8 #3
—Entonces, eres tonta —gruñó, y sus manos se tensaron contra mí—. La reina observa cada uno de tus movimientos, te des cuenta o no, y no le hará ninguna gracia saber que la salvadora de nuestro reino prefiere la compañía de un mestizo a la de su hijo.
Me detuve en seco y me zafé de su abrazo. Su rostro mostró sorpresa, pero había bebido demasiada cerveza como para que me importara.
—No lo llames así.
—¿Por qué no? Eso es lo que es. —Me temblaba la mano con el impulso de abofetearlo, pero sabía que agredir a uno de los guardias del rey no me haría ningún favor.
Jorah se acercó a mí como si pudiera leer mis pensamientos—.
Evren es mi mejor amigo, Adara. Sé quién es y él sabe quién soy yo, y también sé que lo que estáis haciendo vosotros dos va a estropearlo todo…
Sacudió la cabeza para interrumpir lo que estaba diciendo, pero yo estaba desesperada por que terminara la frase.
—¿Estropear qué? Por favor, contéstame.
—Los planes que el reino tiene para ti. No puedes salvar al pueblo cuando estás demasiado centrada en solo uno de sus dirigentes.
—¿Y si no me interesa salvar a esta gente?
—Jorah me agarró del brazo para acercarme a él; cuando volvió a hablar, lo hizo junto a mi oído—.
Entonces, deberías aprender a fingir. Demuestra tu amor por esta gente y por tu futuro rey antes de que la reina te robe hasta la última gota de tu preciosa sangre. A ti y a Evren.
Un escalofrío me recorrió la espalda al asimilar sus palabras. Al levantar la vista hacia Jorah lo creí sin dudarlo. Fuera lo que fuese lo que sabía, me lo estaba contando para protegerme. O quizá para proteger a su amigo.
En cualquier caso, la verdad de sus palabras me daba vueltas en la cabeza, una verdad que yo ya sabía desde el principio. Tenía que hacer exactamente lo que la reina deseaba, o ella iba a hacerme suplicar por mi vida.
—¿Estáis todos listos para irnos? —Evren se situó junto a Jorah, y yo parpadeé, invadida por el pánico. Ahí estaba yo, bailando en una taberna y soñando con este hombre al que no podía tener, cuando debería haber estado en el palacio, pensando en mi próxima jugada.
Era tonta.
—Tengo que ir al palacio.
—De acuerdo. —Evren se rio, pero yo ya estaba dando media vuelta y corriendo hacia la puerta.
Mi hombro chocó con el de otra persona e intenté disculparme, pero alguien me pisó la capa y me la arrancó de los hombros.
Unos cuantos jadeos llenaron el espacio a mi alrededor, pero no me quedé a escucharlos.
Corrí a toda velocidad y salí a la calle empedrada, donde me detuve, jadeante, para recuperar el aliento.
El alcohol corría por mis venas; di vueltas sobre mí misma buscando la dirección por la que habíamos llegado ahí. El palacio. Divisé el imponente edificio delante de mí y eché a correr en esa dirección antes de que ninguno de mis escoltas pudiera alcanzarme.
El sol se estaba poniendo detrás del palacio y el resplandor de sus rayos se reflejaba en la superficie oscura, y corrí en esa dirección.
—¡Adara! —oí gritar a Evren a mis espaldas, pero no me detuve. El miedo me había poseído al darme cuenta de lo estúpida que había sido.
Tropecé con la larga falda de mi vestido y a punto estuve de caerme, pero me apoyé en la vieja pared de ladrillo de una casa.
La gente me miraba, pero me daba igual. Jorah dijo que la reina me estaba observando, la reina a la que temía por encima de todas las cosas, y sabía que era ella quien tenía el poder de convertir mi vida en todo lo que siempre había temido.
Quería que su hijo se hiciera poderoso a mi costa e iba a hacer lo que fuera necesario para asegurarse de que eso sucediera. Incluso si eso significaba encerrarme. Lejos de Evren, lejos de todos.
—¡Adara, espera! —Evren me agarró del antebrazo y me impidió seguir adelante—. ¿Qué demonios te pasa?
—Tengo que volver al palacio. —Intenté zafarme de él, pero no aflojó su presa sobre mi brazo.
—¿Qué ha pasado? ¿Alguien ha dicho algo?
—Probablemente la reina nos esté observando —susurré, expresando mi temor, y vi cómo su rostro se transformaba en ira.
—Jorah te ha advertido sobre la reina. —Lo dijo con sencillez, como si fuera algo en lo que todos habían estado pensando, pero que a nadie se le había ocurrido compartir conmigo—. Adara. —Sacudió la cabeza y echó a andar, con mi brazo aún en su mano, hacia el castillo.
—Por favor, no me llames así.
—¿Por tu nombre? —Se rio como si fuera una broma—
. ¿Cómo quieres que te llame si no puedo usar «princesa» o tu nombre de pila?
—Astraluz —le respondí rápidamente. Tensó la mandíbula y su mano se aferró con más fuerza a mi brazo.
No se detuvo cuando se abrió la puerta. Me hizo entrar y subió los escalones del palacio.
No vi a nadie mientras recorríamos el lugar, con Evren llevándome a rastras hacia mi habitación.
Llegamos ante mi puerta y él la abrió de un tirón; me hizo entrar y me siguió.
—No puedes estar aquí. —Me aparté de su contacto y puse toda la distancia posible entre él y yo.
—Soy un príncipe de Citlali, Astraluz —escupió mi título—. Haré lo que me plazca.
Me crucé de brazos y miré hacia la ventana. El sol poniente no dejaba paso más que a la oscuridad y caía sobre el cielo como una maldición.
—Por favor, vete.
—No te voy a dejar sola cuando estás tan asustada por lo que sea que te haya dicho Jorah. Es mi mejor amigo en este mundo, pero también es un idiota. No ha debido aterrorizarte así.
—No. —Negué con la cabeza—. Tenía razón. Me he pasado toda la vida preparándome para mi compromiso con el príncipe heredero, y sería una estúpida si permitiera que la reina piense que soy fiel a otra cosa que no sea eso.
Una sonrisa sombría se dibujó en sus labios mientras negaba con la cabeza.
—¿Eres fiel a mi hermano?
—Lo soy. —Levanté la barbilla, temblorosa.
—¿Lo quieres a él? —Se acercó, traspasándome con sus ojos oscuros.
—Él es mi destino —lo corregí y di un paso atrás.
—Un destino que te hace desear estar en cualquier otro lugar—. Dime, Astraluz, ¿es el deseo que sientes por mí lo que te corta la respiración cuando estoy cerca o es tu aburrimiento? Si lo único que necesitas es a un hombre para aliviar tu tentación, entonces, por favor, concédeme ese placer.
—No puedes decirme cosas así. —Su sonrisa se hizo más amplia y supe que no iba a marcharse a menos que yo lo obligara.
—Tu hermano puede satisfacer mi tentación perfectamente. —Su sonrisa se desvaneció y se acercó aún más a mí.
—Creo que los dos sabemos que eso es mentira. A menos que cierres los ojos e imagines que sus dedos son los míos, creo que lo único que mi hermano te dejará es deseo insatisfecho.
—La reina me está observando —susurré, y Evren levantó sus dedos manchados y los rozó entre sí, y mi habitación quedó envuelta en sombras.
Todas las lámparas y el resplandor del fuego habían desaparecido por completo, y me agarré al poste de mi cama intentando ver lo que tenía delante—.
¿Qué has hecho? —pregunté con voz temblorosa por el miedo y la expectación.
—La reina solo puede ver lo que yo le permito que vea, princesa. Puede que sea el príncipe bastardo, pero sigo teniendo poder.
Podía oírlo hablar, pero no podía verlo. Levanté la mano frente a mí y no pude distinguir ni siquiera la forma de mis dedos.
—Lo que ocurre en mi oscuridad solo sale a la luz si yo lo decido.
Sus dedos me rozaron el codo y di un respingo al sentir su tacto.
—Evren —susurré su nombre; extendí la mano hacia él, pero no pude encontrarlo.
—Estoy aquí mismo. —Me habló en voz baja a mi lado. Su aliento me rozaba el cuello.
—No puedo verte.
—No necesitas verme para sentirme. —Posó los labios sobre mi hombro desnudo; me dio un vuelco el corazón, pero seguí intentando distinguir algo a mi alrededor.
Sus dedos me rozaron el cuello con suavidad y descendieron por mi espalda.
Todo mi ser se despertó con su tacto. La marca a lo largo de mi columna vertebral parecía estar en llamas— .
Joder. —Esa simple palabra hizo que sintiera un cosquilleo en el vientre y que me pregunté si esa caricia le había resultado tan intensa como a mí—. Eres tan guapa…
—Ni siquiera puedes verme. —Eché el brazo hacia atrás y mi mano se topó con su muslo duro.
—Dioses, pero sí que puedo. —Pegó su torso a mi espalda, hasta que no quedó ni un resquicio de espacio entre nosotros, y cerré los ojos al sentir su aliento entrecortado al salir de sus labios—. Dime lo que quieres, princesa.
—Yo… yo no… —Negué con la cabeza porque no lograba entender qué era lo que quería. No había forma de que pudiera expresar algo que no comprendía.
Su mano se deslizó por mi cuerpo y llegó hasta la parte baja de mi abdomen. El movimiento hizo que me pegara con más fuerza contra él, y pude sentir cuánto me deseaba. No necesitaba palabras para hacérmelo ver.
—Podría demostrarte lo que quieres en realidad.
—Sus dedos bajaron un poco y, aun a través de las capas de mi vestido, me sentí completamente expuesta ante él—.
Puedo oler lo mucho que me necesitas. Apuesto a que estás empapada entre esos muslos perfectos.
—Tragué saliva con dificultad, intentando recuperar el aliento.
Nadie me había hablado así antes. Debería haberme avergonzado por sus palabras, pero solo consiguieron que lo deseara aún más.
Porque tenía razón. Su mano bajó por mi pecho y por mi muslo hasta que agarró mi vestido.
Sus dedos tocaron la piel desnuda de mi pierna y un gemido que no pude controlar se escapó de mis labios—.
Por los dioses, eres perfecta. —Su otra mano se deslizó alrededor de mi pecho hasta llegar a mi cuello, y me obligó a volver la cabeza poniendo su pulgar en mi barbilla.
Su aliento rozó mis labios y sentí un deseo desesperado de que acortara la distancia entre nosotros—.
Di que sí —masculló, y apretó con más fuerza mi cuello y mi muslo—. Si me deseas, di que sí, princesa.