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Evren apenas me tocaba. Solo su dedo permanecía en mi barbilla, pero me estaba desnudando con sus palabras.
No conocía a ese hombre, y sabía que no debería desear hacerlo.
Pero mi cuerpo ansiaba la forma en que me hablaba, con su voz susurrante y sus labios a solo un aliento de distancia de los míos.
Me sentía viva, mi marca se agitaba bajo mi piel, y no pude evitar echarme hacia él.
—Adara.
—¿Sí? —Parpadeé, ansiando alzar una mano y apartarle el mechón de cabello oscuro que acariciaba su hermoso rostro.
—Debería acompañarte a tu habitación.
—Por supuesto. —Asentí, pero ninguno de los dos se movió. Estaba demasiado hipnotizada por la forma en que me miraba. A mí en lugar de a la marca de mi piel. No era más que un capitán de la guardia real, pero me intrigaba más que ninguna de las personas que había visto en aquel salón dorado.
Evren me miraba fijamente a la boca, y yo apenas podía respirar.
Clavé los dedos en las palmas de las manos para evitar alargar la mano hacia él y exigirle que acortara la distancia entre nosotros.
Mi cuerpo suplicaba que lo hiciera, pero no me atrevería a permitir que mis palabras hicieran lo mismo.
Entonces carraspeó y dio un paso atrás. Ese pequeño paso me desequilibró, y evité mirarlo a los ojos mientras me enderezaba.
—Por favor, déjame asegurarme de que regresas sana y salva a tus aposentos.
—Su voz tenía un tono que le había faltado solo unos instantes antes, pero yo me limité a asentir antes de volverme en dirección al palacio.
Apenas me fijé en las flores mientras andaba delante de él; deseaba desesperadamente el consuelo de mi habitación.
No esperé a que él abriera la pesada puerta, una mezcla de cristal y hierro.
Me adentré de nuevo en el pasillo, abrumada una vez más por el calor del palacio, antes de que él pudiera alcanzarla—.
Adara, por favor, espera —me llamó a mi espalda, pero no me detuve.
Estaba siendo una tonta, y solo llevaba un día fuera de casa.
Necesitaba dormir y aclararme las ideas.
Necesitaba…
—Ahí estás. —Me detuve en seco al oír la voz de Gavril y vi cómo salía de una pequeña estancia con un vaso de algo color ámbar en la mano.
Evren casi chocó contra mi espalda cuando me detuve bruscamente, y la mirada de Gavril se desvió rápidamente de mí para encontrarse con la de su capitán.
—Veo que por fin has conocido a mi hermano. —Las palabras de Gavril me sonaron mal, y mi cuerpo se tensó al darme cuenta de quién era el hombre al que casi acababa de suplicar que me besara—. El que había decidido que esta noche no era lo bastante importante como para honrarnos con su presencia.
—Alguien tiene que vigilar las fronteras. —Su voz sonaba mucho más tranquila de lo que yo me sentía—. No todos podemos limitarnos a organizar bailes y enviar a otra persona a buscar a su prometida.
Gavril entrecerró los ojos al mirar a su hermano, y rápidamente di un paso para alejarme del hombre que tenía a mi espalda. Me volví para mirarlo, y fue como si lo viera por primera vez.
Evren era un fae de alto rango, era de la realeza y era un mentiroso. Apartó la vista de su hermano para clavarla en mí, y habría jurado que vi un destello de remordimiento en sus ojos oscuros antes de que desapareciera.
—¿Y cómo están las fronteras?
—Tranquilas. No sé de dónde vienen los rumores sobre las amenazas, pero no hemos visto ningún indicio de lo que se avecina.
¿Qué significaba eso? ¿Evren estaba vigilando la frontera entre Citlali y las tierras humanas?
—Pero quizá este no sea el mejor lugar para hablar de ello. —Evren señaló con la cabeza en mi dirección, y odié lo fácilmente que me había descartado.
—Tienes razón, hermano. —Gavril se adelantó y le dio una palmada en el hombro a Evren.
Busqué similitudes entre ellos que pudiera haber pasado por alto pero parecían muy diferentes el uno del otro. Opuestos. Y yo me había dejado engañar fácilmente.
—Solo estaba acompañando a la señorita Cahira a su habitación. —Evren agachó la cabeza ante su hermano—. Me aseguraré de que llegue sana y salva.
No quería ir a ningún sitio con él, pero no dije nada. Me limité a mirar al frente mientras los dos hablaban de mí como si ni siquiera estuviera allí.
—Yo me encargaré de eso a partir de ahora. —Gavril me tendió el brazo, y mi mano tembló mientras vacilaba. Pero finalmente deslicé mi mano sobre su brazo y evité a Evren por completo—. Al fin y al cabo, es mi prometida.
—Por supuesto. —Evren hizo una reverencia más profunda esa vez, y me pregunté distraídamente cómo se vería un hombre tan poderoso de rodillas. Había dicho que el reino de Citlali iba a arrodillarse ante mí, pero eso no me interesaba.
De repente, sentí tanta ira hacia ese hombre que no pude dedicar ni una pizca de preocupación a nadie más.
Gavril dio un paso adelante y eché un vistazo por encima del hombro justo cuando Evren se enderezaba. Sin embargo, no me prestaba atención: estaba concentrado en el lugar donde su hermano me estaba tocando.
Apretó los puños y mi propia mano se tensó contra su hermano. La mirada de Evren se alzó para encontrarse con la mía, pero rápidamente aparté la vista y seguí al príncipe heredero.
Permaneció en silencio durante un largo rato mientras mi corazón latía a toda velocidad. Solo deseaba llegar a mi habitación para poder dejar atrás todo el día. Tenía un mes por delante para averiguar qué iba hacer exactamente con el papel que el destino me había asignado.
—Siento que hayas tenido que escuchar toda esa charla sobre fronteras y amenazas. —Gavril me dedicó una sonrisa forzada—. Me temo que mi hermano es a partes iguales un bruto y un miembro de la realeza, y a veces olvida cuál es su lugar en esta familia.
—No pasa nada, alteza —tartamudeé esa última palabra porque no estaba segura de cómo debía dirigirme a él.
—Por favor, llámame Gavril. Sobre todo cuando no hay nadie delante.
¿Significaba eso que las expectativas eran diferente cuando había alguien más?
Llegamos a mi puerta y retiré la mano de su brazo.
—Buenas noches, Gavril.
—Buenas noches. —Volvió a sonreír, esa vez con mucha menos tensión—. Te veré mañana. —Asentí porque era él quien me había convocado. No tenía otra opción. Abrí la puerta, pero dudé antes de atravesarla cuando me llamó por mi nombre—. Esta noche estás absolutamente preciosa.