Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 6
22%

6

No podía hacerlo. De eso estaba absolutamente segura. Y era lo único en lo que podía pensar mientras seguía a Evren por el pasillo y salía a los jardines donde había estado con él la noche anterior.

Evren abrió la puerta y luego me hizo un gesto para que pasara.

Lo hice con la cabeza bien alta y sin pronunciar palabra.

No tenía ni idea de cuáles eran sus motivos, pero Evren era mucho peor de lo que había pensado inicialmente.

Gavril estaba sentado a una mesa puesta para dos y estaba revisando unos pergaminos que tenía extendidos delante de él.

—Adara. —Evren pronunció mi nombre tan suavemente que temí haberlo imaginado, pero me volví a toda prisa hacia él para asegurarme.

Había algo en sus ojos, algo qué no me iba a contar; sabía que era inútil esperar que me dijera la verdad—.

Ya estás aquí. —Gavril se levantó de la silla y un sirviente se apresuró a apartarla de su camino—.

Me preocupaba que te hubieras perdido en este laberinto de castillo.

—No —sonreí con dulzura-—. Solo he perdido la noción del tiempo explorando. Mis disculpas.

—No hace falta que te disculpes. — Gavril extendió la mano hacia mí y le dejé que tomara entre las suyas—.

Gracias, hermano. —Evren ya estaba entrando en el palacio, de espaldas a nosotros, y no respondió al príncipe heredero antes de desaparecer de nuestra vista.

Gavril me apartó la silla; me senté y examiné el banquete que tenía ante mí.

Había una gran variedad de comida y vino sobre esa mesa que no había estado allí la noche anterior, y pensé distraídamente en toda la gente a la que podría alimentar con ese banquete.

La gente se moría de hambre, y ahí estábamos, desperdiciando alimentos—.

¿Tienes hambre? — Gavril volvió a sentarse frente a mí, y su sirviente se apresuró a servirme una copa de vino.

—Sí. Gracias. —Extendí la mano hacia un trozo de pan crujiente, pero me limité a sostenerlo en las, con un millón de pensamientos agolpándose en mi mente.

—¿Va todo bien?

—¿En qué me convertiré? —La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerme.

—¿Perdón? —Gavril se rio con suavidad, pero yo hablaba en serio.

—Después de casarme contigo, ¿en qué me convertiré?

—En una persona feliz, espero. —Se sirvió una pequeña cantidad de comida en el plato—. ¿No es eso lo único que cualquiera podría esperar de un matrimonio?

—En un matrimonio normal, sí, pero esto no es normal. Me trajeron aquí para ser un recipiente que contenga la sangre que buscas. Nada más. —Las manos de Gavril se inmovilizaron y la sonrisa se borró de su rostro.

—No necesito casarme contigo para tomar tu sangre, Astraluz. Solo tengo que coger mi daga, hacerte un pequeño corte en la piel y posar mi boca sobre él. Tu sangre fluirá maravillosamente, seas o no la futura reina de Citlali.

Me invadió el miedo, pero también una ira pura e implacable.

—Entonces, ¿por qué seguir adelante con este compromiso?

—Porque, Adara —dijo; levantó el cuchillo y untó lentamente mantequilla en una rebanada de pan antes de rociarla con miel—, nadie más se alimentará de lo que es mío, y solo hay dos formas de asegurarme de ello.

Puedo casarme contigo, y así todos temerán tocarte, o puedo encerrarte en el calabozo y visitarte cuando necesite saborear tu poder. ¿Qué prefieres?

Se recostó en la silla y me miró fijamente mientras levantaba el pan y le daba un mordisco. Se lamió la miel pegajosa de sus labios carnosos sin apartar la vista de mí ni un segundo, y yo sentí el irrefrenable impulso de huir.

Todo mi ser me gritaba para que me levantara de esa mesa en el acto y huyera. Pero sabía que él no iba a tardar en alcanzarme.

No había ningún lugar en su mundo ni en el mío donde pudiera esconderme de ellos. Y menos cuando Gavril ya me miraba de la misma forma que su madre lo había hecho la noche anterior.

—Obviamente, preferiría no estar encerrada en un calabozo. —Mi voz temblaba, y lo odiaba.

—Es una elección inteligente. —Sonrió; cogió una uva de una bandeja y se la llevó a la boca—. Nuestro matrimonio fortalecerá este reino y a su rey. Juntos, seremos imparables.

Esa idea casi me asustó más que su amenaza con el calabozo.

—¿Y los vampiros?

—¿Qué pasa con los vampiros? —Entrecerró los ojos y supe que tenía que andar con cuidado.

—He oído rumores sobre sus amenazas. —Tragué saliva con dificultad e intenté no dejar que viera el miedo en mis ojos—. ¿De verdad crees que mi sangre es lo bastante fuerte como para hacerles frente?

Se rio entre dientes; fue un sonido cínico y amargo.

—Creo que mi sangre es lo bastante fuerte.

Lo que corre por tus venas no significa nada sin mí.

—Me mordí la lengua. No. No iba a sobrevivir si huía de él, pero sabía que tampoco podría soportar una vida a su lado.

Debía tomar una decisión, y no podía hacerlo a la ligera, pero no me sentía capaz de quedarme ahí sentada, mirándolo a ese hombre, a mi futuro marido, a mi futuro rey, y aceptar su palabra como si fuera uno de los dioses.

Era un hada, pero eso no lo hacía inmortal—.

No te preocupes por la Corte de la Sangre.

— Se echó hacia delante y apoyó los codos en la mesa sin apartar la vista de mí—.

Tu único objetivo debe ser servirme a mí y a mi reino.

Eres mi Astraluz, y el miedo a criaturas que no se atreven a cruzar nuestra frontera no es asunto tuyo. Ahora come.

Me llevé a la boca el pan que aún tenía en la mano y le di un pequeño mordisco lentamente, como la prometida obediente que era, y mientras lo miraba fijamente, todo se aclaró.

Tenía que escapar de Citlali y huir tan lejos como pudiera, o iba a tener que matar al príncipe heredero. Iba a arrebatarle el hijo a la misma gente que me había robado a mi padre.

Ninguna de esas opciones podía acabar bien, pero eran mejores que el destino que se presentaba ante mí.