Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 9 #2
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Intenté recordarme las crueles palabras que me había dicho al salir de mi habitación con restos de mí aún en sus dedos, pero fue en vano. A mi cuerpo no le importaba lo que hubiera dicho. En el momento en que entró en la estancia, todo cobró vida de una forma que Gavril nunca habría logrado.

—¿Qué quiere? —Su mano se tensó de nuevo y esa vez no pude evitar hacer una mueca al sentir una punzada de dolor en el cuero cabelludo.

Evren se dio cuenta. Por supuesto que sí. Su mirada oscura finalmente se cruzó con la mía en el espejo, y parecía absolutamente asesina.

—Hay rumores de una nueva amenaza procedente de la Corte de la Sangre. Ha reunido a su consejo para discutir nuestras opciones.

—¿Y son ciertos esos rumores? —Evren se volvió hacia su hermano y no supe interpretar la expresión que se dibujó en su rostro.

—Provienen de fuentes fidedignas, pero no estoy en mi puesto, así que no sé la validez de lo que se ha dicho. Pero esto no es algo que debamos discutir delante de la Astraluz. —Me señaló sin mirarme—. Dejemos que termine de elegir un vestido para el baile mientras nos reunimos con el rey.

Gavril me echó un vistazo como si casi hubiera olvidado que yo seguía pegada a su cuerpo, en un abrazo del que aún no me había liberado. Aflojó la mano que tenía en mi cabello y dio un paso atrás.

—Disculpa, Adara. —Hizo una ligera reverencia—.

El deber me llama, pero terminaremos esta conversación más tarde.

—Sonrió con dulzura y yo hice todo lo posible por corresponderle.

Pero podía sentir la mirada de Evren sobre mí.

No alcé la vista, pero no importaba: lo sentía más profundamente que cualquier caricia de Gavril.

El príncipe heredero pasó junto a mí para dirigirse hacia su hermano, y yo contuve el aliento—.

Voy a la sala del consejo. —Ya no me hablaba a mí, sino a Evren; se estiró la camisa—.

Por favor, asegúrate de que Adara regrese a su habitación antes de que te unas a nosotros.

—Por supuesto. —Evren bajó la cabeza ante su hermano menor, y la imagen me inquietó. Se me encogió el corazón porque sabía que Evren no había nacido para agacharse ante nadie.

Me aparté del espejo, me quité el chifón enjoyado de los hombros y lo dejé sobre la mesa junto al resto de las pertenencias de la costurera.

—Necesito un momento para cambiarme. —Me metí detrás del pequeño biombo que había en una esquina de la sala y me quité la tela de la piel, con cuidado de no estropear el trabajo que había hecho la costurera.

Había alfileres y pequeñas marcas de tiza a lo largo de todo el vestido, donde ella tenía intención de ajustarlo más.

—No hay necesidad de que te escondas detrás del biombo —dijo Evren con voz tranquila y despreocupada, y yo aborrecí el tono de su voz—. Me parece que ya no te queda mucho que ocultarnos a ninguno de los dos.

Dejé que la tela cayera al suelo hasta que formó un montón a mis pies y me tapé el pecho con el brazo, intentando calmar los latidos de mi corazón.

—Créeme, príncipe. Tengo mucho que ocultaros.

—Él resopló, y me apresuré a subirme el vestido por las caderas.

La tela cayó sobre mis brazos y a lo largo de mis pechos, y acentuó partes de mi cuerpo que no estaba acostumbrada a mostrar.

Eché la mano hacia atrás, buscando la cinta que sujetaba el vestido, pero estaba fuera de mi alcance—.

¿Podrías llamar a Eletta? —refunfuñé mientras seguía intentando agarrar la tela.

—¿Para qué demonios necesitas a tu doncella? —Se rio sin una pizca de humor—. De verdad te estás acostumbrando a la vida en palacio, ¿no?

Maldije entre dientes y me sujeté el vestido contra el pecho.

—Por si quieres saberlo, idiota, no puedo atarme el vestido. Es imposible. Lo he intentado.

Permaneció en silencio durante un largo rato hasta que oí que se movía. Solté un suspiro . Me alegré de que fuera a buscarla. Con Eletta aquí, eso significaba que él iba a marcharse y que yo iba a poder hacer lo que fuera para distraerme y dejar de pensar en él.

—Déjame ayudarte. —Evren apareció detrás del biombo y yo retrocedí rápidamente.

—Esto no es apropiado. Deberías llamar a Eletta.

Esbozó una sonrisa burlona, y esa pequeña mirada hizo que el estómago me diera un vuelco de una forma que Gavril ni siquiera podía intentar. Me agarró del brazo con la mano y me obligó a girarme para que le diera la espalda.

—Hace unos días metí los dedos dentro de ti.

Creo que puedo encargarme de atarte el vestido.

—Me quedé sin aliento ante sus palabras, y él se acercó más a mí—.

A menos que prefieras que te ayude a quitártelo.

La puerta sigue abierta, pero, por los dioses, ¿te imaginas la emoción de intentar que no te pillen mientras el hijo bastardo del rey está profundamente enterrado dentro de ti?

Me aparté bruscamente de su tacto y lo miré por encima del hombro.

—No puedes decirme cosas así.

—¿Por qué no? —Se pasó el pulgar por el labio inferior mientras devoraba mi piel con la mirada—.

¿Preferirías que llamara a mi hermano y dejara que él te susurrara esas palabras en mi lugar?

¿Era eso lo que estaba haciendo cuando entré?

¿Te estaba prometiendo que iba a hacer cosas con tu cuerpo que te harían desear que el resto del mundo desapareciera?

—¿Por qué te importa lo que tu hermano me estaba susurrando? Soy su prometida, y harías bien en recordarlo.

Eso solo hizo que su sonrisa se ampliara y esa vez, cuando se acercó a mí, mi marca vibró de placer y mis piernas amenazaron con ceder. Me rodeó el pecho con un brazo y pegó mi espalda a su cuerpo.

—¿Tú te acuerdas de eso, princesa? —Rozó mi nuca con la nariz y cerré los ojos—. Puedo oler lo mucho que me deseas. No creo que mi querido hermano pudiera decir lo mismo. Pobre príncipe heredero de Citlali, destinado a casarse con una mujer que se moja al pensar en la polla de su hermano.

Intenté zafarme de él y alejarme de sus duras palabras, pero se negó a soltarme. Su brazo se tensó a mi alrededor y su aliento se deslizó de sus labios con un ritmo áspero contra mi cuello.

—¿Por qué eres tan cruel?

—Esto no es crueldad, princesa. —Se rio entre dientes, y ese sonido pareció una advertencia—. Soy yo haciendo todo lo que está en mi mano para no llevarte lejos de este lugar y poder quedarme contigo para mí solo.

—¿Quieres quedarte conmigo? —Mis palabras eran desesperadas y estaban llenas de anhelo, pero no pude evitar decirlas.

—No —gruñó, pero su brazo me pegó aún más hacia él, y pude sentir lo mucho que me deseaba contra mi espalda— .

Quiero librarme de este anhelo que siento por ti.

Deseo follar contigo hasta sacarte de mi mente para poder arrodillarme ante ti como el resto del reino, sin fantasear con cómo sabes entre los muslos.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero me obligué a liberarme de sus manos. No debería haberme excitado con esas palabras. Quería usar mi cuerpo y luego devolverme a su hermano como si nunca me hubiera deseado.

Esa idea era muy sencilla para él, muy cierta, pero aunque sentía un profundo dolor en el pecho al pensarlo, aun así tuve que apretar los muslos para aliviar la tensión que sentía ahí.

—Te he dicho que vayas a buscar a Eletta. —Di un pequeño paso para alejarme de él.

—Pero yo no recibo órdenes de ti. —Se recolocó los pantalones y yo seguí el gesto con la mirada—. Aún no eres mi reina.

—¿Y cuándo lo sea? —Arqueé una ceja, y sus ojos oscuros parecieron contener mil años de palabras no dichas.

—¿Qué, princesa?

—¿Entonces vas a acatar mis órdenes? —No sabía por qué le estaba preguntando eso. Quería que se marchara. Que me dejara regresar a mi habitación y sumergirme en la bañera para intentar recrear con mis propios dedos la sensación que me había provocado.

—Lo dudo.

—¿Eso no es traición? —Me ajusté el vestido y su mirada se posó en mis pechos. Se echó hacia delante y deslizó un nudillo por la piel que dejaba al descubierto la costura de mi vestido, pero yo no me atreví a moverme.

—Date la vuelta, princesa. —Su voz era grave y carecía del control habitual que solía tener.

Hice lo que me decía y jadeé cuando sus dedos rozaron mi marca. Tiró con fuerza de los lazos a mi espalda, ciñendo el vestido contra mi cuerpo, y bajé las manos del pecho al sentir que hacía un nudo con los cordones.

—No has respondido a mi pregunta.

—No sé muy bien cómo responder. —Sus dedos se separaron de la cinta y bajaron por mis costados hasta posarse en mis caderas—. Todo lo que pienso sobre ti es traición: la forma en que mis manos ansían tocarte, el engaño… Incluso mis sueños me convierten en un traidor de mi propio reino.

—Entonces, para —susurré enderezando los hombros. Hablaba de mí como si fuera un veneno que estuviera infectando hasta el último rincón de su ser.

—Esa es la cuestión, princesa— susurró, y sus labios se posaron sobre mi hombro desnudo—. No quiero hacerlo.