7 #3
—¿Acabo de decirte que soy un mestizo y te preocupa el color de mis dedos?
—Esos dedos en cuestión se clavaron en mi cuerpo y sentí la vibración de un poder apenas controlado.
No le respondí porque no sabía qué quería que dijera.
Le tenía más miedo que nunca, pero ni siquiera ese miedo podía detener mi ansia por comprenderlo—.
Es una consecuencia de mi magia. —Levantó la mano que no me sujetaba y la sostuvo entre nosotros—.
Toda magia deja una marca, ya sea en el alma o en la piel, y la magia oscura deja una cicatriz notablemente más sombría. Aunque se desvanece.
—¿Has estado usando magia negra? —No entendía en realidad lo que eso significaba, pero sabía que no era nada bueno. La magia en sí misma ya me parecía algo inconcebible, pero ¿magia negra? No podía imaginar las cosas que Evren podría haber hecho para dejar una marca así en su piel.
—Uno de los muchos precios que hay que pagar por ser capitán en el ejército de mi padre. —Apretó la mano hasta formar un puño antes de dejarla caer a un lado.
—¿Y tiene alguna ventaja?
Sus dedos se tensaron contra mí y casi perdí el hilo de mis pensamientos.
—Hijo bastardo o no, soy el hijo del rey. —Una sonrisa se dibujó en sus labios y su voz sonó tan ronca al pronunciar las siguientes palabras—. Fui el primero en encontrarte justo a las afueras de la falla, ¿no es así?
—¿Y eso es una ventaja?
—Fue un honor. —Se acercó a mí y su rodilla se deslizó entre las mías—. Tal vez no sea el Achlys que puede reclamarte, pero fui el primero en contemplarte. El primero en soñar con tu rostro marcado por las estrellas e imaginar cómo sería tenerlo debajo de mí.
—No puedes decirme cosas así. —Aparté la mirada de él con el estómago encogido, pero él levantó la mano y rápidamente volvió a acercar mi rostro al suyo.
—¿Por qué no? ¿Porque estás prometida a mi hermano o porque tus muslos se han apretado alrededor de los míos mientras tú misma lo imaginabas?
—Abrí la boca para discutir, pero él no había terminado—.
No importa que estés destinada a ser suya.
Cada parte de ti suplica ser mía. —Bajó la mano y yo le permití con facilidad que pegara mis caderas a las suyas.
Me perdí en la forma en que me miraba, me perdí en la forma en que su cuerpo se acoplaba al mío—.
Dime que no es cierto —susurró contra mi cuello.
—No lo es. —Negué con la cabeza. Era mentira, y ambos lo sabíamos. Allí estaba él, frente a mí, la encarnación de mi enemigo, y tenía razón. Estaba dispuesta a suplicarle cosas que no entendía del todo.
De repente, ya no me importaba lo que fuera ni lo fácil que le habría resultado hacerme daño. Estaba dispuesta a suplicarle de todos modos.
—Lo dicho: no mientes muy bien, princesa. —Deslizó la nariz por mi cuello y me estremecí cuando inspiró profundamente—. Y hueles de maravilla.
Me volví hacia él, con mis labios muy cerca de los suyos, y abrí la boca para decir cualquier cosa que le obligara a hacer algo que detuviera el profundo dolor que comenzaba en la parte baja de mi estómago.
—Evren. —Su nombre fue una súplica, y él deslizó suavemente sus labios contra la piel sensible de mi cuello con un suspiro.
Me sorprendió sentir cómo le seguían los dientes.
No con tanta fuerza como para perforarme la piel, pero con la presión suficiente para provocarme una mezcla de placer y dolor que me hizo jadear.
Cerré los ojos con fuerza y pegué más las caderas contra las suyas.
Su mano se tensó y su aliento fue una caricia.
—¡Oh, Dios mío! —Oí el suave jadeo de Eletta justo cuando Evren se apartaba bruscamente de mí.
—Eletta. —El pánico se apoderó de mí mientras gritaba su nombre, y ella se detuvo en seco.
—Lo siento, Astraluz. —Sacudió la cabeza suavemente, y yo me alejé de Evren tan rápido como pude—. No era mi intención…
—No tienes nada de qué disculparte. —Me aparté el pelo de la cara y me dirigí hacia ella. La mano de Evren rozó la mía al pasar, y no pude seguir caminando. En lugar de eso, me detuve y miré al príncipe que no me pertenecía.
Su rostro era duro e indescifrable, todo lo contrario de lo que había sido solo unos instantes antes, pero eso no disminuía lo mucho que lo deseaba.
No dijo nada. Sus ojos se deslizaron más allá de mí, hacia donde estaba Eletta, de espaldas a nosotros, y cuando se volvió de nuevo hacia mí, su mirada se clavó en mí como una advertencia. ¿Sobre Eletta?
A mí me parecía que podía confiar en ella más que en nadie en el palacio. Hasta ese momento había sido la más abierta de todos, pero algo en mi interior me decía que confiara en Evren.
Le solté la mano y fui hasta mi dama de compañía. Ella me miró con una expresión de vergüenza que empañaba su hermoso rostro cuando llegué a su lado, pero no dijo ni una palabra sobre lo que acababa de ver.
—¿Le apetece volver a su habitación, mi señora? Puedo prepararle un baño.
—Gracias, Eletta. —Miré por encima del hombro, pero Evren ya se había ido—. Pero creo que esta noche me gustaría pasar un rato en la biblioteca.
—Por supuesto. —Agachó la cabeza con un gesto delicado antes de abrirme paso.