque me han atacado?

—Porque sigues viva. —Apartó mis dedos temblorosos de mi pierna y soltó una maldición. Puso su propia mano contra mi herida, llevó la otra hacia atrás y se quitó la camisa oscura por la cabeza—. Tienes suerte de que mis guardias sean leales a su capitán y acudieran a mí en lugar de a la reina.

Estaba arrodillado ante mí con el pecho desnudo, y aunque me hacía daño con la mano que tenía sobre el corte de mi pierna, no pude evitar contemplarlo.

Su cuerpo estaba esculpido de una forma que solo podía lograrse con años de trabajo más allá de los muros del castillo.

—¿Qué estás haciendo?— pregunté con temor cuando desgarró la tela de su camisa; arrancó una tira y sus abdominales se marcaron y se tensaron mientras trabajaba metódicamente en la tarea que tenía entre manos; yo me enderecé en el trono mientras disfrutaba de la visión de sus músculos.

Tenía una larga cicatriz que le atravesaba el pecho, y me pregunté si se la habría hecho defendiendo el trono en el que yo estaba sentada en ese momento.

—Tengo que ponerte esto para detener la hemorragia. Luego te llevaré a mi habitación y limpiaremos la herida. — Deslizó la tela por debajo de mi pierna, la rodeó y la ató con un nudo apretado.

—Eso no va a pasar. —Sus hombros se cuadraron y, cuando me miró, el miedo y la lujuria se mezclaron y me recorrieron el cuerpo entero.

—¿Prefieres que te lleve ante Gavril? ¿Ante la reina? ¿Te gustaría explicarles que has sido tan estúpida como para intentar huir de un palacio lleno de hadas y has conseguido que te hiriera alguien que ansía el poder de tu sangre más que el favor de la Corona?

—No me importa. —Enderecé los hombros.

—Y una mierda que no te importa, Adara. —Se puso de pie, me tendió la mano y me ayudó a levantarme.

Estaba enfadado, pero aun así tuvo cuidado de no hacerme daño en la pierna—.

Si fueran ellos quienes te hubieran encontrado, no te estarían curando la pierna.

Ya te tendrían encerrada, y Gavril estaría lamiendo la sangre que brota de tu herida.

—¿Pero tú no vas a hacerlo? —pregunté, y pude ver cómo la frustración lo carcomía.

—¿Te parece que voy a hacer alguna de esas cosas?

Puede que seas una traidora a la Corona, pero sé lo que es sentirse atrapado.

No te culpo por intentarlo. —Aparté la vista de él, acongojada.

No sabía qué quería que dijera. Podía llamarme traidora todo lo que quisiera, pero estar allí con él me parecía el acto más traicionero de todos—.

No vuelvas a hacerlo, joder. —Sacudió la cabeza—.

Ya me veo obligado a enfrentarme a que le pertenezcas a mi hermano. Encima no quiero ver cómo te torturan.

Se agachó y deslizó suavemente el brazo por debajo de mis rodillas. Me levantó contra su pecho con facilidad, y rápidamente le rodeé el cuello con mis brazos. Bajó del estrado y yo me aferré más fuerte a él.

—Puedo caminar.

—Será más fácil y más rápido si te llevo en brazos — refunfuñó sin detenerse, y yo hice una mueca cuando mi pierna chocó contra su pecho.

—Puedo caminar.

—Joder, Adara —siseó mi nombre—. ¿No puedes dejar que te cuide?

Le estudié el rostro y supe que era una tontería haber pensado que iba a poder ver la preocupación escondida tras su ira. Una preocupación que hacía que mi propio corazón se acelerara.

—¿Quién era ese hombre que me ha atacado?

Se mordió el labio inferior antes de hablar por fin.

—No lo sé. —Se alejó rápidamente por el pasillo en dirección opuesta a mi habitación, y me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaban las estancias de Evren—. Se ha escapado de mis guardias, pero te lo prometo, princesa: lo encontraré.

Lo creía sin dudarlo. Estaba furioso porque alguien me hubiera hecho daño, y yo no sabía si era por mi bien o por el de la Corona, pero tenía la certeza de que no iba a para hasta tener sus oscuros dedos alrededor del cuello de quienquiera que hubiera intentado herirme.

Fuimos por un largo pasillo, hasta que llegamos a una puerta y vi cómo un humo negro goteaba de los dedos de Evren y se introducía en la intrincada cerradura. Nunca había visto nada parecido a su magia.

Nunca había sentido nada como él.

Mi marca cobró vida bajo su tacto y tan cerca de su magia, y me aferré con más fuerza a él cuando su puerta se abrió con un clic.

Atravesó el umbral sin dudar, y yo eché un vistazo a su habitación mientras él la cerraba de una patada: estaba amueblada de forma similar a la mía, aunque era mucho más grande, y me llamó la atención las pocas pertenencias que veía; una camisa oscura colgaba del único sillón que había en la esquina, y su ropa de cama oscura estaba revuelta, como si hubiera prohibido a los sirvientes entrar a hacérsela.

Me sentó en el borde de su cama, con cuidado al apoyar mi pierna contra las suaves telas, y se quedó mirándome fijamente durante un largo rato antes de apartarse de mí y entrar con paso firme en su cuarto de baño.

Me aferré a la ropa de cama, mirando la camisa oscura que me envolvía el muslo. Aun sentía dolor, pero estaba tan nerviosa por encontrarme a solas con Evren en su habitación que eso me distrajo del malestar.

Volvió hacia mí con un cuenco de cobre del que salía vapor por el agua que contenía y con una pila de paños blancos. Yo estaba sentada en su cama, sin aliento, y el culpable no era el dolor, sino por el recuerdo de sus manos sobre mi cuerpo mientras se arrodillaba frente a mí.

Dejó la pequeña palangana a mis pies y desató lentamente su camisa de mi pierna. No me dijo ni una palabra mientras trabajaba, pero no lo necesitaba para saber lo enfadado que estaba. Sus dedos, normalmente controlados, temblaban de furia mientras apartaba la tela manchada de mi piel.

Metió la mano en mi bota y me sorprendió al sacar la daga de su funda; la apartó de mi alcance sin darme la más mínima oportunidad de impedírselo.

—Eso es mío. —Hice un gesto al intentar moverme hacia lo único que aún me hacía sentir como en casa.

—Cálmate, princesa. —Me puso una mano sobre el pecho, desenvainó mi daga y la acercó a mi pierna.

Contuve la respiración cuando metió los dedos en el desgarrón de mis pantalones y los separó de mi piel.

Luego pasó el arma por el agujero en la ropa y el metal me rozó justo debajo del corte; no aparté la vista mientras Evren usaba el filo que había sido de mi padre para cortarme la pernera de los pantalones—.

Lo que has hecho esta noche ha sido una imprudencia, Adara.

—Lo sé —siseé; la daga rasgó la tela a la altura de la cadera hasta que mis pantalones ya solo se sostenían en mi pierna izquierda por un hilo.

Evren negó con la cabeza, dejó la daga a mi lado en la cama y me sacó las botas.