10
Llegué a mi puerta con Evren tras de mí y pude ver la inquietud en los ojos de Eletta. Ella no confiaba en él, y no podía culparla. Yo tampoco confiaba en él.
Se había quedado a mi lado el resto de la noche. Me había preparado un baño y había echado aceites en el agua para ayudar a que me relajara. Me había desenredado el pelo mientras yo me miraba en el pequeño espejo y pensaba en cómo me había sentido al notar el tacto de Evren sobre mi piel.
Cuando me había preguntado si estaba bien, le había mentido con total naturalidad. Pero la forma en que observaba cada uno de mis movimientos me decía que no se creía ni una sola palabra.
Una parte de mí se preguntaba si ella podía ver lo mucho que deseaba a Evren cuando me miraba.
Me observaba con demasiada atención, y yo sabía que Eletta no era tonta.
Veía más que la mayoría, y era solo cuestión de tiempo que se diera cuenta de lo intenso que era mi deseo por el príncipe equivocado.
En cuanto salió de mi habitación, me coloqué los pantalones debajo del camisón de seda que ella me había ayudado a ponerme. Tuve que buscar las botas, pero finalmente las encontré escondidas debajo de la cama, como si Eletta no quisiera volver a verlas jamás.
Deslicé los pies dentro y moví los dedos contra el cuero gastado, que me resultaba familiar y cómodo. No me quité el camisón hasta que el fuego de mi habitación se apagó y no se oía ni un solo ruido procedente del vestíbulo.
No podía hacerlo. No podía quedarme ahí, en ese palacio dorado, prometida a un príncipe que no era bueno para mí, mientras secretamente deseaba a otro que era aún peor.
Había tomado la decisión mientras me sumergía en el agua del baño, y me había quedado allí hasta que mis pulmones casi me habían estallado: iba a huir.
No estaba segura de hasta dónde iba a llegar, pero sabía que nunca iba a poder perdonármelo si no lo intentaba. Quedarme ahí sentada y aceptar lo que querían de mí me convertía en alguien peor que mi madre.
Y me negaba a ser como ella. Mi padre había muerto tratando de protegerme, y mi madre me había entregado de buen grado a las personas que lo habían asesinado. Me negaba a hacer lo mismo. Me negaba a desperdiciar su sacrificio con una obediencia ciega.
Me puse una de mis camisas a toda prisa y me la metí por dentro de los pantalones, antes de sacar mi daga de debajo de la almohada y guardarla en mi bota. Sentirla contra mi pierna me reconfortó, e inspiré hondo antes de abrir la puerta lentamente y asomarme al pasillo.
No vi a nadie. Ni un solo guardia, ni un simple sirviente. Los pasillos estaban vacíos y en silencio, y cerré suavemente, con cuidado de no perturbar el sueño del palacio.
No me molesté en coger más cosas. Todo lo que llevara habría sido un lastre más que iba a ralentizarme, y no podía permitírmelo. Ya tenía mucho miedo de lo que iban a hacerme si me pillaban, pero tenía que intentarlo.
Avancé por el largo pasillo hacia la biblioteca y busqué la puerta que sabía que se ocultaba junto a la pared de piedra más allá de la luz de una lámpara. La había visto hacía unos días y sabía que era la forma más fácil de escapar.
La puerta se abrió sin esfuerzo y el aire fresco de la noche acarició mi piel en un abrazo de bienvenida. Miré hacia el vestíbulo por última vez antes de salir del palacio. Debería haber estado buscando a cualquiera que pudiera verme, pero en el fondo sabía que solo lo estaba buscando a él.
Lo estaba buscando, y eso hizo que me diera cuenta de lo mucho que necesitaba marcharme.
Salí a hurtadillas, abriendo apenas un resquicio para que nadie se diera cuenta de lo que hacía, y sentí que el corazón estaba a punto de salírseme del pecho cuando la puerta se cerró suavemente tras de mí.
La parte trasera del palacio estaba a oscuras, pero sabía que aún habría guardias reales protegiendo todos los flancos del castillo.
Solo tenía que pasar a escondidas entre ellos y conseguir esconderme el tiempo suficiente hasta que pudiera averiguar cómo atravesar el muro de piedra.
Nada era impenetrable. Podía escalar si fuera necesario, pero eso no era lo ideal. Tenía que causar el menor alboroto posible.
Avancé junto al muro y eché un vistazo a la esquina. Había dos guardias allí: uno se reía de algo que había dicho el otro. Ninguno de los dos se fijó en mí. Dos guardias reales y ninguno se había percatado de mi presencia.
Atravesé rápidamente el pequeño patio, mirando a mis espaldas a cada paso, y una vez que llegué a la escasa hilera de árboles, solté un suspiro .
Avancé entre los árboles hasta que apoyé la mano contra la fría piedra de la muralla. Era imponente y sofocante, y sabía que, si no había aberturas en la piedra, iba a tener que usar los árboles para ayudarme a escalar ese muro que me mantenía atrapada en el interior.
Recorrí la pared despacio, con cuidado, en busca de cualquier cambio en la estructura.
Oí el crujido de una ramita y me agaché contra el muro mientras escudriñaba los árboles. No vi ningún movimiento, pero estaba demasiado oscuro como para asegurarlo. Me quedé así durante un largo rato, rezando para que lo que había oído no fuera más que un animal o mi miedo.
Me temblaban los dedos al pasarlos por mi daga.
Estaba a punto de desenvainarla cuando oí otro movimiento a mi derecha.
Un hombre al que no reconocí se abalanzó sobre mí; ni siquiera llegué a dar un grito antes de que su mano sudorosa me tapara la boca y me estampara la cabeza contra el suelo rocoso.
Sentí un dolor agudo atravesándome el cráneo y se me nubló la vista; intenté apartar su cuerpo del mío de una patada, pero era demasiado pesado y fuerte.
—Quédate quieta, joder, bruja de las estrellas —me espetó; se bajó los pantalones, y todo mi cuerpo se paralizó de miedo.
No tenía ni idea de quién era ese hombre ni de qué quería, pero sabía que iba a hacerme daño de una forma u otra.
Mantuvo la mano sobre mi boca y su cuerpo sobre el mío mientras yo forcejeaba debajo de él; el grito que solté quedó amortiguado bajo sus dedos cuando lo vi levantar una pequeña daga.
Su mano titubeó al levantar el arma sobre mi pecho, y yo pataleé con fuerza para intentar quitármelo de encima.
No esperaba ese movimiento y conseguí empujarlo.
Grité con todas mis fuerzas cuando sus dedos dejaron de taparme la boca—.
Joder —maldijo, y su mano se abatió con fuerza sobre la parte superior de mi muslo.
No me di cuenta de lo que había pasado hasta que un dolor ardiente me atravesó la pierna.
Dejó caer la daga y contempló el corte que acababa de hacerme en la carne, y entonces supe lo que quería: estaba mirando cómo la sangre brotaba de mi piel como si fuera un regalo de los dioses.
Puso los dedos contra el corte y yo siseé de dolor, y cuando levantó su mano ensangrentada a la luz de la luna, supe que esa era mi única oportunidad.
Levanté la otra pierna y le di una patada en el pecho con las pocas fuerzas que me quedaban.
Él gimió con un sonido profundo y fuerte y cayó de costado, y yo gateé a toda prisa para apartarme de él, buscando cualquier cosa que pudiera ayudarme a escapar—.
¡Zorra! —Su expresión era asesina; se llevó los dedos a la boca y lamió mi sangre de su piel—. Vas a pagar por esto.
Me puse de rodillas antes de que pudiera abalanzarse sobre mí de nuevo, pero el sonido de un movimiento procedente del castillo captó mi atención. Y la suya también.
Se puso en pie antes de que pudiera gritar de nuevo y desapareció entre los árboles tan rápido como había llegado. El dolor se extendió por mi pierna cuando intenté ponerme en pie, y oí maldecir a uno de los guardias.
—Traed al príncipe —ordenó uno de ellos antes de ponerse frente a mí—. ¿Estás bien, Astraluz?
Vi por encima de su hombro cómo otros dos guardias partían en la dirección en la que acababa de marcharse mi agresor.
—Está aturdida.
—Estoy bien —refunfuñé, y apoyé la mano contra un árbol para aliviar un poco la presión de la pierna—. Lo único que quiero es llegar a mi habitación.
Los guardias se miraron entre sí.
—Estás sangrando.
—Soy muy consciente de ello. —Puse la mano contra mi muslo y usé el árbol como apoyo para estabilizarme y así poder regresar al palacio.
No sabía en qué estaba pensando. Ahí estaba yo, lista para huir, lista para intentar sobrevivir en el mundo por mi cuenta, y me habían atacado antes incluso de que pudiera salir de los muros.
Tenía un recordatorio muy evidente de quién era en la cara y en la espalda, y fuera donde fuese, la gente iba a saber quién era yo, lo que tenía, e iban a querer quitármelo a su antojo.
Uno de los guardias me agarró del brazo cuando intentaba pasar junto a él y, aunque quería rechazar su ayuda, no pude.
La pierna me dolía más y más con cada paso y sentía un horrible latido en la cabeza.
Sabía que iba a empeorar hasta que llegara a mi habitación y evaluara los daños que me había hecho alguien que en ese momento se encontraba en los terrenos del castillo.
No había reconocido al hombre que me había atacado, pero sabía que era un noble.
No llevaba el uniforme de la guardia y las telas que vestía eran demasiado finas para ser las de un sirviente.
Lo que significaba que era un miembro de confianza de la corte de Gavril.
—Ya casi hemos llegado —dijo el guardia en voz baja, y supe que podía ver el dolor que sentía en mi rostro—. Puedo llevarte en brazos.
—No. —Negué con la cabeza y seguí adelante, hacia la puerta por la que había salido.
Intenté no pensar en lo que Gavril iba a hacer o decir en cuanto me viera. No tenía forma de explicarle por qué estaba fuera al caer la noche. Iba a saber la verdad sin que yo dijera una sola palabra.
Sabía que se iba a enfurecerse conmigo, con su futura esposa, y temía lo que esa furia pudiera acarrear.