Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 8
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Eletta me siguió rápidamente mientras me dirigía hacia el salón privado de los Achlyses a la mañana siguiente. El sol estaba alto en el cielo y brillaba a través de los cristales del palacio en un millón de espectros deslumbrantes.

—Esto no es una buena idea, mi señora —susurró Eletta cuando pasé junto a un guardia y entré en la sala.

Gavril estaba sentado a la mesa con media docena de pergaminos extendidos ante él. Varios guardias y otros hombres que parecían de la nobleza estaban alrededor de la mesa mientras él trabajaba.

Levantó la vista justo cuando me dirigía hacia él, y una suave sonrisa se dibujó en sus labios.

—Adara. —Se levantó de la silla—-. ¿Cómo estás esta mañana?

—Estoy bien. —Asentí y me estiré la larga falda de mi vestido azul claro—. Esperaba poder hablar contigo un momento.

—Por supuesto. —Se apartó de la mesa hasta quedar delante de mí, pero no despidió a ninguno de sus hombres. Todos permanecían allí, al alcance del oído de nuestra conversación, y odiaba la sensación de que todos nos estuvieran mirando y escuchando.

—Hace un día precioso y me encantaría salir del palacio. —Me sentía como una niña que tenía que pedirle permiso, pero Eletta me aseguró que era imposible que los guardias me dejaran salir por la puerta sin su aprobación o la de la reina.

—¿Te gustaría ir a los jardines? —Miró hacia la mesa—. Me queda un poco de trabajo, luego podría acompañarte.

—No. —Negué rápidamente con la cabeza y me estremecí al ver el atisbo de pena que cruzó su rostro—. En realidad, esperaba ir a la ciudad. Iría con Eletta. Me gustaría ver el reino al que voy a servir.

Él miró a uno de sus hombres, y vi cómo el que estaba más cerca de nosotros negaba suavemente con la cabeza. Gavril ni siquiera era quien tomaba las decisiones. Tenía una sala llena de hombres que estaban más que dispuestos a mantenerme encerrada por él, y yo me sentía atrapada.

Después de separarme de Evren la noche anterior había ido a la biblioteca y me había pasado varias horas leyendo sobre los vampiros de Sidra.

Tenía toda la intención de investigar mi propia historia, pero no me atreví a pasar por alto el libro que me había interesado hacía solo un par de días.

Y que me interesaba más después de descubrir la verdad sobre Evren.

Una verdad que ni siquiera los libros de historia contaban. No vi ninguna referencia a ningún mestizo. Ninguna leyenda sobre el hijo bastardo del rey Riven. Todo lo que tenía eran las palabras de Evren y las advertencias de Eletta cuando le había contado que había descubierto la verdad sobre él.

Me había dicho que incluso el pueblo fae de Citlali temía a su príncipe por lo que era. Le temían y desconfiaban de él, a pesar de su noble linaje.

Debería haber compartido esa desconfianza, pero lo único en lo que podía pensar mientras pasaba las páginas y me revolcaba en la cama era en la forma en que me había hablado y me había tocado en aquel salón.

La desconfianza no equivalía a aversión, y aunque sabía que era malo para mí, el encanto del príncipe oscuro me resultaba demasiado difícil de resistir.

Y ese deseo me hacía sentir más atrapada que cualquier otra cosa.

—Por favor, alteza. —La mirada de Gavril se clavó de nuevo en la mía—. Solo me gustaría dar un paseo y ver la ciudad. No pasará nada si salgo del palacio unas horas. Tu gente nunca le haría daño a algo que te pertenece.

—Tienes razón. —Asintió porque mis palabras habían tocado exactamente la fibra de su ego a la que apuntaban— . Pero enviaré a un par de mis guardias contigo.

—No es necesario.

—Sí lo es. —Miró más allá de los hombres que rodeaban su mesa, hacia uno de los guardias que se encontraba junto a la pared—. Jorah, ve a buscar a mi hermano. Vosotros dos escoltaréis a Adara hasta la ciudad.

—Estoy segura de que tienen cosas mucho más importantes que hacer —protesté rápidamente. Necesitaba alejarme de Evren, no que me metieran en la ciudad sola con el príncipe que rondaba cada uno de mis pensamientos.

—Tonterías. Confío en mi hermano por encima de todos los demás para que te acompañe. Él velará por tu seguridad.

Jorah se acercó a nosotros e hizo una profunda reverencia antes de dirigirse a mí.

—El capitán y yo prepararemos un carruaje, Astraluz. — Su piel era de un marrón intenso que le quedaba absolutamente precioso con el uniforme, pero fueron sus profundos ojos marrones los que me dejaron sin aliento.

—Por favor, no lo hagáis. —Negué con la cabeza—. Prefiero ir andando. —Jorah miró a su príncipe heredero, quien asintió rápidamente—. Por supuesto. Nos encontraremos contigo en la gran entrada cuando estés lista.

—Gracias. —Di media vuelta para regresar a mi habitación.

—Adara. —Me detuve cuando Gavril me llamó por mi nombre.

—¿Sí?

—Espero que disfrutes de tu estancia en la ciudad. La próxima vez intentaré acompañarte. —Sonrió, y aunque el gesto no llegó a sus ojos, una parte de mí se preguntaba si Gavril era sincero.

Era él quien me dejaba salir cuando todos los demás estaban encantados de mantenerme encerrada.

—Me encantaría —acepté, y él regresó a la mesa donde lo esperaban sus hombres.

Eletta me acompaño a mi habitación y me ayudó ponerme una capa de seda, que servía de poco contra el frío del aire, y un par de guantes negros.

Se negó a permitir que me vistiera con mis pantalones y mi camisa, y decidí que poder salir del palacio ya era una batalla ganada ese día, aunque Evren fuera a ser mi escolta por la ciudad.

Nos dirigimos a la gran entrada del palacio, e intenté evitar mirar a Evren tanto como pude cuando él y Jorah aparecieron ante mi vista junto a la puerta. Evren vestía su habitual atuendo negro, y me di cuenta de que llevaba muy pocas armas al cuerpo, a diferencia de la mayoría de los guardias.

—¿Estáis todos listos? —preguntó Evren, y por fin levanté la vista hacia él.

—Sí. —Extendí la mano hacia la puerta, pero él me la apartó rápidamente y la abrió. Habría sido casi un gesto caballeroso si no supiera ya que él no era así.

El sol me daba de lleno y, durante un largo rato, solo cerré los ojos y dejé que mi rostro se deleitara con el calor que le proporcionaba. Sentí un cosquilleo en la piel al contacto con él, e inspiré hondo.

—Por aquí, mi señora. —Jorah me indicó que avanzara y yo lo seguí, obediente.

Evren y Eletta iban detrás de mí, pero no les presté atención a ninguno de los dos mientras atravesaba la puerta con Jorah y salía a la concurrida calle de Citlali. Me tapé la cabeza con la capucha de la capa antes de que nadie pudiera verme el rostro; Jorah me observó en silencio.

—Debes permanecer junto a mí —gruñó la áspera voz de Evren a mi lado—. Si te alejas, regresaremos de inmediato.

—Hoy estás de mal humor. —Me ajusté el guante, y Jorah se echó a reír.

—No bromeo, princesa. —Evren se acercó a mí—. Quédate a mi lado o te llevaré de nuevo al castillo.

—Te he oído a la primera, príncipe. —Pronuncié su título, y sus labios esbozaron una sonrisa burlona.

—¿Y adónde te gustaría ir?

—Aún no lo sé. —Me encogí de hombros y él sonrió aún más—. Seguro que alguno de vosotros conoce algún lugar de esta ciudad que merezca la pena mostrarme.

—Por aquí. —Hizo una reverencia burlona y me indicó que fuera delante de él. Lo hice, y eché a andar por la calle empedrada, con él a mi espalda.

Había una multitud de vendedores en la calle que ofrecían de todo, desde especias hasta lana y pasteles. El aroma era fabuloso y me hizo rugir el estómago de hambre.

—¿Cuál quieres? —Evren sacó una moneda del bolsillo y señaló con la cabeza hacia el carrito de pasteles.

—Oh. —Negué con la cabeza—. No hace falta. —Di un paso atrás para apartarme del carrito, pero Evren me agarró rápidamente del brazo.

—Puedo comprarte un pastelito, Adara. —Le entregó la moneda a la mujer mayor que llevaba el carrito, y ella nos miró a los dos—. Ahora dile cuál quieres antes de que yo decida por ti.

Lo miré con los ojos entrecerrados, pero él no cedió.

—El de limón, por favor.

Ella asintió y se limpió las manos en el delantal cubierto de harina. Envolvió mi bollo en un paño pequeño antes de dármelo.

El aroma a limón y azúcar me invadió en cuanto lo tuve en la mano, y no perdí tiempo en darle un mordisco. Un pequeño gemido se escapó de mis labios cuando el sabor llegó a mi lengua. En el palacio había probado un montón de comida, pero nada como eso.

—¿Tan bueno está?

Levanté la vista hacia Evren; me observaba con demasiada intensidad mientras me lamía el glaseado de limón de los labios.

—Lo está. ¿Te gustaría probarlo?

—Me encantaría. —¿Cómo conseguía que una frase tan sencilla resultara tan erótica?

Le tendí el pastelito, pero en lugar de quitármelo, me agarró la muñeca y se llevó el dulce a la boca.

No me quitó los ojos de encima mientras le daba un mordisco, y yo no pude obligarme a apartar la mirada.

Sabía que otros podían vernos, estaba absolutamente segura de que Eletta probablemente nos estaba observando después de cómo nos había pillado la noche anterior, pero nada más importaba cuando él me miraba así.

Todo lo que había más allá de él parecía desvanecerse, y él era lo único que podía ver.

Daba igual que fuera inapropiado que el príncipe con el que no estaba prometida comiera de mi mano.

Podía pensarlo más tarde, cuando me esquivara el sueño.

Pero en ese momento solo podía concentrarme en el rastro de azúcar en sus labios y en lo desesperadamente que deseaba echarme hacia delante y ver si sabía diferente en su piel—.

Voy a enseñarte mi lugar favorito de la ciudad.

—Se limpió la boca con el pulgar, y yo volví a coger el pastel y me lo llevé a los labios—. Creo que te gustará.

—Evren —dijo Jorah, pronunciando su nombre en tono de advertencia, lo que hizo que Evren sonriera sin pudor.

—Tranquilo, Jorah —se rio Evren—. Creo que descubrirás que tu futura reina es mucho más atrevida de lo que imaginas.

—Y el futuro rey nos cortará la cabeza si alguno de los dos dejamos que le pase algo.