Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 5
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Me desperté con un grito ahogado antes de caer en la cuenta de dónde estaba. Eletta ya estaba en mi habitación, ocupada con lo que parecía mi desayuno, que estaba dejando sobre el pequeño escritorio.

—¿Estás bien?

—Sí, lo siento. —Me incorporé en la cama y me aparté el pelo rebelde de la cara—. Por un momento me había olvidado dónde estaba.

Pude ver la lástima en sus ojos, y la aparté rápidamente antes de permitir que me ahogara. Su lástima no nos serviría de nada a ninguna de las dos.

—Es un gran hombre, ¿sabes? —Levantó la tapa de la bandeja. El olor a bollería caliente y fruta me invadió al instante e hizo que me gruñera el estómago.

Sus palabras me enfurecieron porque la noche anterior había perdido innumerables horas de sueño pensando en que él no era tal cosa.

—No creo que lo sea. —Bajé las piernas de la cama, me puse de pie, cogí una manta y me envolví con ella.

—Pero apenas lo conoces. —Ella negó suavemente con la cabeza—. Llevo varios años en el palacio y siempre he sabido que es noble, incluso cuando las situaciones le obligan a ser despiadado.

No pude evitar que se me escapara un resoplido. Alzó la vista para encontrar mis ojos y me sentí mal.

—No pretendo insultarte, Eletta, ya que solo conozco al príncipe desde ayer, en Sinluz, pero parece carecer de esas virtudes de las que hablas.

Frunció el ceño mientras me dirigía hacia el escritorio.

—¿El príncipe heredero fue a Sinluz?

Mierda. Se refería a ese príncipe.

—Ah. No. —Negué rápidamente con la cabeza—. Pensé que te referías a su hermano.

—¿Has conocido al príncipe Evren? —En su voz había un toque de alarma.

—Sí. Fue el primer hada que conocí. En la falla. Se aferró a su falda y se echó a temblar—. Por favor, Eletta. Dime lo que piensas. Si queremos que esto —hice un gesto con la mano de un lado a otro para señalarnos a las dos— funcione, necesito que confiemos la una en la otra.

—Por supuesto, Astraluz. —Sus ojos se deslizaron hacia la puerta—. Es solo que no deseo hablar mal de la familia Achlys.

Me acerqué a ella y bajé la voz.

—Aquí solo estamos nosotras. —Ella asintió, aunque no me debía ni una pizca de su confianza.

—Deberías mantenerte alejada del príncipe Evren. —Un escalofrío me recorrió la espalda ante su advertencia—. Es todo lo que su hermano no es. Brutal y despiadado. No me había enterado de que ya había regresado de la frontera de Sidra.

—¿La frontera de Sidra? ¿Los Achlys envían a su príncipe a patrullar la frontera de los vampiros?

—No deberíamos hablar de esto. —Sacó la silla del escritorio y me hizo un gesto para que me acercara—. Deberías comer. No sé qué te deparará el día.

Me senté a pesar de que mi mente no dejaba de darle vueltas a la información que acababa de darme. La forma en que había descrito a Evren era todo lo contrario de lo que él me había mostrado. Al menos hasta que me había dado cuenta de quién era en realidad.

—¿Voy a ver a la familia real hoy? —Le di un mordisco a un pedazo de melón y gemí cuando el sabor llegó a mi lengua. Hacía años que no probaba una fruta tan dulce.

—Aún no te han llamado, pero supongo que sí. —Su voz temblaba y se movía inquieta detrás de mí.

—Hasta entonces, ¿podrías enseñarme el palacio? — Odiaba sentirme tan desamparada allí, y no conocer los terrenos del palacio no hacía más que intensificar esa sensación.

—Por supuesto, Astraluz. —Sonrió, y me comí rápidamente el desayuno antes de que pudiera cambiar de opinión.

Me ayudó a ponerme un vestido largo de seda que era tan bonito como poco práctico, pero se había negado a hacerme caso cuando le había sugerido que podía llevar algo mío.

Al menos me había permitido dejarme el pelo suelto cuando vio lo incómoda que me sentía con tan solo un trocito de espalda al descubierto.

Me sacó de la habitación y yo la seguí mientras me explicaba la función de cada sala por la que pasábamos.

—Esta es la Sala de los Reyes. —No paraba de hablar de historia, algo que apenas me importaba. En cambio, yo estaba memorizando mentalmente cada giro y cada estancia.

Los retratos colgaban a lo largo de la pared, todos ellos de hombres que parecían ansiar el poder más que el que los precedía. Hasta que llegamos al actual rey de Citlali. Debería haber sido el rostro de su esposa el que me mirara desde esa pared.

—Aquí es donde colgará el retrato del príncipe Gavril una vez que sea coronado rey. —Ella me miró, pero yo seguía con la vista fija en la pared vacía. Me abrumaba la idea de que el retrato del futuro rey de Citlali colgaría allí. Mi futuro marido—. Será un rey apuesto. ¿No crees?

—Sí. Por supuesto. —No había forma de negarlo. Gavril Achlys era más que guapo. Todo en él transmitía majestuosidad e imponencia. No se parecía en nada a lo que yo había imaginado.

—La biblioteca está por aquí. —Giramos por el pasillo y atravesamos una puerta en arco que daba a un espacio con poca luz.

Filas y filas de libros se extendían desde el suelo hasta el techo, y la sala parecía agrandarse aún más a medida que los libros se sucedían.

—Esto es precioso. —Pasé la mano por algunos lomos mientras exploraba el lugar. Había leído bastantes libros, pero nunca había visto nada como eso. Había más libros allí de los que habría podido leer en toda una vida.

—Lo es. Esta biblioteca contiene todas nuestras historias, incluida la tuya— dijo Eletta con aire ausente.

—¿Hay historias de los Astraluces?

Ella asintió, jugueteando con su vestido.

—He visto al príncipe Evren leyéndolas.

Esa noticia me sorprendió. ¿Qué le importaba a él la historia de mi pueblo?

—¿Puedes dejarme aquí, Eletta? —Miré a mi alrededor e intenté esbozar una sonrisa convincente—. Me gustaría leer un rato. Puedes venir a buscarme si me llaman.

—Por supuesto. —Ella agachó la cabeza antes de marcharse rápidamente y dejarme a solas con mis pensamientos.

La única historia que me habían contado sobre los Astraluces era la que conocían en mi pueblo. Leyendas transmitidas de generación en generación, y la mayor parte de la información era incompleta.

Ojeé los títulos de las estanterías. Había libros sobre reyes y leyendas de hadas. Cuentos de guerras y alianzas pasadas.

Pero me detuve al leer las palabras doradas en un libro encuadernado en cuero negro. El auge y la caída de Sidra . Saqué el libro de la estantería y lo abrí rápidamente.

Ahí era donde había estado destinado Evren. Un príncipe de Citlali ocupando la frontera de su enemigo.

Y por lo que me habían contado, era un enemigo formidable, sin duda.

Me dejé caer en una silla cerca de la pequeña chimenea y hojeé las páginas descoloridas. Había dibujos que representaban a los vampiros de Sidra. Pero a mí me parecían muy similares a las hadas; la única diferencia que noté era la falta de orejas puntiagudas.

Pero entonces llegué a la página que describía cómo se alimentaba un vampiro. Mis ojos recorrieron las palabras rápidamente mientras asimilaba toda la información que podía. Las leyendas que me habían contado y las de ese texto diferían mucho.

Yo había pensado que un vampiro debía alimentarse a diario, pero según el libro que tenía delante, podían pasar años sin saborear la sangre. Pero la falta de sangre también significaba falta de poder. Con cada día que se abstenían, su poder se debilitaba un poco más.

Pero fue el dibujo de la página siguiente el que me dejó sin aliento. Representaba a un vampiro con los colmillos al descubierto, listo para hincarlos en el cuello de la mujer que tenía delante. Ella no parecía asustada en el dibujo. Parecía eufórica. Parecía…

—No me había dado cuenta de que tenías tanto interés en los vampiros de Sidra.

Cerré el libro de golpe al oír su voz y me llevé la mano temblorosa al pecho.

—Me has dado un susto de muerte.

Evren estaba apoyado contra el marco de la puerta, con el hombro pegado a la madera y las piernas cruzadas por los tobillos. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí.

—No era mi intención. —Se pasó la mano distraídamente por el antebrazo desnudo, donde llevaba la camisa remangada—. Estabas absorta en ese texto.

Estreché el libro contra mi pecho como si eso fuera a evitar que él supiera exactamente lo que estaba leyendo.

—¿No se me permite leerlo?

—Por supuesto que sí. Es solo que me parece curioso tu interés por ellos.

—Por lo que he oído, mi curiosidad es una mera necesidad. Tú mismo vigilas la frontera. ¿No es así?

—Así es. —Me observaba con tanta intensidad que odiaba cómo me hacía sentir. Me moví en mi asiento y apreté los muslos para detener el ligero dolor que había comenzado allí al verlo. Él captó de inmediato el gesto.

—Me mentiste. —Esperaba que se pusiera a la defensiva, pero no lo hizo.

—¿Cuándo?

Me levanté, enfadada.

—Cuando me dijiste que eras uno de los guardias reales.

Volví a la estantería y guardé el libro con cuidado en su sitio.

—Soy guardia real. —Sus palabras me hicieron cerrar los ojos con fuerza antes de volverme hacia él.

—Eres un príncipe.

—¿Y qué? —Ladeó la cabeza y se apartó de la pared—. Si lo hubieras sabido, ¿te habrías arrodillado ante mí para demostrarme tu lealtad?

Mi pecho se agitó cuando acortó la distancia entre nosotros.

—No. —Negué con la cabeza e intenté recordarme quién era él—. Nunca me arrodillaré ante ti.

—Ah, princesa. —Se adentró en mi espacio, más cerca de lo que era apropiado. Extendió la mano, deslizando un mechón de mi cabello entre sus dedos antes de retorcerlo lentamente—. Daría casi cualquier cosa por verte de rodillas.

—Eso nunca sucederá. —Mi voz sonaba entrecortada, y Evren lo sabía. Sus labios esbozaron una sonrisa maliciosa mientras me miraba fijamente a la boca.

—No me atrevería a insinuar que la futura reina de Citlali haría una cosa así.

—Se echó de nuevo hacia delante y sus manos se posaron en las estanterías a los lados de mi cabeza.

Se acercó hasta que no tuve más remedio que mirarlo—.

Pero, por los dioses, puedo imaginarlo. La forma en que me contemplarías, la forma en que te haría suplicar.

—El aliento se me escapó de golpe mientras se me encogía el estómago ante sus palabras depravadas—.

La prometida de mi hermano de rodillas ante mí, lista para jurar su lealtad con su boca perfecta.

Me aparté bruscamente de él y mi espalda chocó contra la estantería. Eso solo le hizo sonreír aún más.

—Yo…

—¿Qué harías, princesa? —Su mirada se oscureció cuando rozó con la nariz el lóbulo de mi oreja. Me estremecí contra él y mi marca cobró vida de una forma que me consumió—. ¿Le suplicarías al hermano del futuro rey que te diera exactamente lo que ansías? ¿Las cosas que él no se atrevería a darte?

—Evren. —Pronuncié su nombre a modo de advertencia, pero sonó como una súplica.

Inhaló mi aroma lentamente antes de apartarse por fin.

—Príncipe Evren. Hasta que seas reina, deberías dirigirte a mí así.

—Eres un imbécil. —Mi voz temblaba de ira y deseo.

—Eso me han dicho. —Se pasó la mano por la mandíbula, y no fui tan tonta como para no darme cuenta del ansia en sus ojos. Y ese único destello de su deseo me hizo sentir como si me muriera de hambre—. Mi hermano te ha pedido que te encuentres con él para almorzar en los jardines.

Tragué saliva con dificultad al oír mencionar al príncipe heredero.

—¿Y me lo dices ahora?

—Mis disculpas, Astraluz. —Hizo una profunda reverencia—. Se me había olvidado.