Estrellas y sombras (Serie Estrellas y sombras 1) 4 #2
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—Me llaman de muchas maneras, pero como mi futura esposa, me gustaría que me llamaras Gavril.

—Me observó mientras asimilaba sus palabras, y esa pequeña sonrisa no se borró de sus labios—.

¿Me honrarías con un baile? —Me tendió la mano, y yo vacilé antes de tomarla.

La música comenzó a sonar en el momento en que me pegó a él, y mi mano se posó sobre su pecho mientras él me levantaba lentamente la otra.

No se me escapó la forma en que su mano se posó en la parte baja de mi espalda ni cómo se le tensaron los dedos al entrar en contacto con mi marca.

El cosquilleo de poder que había notado antes no hizo más que intensificarse bajo su tacto—.

Siento lo de mi madre — murmuró mientras dábamos vueltas al ritmo de la música—.

Sé que puede ser un poco autoritaria. —Levanté la vista hacia él.

»Autoritaria» no me parecía la palabra adecuada para describir a la reina.

Mi instinto me decía que era despiadada, astuta e inflexible.

No tenía aliados en ese palacio. Desconfiaba de todos los que estaban allí, pero ella era mi verdadera adversaria.

Era a quien tenía que vigilar en todo momento, pero, aun sabiéndolo, no podía apartar la mirada del príncipe—. Pero tiene buenas intenciones.

—¿Tiene buenas intenciones para quién? —Apreté la mano sobre su hombro—. No creo que la reina tenga ningún interés en mí más allá de lo que puedo ofrecerte a ti.

Gavril tuvo el descaro de parecer avergonzado por mis palabras, pero no sabía cómo podía pensar que yo iba a creer otra cosa.

—Vas a ser mi esposa, Adara. Eres más que la sangre que corre por tus venas.

Sus palabras fueron como un susurro sobre mi piel. Un susurro que me cautivó.

—¿Y cómo vas a alimentarte de mí? —Sabía que aquel salón no era el lugar adecuado para esa clase de pregunta, pero tenía que saberlo.

Las tradiciones que me habían contado afirmaban que los fae se alimentaban de los Astraluces, tal y como se nos advierte de los vampiros, pero en Gavril no veía ningún indicio de dientes afilados con los que perforar mi piel.

No veía ningún indicio del monstruo que, mucho me temía, se escondía en su interior.

—Aún no tienes por qué preocuparte por eso. — Carraspeó y sus dedos recorrieron suavemente mi piel—. No me alimentaré de ti hasta que nos casemos. Hasta que seas mía.

Eso me tranquilizó y me llenó de inquietud al mismo tiempo.

—¿Y cuándo nos casaremos?

—Dentro de un mes. —Me pegó a él distraídamente—.

Te convertirás en princesa de Citlali antes de que las lunas gemelas se encuentren en el cielo sin estrellas.

—Una princesa. La idea me parecía absurda.

No era más apta para ser princesa de lo que lo era para ser reina—.

Sé que esto no es lo que querías, pero aprenderás a amar este lugar, Adara.

—Sonaba sincero, pero no confiaba en él.

¿Cómo iba a aprender a amar algo que había matado a mi padre?

—¿Y es lo que tú querías? —No me respondió de inmediato. Su mirada recorrió mi rostro mientras reflexionaba sobre mi pregunta.

—.Lo que quiero es cumplir con mis deberes como príncipe heredero de Citlali. No puedo esperar que lo entiendas.

Sus palabras me hicieron tanto daño como un latigazo.

—Creo que lo entiendo mejor que la mayoría, teniendo en cuenta que mi deber era renunciar a toda mi vida.

—Se sobresaltó y respingó como si mis palabras hubieran dado en el blanco—.

¿Así que es tu deber lo que te lleva a desear alimentarte de mí?

¿Nada de eso tiene que ver con tu propia sed de poder?

Se echó hacia mí y me tensé en sus brazos cuando su boca se acercó a mi oído.

—Mi sed, como tú dices, se saciará muy pronto, y ya veremos qué es lo que anhelo después de haberte probado por primera vez.

Se apartó y sus ojos azul oscuro se clavaron en mí.

—¿Te has alimentado de otro? —La pregunta era demasiado íntima, pero a ellos no les había importado al hacérmela a mí.

—Sí. —Asintió—. Pero ninguno ha despertado mi verdadero poder. Ninguno como tú. —Su mano recorrió mi espalda, y el contacto me pareció indecente con toda esa multitud mirando. Pero sería una tonta si negara la emoción que me recorrió al sentir su tacto.

No se parecía a nada que hubiera sentido antes. Era una persuasión y una advertencia al mismo tiempo.

La canción llegó a su fin y Gavril vaciló al retirar por fin la mano de mi espalda. Hizo una pequeña reverencia y me soltó. Había varias personas más bailando a nuestro alrededor, pero no les presté atención: alcé la vista hacia el estrado y vi que los ojos de la reina estaban clavados en mí.

—Gracias por el baile, Adara. —Gavril se enderezó y levantó la mano como si quisiera tocarme la cara. Di un paso atrás antes de permitirle que lo hiciera.

Gavril me miró fijamente, pero yo solo necesitaba alejarme. Necesitaba escapar de su tacto y de sus miradas.

Me volví hacia las puertas y nadie me detuvo cuando me dirigí rápidamente hacia ellas. Podía sentir el corazón latiéndome con fuerza en el pecho; la respiración se me aceleraba mientras intentaba calmar mi mente. Era demasiado. Todo era demasiado.

Me levanté la falda larga al llegar a las puertas y, al volver la vista atrás, comprobé que la reina seguía estudiando cada uno de mis movimientos con expresión fría y calculadora.

Giré por el pasillo, desesperada por llegar a mi habitación, cuando mi pecho chocó contra otro y el aliento se me escapó de los labios de golpe.

Los dedos de Evren se clavaron en la piel de mis brazos para sujetarme, y el cosquilleo de antes se intensificó.

—¿Qué ha pasado? —Su mirada oscura se clavó en la mía antes de que la desviara a algún punto por encima de mi cabeza—.

¿Estás bien? —Seguía vestido completamente de negro, aunque con un uniforme con el que aún no lo había visto, y las telas que cubrían su piel eran mucho más finas que antes.

Me recordaban a las del príncipe, si no fuera por la ausencia del escudo real en su pecho—.

Adara. —Sus manos me sacudieron ligeramente para llamar mi atención.

Volví a mirarlo a la cara, intentando serenarme—.

¿Estás bien? —Debería haber sido una pregunta sencilla, pero no me sentía bien en absoluto. En realidad, no.

—No quiero regresar a ese salón. —Las voces de los numerosos súbditos y los ecos de la juerga se escapaban por la puerta como si esta no pudiera contenerlos.

—No tenemos por qué. —Sus dedos se tensaron sobre mis brazos y volvió a mirar por encima de mi cabeza antes de asentir una vez. Supuse que a uno de los otros guardias— . Me gustaría enseñarte algo.

Evren me tomó de la mano lentamente y me llevó en dirección opuesta al gran salón. Con cada paso que dábamos, mi respiración se calmaba. No pensé en adónde me llevaba Evren, solo dejé que lo hiciera, y cuando el aire fresco de la noche me acarició la piel desnuda, me estremecí.

Los jardines. Evren me alejó del palacio y me llevó a los exuberantes jardines, cubiertos de flores de cientos de variedades diferentes. Estaba segura de que durante el día eran impresionantes, pero por la noche brillaban bajo las numerosas lámparas que colgaban de postes de hierro.

—Suelo salir a estos jardines cuando necesito un momento de consuelo —murmuró Evren, volviéndose hacia mí—. Es un agradable descanso de lo que ocurre dentro de esos muros.

—No estaba preparada —sacudí suavemente la cabeza—

. La reina. —No podía quitarme de la cabeza la forma en que me había hablado, la forma en que me había mirado.

—La reina es… —reflexionó antes de volver a mirarme—. Difícil.

—¿Y aun así la sirves? —Tragó saliva con dificultad y negó con la cabeza suavemente mientras reflexionaba sobre mi pregunta. Le pesaba mucho, pero lo que yo no sabía era por qué.

—Estás preciosa. —Me recorrió el cuerpo con los ojos de arriba abajo, y me pareció una lenta caricia—.

¿Te lo ha dicho alguien esta noche? —Negué con la cabeza suavemente.

Las cosas que había dicho el príncipe heredero no tenían que ver conmigo en realidad—.

Es una puta pena. —Se acercó a mí y su olor me abrumó—. No debería ser yo quien te lo dijera.

—¿Y por qué no? —Levanté la cabeza para mirarlo.

—Los dos sabemos por qué no. Mi…—Evren echó un vistazo por encima de mi hombro antes de volver a mi rostro. Era una idea absurda, pero habría jurado que su mirada se ensombrecía al hacerlo—. El príncipe heredero es un necio si no se da cuenta de lo hermosa que eres; sin embargo, eres suya.

—No soy de nadie. —Mi voz sonó más firme de lo que pretendía, y la leve sonrisa en los labios de Evren me frustró aún más.

—Pero lo eres. —Deslizó la mano por la parte posterior de mi antebrazo y sentí un nudo en el estómago al ver su piel contra la mía—. Y pronto serás suya en matrimonio y en carne y hueso.

—Dentro de un mes —repetí las palabras que me habían parecido mi perdición—. Me convertiré en la princesa de Citlali y se beberá mi sangre dentro de un mes.

—Me han dicho que la experiencia es bastante placentera.

—¿Qué? —Aparté el brazo y él bajó aún más la voz.

—Que se alimenten de ti. —Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo de nuevo—.

Me han dicho que algunas personas apenas pueden controlarse ante el frenesí que provoca en su interior.

—Se recorrió el labio inferior con el pulgar y, por un momento, no pude evitar preguntarme cómo sería que fuera Evren quien se alimentara de mí. ¿Seguiría teniendo tanto miedo?

—¿Y tú lo has hecho? ¿Te has alimentado de una Astraluz?

Levantó los dedos y me tocó la barbilla con suavidad para obligarme a mirarlo.

—No, pero puedo imaginarme cómo sería. —Cada palabra era como una caricia sobre mi piel hambrienta—. Solo puedo soñar con lo que se sentiría al saborearte.