9
Habían pasado tres días desde la última vez que había visto a Evren. Se había marchado de mi habitación a toda prisa tras sus crueles palabras, y no habíamos coincidido desde entonces.
Todo mi ser anhelaba verlo, sentirlo, aunque cuando estaba frente a Gavril y la reina no debía pensar en Evren y en la forma pecaminosa en que me había tocado.
—El baile es dentro de dos días —le espetó la reina a la costurera que me estaba sujetando la tela con alfileres.
Le temblaban las manos mientras trabajaba, y no la culpaba.
Apenas había sido capaz de mirar a la reina a los ojos por miedo a que supiera lo que había hecho—.
Todos los que importan en nuestro reino estarán aquí, y la Astraluz debe ser la persona más deseable de la sala.
Queremos que todos deseen lo que nos pertenece y sepan que nuestra familia será la encargada de fortalecer nuestro reino.
Mi mirada se cruzó con la de Gavril en el espejo, pero él no dijo ni una palabra. Solo me contemplaba como si supiera que lo que decía su madre era cierto. Dudaba que Gavril se hubiera atrevido a llevarle la contraria a aquella mujer aunque solo fuera una vez.
Yo tampoco lo habría hecho de no ser por la falta de tela del vestido.
—¿No podríamos añadir un poco más de tela? — pregunté a la reina sin apartar la vista de Gavril—. Aunque el vestido es precioso, me siento completamente expuesta.
El vestido se ceñía a mi cuerpo con seda blanca pura que dejaba poco a la imaginación.
Unos tirantes finos acariciaban mis hombros y se deslizaban por mi espalda hasta encontrarse con la tela que colgaba justo por encima de la curva de mi trasero.
Una pieza de gasa cubierta de pequeñas piedras preciosas transparentes se enrollaba alrededor de mi pecho y caía sobre la parte superior de mis brazos y mi espalda.
Apenas tapaba nada y solo parecía llamar más la atención sobre la parte de mi cuerpo que quedaba al descubierto.
Y sabía que eso era exactamente lo que quería la reina.
—Eso no es una opción, Astraluz. Es imprescindible que todos vean tus marcas. —Ni siquiera me miró mientras hablaba. Tenía la vista clavada en mi espalda.
Asentí una vez y apreté los puños a los costados. Daba igual lo que dijera o lo que pensara. Solo estaba allí para ser exhibida y para que me utilizaran por un poder que ni siquiera estaba segura de poseer.
—¿Podemos descansar un momento, por favor? — Busqué a Gavril en el espejo.
—Hay que terminar el vestido. —La reina seguía preocupándose por la tela, pero se detuvo cuando Gavril volvió a hablar.
—Mi prometida y yo necesitamos un momento a solas. —Por fin apartó la mirada de mí para centrarse en su madre—. Seguro que el vestido puede esperar unos minutos.
Vi cómo la ira se reflejaba en su rostro, pero la ocultó rápidamente.
—Por supuesto. —Se dirigió hacia la puerta con la costurera detrás de ella, y contuve el aliento hasta que el clic de la puerta demostró que Gavril y yo estábamos solos. E incluso entonces, me costaba respirar.
—Lo siento. —El príncipe vuelto a buscar mi reflejo en el espejo mientras hablaba—. Sé que mi madre puede resultar agobiante.
—No pasa nada. —Me volví hacia la puerta—. Pero para ser sincera, todo esto me resulta abrumador.
Se puso de pie y se acercó lentamente hasta mi espalda, y me puse tensa cuando llegó a un palmo de mí. Se dio cuenta del gesto de inmediato.
—No voy a hacerte daño, Adara. —Me miró por encima de mi hombro antes de levantar lentamente la mano y posar los dedos sobre mi piel desnuda.
Mi marca cobró vida bajo su tacto, pero la sensación fue sosa en comparación con lo que había experimentado con Evren.
Me pregunté si él lo sabría, si podría sentir el tacto de su hermano sobre mi piel, que se suponía que le pertenecía a él y solo a él—.
¿Confías en mí? —Su hermano me había preguntado lo mismo hacía solo unos días, y me dolía el pecho al pensar en que confiaba en Evren mucho más.
Sus ojos azul oscuro eran suaves y suplicantes, y sabía que, en otra vida, me habría enamorado fácilmente de ese hombre.
Pero el destino era cruel, y yo anhelaba a otro.
—No confío en nadie, Gavril. —Contempló mi espalda durante un largo rato y deslizó la mano desde mi hombro hacia abajo, por mi columna vertebral. Sentí como si estuviera evaluando cada centímetro de mi cuerpo mientras me acariciaba.
—Eres increíble. —Su tacto era un susurro, una promesa de lo que iba a suceder entre nosotros, y no pude evitar el temor que me invadió cuando los pensamientos sobre su hermano cruzaron mi mente.
—Solo soy una chica que nació con una marca en la piel que todo el mundo adora. No he hecho nada para que me digan que soy increíble.
Apartó la mano de mi piel.
—No estoy de acuerdo. —Se movió lentamente a mi alrededor, y contuve la respiración hasta que el príncipe heredero se plantó justo delante de mí, y esperé a que soltara lo que tenía que decir—.
No es tu marca lo que te hace tan exquisita, Adara.
Hay algo en ti que no puedo dejar de admirar.
—Tragué saliva y dejé que me calaran sus palabras; sentí un nudo en el estómago cuando su mirada se deslizó hacia mis labios.
El hombre que tenía delante era muy diferente al príncipe heredero en el que se había convertido bajo el yugo de su madre.
No sabía cuál de las dos versiones de él era la verdadera.
No quería que me gustara ninguna de las dos—.
Cuando me dijeron que estaba prometido a la Astraluz no esperaba a alguien como tú.
—Levantó un mechón de mi cabello entre sus dedos y miró cómo se deslizaba por su mano.
—¿Qué esperabas?
—A alguien con quien solo estaría unido por la ley y la sangre. No imaginaba que te desearía de la forma en que lo hago.
—Deseas lo que se supone que mi sangre te conseguirá. —Enderecé los hombros e intenté que sus palabras no me afectaran. Era el futuro rey y mi futuro marido, pero, aunque su confesión me provocaba un cosquilleo en el vientre, deseaba que fuera Evren quien estuviera ante mí.
—No, Adara. —Sacudió la cabeza suavemente antes de que sus ojos se encontraran con los míos—. Te quiero a ti. Me acuesto en mi habitación por las noches pensando en ti y solo en ti. Fantaseo con cómo será tocarte de verdad, que grites mi nombre ante los dioses.
—Gavril —susurré su nombre, y sonó demasiado íntimo.
Quería decirle que se detuviera, pero vi el deseo en su rostro. Dio un paso hacia mí, eliminando cualquier atisbo de cordura al que me hubiera estado aferrando, y su pecho se pegó al mío. Mi respiración entraba y salía apresurada, y mis pechos rozaban contra él con cada profunda inspiración.
—Dioses, no deseo dejar ni un centímetro de tu cuerpo sin descubrir. Será mío para que yo lo adore, y te adoraré, Adara. —Levantó la mano y hundió los dedos en mi cabello, en la base de la cabeza—. No te faltará de nada una vez que me pertenezcas.
Puso su nariz contra mi mandíbula e inspiró profundamente. Me aparté de él e intenté recuperar el aliento, reprendiéndome por no haberlo empujado. No tenía otra opción, pero también había una parte de mí que no quería hacerlo.
Sentía una desesperada necesidad de desear a Gavril de la misma forma en que ansiaba tener a su hermano.
Si así hubiera sido, los pensamientos de huir se me habrían escapado de las manos.
El abrumador anhelo de hacerles daño a las personas que habían destruido a mi familia se habría desvanecido y habría sido sustituido por mi culpa, por desear a mi enemigo.
Pero no sentí ninguna de esas cosas cuando me dio un suave beso en el cuello.
Su piel contra la mía solo parecía reforzar mi determinación de que esa no era la vida para la que estaba destinada.
Aunque Gavril fuera guapo y su aroma, seductor.
Había una gran diferencia entre cómo me hacía sentir en ese momento y el dolor que notaba en el pecho por la inquietud.
Quizá Gavril quisiera mi carne y mi sangre, pero seguía siendo el hijo de la reina. Seguía dispuesto a mantenerme ahí, en una prisión, mientras me quitaba lo que quería. Me lo había dicho con sus propias palabras, y no era tan tonta como para olvidarlo.
—¿Es eso lo que quieres, Astraluz? —Su mano se hundió más en mi cabello; odiaba ese nombre con toda mi alma.
Pero no iba a permitir que Gavril se enterara de ninguna de mis verdades.
—Sí. —Asentí y el tirón de su mano en mi cabello me provocó un ligero pinchazo de dolor—. Por supuesto, eso es lo que quiero.
Dejó escapar un pequeño y profundo suspiro contra mi piel, y su mano se ciñó aún más contra mí.
Podía sentir la tensión que irradiaba de su cuerpo mientras me sostenía entre sus manos, y sabía que si no lo detenía, iba a besarme.
Sabía que quería hacer más que eso, y aunque yo había permitido de buen grado que su hermano me tocara solo unos días antes, él era el único que lo había hecho.
La idea de que Gavril hiciera lo mismo me revolvió el estómago.
Un fuerte golpe en la puerta hizo que Gavril se volviera hacia el sonido, pero no me soltó cuando se abrió la puerta.
—¿Sí, hermano? —Gavril apretó los dientes, y yo enderecé la espalda cuando mi mirada se cruzó con la de Evren en el espejo.
Podía ver claramente todo lo que estaba sucediendo frente a él. La forma en que el cuerpo de Gavril se pegaba al mío, su mano en mi cabello, la curva de mi cuello, que parecía preparada para su boca.
Estaba a punto de decirle que no era lo que parecía, pero lo era. Gavril iba a ser mi marido, y la forma en que me abrazaba era el recordatorio exacto que necesitaba de que era suya.
Era suya, y las únicas opciones que tenía para cambiar eso también significaban que nunca iba a ser de Evren.
—Padre te llama. —Evren evitó mirarme a los ojos, y yo agaché la cabeza.