8 #2
—No le va a pasar nada. —Evren extendió la mano hacia mí—. ¿Confías en mí, princesa?
La respuesta era no. Irrevocable y absolutamente no, pero aun así deslicé mi mano en la suya. Él sonrió y atravesó la multitud de gente que apenas se fijaba en mí. En cambio, todos lo miraban a él.
Me fijé en cómo lo observaban. Si le temían, como decía Eletta, yo no lo notaba. En sus expresiones solo veía respeto. Muchos lo saludaron con un gesto, pero ninguno le hizo una reverencia.
—¿Saben que eres un príncipe? —susurré mientras pasábamos, y Evren me apretó más la mano.
—¿Quién?
—Tu gente. —Señalé a las personas que nos rodeaban y me recoloqué la capa de seda.
—Por supuesto que lo saben. —Se rio entre dientes y se volvió de repente al pasar junto a una vieja taberna. Me llevó hasta la puerta, de donde salía música a todo volumen, y miré rápidamente hacia atrás para ver que Jorah y Eletta nos seguían con el ceño fruncido.
—Entonces, ¿por qué no se agachan ante ti? —Recorrí con la mirada la oscura taberna al entrar, antes de que uno de los hombres se levantara y le diera una palmada en la espalda a Evren.
Evren no me respondió al principio. Encontró una pequeña mesa redonda y me apartó un asiento antes de hacer lo mismo para Eletta, que se sentó a mi lado. Luego saludó al camarero con la mano antes de acomodarse junto a mí.
—Como bien has dicho, princesa, esta es mi gente. No los trato como si fueran inferiores a mí, así que no se sienten así. Yo no soy mi hermano.
—Entonces, ¿tu hermano sí los trata como si fueran inferiores a él?
Me miró fijamente durante un largo rato antes de responder. Se acercó a mí para que solo yo pudiera oírlo.
—Gavril es mi hermano y, como tal, no hablaré mal de él. Pero abre los ojos, princesa. La verdad está justo delante de ti.
—Deja de llamarme princesa.
—¿Por qué? —Deslizó lentamente los dedos por mi capa—. Lo serás muy pronto. Deberías acostumbrarte. Ahora quítate esa ridícula capa.
Bajé lentamente la capucha justo cuando el camarero dejó cuatro jarras grandes de cerveza en nuestra mesa, salpicando un poco por los lados.
—Evren. Jorah —saludó—. Cuánto tiempo…
—Sí. —Evren se rio y puso unas cervezas delante de mí y de Eletta. Casi me reí con él al ver la expresión de su cara— . El deber llama y, por lo general, necesito unos días para recuperarme cuando salgo por estas puertas.
—Ah. No es para tanto. —El hombre se rio entre dientes antes de mirarme—. ¿Quién es esta?
—Jean, ella es Adara Cahira, la prometida de mi hermano. Adara, él es Jean.
—Encantado de conocerte. —Le tendí la mano al hombre y él sonrió antes de estrecharla; la suya era mucho más grande.
—Igualmente, chica. Aunque me sorprende un poco que estés en mi taberna. ¿Estás intentando que la reina te corte la cabeza, Evren?
—Eso le he dicho yo. —Jorah suspiró y le dio un largo trago a su cerveza.
—No le va a pasar nada. —Evren se rio entre dientes antes de acercar mi asiento al suyo—. Tiene los mejores guardias que ofrece este reino.
—Cuando no están llenos de cerveza —Jean se rio y volvió la vista hacia su barra—. Tengo que ir a atender a otra persona, alteza. No rompas nada.
Evren lo despidió con una risa y justo en ese momento Eletta me cogió la mano bajo la mesa.
—Creo que deberíamos regresar al palacio —susurró, recorriendo la sala con la vista como si quisiera vigilar a todo el mundo.
—Prueba un trago. — Levanté mi jarra de cerveza y me la llevé a los labios. Estaba fría y era amarga, pero prefería su sabor al del vino que servían en el palacio—. No tardaremos.
Eché un vistazo a la taberna mientras daba otro largo sorbo al líquido frío: todos parecían estar absortos en sus propios mundos.
Nadie nos prestaba la más mínima atención, y cuando la mirada de alguien se cruzaba con la mía, simplemente asentían en mi dirección antes de volver a sus conversaciones.
—¿Cuántos otros Astraluces hay en Citlali? —Miré a Evren, y él ya me estaba observando.
—Al menos una docena, diría yo. —Aún no había tocado su bebida—. La mayoría vive dentro de la ciudad. Algunos están casados, otros no.
—¿Dónde están los Astraluces de los que se ha alimentado Gavril? —Los ojos de Evren se oscurecieron ante mi pregunta, y su voz sonó mucho más baja cuando me respondió.
—Gavril se ha alimentado de todos ellos. Junto con el rey y la reina.
—¿Qué? —Negué con la cabeza mientras intentaba asimilar lo que acababa de decir.
Siempre me habían dicho que, como Astraluz, iba a pertenecerle al futuro rey y solo a él.
Nunca se me había pasado por la cabeza que otro pudiera alimentarse de mí.
Ni siquiera había considerado que las vidas de otros Astraluces fueran a ser diferentes.
—Anhelan el poder, Adara, y los Astraluces son la forma de obtenerlo.
—¿Y tú qué? —Lo miré con los ojos entrecerrados—. Dices que nunca te has alimentado de un Astraluz, así que cuéntame qué es lo que ansías.
Su mirada se clavó en mis ojos y, por fin, descendió hasta posarse en mis labios.
—Creo que los dos sabemos qué es lo que ansío.
Le eché una ojeada a Eletta, pero estaba demasiado ocupada observando a quienes la rodeaban, atenta.
—Ilumíname, príncipe. — Levanté mi vaso y le di otro trago—. No podría estar más insegura sobre nada.
—Deberías tomarte la cerveza con más calma. —Miró el vaso que tenía en la mano, pero yo no quería cambiar de tema.
La cerveza me estaba dando valor, aunque sabía que probablemente tenía razón.
—Responde a mi pregunta.
—No creo que quieras saber mi respuesta.
—¿Y por qué? —Me di cuenta de lo fácil que era estar allí sentada hablando con Evren, discutiendo con él. Era mucho más fácil de lo que debería haber sido.
—Porque, si te digo la verdad, sabrás que lo que imaginas entre nosotros no está solo en tu cabeza, y te sentirás culpable por traicionar al hombre con el que estás prometida.
—No estoy traicionando a nadie. —Me estudió un instante antes de coger por fin su propia cerveza y llevársela a los labios.
—Todavía no…
Se levantó de repente, haciendo chirriar la silla contra el suelo. Jorah me estaba observando. Tenía los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. No sabía muy bien si no le gustaba lo que veía entre su capitán y yo, o si simplemente no le caía bien. Pero, en cualquier caso, no lo aprobaba.
Levanté mi jarra y me bebí lo que quedaba de cerveza antes de mirar hacia atrás por encima del hombro. Evren estaba en la barra con otros hombres, y todos se reían como si no tuvieran ninguna preocupación en el mundo.
Me volví, ignoré la desaprobación de Jorah y le di un codazo a Eletta.
—¿Has estado aquí antes?
—No —respondió rápidamente—. Y este lugar no es adecuado para ti, Astraluz.
—Eletta, por favor, llámame Adara —refunfuñé, y sus mejillas se sonrojaron—. No veo nada malo en este lugar. Es divertido. Tómate la cerveza.
—Ni hablar. —Le tembló la voz y se llevó la mano al pecho.
—Está bien. —Levanté su jarra—. ¿Te importa si me la tomo yo?
—No, pero deberías tener cuidado. La cerveza de las hadas no es para los débiles de corazón. —Arrugó la nariz y miró a su alrededor con un aire de inquietud.
—Entonces, es una suerte que no sea de corazón débil.
—Sonreí y le di otro sorbo. Sentía la cabeza ligera, pero también el pecho.
Era una sensación que anhelaba en ese momento, un placer que no había conocido en mucho tiempo—.
¿Qué me cuentas de ti, Eletta? ¿Estás prometida con alguien?
¿Hay alguien aquí que te llame la atención?
Si antes pensaba que se estaba sonrojando, me equivocaba. Eletta me miró como si estuviera loca.
—Por supuesto que no. Me casaré cuando la reina lo considere oportuno.
—Qué pena —murmuré; dejé la copa sobre la mesa y la cogí de la mano—. Deberíamos bailar.
—Es una mala idea —protestó, pero se levantó de todos modos y me acompañó.
—Todo te parece una mala idea, Eletta. Al menos deberíamos disfrutar de unas cuantas malas ideas mientras podamos.
Ella se rio suavemente y ese sonido me pilló desprevenida.
—Un baile. —Levantó un dedo.
—Para empezar. —Le guiñé un ojo antes de cogerle la otra mano y ponerme a girar en círculos.
La música salía de los instrumentos de los músicos y recorría mi cuerpo con cada compás. Eletta se quedó tiesa en mis brazos durante un largo momento hasta que se rindió y dio vuelvas por el viejo suelo de madera conmigo con un ataque de risa.
La pegué a mí, rodeándole los hombros con los brazos; eché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y reí. Por un segundo, imaginé que no había nadie más en aquel lugar salvo nosotras dos. Imaginé cómo habría sido que ella no fuera mi dama de compañía, sino mi amiga.
Me sentí eufórica con esa fantasía. Pero entonces, cuando el ritmo de la música se ralentizó y nuestro baile también lo hizo, solo podía pensar en Evren y en cómo habría sido estar ahí con él y solo con él. ¿Habría bailado conmigo si no fuera la Astraluz? ¿Si no le perteneciera a otro?
Si huyera, lo más probable es que fuera Evren quien me encontrara. Quizá me deseara, pero eso no iba a detenerlo. Sopesé mis alternativas: huir o quitarle la vida a su hermano. Pero si hacía esto último, todo lo que sentía por mí iba a convertirse en odio.
Y eso habría tenido que alegrarme. Odiaba a la gente que me rodeaba, y mejor aún si ellos también me odiaban. Aunque sintiera un enorme dolor en el pecho al pensarlo.
—¿Puedo interrumpir? —Abrí los ojos de par en par, medio esperando que Evren estuviera delante de mí, pero era Jorah quien me tendía la mano.
Aparté la mano del cuello de Eletta, me separé de ella y me acerqué a Jorah. Bailaba lento y con soltura, al compás, y cuando miré por encima de su hombro hacia donde sabía que estaba Evren, sus ojos estaban clavados en su guardaespaldas y en mí.
—No deberías mirarlo a él —murmuró Jorah, y aparté la vista de Evren para volverla hacia él.
—No lo estaba haciendo. —Negué con la cabeza suavemente.
—Claro que sí. Y es un juego peligroso el que estás jugando, Astraluz.
Intenté separarme de él, pero me sujetó con fuerza, así que no tuve más remedio que seguir bailando.
—No estoy jugando a ningún juego.